Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Los territorios de Sombras

Últimos Relatos

martes, 11 de agosto de 2026

La villavesa sin línea

Durante muchos años creí que había olvidado aquel pequeño extravío de mi infancia. No parecía un recuerdo digno de conservarse. Un niño se confunde de villavesa, sube a la que no debe, se asusta durante un rato y al final regresa a casa. Eso era todo. Nada que no les hubiera sucedido antes a otros niños y nada, desde luego, que mereciera ocupar un lugar entre los grandes acontecimientos de una vida. Sin embargo, los recuerdos no desaparecen cuando dejamos de pensar en ellos. Se limitan a cambiar de sitio. Se ocultan detrás de una voz, de un olor, del ruido de un motor antiguo, y aguardan. Pueden pasar allí cincuenta años, inmóviles, hasta que algo los llama por su verdadero nombre. A mí me ocurrió una tarde de noviembre, en la plaza del Vínculo.

Había estado lloviendo desde el mediodía. La luz de las farolas se reflejaba sobre el pavimento mojado y el aire traía ese frío húmedo de Pamplona que no hiela del todo, pero se mete bajo el abrigo y acaba encontrando los huesos. Crucé la plaza sin prisa. Al pasar junto a la farola ornamental pensé, como tantas otras veces, que durante buena parte de mi infancia aquel lugar se había llamado plaza de la Argentina y que la farola no estaba allí. Había sido retirada en 1965 para dejar sitio a las paradas de las villavesas. Volvió treinta años más tarde, cuando la plaza ya no era la misma y quienes la recordaban como estación central de los autobuses empezaban también a ser otros.

Entonces oí el motor.

No era el rumor discreto de una villavesa moderna. Era una respiración grave, irregular, acompañada por el temblor de una carrocería entera. Me detuve. El sonido procedía de la parte de la plaza más cercana a la calle Alhóndiga, donde no había ninguna parada.

La villavesa apareció sin doblar esquina alguna.

Un instante antes no estaba allí y al siguiente ocupaba la calzada, inmóvil bajo la lluvia. Era uno de aquellos autobuses de mi infancia: blanco en la parte superior, verde oscuro desde las ventanillas hasta los bajos, de formas redondeadas y con el motor alojado delante. Un Pegaso Comet, o eso me pareció. La carrocería vibraba con tanta fuerza que las gotas resbalaban a saltos por los cristales. En el frontal tenía el cajetín donde debía figurar el número de la línea, pero estaba vacío. Tampoco aparecía ningún destino.

Las puertas se abrieron con un resoplido. El conductor llevaba uniforme azul marino. Tendría unos sesenta años. Apoyaba la mano derecha sobre una enorme palanca de cambios.

—¿Sube o no sube? —preguntó.

Miré alrededor. Nadie más parecía haber visto el autobús. Una mujer cruzó la plaza bajo un paraguas rojo y pasó junto a él sin volver la cabeza.

—¿Qué línea es? —pregunté.

El conductor alzó los ojos hacia el cajetín vacío.

—Ninguna.

—Entonces, ¿adónde va?

—A las paradas que ya no existen.

Debí alejarme. Lo razonable, lo sensato habría sido continuar mi camino, llegar a casa, cenar y olvidar aquella aparición como se olvidan ciertas confusiones producto del cansancio. Pero el interior de la villavesa olía a gasóleo, a tabaco frío y a madera húmeda. Era el olor de los viajes en la villavesa de mi niñez. Y, por debajo de esos olores, reconocí otro más tenue: el de una cartera escolar de cuero, con los cuadernos, el lápiz mordido y una goma Milan en el fondo.

Subí.

Los escalones eran tan altos como los recordaba. En el interior había dos filas de asientos de madera y varias barras metálicas gastadas por miles de manos. No vi a ningún pasajero. Me senté cerca de la puerta delantera. El conductor arrancó un billete de un rollo, lo marcó con una pequeña máquina y me lo tendió.

—Guárdelo —dijo—. Se lo pedirán al final.

El papel era amarillento y llevaba impresas las palabras: **PLAZA DE LA ARGENTINA**. No figuraba la fecha ni el precio.

—Falta el número de línea.

—Ya se lo he dicho. Esta villavesa no tiene línea.

Las puertas se cerraron y el vehículo se puso en marcha con una sacudida.

No habíamos recorrido veinte metros cuando la plaza cambió.

La farola desapareció. En su lugar surgieron tres andenes con sus marquesinas, alineados bajo un cielo que ya no era nocturno ni lluvioso. Había villavesas estacionadas por todas partes, blancas y verdes como la nuestra. Unas entraban desde Sancho el Mayor; otras maniobraban trabajosamente entre los andenes antes de salir por Tudela, Cortes de Navarra o la calle Alhóndiga. Los motores tosían, las puertas resoplaban y los conductores, todos vestidos de azul, movían aquellas palancas enormes que parecían arrancadas de una máquina industrial.

La plaza estaba llena de gente. Mujeres con bolsas de la compra, hombres con gabardina, soldados, colegialas que apretaban los libros contra el pecho, niños con pantalón corto. Algunos hombres y jóvenes fumaban dentro de los autobuses. Otros corrían de una marquesina a otra preguntando por San Juan, San Pedro, la Chantrea, la Milagrosa o la Estación.

No contemplaba una fotografía antigua. Estaba allí.

—La plaza de la Argentina —murmuré.

—Primera parada —dijo el conductor—. Aquí empezaban todas las líneas.

La villavesa avanzó entre los andenes. Nadie pareció extrañarse de que circulase sin número. Al pasar junto a una de las marquesinas centrales vi el cartel de la línea 3. Debajo, en letras más pequeñas, se leía: **SAN PEDRO**.

Sentí una punzada de reconocimiento.

Esa era la villavesa que tomábamos para volver a casa.

El conductor giró hacia mí.

—Todavía no —dijo.

—¿Todavía no, qué?

—Todavía no se ha perdido.

El autobús salió de la plaza. Las calles se deslizaron al otro lado de los cristales con la textura insegura de los sueños. Vi automóviles de colores apagados, taxis negros con una franja verde, escaparates iluminados por tubos fluorescentes y hombres que cruzaban la calzada sin buscar un paso de peatones. Durante unos segundos avanzamos por el Ensanche; luego doblamos por una calle que no reconocí y nos detuvimos junto a la plaza de la Cruz.

Sobre la puerta de una sala podía leerse **SALÓN MIKAEL**.

—Segunda parada —anunció el conductor.

Las puertas se abrieron y entró una ráfaga de voces infantiles.

Un grupo de escolares salía del cine acompañado por sus maestros. Venían de las Escuelas del Ave María; aquella visita formaba parte de sus actividades extraescolares. Algunos llevaban batas; otros, abrigos heredados de sus hermanos mayores. Se empujaban, reían y comentaban las imágenes que acababan de ver. Hablaban de montañas nevadas,  esquiadores,  saltos que parecían mantener a los hombres suspendidos en el aire y de una lejana ciudad japonesa cuyo nombre resultaba extraño en sus bocas. La película era un documental relacionado con las Olimpiadas de Invierno de Sapporo, que se celebraron en 1972.

Entonces lo vi. Caminaba un poco separado del resto, con la cartera en una mano y el cuello del abrigo levantado. No necesitaba verle bien el rostro para reconocerlo. Hay una manera de pisar, de inclinar la cabeza y de quedarse rezagado que uno conserva toda la vida, incluso cuando el cuerpo ya no se parece en nada al que tuvo.

Era yo. Era la primera vez que subía a Pamplona con la escuela.

Tenía apenas ocho años. Había subido muy pocas veces a Pamplona —así decíamos entonces los de los barrios de abajo— y el centro de la ciudad le parecía un lugar enorme, recorrido por calles que conducían a otras calles todavía más desconocidas.

Me levanté del asiento.

—Tengo que bajar.

El conductor cerró las puertas.

—Aquí no.

—Ese niño soy yo.

—Por eso mismo.

La villavesa arrancó muy despacio. Durante unos metros acompañamos al grupo. El niño volvió la cabeza hacia nosotros. Por un instante creí que me miraba, aunque los cristales devolvían el reflejo de la calle y era imposible que pudiera verme.

—¿Qué recuerda de la película? —preguntó el conductor.

—Imágenes sueltas. La nieve. Los esquiadores. Quizá un trampolín de saltos.

—Y los campos de Navarra —añadí—. Los colores de los bosques en otoño.

El conductor negó con la cabeza.

—No confunda las proyecciones. *Navarra, cuatro estaciones* aunque rodada ese mismo año vino después, en 1973 o 1974. Le causó una grata impresión, pero aquel día no se perdió.

—Entonces fue al salir del documental de Sapporo.

—Eso dejó escrito.

—¿Y qué vi después?

El hombre señaló la ventanilla.

—La ciudad.

Regresamos a la plaza de la Argentina antes de que los escolares llegasen. Allí seguía el estrépito de motores, voces y maniobras. Los niños se dispersaron entre los andenes. Tal vez los maestros creyeron que todos sabían qué villavesa debían tomar. Tal vez los mayores se agruparon primero y los más pequeños fueron detrás. La memoria no me ha conservado ese detalle. Solo me ha dejado la confusión: tantos vehículos parecidos, tantos números, tantos destinos pronunciados a la vez.

Vi llegar la línea 3.

Se detuvo junto a la marquesina central, la más próxima al lugar donde había estado la Casa de Baños. En el frontal de la marquesina figuraba el destino **SAN PEDRO**. El niño dio unos pasos hacia ella, pero una familia cargada con bolsas se interpuso en su camino. Alguien lo empujó sin querer. Una villavesa arrancó, otra ocupó su lugar en el mismo sitio  y, cuando volvió a mirar, creyó reconocer el vehículo que esperaba.

Era la línea 9, pero el niño no se percató.

Quise golpear el cristal.

—¡Esa no! —grité—. ¡La tres! ¡Tienes que coger la tres!

