Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Los territorios de Sombras

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martes, 6 de octubre de 2026

El sapalandrón


La primera vez que oí aquella palabra fue en Pamplona, en boca de mi madre, Cecilia. No recuerdo qué estábamos haciendo ni por qué salió en la conversación. Recuerdo la cantinela:

Agua bendita en los rincones
para que no haya brujas ni sapalandrones.

Las brujas ya tenían su sitio en mi cabeza. Las había visto en los cuentos de las escuelas del Ave María, encorvadas sobre una olla o volando por encima de los tejados. Pero el sapalandrón era nuevo. Repetí su nombre varias veces, procurando que no se me escapara ninguna sílaba. Había algo en aquella palabra que parecía arrastrarse al pronunciarla.

Mi madre me dijo que se lo había oído a la suya. Así llegué aquel verano de 1970 a Fuentes de Nava con una pregunta para la abuela Teodora.

La casa de mis abuelos tenía, como ya comenté en "El ciclista nocturno" un pasillo de baldosas rojas y  un patio estrecho con macetas  una cocina con fogón y un corral. Durante el día todo era familiar. Al acostarme, los mismos muebles parecían haberse apartado unos de otros y dejaban entre ellos huecos que antes no estaban.

Fue junto a mi cama donde Teodora me habló del ensalmo. Se había quedado un momento después de arroparme. Llevaba un  delantal gris sobre la ropa negra que vestía desde que murió su hijo Rafael. Le pregunté qué era un sapalandrón y ella repitió despacio los dos versos, con una naturalidad que me inquietó más que cualquier voz de misterio.

—Eso se decía antes, cuando se abría una casa que llevaba mucho tiempo cerrada.

Había que echar agua bendita en los rincones. También en las casas abandonadas, si alguien iba a entrar en ellas a vivir. La abuela lo contaba como quien explica  dónde se guarda una llave o cómo se prende el fogón. Yo la escuchaba mirando el espacio entre la pared y el armario.

—¿Y qué hacía ese animal?

—Andar por donde no daba la luz.

Con lo que me contó y lo que puse yo, fui dándole cuerpo: mitad sapo, mitad salamandra, bajo y alargado, con las patas abiertas y la barriga rozando el suelo. Lo imaginé húmedo, aunque saliera de un rincón seco. Se deslizaba pegado a las paredes y se recogía en las esquinas, allí donde la escoba apenas alcanzaba.

Según ella, su aparición anunciaba algo malo. Una desgracia, quizá, o la cercanía de algún espíritu que aún no se había dejado ver. Quise saber si aquel espíritu entraba detrás del animal.

Teodora se acomodó el delantal antes de contestar.

—Tú no te preocupes. Esta casa está habitada.

Aquello me tranquilizó mientras estuvo junto a la cama.

Cuando salió de la habitación, empecé a escuchar.

Llegaban voces de la cocina, algún golpe de cacharros, el crujido de una puerta. Me gustaba reconocerlos. Cada ruido tenía a alguien detrás: mi madre, el abuelo, la propia Teodora. Después fueron apagándose y quedó ese silencio de las casas del pueblo que nunca acaba de estar vacío.

No sé cuánto tardé en oír el roce.

Fue breve. Algo que pasaba por el suelo, cerca del armario. Saqué una mano por encima de la sábana y encendí la luz, con la pera. El rincón estaba desierto. Desde la cama solo alcanzaba a ver el comienzo del hueco bajo el mueble.

Llamé a la abuela.

Teodora vino sin hacer preguntas. Le señalé el armario y me dio vergüenza explicarle lo demás. Se agachó, miró por debajo y permaneció así unos segundos. Yo esperaba que sacara un ratón, una zapatilla, cualquier cosa que explicara el roce.

Se levantó y salió al pasillo.

Regresó con un vaso. Hundió los dedos en el agua y dejó caer unas gotas en el rincón. Mientras lo hacía, murmuró el ensalmo. Luego pasó junto a la puerta y repitió el gesto.

—Ahora duerme.

Le pedí que se quedara un poco. Acercó una silla y se sentó a mi lado, con las manos descansando sobre el delantal. Todavía me parece sentir la cama cuando se inclinó para subirme la sábana. Me dormí oyendo su respiración.

