Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Los territorios de Sombras

Últimos Relatos

martes, 6 de octubre de 2026

El sapalandrón


La primera vez que oí aquella palabra fue en Pamplona, en boca de mi madre, Cecilia. No recuerdo qué estábamos haciendo ni por qué salió en la conversación. Recuerdo la cantinela:

Agua bendita en los rincones
para que no haya brujas ni sapalandrones.

Las brujas ya tenían su sitio en mi cabeza. Las había visto en los cuentos de las escuelas del Ave María, encorvadas sobre una olla o volando por encima de los tejados. Pero el sapalandrón era nuevo. Repetí su nombre varias veces, procurando que no se me escapara ninguna sílaba. Había algo en aquella palabra que parecía arrastrarse al pronunciarla.

Mi madre me dijo que se lo había oído a la suya. Así llegué aquel verano de 1970 a Fuentes de Nava con una pregunta para la abuela Teodora.

La casa de mis abuelos tenía, como ya comenté en "El ciclista nocturno" un pasillo de baldosas rojas y  un patio estrecho con macetas  una cocina con fogón y un corral. Durante el día todo era familiar. Al acostarme, los mismos muebles parecían haberse apartado unos de otros y dejaban entre ellos huecos que antes no estaban.

Fue junto a mi cama donde Teodora me habló del ensalmo. Se había quedado un momento después de arroparme. Llevaba un  delantal gris sobre la ropa negra que vestía desde que murió su hijo Rafael. Le pregunté qué era un sapalandrón y ella repitió despacio los dos versos, con una naturalidad que me inquietó más que cualquier voz de misterio.

—Eso se decía antes, cuando se abría una casa que llevaba mucho tiempo cerrada.

Había que echar agua bendita en los rincones. También en las casas abandonadas, si alguien iba a entrar en ellas a vivir. La abuela lo contaba como quien explica  dónde se guarda una llave o cómo se prende el fogón. Yo la escuchaba mirando el espacio entre la pared y el armario.

—¿Y qué hacía ese animal?

—Andar por donde no daba la luz.

Con lo que me contó y lo que puse yo, fui dándole cuerpo: mitad sapo, mitad salamandra, bajo y alargado, con las patas abiertas y la barriga rozando el suelo. Lo imaginé húmedo, aunque saliera de un rincón seco. Se deslizaba pegado a las paredes y se recogía en las esquinas, allí donde la escoba apenas alcanzaba.

Según ella, su aparición anunciaba algo malo. Una desgracia, quizá, o la cercanía de algún espíritu que aún no se había dejado ver. Quise saber si aquel espíritu entraba detrás del animal.

Teodora se acomodó el delantal antes de contestar.

—Tú no te preocupes. Esta casa está habitada.

Aquello me tranquilizó mientras estuvo junto a la cama.

Cuando salió de la habitación, empecé a escuchar.

Llegaban voces de la cocina, algún golpe de cacharros, el crujido de una puerta. Me gustaba reconocerlos. Cada ruido tenía a alguien detrás: mi madre, el abuelo, la propia Teodora. Después fueron apagándose y quedó ese silencio de las casas del pueblo que nunca acaba de estar vacío.

No sé cuánto tardé en oír el roce.

Fue breve. Algo que pasaba por el suelo, cerca del armario. Saqué una mano por encima de la sábana y encendí la luz, con la pera. El rincón estaba desierto. Desde la cama solo alcanzaba a ver el comienzo del hueco bajo el mueble.

Llamé a la abuela.

Teodora vino sin hacer preguntas. Le señalé el armario y me dio vergüenza explicarle lo demás. Se agachó, miró por debajo y permaneció así unos segundos. Yo esperaba que sacara un ratón, una zapatilla, cualquier cosa que explicara el roce.

Se levantó y salió al pasillo.

Regresó con un vaso. Hundió los dedos en el agua y dejó caer unas gotas en el rincón. Mientras lo hacía, murmuró el ensalmo. Luego pasó junto a la puerta y repitió el gesto.

—Ahora duerme.

Le pedí que se quedara un poco. Acercó una silla y se sentó a mi lado, con las manos descansando sobre el delantal. Todavía me parece sentir la cama cuando se inclinó para subirme la sábana. Me dormí oyendo su respiración.