El niño no podía oírme. Subió los escalones de la línea 9, entregó el billete y se sentó junto a una ventanilla. La puerta se cerró detrás de él.

—Ahora sí —dijo el conductor de la villavesa sin línea.

Arrancamos detrás.

Durante los primeros minutos el niño no se dio cuenta de su error. Miraba por la ventana con esa atención seria de los niños que viajan solos y quieren parecer mayores. Tal vez pensaba todavía en la película: en los paisajes blancos, en los esquiadores lanzándose por pendientes imposibles y en aquella ciudad japonesa que se preparaba para recibir al mundo. A su alrededor, los pasajeros hablaban, fumaban o miraban al frente. Nadie sabía que aquel niño se estaba perdiendo.

La línea 9 salió por la calle Alhondiga, enfilo Navas de Tolosa,  dejó atrás el centro y se internó en el barrio de San Juan.

El barrio que apareció ante nosotros no era el actual. Había altos bloques de viviendas modernas construidos hace pocos años, la mayoría en la década anterior, junto a algún descampado, desmontes de tierra, caminos provisionales y solares todavía sin urbanizar.

La villavesa se detuvo.

—San Juan —anunció el conductor—. Tercera parada.

Subieron varios pasajeros. Ninguno parecía verme. Una mujer joven se sentó enfrente con un niño dormido en brazos. Un trabajador dejó en el pasillo una tartera metálica. Dos muchachas hablaban en voz baja de una sala de fiestas que acababa de abrir. Un anciano llevaba bajo el brazo un periódico cuya fecha no pude leer.

Al cerrarse las puertas, todos desaparecieron.

Solo quedó durante unos segundos el hueco tibio de sus cuerpos sobre la madera.

—¿Quiénes eran? —pregunté.

—Gente que bajó en su parada —respondió el conductor.

—¿Qué parada?

—La última, supongo. Todos acabamos bajando en alguna.

Seguimos a la línea 9. El niño empezaba a inquietarse. La ciudad al otro lado de su ventanilla no se parecía a la que esperaba encontrar. No aparecía la Taconera como debía, ni la avenida de Guipúzcoa descendiendo hacia Cuatro Vientos, ni se adivinaba en el horizonte la iglesia del Salvador, el convento de las Oblatas, la Clínica Menni o la entrada a la Travesía del Ave María. En su lugar, el autobús continuaba por un territorio cada vez más extraño.

Primero se incorporó en su asiento. Después miró a los demás pasajeros, como si alguno de ellos pudiera confirmar sin palabras que todo iba bien.

Yo conocía aquel miedo. No lo recordaba con la cabeza, sino con el cuerpo. Lo sentí de nuevo bajo las costillas, idéntico al de entonces: el miedo de descubrir que los adultos no han advertido que te has quedado solo y que el mundo, de pronto, es demasiado grande para tí.

La línea 9 entró en San Jorge.

El barrio de los años setenta creció a nuestro alrededor con sus bloques recientes, sus talleres y sus construcciones más antiguas desperdigadas entre la Estación y el río. Alcancé a ver la avenida de San Jorge; las casas de Gridillas, el Pasaje Lapoya y, al fondo de un patio alargado, casetas, huertas, almacenes y pequeños talleres. Por las vías del tren maniobraban vagones de mercancías. Olía a carbón, a grasa de máquinas, a humo y a tierra mojada.

Había vida detrás de las ventanas. Una mujer sacudía una alfombra. Un mecánico levantaba la cabeza al oír el autobús. Un perro corría junto a una tapia. Eran gestos insignificantes, condenados a no figurar en ningún archivo, y precisamente por eso me parecieron más verdaderos que los edificios.

Comprendí entonces que la villavesa no se detenía en lugares desaparecidos.

Se detenía en instantes desaparecidos.

La cuarta parada no tenía nombre. El conductor abrió las puertas, pero nadie subió ni bajó. Afuera, varias personas esperaban junto a un poste sin marquesina. Permanecieron inmóviles, mirando el interior vacío de nuestro autobús.

—¿Por qué no entran? —pregunté.

—No esperan esta villavesa.

—¿Cuál esperan?

—La que los lleve de vuelta.

Las puertas se cerraron.

Delante de nosotros, el niño se había levantado por fin. Se acercó al conductor de la línea 9 y debió de preguntarle algo. No pude oír sus palabras, pero vi cómo el hombre fruncía el ceño y miraba por el retrovisor. El niño señaló hacia atrás, hacia la ciudad que ya no reconocía. El conductor respondió con un gesto breve: espera, siéntate, ahora veremos.

La Estación apareció al final del trayecto.

La línea 9 se detuvo. Bajaron los pasajeros y el niño permaneció junto a la puerta, sin decidirse. La estación era entonces un pequeño mundo: viajeros con maletas de cartón, ferroviarios, mozos que empujaban carros, soldados de permiso, familias que esperaban una llegada. Sonaban silbatos y golpes de vagones. Sobre los andenes flotaba un humo sucio que se mezclaba con la niebla baja.

Nuestra villavesa se colocó al lado de la línea 9.

El conductor accionó la palanca y abrió las puertas.

—Final de trayecto —dijo.

—Pero esta no es la plaza de la Argentina.

—Para usted, no.

—¿Y ahora qué hago?

Señaló al niño.

—Lo mismo que hizo entonces.

—No recuerdo lo que hice.

—Por eso ha venido.

Bajé.

El aire olía a hierro y humo. La villavesa sin línea cerró sus puertas a mi espalda, pero no se marchó. El niño estaba solo junto a la entrada de la Estación. Intentaba contener el llanto porque a cierta edad uno cree que llorar en público agrava las desgracias. Me acerqué despacio para no asustarlo.

—Te has confundido de autobús —le dije.

Me miró con desconfianza.

—Yo iba al Ave María.

—Lo sé.

—Tenía que coger la tres.

—También lo sé.

—¿Cómo?

No supe qué responder. De cerca era más pequeño de lo que me había parecido a través de la ventanilla. Sostenía la cartera con ambas manos, como si fuera la única pertenencia que demostraba quién era y de dónde venía.

—Porque yo me equivoqué una vez de la misma manera.

Miró hacia la calle.

—¿Y volvió a casa?

—Sí.

—¿Seguro?

—Completamente seguro.

Echamos a andar. Salimos por el camino que había entre los muelles de la estación y las fábricas de Eugui  y Múgica y Arellano. El camino y lo que había alrededor parecía cambiar a medida que avanzábamos. Durante unos metros vimos los edificios abigarrados y  la alta chimenea de la Azucarera, solapándose sobre un bloque de viviendas actual. Después cruzamos la avenida de Guipúzcoa y, al volver una esquina, reaparecieron los automóviles pequeños, las fachadas y las tiendas de mi infancia.

El niño caminaba a mi lado sin hablar. Habíamos llegado a Cuatro Vientos.

Allí reconoció el mundo. Cambió su forma de pisar y aflojó las manos sobre la cartera. Más allá se extendía la avenida de Marcelo Celayeta, con sus edificios, sus comercios, las tapias y las fábricas y talleres que marcaban el paisaje de la antigua Rochapea. Ya sabía regresar. Bastaba con llegar  hasta la iglesia del Ave María, pasar frente a la casa parroquial y entrar en la vieja travesía.

—Desde aquí puedo ir solo —dijo.

—Ya lo sé.

Se alejó unos pasos y después se volvió.

—¿Cómo se llama?

Estuve a punto de decírselo. Pero comprendí que los nombres, pronunciados en el momento equivocado, pueden estropear los recuerdos.

—No importa —respondí—. Tú acuérdate del camino.

El niño asintió y echó a correr hacia casa.

Lo vi hacerse pequeño por Marcelo Celayeta hasta confundirse con otros escolares, con algunos  trabajadores que regresaban de las fábricas, y con las mujeres que volvían de la compra. Nadie salió a recibirlo. Ninguna música señaló el final de su aventura. Simplemente regresó al lugar al que pertenecía y la vida continuó.

Cuando quise volver a la Estación, la villavesa sin línea esperaba detrás de mí.

—¿Siempre estuvo aquí? —pregunté al subir.

—Todas las villavesas vuelven —dijo el conductor—. Lo que pasa es que a veces tardan cincuenta años.

Me senté. El vehículo arrancó y la ciudad comenzó a pasar al otro lado de las ventanillas en orden inverso. San Jorge perdió sus calles; los talleres cerraron; desaparecieron patios, tapias y huertas. San Juan rellenó sus solares y envejecieron sus primeros bloques. El Salón Mikael apagó para siempre el proyector. Las marquesinas de la plaza de la Argentina fueron retiradas en 1982 y el sistema de líneas cambió. La farola regresó a su pedestal. Los Pegaso blancos y verdes cedieron su sitio a otros autobuses. La ciudad se vistió con fachadas nuevas y aprendió a llamar a las mismas cosas con nombres diferentes.

—Ya sé por qué no lleva número —dije.

El conductor me miró por el retrovisor.

—¿Ah, sí?

—Porque no sigue un recorrido. Sigue un recuerdo.

Negó lentamente.

—No. Los recuerdos también tienen recorrido. Lo que no tienen es final.

La villavesa se detuvo con una última sacudida.

Estábamos de nuevo en la plaza del Vínculo. Llovía. La farola ornamental brillaba sobre el pavimento y no quedaba rastro de los antiguos andenes. Bajé del autobús. Antes de que las puertas se cerraran, el conductor extendió la mano.

—El billete.

Busqué en el bolsillo y encontré el papel amarillento. Ahora, debajo de **PLAZA DE LA ARGENTINA**, aparecían dos números impresos: un 3 y un 9. El primero estaba intacto. El segundo había sido perforado.

—¿Puedo quedármelo? —pregunté.

El conductor dudó.

—Solo hasta que otro niño se equivoque.

Me devolvió el billete.