A la mañana siguiente entraba luz en el cuarto. El armario había vuelto a ser un armario y por debajo solo se veía polvo. La abuela estaba en la cocina, ocupada en las cosas de siempre. No hablamos de lo ocurrido.

Todavía hay un detalle que me hace detenerme: yo había señalado el armario. La abuela echó agua también junto a la puerta.

Nunca llegué a preguntarle por qué.

domingo, 4 de octubre de 2026

A medio metro


De aquel lejano septiembre
queda el recuerdo de la luz mortecina del aula
un pupitre vacío
y el sitio de tu silla junto a la ventana

Llegaste cuando la vida cabía 
en una pequeña mirada,
cuando la felicidad dependía 
apenas de una sola palabra

Delante, detrás, al lado, 
siempre cerca, siempre estabas.
Me bastaba con girarme 
para encontrar tu mirada.

Tan cerca que yo escuchaba tu respiración 
antes de escuchar tus palabras
mientras a mí se me olvidaba hacerlo 
cuando más cerca te encontrabas

Un desliz puso en boca de otros
lo que yo no me atrevía a decir.
No hacía falta confesar nada:
yo, que bebía por ti los vientos,
lo llevaba escrito en la cara.

Yo sé que tú también lo sabías, y callabas.
Ni un gesto de burla,
ni una palabra de más.
Llenabas mi vida
con sólo estar allí sentada.

«—¿En qué piensas? Me dijiste un día».

Yo bajaba los ojos, 
miraba hacia la mesa 
y no te contestaba.

Si hubieses acercado la mano a mi silencio,
habrías sentido tu nombre latiendo por debajo.
Callé. 
Temía que una palabra mía  provocase tu rechazo

Aún no me habías negado nada.
Pero sufría la ausencia
y el dolor que puede caber 
en una respuesta imaginada.

Me daba miedo aquel «no» 
que nunca dijiste.
Bastaba imaginarlo en tu boca 
para bajar la mirada.
 
Fui cobarde. Lo sabía.
Prefería tenerte cerca
a arriesgarme a perderte.

Por eso seguí soñando.
Por eso seguí en mi sitio.
Tú, a medio metro de mí.
Yo, sin saber cómo alcanzarte,
mirándote otra vez
mientras tú me preguntabas.

Ahora quisiera detener una de aquellas mañanas.
Que el reloj no avanzase.
Que el curso no terminara.

Tu mesa. 
Mi silla. 
Las voces alejándose del aula.

Tú delante.
Tú detrás.
Tú a mi lado.
Tan cercana.

Y oír de nuevo tu pregunta:

«¿En qué piensas?».

En ti.
En quedarme aquí contigo.
En que nunca acabe esta mañana.

Escrito en 1984 dentro del libro de poemas "Queman las palabras" extraviado en 1987. Reconstruido en octubre de 2026.

sábado, 3 de octubre de 2026

Carmilla. Joseph Sheridan Le Fanu


Esta novelita que leí en la edición de Fontamara (1980)  fue publicada por entregas en 1871-1872 en la revista The Dark Blue y recogida después en el volumen In a Glass Darkly (1872). El relato se presenta como un documento rescatado de los papeles del doctor Martin Hesselius, el «médico metafísico» que sirve de hilo conductor a In a Glass Darkly. Su narradora es Laura, una joven que vive con su padre, un inglés retirado del servicio austríaco, en un castillo aislado de Estiria. Su vida es solitaria, rodeada de bosques, institutrices y un pueblo abandonado a pocas leguas: Karnstein.

Una tarde vuelca un carruaje ante el castillo. Una dama de aire imperioso dice tener una misión urgente que no admite demora y deja a su hija convaleciente al cuidado de la familia durante tres meses. Laura reconoce en la joven, Carmilla, el rostro que vio de niña en un sueño, cuando una presencia se acostó en su cama y la mordió en el pecho. Carmilla asegura haber soñado con Laura en esa misma época. Entre ambas nace una amistad de una intensidad inquietante. Carmilla es lánguida, bellísima y evasiva sobre su origen. Duerme hasta tarde, no reza y alterna la ternura con unos arrebatos apasionados que desconciertan a Laura. Mientras tanto, en la comarca mueren muchachas de una extraña enfermedad. Al restaurar unos retratos antiguos aparece el de Mircalla, condesa de Karnstein, fechado en 1698 e idéntico a la huésped. Laura empieza a sufrir visitas nocturnas de una criatura semejante a un gato negro, sensaciones de pinchazos y un decaimiento progresivo.