A la mañana siguiente entraba luz en el cuarto. El armario había vuelto a ser un armario y por debajo solo se veía polvo. La abuela estaba en la cocina, ocupada en las cosas de siempre. No hablamos de lo ocurrido.

Todavía hay un detalle que me hace detenerme: yo había señalado el armario. La abuela echó agua también junto a la puerta.

Nunca llegué a preguntarle por qué.

domingo, 4 de octubre de 2026

A medio metro


De aquel lejano septiembre
queda el recuerdo de la luz mortecina del aula
un pupitre vacío
y el sitio de tu silla junto a la ventana

Llegaste cuando la vida cabía 
en una pequeña mirada,
cuando la felicidad dependía 
apenas de una sola palabra

Delante, detrás, al lado, 
siempre cerca, siempre estabas.
Me bastaba con girarme 
para encontrar tu mirada.

Tan cerca que yo escuchaba tu respiración 
antes de escuchar tus palabras
mientras a mí se me olvidaba hacerlo 
cuando más cerca te encontrabas

Un desliz puso en boca de otros
lo que yo no me atrevía a decir.
No hacía falta confesar nada:
yo, que bebía por ti los vientos,
lo llevaba escrito en la cara.

Yo sé que tú también lo sabías, y callabas.
Ni un gesto de burla,
ni una palabra de más.
Llenabas mi vida
con sólo estar allí sentada.

«—¿En qué piensas? Me dijiste un día».

Yo bajaba los ojos, 
miraba hacia la mesa 
y no te contestaba.

Si hubieses acercado la mano a mi silencio,
habrías sentido tu nombre latiendo por debajo.
Callé. 
Temía que una palabra mía  provocase tu rechazo

Aún no me habías negado nada.
Pero sufría la ausencia
y el dolor que puede caber 
en una respuesta imaginada.

Me daba miedo aquel «no» 
que nunca dijiste.
Bastaba imaginarlo en tu boca 
para bajar la mirada.
 
Fui cobarde. Lo sabía.
Prefería tenerte cerca
a arriesgarme a perderte.

Por eso seguí soñando.
Por eso seguí en mi sitio.
Tú, a medio metro de mí.
Yo, sin saber cómo alcanzarte,
mirándote otra vez
mientras tú me preguntabas.

Ahora quisiera detener una de aquellas mañanas.
Que el reloj no avanzase.
Que el curso no terminara.

Tu mesa. 
Mi silla. 
Las voces alejándose del aula.

Tú delante.
Tú detrás.
Tú a mi lado.
Tan cercana.

Y oír de nuevo tu pregunta:

«¿En qué piensas?».

En ti.
En quedarme aquí contigo.
En que nunca acabe esta mañana.

Escrito en 1984 dentro del libro de poemas "Queman las palabras" extraviado en 1987. Reconstruido en octubre de 2026.

sábado, 3 de octubre de 2026

Carmilla. Joseph Sheridan Le Fanu


Esta novelita que leí en la edición de Fontamara (1980)  fue publicada por entregas en 1871-1872 en la revista The Dark Blue y recogida después en el volumen In a Glass Darkly (1872). El relato se presenta como un documento rescatado de los papeles del doctor Martin Hesselius, el «médico metafísico» que sirve de hilo conductor a In a Glass Darkly. Su narradora es Laura, una joven que vive con su padre, un inglés retirado del servicio austríaco, en un castillo aislado de Estiria. Su vida es solitaria, rodeada de bosques, institutrices y un pueblo abandonado a pocas leguas: Karnstein.

Una tarde vuelca un carruaje ante el castillo. Una dama de aire imperioso dice tener una misión urgente que no admite demora y deja a su hija convaleciente al cuidado de la familia durante tres meses. Laura reconoce en la joven, Carmilla, el rostro que vio de niña en un sueño, cuando una presencia se acostó en su cama y la mordió en el pecho. Carmilla asegura haber soñado con Laura en esa misma época. Entre ambas nace una amistad de una intensidad inquietante. Carmilla es lánguida, bellísima y evasiva sobre su origen. Duerme hasta tarde, no reza y alterna la ternura con unos arrebatos apasionados que desconciertan a Laura. Mientras tanto, en la comarca mueren muchachas de una extraña enfermedad. Al restaurar unos retratos antiguos aparece el de Mircalla, condesa de Karnstein, fechado en 1698 e idéntico a la huésped. Laura empieza a sufrir visitas nocturnas de una criatura semejante a un gato negro, sensaciones de pinchazos y un decaimiento progresivo.