Las puertas se cerraron. El motor rugió, la carrocería tembló y el autobús se alejó hacia la calle Alhóndiga. Vi su parte trasera durante unos segundos. No llevaba matrícula ni publicidad. Tampoco número de línea. Al llegar a la esquina no giró: se fue borrando poco a poco bajo la lluvia, como una imagen proyectada sobre una pantalla cuando se encienden las luces de la sala.

Permanecí inmóvil en la plaza.

Durante muchos años había pensado que aquella salida escolar al Salón Mikael terminó al concluir el documental relacionado con las Olimpiadas de Sapporo. Ahora sabía que no. La verdadera película comenzó al abandonar el cine. Fue la ciudad vista desde la ventanilla de una villavesa equivocada: San Juan, San Jorge, la Estación, los lugares desconocidos que infundían miedo a un niño y que, con el paso del tiempo, acabarían formando parte de la ciudad que aquel niño trataría de recordar.

Quizá fue entonces cuando empezó todo.

Quizá mi empeño por rescatar calles, comercios, cines, fábricas, plazas y rostros del viejo Pamplona nació aquella tarde, en el instante preciso en que comprendí que una ciudad podía perderse. Bastaba tomar una línea equivocada. Bastaba dejar pasar los años.

Apreté el billete dentro del bolsillo y eché a andar.

Desde algún lugar imposible, detrás del ruido de la lluvia y del tráfico, llegó hasta mí el resoplido de unas puertas al cerrarse. Después, muy débilmente, escuché la voz del conductor:

—Próxima parada…

La lluvia borró el nombre.

No me volví.

Ya sabía el camino.

lunes, 10 de agosto de 2026

Sueños

En los tenebrosos rincones de mi espíritu duermen,
mientras el sol alumbra plácidamente el día,
unas extrañas criaturas que se revuelven en mi cerebro
a medida que pierdo el contacto con la realidad
y que se apoderan de todo mi ser
cuando la oscura noche llega a mis ojos.

Entonces no corre el tiempo
y el espacio es multiforme, inimaginable.

¡Oh, mundo soñado! Cuántas veces habría querido
invertir el orden lógico de las cosas,
deseando que esta amarga realidad fuera tan solo un sueño
y que ese sueño, imposible tal vez,
en realidad vivida se convirtiera.

Extraño mecanismo el de esa masa,
a primera vista amorfa, que llaman cerebro
y que, transformando la realidad,
la dota de ese halo fantástico.

Mas, ¡odiosa decepción!,
un eterno abismo separa el sueño de la vida.

¡Cuánto daría para que, en mis noches de fantasía,
al pasar delante de mis ojos,
salierais a la vida real,
oh, fantasmas incorpóreos de la mente!

Pamplona. Octubre de 1981

El tren del que no se podía salir

No puedo decir que ignorara la razón de haber llegado hasta aquel lugar, pero lo cierto es que me encontré de pronto allí sin saber muy bien por qué. Acciones que tantas veces realizamos sin reflexión previa y que conducen a situaciones de perplejidad, cuando no de asombro.

Un tren. Había subido a un tren, en apariencia ni mejor ni peor que otro, lleno de gente diversa, caras desconocidas que escrutaban mi rostro con desinterés, con aburrida ceremoniosidad, mientras el convoy traqueteaba y agitaba levemente nuestros cuerpos. Cuando el grupo de caras extrañas hubo advertido mi presencia, cada uno regresó a su ocupación: leían, hablaban o miraban por la ventana.

Llevábamos demasiado tiempo... cuántas horas, tantas que me había quedado dormido. Al despertar, comprobé que mis acompañantes habían desaparecido. El tren acababa de cruzar un oscuro y larguísimo túnel. Me levanté, salí al pasillo. El largo corredor estaba vacío. Pasé a otro vagón y me encontré con un ambiente distinto, transfigurado por el lujo y la magnificencia. Miré hacia atrás: la puerta se había cerrado. Intenté levantar el picaporte para regresar, pero lo pensé mejor y decidí ver algo más.

En este vagón no había corredor. Era todo una pieza: en un extremo, una barra; y, bien ordenadas a lo largo y ancho de la estancia, dos docenas de mesas, frente a las cuales estaban sentadas buen número de personas. Nadie reparó en mí. Cada cual siguió su conversación o su solitaria meditación. La curiosidad me empujaba a seguir adelante. Creía que mi presencia no había interesado a nadie cuando, de repente, de entre el anónimo grupo partió un gesto, un ademán. No lo vi: lo intuí. Me encontraba al final del vagón. Instintivamente abrí la puerta y eché a andar deprisa. Temía. ¿Qué temía?

Alguien, un desconocido, había advertido mi presencia. Sentía como si me persiguieran, pero ¿por qué?, ¿para qué? Lo ignoraba, y esa ignorancia hacía más absurdo y más inquietante mi temor. Ante mí se abría ahora un largo corredor. Seguí andando, casi corriendo, atravesando más corredores, más vagones, más puertas y entrepuertas que se abrían y se cerraban en medio de los pasillos. No deseaba mirar atrás —a menudo queremos desconocer la verdadera cara de lo que nos aterra—, pero lo hice.

Volví el rostro y no logré reconocer a mi perseguidor: una silueta anónima, sin identidad, que andaba tras mis pasos. O tal vez eran más. Alguien de aquel vagón. Me pareció reconocer a una persona. Pero ¿a quién? La persecución se eternizaba en el tiempo y en el espacio.

Mi único deseo, en ese momento, era saltar del tren. Huir, saltar aunque fuera en plena marcha. Ellos lo sabían, y por eso me vigilaban, me perseguían. Puertas y más puertas, de cristal, de madera, de todos los tipos y colores. Penetré en uno de los compartimentos. Se acercaban demasiado. Me escondí tras la puerta, en una esquina, conteniendo la respiración. Ellos se detuvieron de repente, en plena carrera, justo delante de donde yo estaba. Se alejaron. Reemprendí la huida por un largo pasillo, como un túnel sin fin.

A medida que transcurría el tiempo, el espacio se transformaba, y ahora, a un lado del corredor, se veía una bellísima vidriera con motivos diversos, grabados en distintos colores: rojos, negros, blancos, verdes... No recordaba su significado, pero la golpeé con tal rabia que el cristal saltó en mil pedazos. Fue inútil. Detrás había más vidrio dibujado, y la luz que se traslucía del exterior me parecía un objetivo inalcanzable.

Continué mi larga, mi eterna huida. Sentía su presencia cada vez más cercana, sus fétidos alientos, su acompasada carrera. Ante mí se alzó entonces una puerta grande y maciza, de hierro. La abrí y la cerré con gran esfuerzo y con la mayor rapidez, pues ya sentía sus voces y el ruido de sus botas. Empujaban. Todavía no había logrado cerrarla del todo. Me temblaban las piernas. Dos grandes cerrojos: los eché, y respiré aliviado. Su esfuerzo sería ya inútil. Una especie de hall, y al fondo otra puerta. No me había dado cuenta de que en aquel hall había algunas personas que me miraban con curiosidad y que callaban, tal vez por no importunarme. Mi vista regresó a la puerta de los cerrojos, que parecía ceder ante los insistentes golpes.

Abrí la pequeña puerta del fondo cuando creí que mi seguridad corría inminente peligro. Asombrado, descubrí tras ella una espaciosa sala de cine en la que me esperaban, tranquilas, ajenas a todo, decenas de personas sentadas en cómodas butacas. Las luces estaban encendidas. La gente charlaba. Reconocí a C. B. y M. E., dos amigas, y me acerqué a ellas ocupando un asiento libre. Tal vez pudiera perderme entre la multitud. Pasaría desapercibido, confundido entre los demás. Con disimulo, y con temor, volví la vista hacia la entrada. Dos individuos, tres, cuatro, uniformados, buscaban en el lugar donde sabían que se había introducido su presa. No tenían prisa. Sabían que no escaparía. Tenían todo el tiempo.

No había otra puerta de salida. ¿Qué iba a hacer? El pánico se apoderó de mí. Me levanté de entre la multitud. Me habían visto. Los demás ignoraban —o fingían ignorar— lo que sucedía. Subí por el corredor entre butacas hacia un pequeño estrado, frente al cual se alzaba una gran pantalla blanca. Desde allí se dominaba toda la sala. Todos me miraban. La película acababa de comenzar. Ellos avanzaban con lentitud hacia mí. Había que decidir. No me gustaba esta película. Acorralado, choqué contra la pantalla, que se elevaba del suelo al techo. Parecía tan frágil. Lo pensé un solo segundo y me lancé contra la blanca superficie como en una huida hacia adelante. Solo oí un sonido: el del rasgamiento de la frontera entre lo onírico y lo real. Las luces de la sala se habían apagado. Las de la mañana anunciaban que eran ya las nueve.

Sueño personal transcrito y escrito en octubre de 1983

Estampas: El tunel del Plazaola

La cuesta hacia abajo resulta cómoda. Es de madrugada. La calzada está vacía. El ruido de la ciudad nocturna queda a mis espaldas, tras las puertas de los pubs y de los bares. Solo el sonido discontinuo y vacilante de mis pies. Nadie cerca.

Unas escaleras de piedra. Bajo con cuidado. Un túnel oscuro alumbrado por una luz amarillenta. A través de él, en otro tiempo, cruzaba una ruidosa y traqueteante locomotora. Por encima del túnel, la avenida. Qué silencio. Qué extraño estado, intermedio entre el sueño y la obnubilación alegre de la mente. Parece irreal. Sensación lúcida y diferente.

He atravesado el túnel; la boca oscura ha quedado atrás. Ante mí, el puente sobre el río, y al final una calle y las primeras casas del barrio. El río navega silencioso, en la oscuridad de sus aguas. Me detengo a contemplar el lecho del río.

Siento algo agradable: la soledad de la contemplación en una madrugada silenciosa y serena. Allá, sobre la meseta, se erige la ciudad, las casas viejas amontonadas, las luces encendidas como velas en la lejanía, las murallas como vestigio histórico que resiste y a la vez es huella del paso del tiempo.