El desenlace llega con el general Spielsdorf, amigo de la familia. Su pupila Bertha murió en circunstancias idénticas tras acoger a una joven llamada Millarca. Las tres identidades (Carmilla, Millarca, Mircalla) son anagramas de un mismo nombre. En las ruinas de Karnstein, con ayuda del barón Vordenburg, estudioso de vampiros, localizan la tumba de la condesa. El cuerpo aparece incorrupto, con el ataúd lleno de sangre. Le clavan una estaca, la decapitan y la queman. Laura cierra el relato confesando que, años después, aún cree a veces oír los pasos ligeros de Carmilla junto a su puerta.

Valoración

Carmilla es una de las piezas fundacionales del vampirismo literario. Se adelanta un cuarto de siglo a Drácula (1897), y Stoker le debe mucho: el investigador erudito, la víctima que languidece de noche y la profanación ritual de la tumba. Pero el interés del texto va más allá de su papel de precursor. Lo mejor es su atmósfera de ambigüedad. Le Fanu no construye el horror sobre la amenaza externa sino sobre la intimidad. Carmilla no asalta: seduce, se instala en la casa, comparte confidencias y lecho. El famoso subtexto lésbico es menos un escándalo calculado que el motor mismo del miedo: la confusión entre deseo, amistad y depredación. Laura siente a la vez atracción y repulsión, y no sabe nombrar ninguna de las dos. Esa zona de penumbra emocional, contada en primera persona por una víctima que nunca termina de entender lo que le ocurrió, es lo más moderno del relato. El cierre melancólico, con Laura todavía añorando a quien la estaba matando, es un acierto. También funciona muy bien el escenario. La Estiria de Le Fanu es casi una abstracción gótica, con bosques, un pueblo en ruinas y un castillo de vida anacrónica. Ese aislamiento hace verosímil la indefensión de la narradora. Quizás decae algo la obra en su último tercio: cierta reiteración, una resolución apresurada no exenta de cierta previsibilidad. Con todo, es una novela corta imprescindible. Su verdadero logro no es el monstruo sino el vínculo entre monstruo y víctima, y en eso sigue siendo más sutil que buena parte de lo que vino después, incluido el propio Drácula.

Cuando termine el invierno

Cuando termine el invierno, quizá no quede nada.

Sólo la huella de unos pasos perdidos bajo la nieve,
una rama desnuda temblando todavía junto al camino
y aquel silencio azul que dejaste con tu ausencia en mi alma.

Esta mañana el sol ha nacido enfermo tras  los cristales.

Había escarcha en los campos,
una fina tristeza sobre las hojas
y pájaros oscuros atravesando lentamente el cielo.

Hoy he vuelto a pensar en ti.

No sé por qué.

Tal vez porque el frío se parece demasiado al recuerdo,
porque ambos llegan de noche, sin llamar,
y permanecen después en los rincones más hondos del alma.

Hubo un tiempo en que bastaba una mirada.

Tus ojos verdes eran entonces dos pequeñas ventanas
abiertas a un verano imposible.

Yo caminaba hacia ellos
sin saber que también el verano termina,
que las flores se marchitan,
que el agua se lleva los nombres escritos en la arena

Ahora sólo queda esta luz pálida y la niebla.
El árbol que espera....Y un corazón obstinado
que todavía busca entre las cosas muertas
algo que no haya muerto.

Quizá mañana el viento cambie.

Quizá caiga la última escarcha
y bajo la tierra dormida una raíz diminuta
comience de nuevo a recordar la primavera.

Pero esta noche no.

Esta noche déjame permanecer aquí,
junto a la ventana,
mirando cómo la luna va cubriendo de plata los tejados.

Déjame creer que en algún lugar
también tú contemplas este mismo cielo.

Y que durante un instante,
sólo uno,
el tiempo se detiene entre los dos.

Después vendrá el alba y se borrarán las estrellas.