El desenlace llega con el general Spielsdorf, amigo de la familia. Su pupila Bertha murió en circunstancias idénticas tras acoger a una joven llamada Millarca. Las tres identidades (Carmilla, Millarca, Mircalla) son anagramas de un mismo nombre. En las ruinas de Karnstein, con ayuda del barón Vordenburg, estudioso de vampiros, localizan la tumba de la condesa. El cuerpo aparece incorrupto, con el ataúd lleno de sangre. Le clavan una estaca, la decapitan y la queman. Laura cierra el relato confesando que, años después, aún cree a veces oír los pasos ligeros de Carmilla junto a su puerta.

Valoración

Carmilla es una de las piezas fundacionales del vampirismo literario. Se adelanta un cuarto de siglo a Drácula (1897), y Stoker le debe mucho: el investigador erudito, la víctima que languidece de noche y la profanación ritual de la tumba. Pero el interés del texto va más allá de su papel de precursor. Lo mejor es su atmósfera de ambigüedad. Le Fanu no construye el horror sobre la amenaza externa sino sobre la intimidad. Carmilla no asalta: seduce, se instala en la casa, comparte confidencias y lecho. El famoso subtexto lésbico es menos un escándalo calculado que el motor mismo del miedo: la confusión entre deseo, amistad y depredación. Laura siente a la vez atracción y repulsión, y no sabe nombrar ninguna de las dos. Esa zona de penumbra emocional, contada en primera persona por una víctima que nunca termina de entender lo que le ocurrió, es lo más moderno del relato. El cierre melancólico, con Laura todavía añorando a quien la estaba matando, es un acierto. También funciona muy bien el escenario. La Estiria de Le Fanu es casi una abstracción gótica, con bosques, un pueblo en ruinas y un castillo de vida anacrónica. Ese aislamiento hace verosímil la indefensión de la narradora. Quizás decae algo la obra en su último tercio: cierta reiteración, una resolución apresurada no exenta de cierta previsibilidad. Con todo, es una novela corta imprescindible. Su verdadero logro no es el monstruo sino el vínculo entre monstruo y víctima, y en eso sigue siendo más sutil que buena parte de lo que vino después, incluido el propio Drácula.

Cuando termine el invierno

Cuando termine el invierno, quizá no quede nada.

Sólo la huella de unos pasos perdidos bajo la nieve,
una rama desnuda temblando todavía junto al camino
y aquel silencio azul que dejaste con tu ausencia en mi alma.

Esta mañana el sol ha nacido enfermo tras  los cristales.

Había escarcha en los campos,
una fina tristeza sobre las hojas
y pájaros oscuros atravesando lentamente el cielo.

Hoy he vuelto a pensar en ti.

No sé por qué.

Tal vez porque el frío se parece demasiado al recuerdo,
porque ambos llegan de noche, sin llamar,
y permanecen después en los rincones más hondos del alma.

Hubo un tiempo en que bastaba una mirada.

Tus ojos verdes eran entonces dos pequeñas ventanas
abiertas a un verano imposible.

Yo caminaba hacia ellos
sin saber que también el verano termina,
que las flores se marchitan,
que el agua se lleva los nombres escritos en la arena

Ahora sólo queda esta luz pálida y la niebla.
El árbol que espera....Y un corazón obstinado
que todavía busca entre las cosas muertas
algo que no haya muerto.

Quizá mañana el viento cambie.

Quizá caiga la última escarcha
y bajo la tierra dormida una raíz diminuta
comience de nuevo a recordar la primavera.

Pero esta noche no.

Esta noche déjame permanecer aquí,
junto a la ventana,
mirando cómo la luna va cubriendo de plata los tejados.

Déjame creer que en algún lugar
también tú contemplas este mismo cielo.

Y que durante un instante,
sólo uno,
el tiempo se detiene entre los dos.

Después vendrá el alba y se borrarán las estrellas.

Pamplona. Octubre 2026.