Belleza de las cosas pequeñas, de lo cotidiano: un río, un túnel abandonado bajo la avenida, una visión nocturna y solitaria de la ciudad. Camino a casa, y en el silencio me acompaña todavía el rumor del agua fluyendo. 

Pamplona. septiembre de 1983

miércoles, 5 de agosto de 2026

Una princesa de Marte. Edgar R. Burroughs

Hace casi cuarenta años que leí esta novela, en la edición de Laertes, cuya portada  reproduzco junto a la reseña  y me dejo un grato recuerdo. Dos años antes, en 1985,  había descubierto el terror cósmico de la mano de Howard Philips Lovecraft y con esta obra descubrí el apasionante mundo de la heroic-fantasy de ciencia-ficción que me acompañaría, no voy a esconderlo,  durante décadas. 

Una princesa de Marte: la aventura en estado puro

 

Publicada originalmente en 1912, Una princesa de Marte tiene la capacidad, cada vez más rara, de trasladar al lector a otro mundo desde las primeras páginas. Burroughs no pretende construir una ciencia ficción rigurosa ni anticipar cómo sería realmente el planeta rojo. Su  propósito es mucho más directo y, quizá por eso, más perdurable: hacernos vivir una aventura extraordinaria. El protagonista, John Carter, es un antiguo capitán del ejército confederado que, después de un misterioso episodio en una cueva de Arizona, aparece inexplicablemente en Marte. Allí descubre un planeta al que sus habitantes llaman Barsoom: un mundo antiguo y agonizante, cubierto por desiertos, ciudades abandonadas y civilizaciones enfrentadas. La menor gravedad del planeta le proporciona una fuerza y una agilidad excepcionales, pero no tarda en comprender que sobrevivir dependerá también de su inteligencia, su valor y su capacidad para desenvolverse entre pueblos cuyas costumbres desconoce.

Burroughs despliega ante nosotros un universo desbordante de imaginación. Hay guerreros gigantes de cuatro brazos, criaturas feroces, naves voladoras, duelos, cautiverios, fugas y batallas. Sin embargo, la novela no se limita a encadenar peligros. Uno de sus mayores atractivos se encuentra en el descubrimiento gradual de la sociedad marciana y, especialmente, en la amistad de Carter con Tars Tarkas, personaje que aporta humanidad y hondura emocional a la historia. A ello se suma su encuentro con Dejah Thoris, princesa de Helium, que introduce un componente romántico inseparable del espíritu novelesco de la obra.

El ritmo es ágil, casi cinematográfico. Siempre está ocurriendo algo y cada capítulo parece abrir una puerta hacia un nuevo rincón de Barsoom. La prosa de Burroughs es sencilla y eficaz; no se detiene en largas explicaciones, sino que permite que el planeta vaya cobrando vida a través de la acción. Ese entusiasmo narrativo resulta contagioso. El lector acepta pronto lo improbable y termina recorriendo las llanuras marcianas como si realmente estuviera acompañando a John Carter.

Por supuesto que  algunos valores, convenciones y representaciones pertenecen al tiempo en que fue escrita. No obstante, la poderosa imaginación del autor y su extraordinario sentido de la aventura se imponen sobre el paso de los años. Una princesa de Marte es una novela llena de energía, romanticismo y sentido de la maravilla. Una invitación a dejar atrás durante unas horas nuestro mundo y contemplar, bajo las lunas de Barsoom, un horizonte donde todavía parece posible cualquier aventura, por inverosimil que parezca.

Una influencia decisiva en el cine y la cultura popular

 

Sorprende comprobar cuántos elementos que hoy asociamos con la fantasía y la ciencia ficción modernas ya estaban presentes en las páginas de este libro. Buena parte de la épica espacial posterior tiene alguna deuda, directa o indirecta, con el Marte concebido por Burroughs. La importancia de Una princesa de Marte desborda ampliamente los límites de la literatura. Burroughs contribuyó a establecer buena parte de la gramática de la aventura espacial moderna: el héroe terrestre trasladado a un planeta desconocido, las civilizaciones enfrentadas, las princesas guerreras, los animales gigantescos, las ciudades perdidas y la convivencia entre una tecnología extraordinaria y unos combates resueltos todavía con espadas. La serie marciana de Burroughs ha inspirado cantidad de manifestaciones artísticas en el campo del cine, la literatura o el comic. La influencia de esta serie en otros autores de ciencia ficción posteriores así como en el cine contemporáneo de género es evidente. Muchas de las obras de Jack Vance, Edmon Hamilton, Catherine L. Moore o Leigh Brackett tienen claras influencias cuando no son herederas del espíritu de maravilla y aventura fantástica de la serie de Marte. Leigh Brackett escribiría décadas más tarde una novela que es todo un homenaje a "Una princesa de Marte", "La espada de Rhiannon", que comenté en este blog hace varios meses. La larguísima serie de Gor, cuyo autor es John Norman guarda grandes similitudes con la serie marciana de Burroughs, si bien carga mucho más las tintas en el erotismo que en la fantasía o en la sci-fi.

Por otro lado y por lo que se refiere al cine, toda la rica imaginería del mundo "Star Wars" de George Lucas le debe mucho a Burroughs. George Lucas reconoció que, al no poder obtener los derechos de Flash Gordon, investigó los orígenes de aquel tipo de aventura y llegó hasta las novelas marcianas de Burroughs. En una de las primeras presentaciones de su proyecto describió Star Wars como una historia situada en la tradición de John Carter de Marte y Flash Gordon. Por cierto, curiosamente  Leigh Brackett colaboraría en los años 70 con Lucas como una de las principales guionistas de "El imperio contraataca". La influencia resulta aún más clara en Avatar. James Cameron reconoció expresamente que quiso realizar una aventura siguiendo el modelo de Edgar Rice Burroughs: un soldado que abandona su mundo, adquiere capacidades extraordinarias en otro planeta, conoce una civilización que al principio le resulta incomprensible y termina tomando partido por ella. Jake Sully es un personaje muy distinto de John Carter, pero el impulso narrativo que los mueve procede de una fuente semejante. También podemos ver bastantes similitudes entre los zarkanos de Barsoom y los Na´vi de "Avatar".

Su huella puede rastrearse también en los seriales de Buck Rogers y Flash Gordon y, a través de ellos, en gran parte del cine fantástico posterior.  La figura de John Carter también dejó su rastro en el mundo de los superhéroes. Su fuerza y sus grandes saltos se explicaban por la menor gravedad de Marte, una idea que reaparecería en las primeras historias de Superman para justificar sus poderes en la Tierra. Del mismo modo, el personaje anticipó al aventurero espacial que llegaría después al cómic, las revistas populares, la televisión, los juegos y el cine. Las aventuras de Barsoom fueron adaptadas a tiras de prensa y publicadas posteriormente por editoriales como Dell, DC y Marvel, manteniendo vivos a John Carter, Dejah Thoris y Tars Tarkas para varias generaciones de lectores.

La influencia de Burroughs alcanzó incluso a científicos y divulgadores. Carl Sagan leyó con entusiasmo durante su juventud las novelas de Barsoom, que alimentaron su fascinación por Marte y por la posibilidad de explorar otros mundos.  Por todo ello, Una princesa de Marte no debe verse solamente como una entretenida novela de aventuras. Es también uno de los grandes manantiales de la cultura fantástica contemporánea. Tal vez su título no sea hoy tan popular como Star Wars, Superman o Avatar, pero una parte del camino que condujo hasta esas creaciones comenzó mucho antes, bajo las dos lunas de Barsoom.

La novela vs la película (Reseña publicada inicialmente en mi blog  "Fringemanía")

Quienes hemos leído y disfrutado hace años con la lectura de "Una princesa de Marte" (1912), una novela de aventuras que podríamos decir que inaugura el genero de "capa y espada intergaláctico" o "the heroic-fantasy of science-fiction", no podemos por menos de sentir cierta decepción al ver la película John Carter. La novela fue la primera de las 11 que el escritor Edgar Rice Burroughs, -conocido mundialmente por su serie sobre Tarzán-, escribió ambientadas en Marte (Barsoom). Luego vendrían otras obras ambientadas en Venus o en el interior de la Tierra. La película presenta abundantes diferencias con el libro, en quien se basa, tanto de forma como de fondo. La película de Disney, como no podía ser de otro modo, suaviza un tanto el soterrado erotismo que destila la novela y en general la serie y que aparecerá en otras muchas novelas de fantasía heroica y algunas space operas de la época pulp. La película tampoco transmite la frescura de la novela ni se percibe la sensación de estar descubriendo el mundo maravilloso que transmite Burroughs en su obra.

Recordemos el argumento de la novela y algunas diferencias con la película: "John Carter es teletransportado al planeta Marte. Allá será hecho prisionero por los zarkanos, una raza cruel, horrible, sin sentimientos, donde se hará acreedor a su respeto y admiración. Será ayudado por la zarkana Sola y por el inseparable perro guardián marciano Vula, conocerá y se enamorará de la princesa Dejah Thoris, experimentando infinidad de aventuras y librando mil batallas hasta que finalmente consigue sus propósitos, sin embargo cuando todo parece aventurar un final feliz...es devuelto a la Tierra". 
 
En lo básico la película se inspira en la novela, pero la película se permite ciertas licencias respecto de la obra literaria: En la película John Carter es teletransportado por un dispositivo de los thern, raza que no existe en la novela, ni tampoco el citado dispositivo. Las naves marcianas son impulsadas por energía solar, mientras en la novela son impulsadas por el viento. En la película se alude a la diosa de la que los thern son sus enviados mientras que en la novela no hay referencia a dioses marcianos, etc. El romance en la novela es crucial y actúa de motor de buena parte de las acciones del protagonista, mientras que en la película el romance es secundario y aparece tardíamente. De hecho Dejah Thoris aparece bien avanzada la película y su presencia es intermitente. Algunos comportamientos del protagonista de la novela han sido convenientemente suprimidos o suavizados en la película porque serían calificados de políticamente incorrectos en el mundo en que vivimos.
 