Pamplona. Octubre 2026.

jueves, 24 de septiembre de 2026

La legión del espacio. Jack Williamson

Publicada por entregas en Astounding Stories en 1934 y en libro en 1947, es una de las obras fundacionales de la space opera. En el siglo XXX la humanidad se gobierna desde el Salón Verde, tras haber derrocado a la antigua dinastía imperial de los Púrpura. La Legión del Espacio garantiza ese orden, y su mayor secreto es AKKA, un arma de poder casi ilimitado que solo conoce una joven, Aladoree Anthar, heredera de un linaje encargado de custodiarla.

El protagonista, John Star, es un joven legionario recién salido de la academia y descendiente, sin gustarle, de la familia Púrpura. Su tío Adam Ulnar lo destina a la guardia de Aladoree en una fortaleza de Marte. Allí descubre la conspiración: Eric Ulnar, otro miembro de la familia, se ha aliado con los Medusas, seres monstruosos parecidos a medusas gigantes que viven en un planeta moribundo del sistema de la estrella de Barnard. Los Púrpura quieren recuperar el trono, y los Medusas quieren apoderarse de la Tierra. La fortaleza cae y Aladoree es secuestrada.

John Star persigue a los secuestradores con tres compañeros de la Legión, en un claro homenaje a Los tres mosqueteros: el reflexivo Jay Kalam, el gigante Hal Samdu y Giles Habibula, un veterano glotón, quejica y cobarde en apariencia pero capaz de abrir cualquier cerradura, que es un Falstaff trasladado al espacio y el personaje más recordado del libro. Tras un viaje lleno de peligros por el mundo hostil de los Medusas, logran rescatar a Aladoree. Ella construye AKKA con materiales sencillos, aniquila la amenaza medusa y salva a la Tierra. La conspiración de los Ulnar se derrumba, y John y Aladoree quedan unidos sentimentalmente.

Su interés está menos en la originalidad de la trama, que es de aventura pulp pura, que en su influencia. El arma secreta guardada por una persona, el cuarteto de héroes y el enemigo alienígena como encarnación del horror marcaron el género durante décadas. Tuvo continuaciones, Los cometarios y Uno contra la Legión.

Ondina. Barón de la Motte Fouqué

Este cuento lo leí en torno a 1984 en la edición de Obelisco Fantástica y guardo un grato recuerdo de él. Publicado por primera vez  en 1811, es uno de los cuentos románticos alemanes más influyentes. Su argumento es el siguiente: El caballero Huldbrand de Ringstetten atraviesa un bosque encantado para demostrar su valor a la dama Bertalda y llega a la cabaña de un viejo pescador, en una lengua de tierra junto a un lago. El pescador y su mujer crían a Ondina, una muchacha bellísima, caprichosa e indómita que apareció en su casa el mismo día en que se ahogó su propia hija pequeña. Una crecida de las aguas aísla la cabaña, y Huldbrand se enamora de Ondina. Cuando llega un sacerdote extraviado, los casa.Tras la boda, Ondina cambia por completo: se vuelve dulce, humilde y reflexiva. Revela a su esposo que es un espíritu del agua y que las ondinas carecen de alma. Solo pueden obtenerla uniéndose por amor a un ser humano, y el precio es asumir también el sufrimiento humano. Su tío Kühleborn, un espíritu de las aguas violento y receloso, vigila la unión.

En la ciudad reaparece Bertalda. Ondina, que conoce el secreto, revela públicamente que Bertalda es en realidad la hija perdida de los pescadores. Bertalda, altiva, reniega de sus humildes padres y pierde su posición, y Ondina, compasiva, la acoge en el castillo de Ringstetten. Poco a poco Huldbrand se aleja de su esposa y se siente atraído por Bertalda. Para protegerlos del hostigamiento de Kühleborn, Ondina hace sellar con una gran piedra el pozo del castillo. Pero durante un viaje por el Danubio, Huldbrand, exasperado por los prodigios de los espíritus, la increpa sobre el agua, precisamente lo que ella le había rogado que nunca hiciera. Ondina desaparece en el río, obligada a volver a su elemento.