La novela tuvo una curiosa relación con el cine desde fechas muy tempranas. En los años treinta, el animador Bob Clampett preparó unas pruebas para llevar las aventuras de John Carter a la pantalla en forma de largometraje animado. El proyecto no llegó a realizarse, pero demuestra hasta qué punto el mundo visual de Barsoom parecía concebido para el movimiento, el color y el espectáculo. Décadas después apareció una adaptación de bajo presupuesto titulada Princess of Mars.
 
La recepción comercial de John Carter de Disney ha sido decepcionante y encierra una paradoja reveladora: muchos espectadores han considerado que sus criaturas, batallas y escenarios recordaban demasiado a otras sagas cinematográficas, cuando, en realidad, la novela original se publicó  hace un siglo y había contribuido a inspirar esas sagas. Para cuando John Carter llegó finalmente a la gran pantalla, buena parte de sus descendientes audiovisuales ya habían conquistado el imaginario colectivo, convirtiéndose ellos en referentes. John Carter no copia a Avatar  ni a Star Wars, sino más bien al contrario, estas películas tienen claras influencias de Una princesa de Marte de la que esta película no es más que una mediocre adaptación. Y es que salvo honrosas excepciones, -"El Señor de los Anillos" puede ser una de ellas, "Blade Runner" o "El planeta de los simios", otras-,  los lectores solemos salir defraudados de la inmensa mayoría de las películas que se basan en las novelas o relatos que hemos leído. Por lo general nuestra imaginación está muy por encima de las plasmaciones cinematográficas posteriores.

La película no es mala. Es entretenida; tiene unos buenos efectos especiales, costó más de 250 millones de dólares, que no ha recuperado-, pero es como un gran artefacto pirotécnico vacío, no transmite, ni emociona. ¿Qué falla?: casi todo, pero no hasta el punto de naufragar, la dirección de actores brilla por su ausencia, el actor protagonista no tiene el carisma necesario para interpretar este papel, el ritmo del relato fílmico avanza a trompicones, pero sobre todo y esto es para mi lo más importante es una película absolutamente lastrada por el estilo excesivamente blanco de Disney, que ha eliminado el tono adulto del original literario. En resumen, es una correcta película de aventuras que creo no defraudará a quien no haya leído la novela original, y por lo tanto no tenía grandes expectativas en ella. Los demás, los buenos aficionados esperamos con ansia una adaptación cinematográfica que recoja mejor el espíritu del original.

martes, 4 de agosto de 2026

El baile de la verbena de San Fermín

Durante muchos años aseguró que el vestido era rojo. No granate ni carmesí ni del color oscuro de la sangre seca, como le sugirieron alguna vez quienes escucharon la historia y quisieron enriquecerla con palabras que no le pertenecían. Rojo. Sencillamente rojo. Un rojo vivo que se encendía cuando las luces de la verbena pasaban sobre ella y se apagaba, un instante después, al quedar el cuerpo de la muchacha bajo la sombra de los plataneros y acacias de la plaza.
 

De otras cosas no estaba tan seguro. No recordaba el día exacto de aquellas fiestas, aunque debía de ser el diez o el once de julio de 1984. Tampoco habría podido precisar qué orquesta tocaba en la plaza del Castillo, ni cuál fue la canción que estaban interpretando cuando la vio aparecer entre la multitud. Durante un tiempo creyó que era una de Mecano. Después estuvo convencido de que se trataba de una balada italiana. Años más tarde, al escuchar en la radio una canción de la que ya se había olvidado, sintió un golpe dentro del pecho y decidió que tenía que ser aquella. Pero la certeza apenas le duró hasta que terminó el estribillo.

Solo el vestido permanecía. Y las manos. Sobre todo, las manos.

Él tenía 21 años y llevaba un pañuelo rojo mal anudado al cuello. Había bebido más de lo que acostumbraba, aunque menos de lo que admitiría al día siguiente. Sus amigos se habían dispersado por la plaza. Uno bailaba con una mujer bastante mayor que él; otro discutía cerca del quiosco con dos franceses acerca de una botella que ninguno recordaba haber comprado. El resto habría bajado a Jarauta o estaría intentando entrar en algún bar de San Nicolás. A esas horas, la ciudad era una sucesión de rostros sudorosos, camisas blancas convertidas en mapas de manchas y voces que trataban de imponerse a la música sin conseguirlo.

Él se había quedado solo junto a uno de los jardines, sosteniendo un vaso de plástico en el que ya no quedaba más que un dedo de cerveza tibia.

Entonces la vio.

No fue una aparición. Nunca empleaba esa palabra al contarlo. Las apariciones surgen de la nada, atraviesan paredes o se presentan en mitad de una habitación cerrada. Ella, en cambio, tuvo que abrirse paso entre la gente. Avanzó de costado, protegiéndose con los brazos, mientras un hombre con sombrero de paja daba vueltas delante de ella y una cuadrilla intentaba bailar formando un corro. Primero vio su hombro desnudo. Luego una parte del vestido. Finalmente, el rostro.

Era morena. O eso creyó durante algún tiempo. Quizá tuviera el pelo castaño. Quizá fuese rubia y la luz de las bombillas lo oscureciera.

Lo miró. Él apartó los ojos. Cuando volvió a buscarlos, ella seguía observándolo.

Nunca supo quién dio el primer paso.

En algunas versiones, las más antiguas, decía que había sido él quien se acercó. En otras, ella apareció de pronto delante de su vaso vacío y extendió una mano. Con los años terminó por aceptar que no recordaba ese momento. Entre verla a varios metros de distancia y sentir su cuerpo junto al suyo había un hueco, un pequeño corte en la película de la memoria.

Bailaron.

La plaza estaba abarrotada, pero alrededor de ellos pareció abrirse un espacio suficiente. 

No era cierto, por supuesto. Tropezaron varias veces con otras parejas. Alguien derramó una bebida sobre los zapatos de ella. Un joven los empujó al pasar y él tuvo que sujetarla por la cintura para evitar que cayera. Sin embargo, cuando recordaba aquella noche, todo eso ocurría lejos, al otro lado de un círculo invisible.

Ella apoyó una mano en su hombro. Él puso la suya en su cintura.

Con la otra mano se buscaron torpemente, entrelazando los dedos durante unos segundos y separándolos después porque aquel gesto resultaba demasiado íntimo para dos desconocidos.

Intentaron hablar. Ella acercó la boca a su oído y dijo algo. Él oyó únicamente el estrépito de la batería, el metal de los instrumentos y las voces de centenares de personas cantando a destiempo. Le pareció entender una pregunta y respondió que sí, aunque no sabía a qué. La muchacha sonrió. Volvió a decir algo y esta vez señaló hacia uno de los extremos de la plaza. Él negó con la cabeza para indicar que no la había comprendido.

Ella se puso de puntillas, acercó de nuevo los labios a su oído y gritó. El aliento le rozó el cuello. Tampoco entonces entendió las palabras.

No importaba. Durante aquella canción no importó nada.

El cuerpo de la muchacha se acomodó al suyo con una naturalidad que lo desconcertó. Él sintió el roce del vestido contra las piernas, la presión leve de los dedos sobre su nuca, el calor de su palma. Olía a colonia y a fiesta. También a lluvia, aunque aquella noche no había llovido. Tal vez ese olor procediera de los jardines recién regados o de la tierra húmeda de los parterres. Tal vez lo añadió después, cuando necesitó que aquel recuerdo poseyera un aroma propio.

Ella cerró los ojos. Él tuvo entonces la sensación absurda de que llevaba toda la vida esperando aquel gesto.

No pensó que estuviera enamorado. A los veintidós años todavía sabía distinguir el deseo del amor, o al menos creía saberlo. Lo que sintió fue algo menos solemne y más perturbador: la certeza de que aquella mujer no era del todo desconocida. No porque la hubiera visto antes, sino porque parecía pertenecer a una parte de su vida que aún no había sucedido.

Quizá por eso tuvo miedo.

Cuando terminó la canción, la muchacha no se apartó. La orquesta enlazó con una pieza más rápida y durante unos instantes intentaron continuar juntos, pero el ritmo rompió la intimidad del baile. Ella se echó a reír. Él también. Ahora se movían de cualquier manera, chocando las rodillas y levantando los brazos. Alrededor, la multitud saltaba.

Volvieron a hablar sin oírse. Él le preguntó cómo se llamaba. Ella respondió.

Durante el resto de su vida creyó que el nombre empezaba por ele. Laura, quizá. O Lucía. A veces, sin saber por qué, pensaba en Leonor. Pero también podía haber dicho que era Lola, o que venía de Logroño, o que deseaba marcharse de allí.

Él se señaló el pecho y pronunció su propio nombre.

—Andrés.

Ella inclinó la cabeza, sin entenderlo. Lo repitió. Entonces asintió y dijo algo parecido, aunque pudo haberlo llamado Ángel. La música había borrado las palabras antes de que llegaran a existir entre ellos.

Aparecieron dos muchachas. Una de ellas agarró a la desconocida por el brazo y le habló con urgencia. La del vestido rojo protestó. Hubo una discusión breve, compuesta de gestos que Andrés no supo interpretar. La amiga señaló hacia Chapitela. Después se volvió hacia él y lo examinó con manifiesta desconfianza.

La muchacha le tocó el pecho con la punta de los dedos.

—Tengo que… —alcanzó a oír Andrés.

El resto se perdió bajo un golpe de trompeta.

Ella señaló otra vez en dirección a la calle Chapitela. Luego se acercó y le dio un beso. No en la boca, como afirmaría alguna vez después de beber demasiado, sino muy cerca, en la comisura de los labios. Un beso rápido y húmedo que podía ser una promesa o una despedida.

Las dos muchachas se alejaron.

La del vestido rojo se volvió una vez.

Andrés levantó la mano.

Ella hizo un gesto que él no comprendió. Tal vez le pidió que la siguiera. Tal vez solo volvió a despedirse.

Y él se quedó quieto.

Nunca supo por qué.

Podría culpar a la cerveza, al desconcierto o a la cobardía. Podría decir que esperó a que regresara, que pensó que iba a acompañar a su amiga hasta algún portal cercano. La verdad era más sencilla: no supo si tenía derecho a seguirla. Temió equivocarse, irrumpir en una historia a la que no había sido invitado. Se dijo que, si ella quería volver, volvería. Se dijo que la ciudad era pequeña. Se dijo muchas cosas que parecían razonables mientras veía desaparecer el vestido entre una masa abigarrada de figuras vestidas de blanco y rojo.

Pasaron cinco minutos.

Después, diez.

La orquesta empezó otra canción.

Andrés dejó el vaso en el suelo y fue hacia Chapitela, pero ya no la encontró. Bajó hasta Mercaderes, regresó por la plaza, se asomó luego a Espoz y Mina y recorrió dos veces San Nicolás. Buscaba una mancha roja en una ciudad que había adoptado precisamente esos dos colores: el blanco de las camisas y pantalones y el rojo de los pañuelos, las fajas,  y las chaquetas anudadas a la cintura.

La vio una docena de veces. Ninguna era ella.

Al amanecer regresó a casa con el beso todavía húmedo en el recuerdo y los dedos cerrados alrededor de una mano que ya no estaba.

Durante los primeros días esperó encontrarla de nuevo.

Volvió a la verbena la noche siguiente. Y la otra. Recorrió los bares de la calle San Nicolás y permaneció largas horas en la plaza, atento a cualquier vestido rojo. Miró incluso las fotografías que publicaron los periódicos después de las fiestas. En una de ellas creyó distinguirla al fondo, parcialmente oculta tras un hombre que levantaba una botella. Guardó el recorte durante años, hasta que la tinta se borró y el rostro de la muchacha se convirtió en una sombra.

Después dejó de buscarla en la ciudad y empezó a buscarla en su imaginación.

Al principio reconstruía únicamente lo que debería haber hecho aquella noche.

La veía alejarse por Chapitela. En esta segunda versión, Andrés no levantaba la mano ni esperaba. La seguía. Alcanzaba a las dos amigas a la altura de Mercaderes y tocaba a la muchacha en el hombro. Ella se volvía sin sorpresa, como si hubiese sabido que él aparecería.

Caminaban juntos.

Las amigas se adelantaban y acababan por desaparecer. La música de la plaza quedaba atrás. Bajaban por Curia o se perdían por Calderería, en unas calles estrechas que la madrugada iba vaciando poco a poco. Podían hablar al fin, aunque Andrés jamás consiguió imaginar la voz de ella. En sus reconstrucciones, las palabras existían, pero carecían de sonido.

Ella le decía su nombre.

Él lo entendía.

Luego llegaban hasta algún portal. A veces era un piso compartido con estudiantes. Otras, una buhardilla pequeña, con un colchón en el suelo y un balcón desde el que se veían los tejados. En las versiones más pudorosas no sucedía nada. Se quedaban sentados en la cocina, bebiendo agua y fumando hasta que el cielo clareaba. En otras se besaban contra la puerta antes incluso de encender la luz. A la mañana siguiente desayunaban juntos.

Ese desayuno fue creciendo con los años hasta adquirir una precisión que nunca tuvo el baile. Había dos tazas desparejadas, una cafetera quemada y un plato con churros que alguien había comprado al amanecer. Ella se sentaba frente a él todavía con el vestido rojo, descalza, con el maquillaje corrido y el pelo recogido de cualquier manera. Se reían de la noche anterior. Bebían café en silencio. Compartían una resaca llevadera, casi feliz.

Durante una temporada la historia terminaba ahí. Luego Andrés empezó a prolongarla.

Imaginó que se daban sus números de teléfono, aunque ninguno de los dos tenía teléfono propio y él debía llamar al de la casa de sus padres. Imaginó las primeras conversaciones, vigiladas desde el pasillo por una madre indiscreta. Las citas de los domingos. Los cines. Las tardes de lluvia. Las discusiones inútiles. Una separación de tres semanas y una reconciliación en la estación de autobuses.

Cuando cumplió treinta años ya había vivido con ella una relación completa. La desconocida se instaló en un piso sin ascensor que Andrés situaba unas veces en la Rochapea y otras cerca de la avenida de Zaragoza. Compraron muebles baratos. Pintaron juntos las paredes. Ella quiso dejar una habitación de color amarillo y él protestó, aunque terminó aceptando. Tuvieron un hijo, o dos, dependiendo del momento en que Andrés retomara la historia. Atravesaron épocas de escasez, enfermedades, domingos aburridos, vacaciones breves en campings de la costa. Perdieron a sus padres. Cambiaron de trabajo. Se fueron haciendo mayores.

La vida imaginada no era perfecta. Discutían.

Ella le reprochaba su silencio. Andrés se quejaba de que nunca terminaba las frases. A veces dormían de espaldas. Una vez estuvieron a punto de separarse por una infidelidad que él nunca llegó a precisar cuál de los dos había cometido. En otra versión, era ella quien enfermaba y él quien aprendía a cuidarla. También podía ocurrir al revés.

Mientras tanto, Andrés vivió su vida verdadera.

Trabajó en una gestoría. Se casó con una mujer llamada Marisa, a la que quiso de una forma serena y desapasionada, sin música de orquesta ni vestidos encendidos bajo las bombillas. Tuvieron una hija. Compraron un piso. Viajaron poco. Discutieron por dinero, por los horarios y por el carácter de la niña. Hubo años buenos y otros que pasaron sin dejar apenas huella.

Nunca habló a Marisa de la desconocida. No porque se sintiera culpable, sino porque ignoraba qué lugar ocupaba aquella mujer. No era un antiguo amor. Ni siquiera podía asegurar que hubiese existido tal como la recordaba. Era más bien una puerta que no había abierto, y nadie cuenta en la mesa familiar las habitaciones que imagina al otro lado de las puertas cerradas.

Sin embargo, algunas noches, mientras Marisa dormía a su lado, Andrés regresaba a la plaza del Castillo. No lo hacía para corregir su vida. Tampoco para sustituir a su mujer. Simplemente volvía al instante en que el vestido rojo se alejaba hacia Chapitela y se preguntaba qué habría ocurrido si hubiera echado a andar. Entonces la existencia imaginaria retomaba su curso exactamente donde la había abandonado.

La desconocida envejeció con él. Fue perdiendo la cintura, se cortó el pelo, necesitó gafas para leer. En las últimas versiones llevaba una pequeña cicatriz junto a la ceja, consecuencia de una caída que Andrés inventó una noche de insomnio. Solo sus manos permanecieron intactas. Cada vez que trataba de recordar su rostro, los rasgos se volvían imprecisos; en cambio, aún sentía los dedos cerrándose sobre los suyos y aquella palma caliente apoyada en su nuca.

Por su parte, Marisa murió poco después de cumplir 52 años.

Durante los meses siguientes, Andrés no imaginó a la mujer del vestido rojo. El dolor verdadero ocupaba demasiado espacio. Comprendió entonces que una vida inventada puede acompañarnos, consolarnos incluso, pero no sabe preparar una habitación de hospital, recoger la ropa de un armario ni decidir qué hacer con un cepillo de dientes que nadie volverá a utilizar.

Pasaron tres años.

Una noche de julio, Andrés regresó a la verbena.

No había vuelto desde hacía mucho tiempo. La música era distinta y también lo era la gente, aunque la plaza seguía oliendo a cerveza, a sudor y a tierra húmeda. Se quedó junto a los jardines, en un lugar que creyó reconocer. No sabía si era exactamente el mismo. A su edad, los escenarios de la juventud encogían o cambiaban de sitio.

La multitud se abrió por un instante.

Vio un vestido rojo.

Su corazón dio un golpe ridículo, impropio de un hombre de 56  años. La mujer caminaba hacia Chapitela. Solo alcanzó a ver su espalda, el pelo oscuro y una mano que apartaba a la gente.

Andrés empezó a seguirla.

Esta vez no dudó.

Avanzó con dificultad, disculpándose cuando empujaba a alguien. La perdió cerca de la salida de la plaza y volvió a encontrarla unos metros más abajo. Ella caminaba deprisa. Andrés también, aunque enseguida le faltó el aire.

La alcanzó en Mercaderes.

—Perdone —dijo, tocándole el hombro.

La mujer se volvió. Tendría poco más de veinte años.

Lo miró con sorpresa. Luego con prevención.

Andrés bajó la mano.

—Discúlpame —murmuró—. Te he confundido con alguien.

La joven sonrió por cortesía y siguió su camino.

Él permaneció quieto en mitad de la calle, viendo cómo se alejaba. No sintió decepción. Tampoco tristeza. Solo un cansancio muy antiguo que, por alguna razón, resultaba dulce.

Comprendió que nunca había conservado el recuerdo de una mujer, sino el de una decisión. El vestido, el beso, el nombre ahogado por la música: todo había servido para dar cuerpo a aquel instante en que pudo seguirla y no lo hizo. Sin embargo, mientras regresaba a la plaza, pensó que quizá se había equivocado también en eso.

Porque la había seguido.

No por Chapitela ni por Mercaderes, no aquella madrugada de 1984, sino a través de los años. La había acompañado hasta un piso inexistente, había desayunado con ella, había compartido su cama, sus hijos posibles, sus enfados y su vejez. Habían vivido juntos una vida entera que no había ocupado un solo día del calendario.

La orquesta comenzó a tocar una canción lenta.

Andrés se detuvo.

A su alrededor, las parejas se buscaban. Unas se abrazaban con torpeza; otras bailaban separadas, riéndose. Cerró los ojos y extendió ligeramente la mano, como si alguien pudiera tomarla entre la multitud.

Entonces volvió a sentir aquellos dedos.

La presión leve. La palma caliente.

El cuerpo de una desconocida acomodándose al suyo mientras las bombillas de colores giraban sobre la plaza.

No oyó ninguna palabra.

Solo la música.

El Suizo abre a medianoche

—No llegues tarde —le dijo a su hijo—. El Suizo abre a medianoche.

Julián creyó que hablaba desde la fiebre. En los últimos meses, su padre había ido perdiendo los nombres de las cosas, aunque no su recuerdo. Llamaba cuartel al hospital, confundía a las enfermeras con antiguas vecinas de la calle Jarauta y preguntaba a menudo por un tranvía que jamás había circulado por Pamplona. Sin embargo, conservaba intacta una ciudad anterior a su vida adulta: la trilla en la Vuelta del Castillo, las cardelinas de Larrabide, el humo del Plazaola y el escaparate de una pastelería desde cuya puerta, según repetía, olía a mantequilla incluso en invierno.

Murió a las once y veinte de una noche de noviembre.

Julián salió del hospital sin esperar a sus hermanas. No podía soportar todavía sus voces contenidas, las llamadas a la funeraria, las preguntas prácticas que comienzan en cuanto alguien deja de respirar. Echó a andar sin rumbo y, después de atravesar calles que apenas reconoció, llegó a la plaza del Castillo.

Llovía muy despacio. Una lluvia sin fuerza, casi suspendida, que abrillantaba los adoquines y envolvía las fachadas en una extraña neblina. Las terrazas de la plaza estaban recogidas. Bajo los porches, un empleado apilaba las últimas sillas; más allá, dos muchachos discutían junto a una bicicleta. La ciudad parecía haberse vaciado.

Julián miró el teléfono. Faltaban dos minutos para medianoche.  Entonces recordó las palabras de su padre.

"El Suizo abre a medianoche".

No sabía por qué tomó el lado occidental de la plaza. Tal vez porque deseaba caminar un poco más antes de volver a casa. Tal vez porque, de niño, Fermín le había señalado muchas veces aquel tramo de la plaza sin porches.

—Aquí estaba el Café —decía señalando a la sucursal bancaria—. Aquí, de aquello no queda nada.

Nunca precisaba qué significaba nada. Para él, todo lo construido después de su infancia parecía una ocupación provisional.

Julián levantó la vista. En el número 37 había una extraña luz.

No la luz de un establecimiento moderno, sino un resplandor espeso, dorado, que descendía desde unas lámparas de tulipa y quedaba atrapado en los cristales empañados. Sobre la puerta, unas letras doradas decían:

CAFÉ SUIZO

Julián se detuvo.

Conocía aquella fachada. La había visto en fotografías: los grandes ventanales, las molduras, la entrada al Café. Sin embargo, las fotografías eran pequeñas, grises, y siempre mostraban figuras quietas. Lo que tenía delante respiraba. Detrás del cristal se movían camareros con chaquetilla blanca. Una mano borró el vaho desde dentro. Alguien alzó una copa. Llegó a oír el choque de una cucharilla contra una taza. Miró a los lados. El empleado de las terrazas había desaparecido. También los muchachos. La plaza entera se encontraba ahora desierta.

El teléfono marcó las doce. La puerta del Café se abrió.

—¿Entra el señor o espera a alguien? —preguntó un camarero.

Era un hombre delgado, de edad difícil de calcular, con el cabello peinado hacia atrás y una servilleta doblada sobre el brazo. Tenía el rostro pálido de quienes pasan más horas bajo techo que a la luz del día.

—Este Café cerró hace mucho tiempo —dijo Julián.

El camarero asintió con naturalidad.

—Por eso conviene que entre. Está escapándose todo el calor.

Julián cruzó el umbral. El olor fue lo primero que reconoció.

Café recién molido, chocolate, anís y mantequilla caliente. Debajo de esos aromas flotaba otro, más húmedo, procedente de las bodegas: madera mojada, corcho, piedra antigua. Era un olor tan preciso que comprendió por qué su padre lo había recordado durante más de setenta años.

El establecimiento era mucho mayor de lo que dejaba ver la fachada. Al fondo se abrían varios salones comunicados por arcos. En uno había veladores de mármol; en otro, mesas de madera oscura. Algunas lámparas funcionaban con electricidad, mientras que otras alimentaban sus mechas con gas. Una araña de cristal presidía el centro del local, pero sus lágrimas reflejaban luces que no se encontraban allí.

Los clientes llenaban casi todas las mesas.

Junto a la puerta, dos caballeros con levita discutían sobre la conveniencia de que el Ayuntamiento hubiera arrendado la Casa de los Toriles a un extranjero. Uno de ellos sostenía que ningún pamplonés sensato bebería café donde hasta hacía poco se habían guardado reses bravas. El otro respondía que Santiago Matossi sabía de pastelería y que, viniendo de Bilbao, traería interesantes novedades a la ciudad.

Más allá, tres señoras vestidas de negro compartían un chocolate. Sus sombreros estaban adornados con plumas y una de ellas ocultaba la boca tras un abanico. En el rincón opuesto, unos jóvenes con corbatas estrechas jugaban a las cartas bajo una nube de humo. Sobre la pared, detrás de ellos, colgaba un cartel de Acción Republicana.

Había también un militar con guerrera de cuello alto, una pareja que vestía a la moda de los años veinte, dos hombres con boina que hablaban de una huelga próxima y un anciano que sostenía entre las manos un periódico fechado en julio de 1914.

Nadie parecía reparar en la ropa de los demás.

El camarero condujo a Julián hasta una mesa próxima al mostrador.

—¿Qué le sirvo?

—Un café.

—¿Solo?

—Solo.

El camarero arqueó ligeramente las cejas.

—Aquí nadie toma el café solo.

Julián miró alrededor. No entendió si se trataba de una observación o de una advertencia.

—Tráigame también un bollo.

—Eso ya es otra cosa.

El hombre se alejó. Julián dejó el teléfono sobre la mesa. La pantalla continuaba marcando las doce en punto. Esperó unos segundos. Los dos puntos que separaban las horas de los minutos no parpadeaban.

En el velador contiguo, una mujer joven bebía una gaseosa con una pajita de papel. Llevaba un vestido verde, zapatos de tacón bajo y un sombrerito inclinado sobre la frente.

—Disculpe —le preguntó Julián—, ¿sabe usted en qué año estamos?

La mujer lo miró, sorprendida.

—En el treinta y cuatro.

Uno de los jugadores de cartas levantó la cabeza.

—¿Cómo que en el treinta y cuatro? Estamos en 1931. La República se proclamó en abril, por si no se ha enterado.

—Eso fue hace tres años —replicó ella.

—Sería en su casa.

El anciano del periódico intervino desde el fondo.

—Los dos están diciendo tonterías. Estamos en 1914 y Europa se va a meter en una guerra de la que no saldrá nada bueno.

Los caballeros de las levitas rieron.

—¿Europa? —dijo uno—. ¡Si estamos en 1844!

La discusión se propagó por el salón. Cada mesa dio un año diferente. 1852. 1893. 1927. 1936. 1946. Las fechas fueron cruzándose sobre la cabeza de Julián como bolas de billar. Algunos clientes enseñaron periódicos, monedas o documentos para demostrar que decían la verdad. Otros consultaron sus relojes, pero todos tenían las agujas detenidas a medianoche.

El camarero regresó con el café y el bollo.

—Ha provocado usted la conversación de siempre —dijo mientras dejaba la bandeja.

—¿Qué año es?

—Depende de la puerta por la que haya entrado.

—He entrado por la plaza del Castillo.

—Todos dicen lo mismo.

—Yo sé de qué año vengo.

—También lo creen los demás.

El bollo estaba todavía caliente. Tenía la corteza delicadamente tostada y un pequeño lomo de azúcar en el centro. Julián arrancó un pedazo. Al probarlo, sintió que algo se quebraba dentro de él, no exactamente un recuerdo, sino el lugar donde debería haber estado.

Era un sabor conocido.

No podía haberlo probado jamás y, sin embargo, lo conocía. Su padre se lo había descrito tantas veces que, de algún modo, se lo había transmitido.

—Lo fabrica la casa —explicó el camarero—. Como el ron, el coñac, los anisados, los helados y las gaseosas. Lo que no hacemos aquí viene de Santa Engracia. Tenemos la fábrica junto a la carretera de Villava.

—Esa fábrica ya no existe.

—No diga esas cosas delante del señor Matossi.

Señaló discretamente hacia el mostrador. Detrás de la caja había un hombre de grandes bigotes que anotaba cifras en un libro de contabilidad. A su lado trabajaban otros cuatro hombres de extraordinario parecido. El mayor llevaba patillas; el más joven, un cabello engominado y brillante. Podrían haber sido hermanos, pero entre el primero y el último mediaba casi un siglo en el corte de los trajes.

—Cinco generaciones —murmuró el camarero—. Y ninguna se fía de las cuentas de la anterior.

Julián bebió el café. Estaba fuerte y tenía un leve sabor a achicoria.

En una mesa apartada descubrió a un hombre inclinado sobre un cuaderno. Rondaría los cincuenta años. Tenía la frente ancha, las gafas gruesas y la expresión atenta de quien escucha incluso mientras escribe. Frente a él se sentaba un empleado del café ya anciano. Por la chaquetilla, debía de haber trabajado allí, aunque parecía demasiado viejo para continuar sirviendo.

—¿Y dice usted que celebraban muchos banquetes? —preguntó el del cuaderno.

—¡Muchísimos! —respondió el antiguo empleado—. Aquí ha comido todo Pamplona y media España. Políticos, toreros, músicos, militares… Hasta un gobernante vino con un hombre encargado de probar la comida antes que él. Como si nosotros fuéramos a envenenarlo.

—¿Y qué le sirvieron?

El anciano enumeró platos, vinos y postres con una precisión que hizo callar a las mesas próximas. Recordaba el orden de cada fuente, el lugar ocupado por los invitados y una disputa surgida en las cocinas. Cuando acabó, el hombre del cuaderno sonrió y escribió algunas líneas más.

Julián se acercó.

Sobre la mesa había una carpeta. En la cubierta podía leerse:

LA VIDA ÍNTIMA DE PAMPLONA
1945-1950

—Perdone —dijo Julián—. ¿Es usted Baroga?

El hombre levantó los ojos.

—Depende de quién pregunte.

—José María Baroga.

—Así firmo algunas cosas.

—Entonces estamos en 1973.

El escritor soltó una breve carcajada.

—Ojalá fuera tan sencillo.

—Ese libro se publicó en 1973.

Baroga contempló la carpeta, como si la viera por primera vez.

—Puede que se publique. Yo todavía estoy hablando con Mario.

El anciano empleado saludó a Julián inclinando la cabeza.

—No se preocupe demasiado por los años —continuó Baroga—. Son una manía de los calendarios. La memoria no trabaja de esa manera. Pone a conversar a personas que nunca coincidieron, abre establecimientos desaparecidos y devuelve a los muertos una voz que ellos mismos ya habían olvidado.

—Mi padre ha muerto esta noche.

Baroga dejó el lápiz sobre la mesa.

—Entonces comprendo por qué ha encontrado la puerta.

Julián regresó a su asiento. Ya no tenía hambre. El bollo permanecía abierto sobre el plato y de su interior salía un hilo de vapor.

Quiso marcharse.

Empujó la puerta principal, pero al otro lado no encontró la plaza del Castillo. Había una escalera estrecha que descendía hacia una cocina. Varias mujeres batían crema en grandes cuencos de cobre. Un muchacho transportaba bandejas de pasteles. Nadie pareció extrañarse al verlo.

—La salida, por favor.

—Por la pastelería —le indicó una mujer sin dejar de amasar.

Julián siguió el corredor. Llegó a un salón más pequeño, lleno de vitrinas y tarros de caramelos. Tras los cristales se alineaban bollos, chocolates, bizcochos y helados depositados en recipientes metálicos. La puerta de la calle estaba abierta.

Salió.

No se encontraba en la plaza, sino en Pozoblanco.

La calle estaba iluminada por faroles de gas. Un carro permanecía detenido frente al número 15 mientras dos mozos descargaban cajas de botellas. Más arriba sonaron unos cascos de caballo. No había automóviles, ni señales, ni escaparates modernos.

Julián retrocedió y cerró la puerta.

Al volverse, ya no estaba en la pastelería. Se encontraba en el obrador. Unas poleas descendían cestas hacia una planta inferior. Desde allí llegaba un frío intenso.

Bajó. En la bodega se apilaban barriles de vino, cajas de sifones y botellas de licor. Las etiquetas cambiaban al mirarlas. Algunas eran nuevas; otras amarilleaban en cuestión de segundos. En un extremo se abría el pozo-nevera.

Julián se asomó. No vio hielo.

En el fondo se reflejaba la plaza del Castillo bajo distintos cielos. La plaza amurallada y polvorienta de mediados del siglo XIX. La plaza con carruajes. La de los primeros automóviles. La de las manifestaciones, las procesiones y los desfiles. La plaza bombardeada por tormentas, cubierta de nieve, inundada de música en San Fermín. La plaza que él había atravesado unas horas antes.

Todas existían al mismo tiempo, colocadas unas debajo de otras como las hojas transparentes de un libro.

En una de ellas distinguió a un niño.

Llevaba pantalón corto, abrigo oscuro y una gorra de lana. Caminaba de la mano de un hombre alto hacia la entrada del Café Suizo.

Julián se apartó del pozo.

Conocía aquel rostro.

Subió los peldaños apresuradamente, cruzó el obrador y volvió al salón principal. Los clientes continuaban discutiendo sobre el año. Nadie había reparado en su ausencia.

El niño estaba sentado ahora en su mesa.

Había ocupado la silla de enfrente y mordía el bollo que Julián había dejado en el plato. El hombre alto conversaba con uno de los Matossi junto a la caja.

—Ese era mío —dijo Julián.

El niño se limpió el azúcar de los labios.

—Te estabas marchando.

Tendría once años. Era delgado, con orejas grandes y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

Su padre conservó aquella cicatriz toda la vida.

—¿Cómo te llamas?

—Fermín.

Aunque esperaba la respuesta, Julián sintió que el salón se inclinaba. Se sentó.

—¿Y ese señor?

—Mi padre. Ha ido a pagar. Dice que hoy podemos pedir lo que queramos porque mañana cierran.

—¿Mañana?

—El primero de septiembre. ¿No te has enterado? Se acaba el Suizo.

Fermín arrancó otro pedazo de bollo.

—Mi padre dice que estas cosas pasan. Cierran un café, tiran una casa, cambian una calle. Luego todos aseguran que se acuerdan, pero se acuerdan mal.

—Tú no te olvidarás.

—¿Cómo lo sabes?

Julián lo miró. El niño tenía todavía la cara de su padre, pero sin cansancio, sin enfermedad, sin los años que acabarían borrándole los nombres. Era Fermín antes de las ausencias, de los hijos, del trabajo, de las mañanas de domingo y las comidas familiares. Antes incluso de saber en qué hombre se convertiría.

—Porque vas a hablar mucho de este sitio.

—¿Tú también lo conociste?

—No. Me lo contaron.

—Entonces no es lo mismo.

—A veces es casi lo mismo.

El niño lo estudió con curiosidad.

—¿De qué año vienes?

Julián abrió la boca, pero no supo responder. De pronto, el año del que procedía le pareció menos verdadero que todos los demás. ¿Era el año en que su padre había muerto o aquel en que aún podía encontrarlo comiendo un bollo frente a él? ¿Era el año que figuraba en su teléfono, detenido sobre la mesa, o el que conservaban el olor del café y la cicatriz junto a la ceja?

—Vengo de bastante lejos —contestó.

—¿Sigue existiendo Pamplona?

—Sí.

—¿Y la plaza?

—También.

—Entonces no será para tanto.

El hombre alto regresó de la caja.

—Vamos, Fermín. Ya es tarde.

El niño apuró el último pedazo del bollo y se levantó.

—Espera —dijo Julián.

Quería decirle muchas cosas. Quería advertirle de los años malos, preguntarle por qué nunca había hablado de su propio padre y contarle que tendría tres hijos. Quería decirle que, al final, confundiría el hospital con un cuartel y que su última frase sería una cita. Sobre todo, quería preguntarle si había sido feliz.

No dijo nada.

Fermín se puso la gorra.

—¿Volveremos a vernos?

—Yo ya te he visto muchas veces.

El niño pareció aceptar la respuesta. Se marchó de la mano de su padre. Al llegar a la puerta, se volvió.

—No llegues tarde —le advirtió—. El Suizo abre a medianoche.

Cruzaron el umbral y desaparecieron.

En ese momento sonó una campanilla.

Las conversaciones cesaron. Los jugadores dejaron las cartas boca abajo. Las señoras cerraron sus abanicos. Los Matossi abandonaron a la vez sus libros de cuentas.

Mario apagó una de las lámparas.

—Señores —anunció—, vamos a cerrar.

Un murmullo de protesta recorrió el salón.

—¿Cerrar? —preguntó el caballero de la levita—. ¡Si acabamos de inaugurar!

—Eso mismo dijeron sus hijos —respondió Mario.

Los clientes comenzaron a levantarse. Cada uno salió por una puerta distinta. Algunos encontraron la plaza del Castillo; otros, Pozoblanco. Tras los cristales pasaron carruajes, automóviles, soldados, serenos y taxis. Durante unos segundos, la noche se llenó con el ruido de cien ciudades superpuestas.

Baroga cerró su cuaderno.

—¿Ya sabe en qué año ha entrado? —preguntó a Julián.

—No.

—Mejor. Así podrá contarlo sin estropearlo con demasiadas certezas.

—Nadie me creerá.

—Las historias de Pamplona no se escriben para que las crean. Se escriben para que alguien reconozca en ellas una calle, una voz o un olor que creía perdido.

El camarero llevó la cuenta a Julián. En el papel aparecían anotados un café y dos bollos.

—Yo solo he comido uno.

—El otro lo ha invitado usted.

Julián sacó la cartera.

—¿Aceptan euros?

El camarero examinó el billete sin especial interés.

—Aceptamos todas las monedas. Ninguna conserva mucho tiempo su valor.

Dejó el dinero sobre la bandeja y se dirigió a la puerta. Antes de salir miró por última vez el establecimiento. Las lámparas se apagaban una tras otra. Los salones parecían encogerse. Los arcos se cerraban, las mesas desaparecían y las voces descendían hacia el pozo-nevera, donde quizá permanecerían esperando otra medianoche.

Baroga continuaba escribiendo en la oscuridad.

Julián abrió la puerta.

Se encontró frente al tramo sin porches de la plaza del Castillo.

La lluvia había cesado. Al otro lado de los cristales solo se veía el interior apagado de un establecimiento bancario. No quedaba rastro del rótulo, de los veladores ni de las lámparas. Miró el teléfono.

Eran las doce y un minuto.

En el bolsillo del abrigo encontró un pequeño paquete envuelto en papel. Dentro había un bollo todavía tibio. En el envoltorio se distinguía un sello ovalado:

MATOSSI Y COMPAÑÍA
GRAN CAFÉ SUIZO
PAMPLONA

Julián permaneció un rato frente al número 37. Después echó a andar hacia su casa.

No volvió a ver el café.

Sin embargo, muchos años más tarde, un hombre que cruzaba la plaza del Castillo aseguró haber distinguido a través de un cristal empañado a un cliente vestido de una manera imposible de fechar. Estaba sentado frente a un niño con gorra de lana. Entre ambos había dos cafés, un bollo abierto y un teléfono cuya pantalla marcaba siempre la misma hora.

El hombre intentó averiguar qué establecimiento era aquel.

Antes de que pudiera leer el rótulo, la puerta se abrió y un camarero le preguntó:

—¿Entra el señor o espera a alguien?