Huldbrand se casa con Bertalda. Ella manda retirar la piedra del pozo, y de él surge Ondina, velada y llorando: la ley de los espíritus la obliga a castigar la infidelidad. Da a Huldbrand un beso que le causa la muerte. En el entierro aparece una figura blanca que se arrodilla junto a la tumba y se disuelve en un manantial que rodea la sepultura, como si Ondina abrazara para siempre a su esposo. La obra combina el folclore de los espíritus elementales, tomado de Paracelso, con una reflexión sobre el alma como don doloroso y sobre la fidelidad. Inspiró óperas de E. T. A. Hoffmann y Lortzing, el ballet Ondine y, de forma indirecta, La sirenita de Andersen y la Ondine de Giraudoux.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El plano imposible


Ahora sé quién me dejó aquel plano imposible: Martín Echauri. El plano llegó una tarde de noviembre, poco antes de mi jubilación. A esa hora ya había oscurecido y en la oficina de Mercaderes, 11, solo quedaban las luces encendidas, el ruido de la lluvia contra el escaparate y yo. Estaba terminando uno de esos informes que siempre parecen urgentes hasta el día siguiente, cuando alguien llamó a la puerta. No fue un golpe de nudillos. Sonó más abajo, a la altura del suelo. Un toque breve, después otro. Abrí. El umbral estaba vacío. En el suelo había un tubo de cartón atado con un cordel. El cartón parecía húmedo, pero al tocarlo comprobé que estaba seco. No llevaba sello, remite ni dirección. Solo una frase escrita con tinta negra: Para el que lleva demasiado tiempo mirando la ciudad que ya no está.

Durante muchos años había dedicado una parte de mi vida a reconstruir el Viejo Pamplona. Lo hacía con fotografías, anuncios, padrones, hemerotecas y testimonios que a menudo llegaban tarde, cuando la persona que podía confirmar un detalle ya había muerto. Había seguido los comercios calle por calle, anotando qué hubo en cada portal, cuándo abrió una tienda, qué familia la sostuvo y en qué momento su rótulo desapareció. Había escrito sobre ferrocarriles desaparecidos, cines cerrados, fábricas, bares, escuelas, barrios transformados y rincones que sobrevivían únicamente como una imagen borrosa en la mente de algunos de mis convecinos. Memorias del Viejo Pamplona era mi manera de superponer los tiempos sin confundirlos.

El tubo contenía algo que no respetaba esa precaución. Saqué un rollo de papel amarillento y lo extendí sobre la mesa grande de reuniones. Era un plano de Pamplona dibujado a mano, con plumilla, tinta sepia y pequeños toques de color. No tenía fecha ni escala. El papel parecía antiguo, pero incluía barrios recientes, rotondas, avenidas y edificios que no existían en los planos históricos, que fueron o que pudieron ser. Al mismo tiempo, las murallas rodeaban la ciudad y los tres burgos permanecían separados por sus antiguas defensas.

Aquello no era una reconstrucción de Pamplona en una época concreta. Eran muchas Pamplonas obligadas a ocupar el mismo papel. La Plaza del Castillo se repetía tres veces, apenas desplazada unos milímetros. Una correspondía a la plaza actual; otra mostraba el castillo de Fernando el Católico; la tercera estaba vacía, como un solar a la espera de algo que nunca se construyó. La Catedral tenía un contorno reconocible y, debajo, una iglesia anterior dibujada con líneas más finas. Del Portal de la Taconera salían caminos que atravesaban manzanas modernas. Las vías de los trenes del Irati y el Plazaola aparecían y desaparecían sin obedecer del todo a sus recorridos conocidos.

Había calles reales con nombres olvidados y calles desaparecidas que yo podía identificar. Pero también figuraban otras que no constaban en ningún documento. Había proyectos que nunca se ejecutaron, como un proyecto de casa consistorial que habría cambiado totalmente la actual fisonomía de la plaza. Detrás de la Catedral, una vía estrecha descendía entre edificios que jamás habían dejado espacio para ella: Calleja del Silencio.

En la calle Compañía, el número 1 estaba rodeado por un círculo rojo. Dentro del círculo habían dibujado una puerta entreabierta. En la Vuelta del Castillo aparecía una mancha gris, semejante a la niebla, de la que salían senderos sin destino. Más allá de la ciudad, pequeñas cruces negras marcaban las carreteras. Algunas coincidían con antiguas ermitas, humilladeros o accidentes que conocía. Otras estaban situadas en lugares donde, hasta donde yo sabía, nunca había ocurrido nada.

Y había una línea. Era tan fina que solo se veía al inclinar el papel. Comenzaba en el Paseo de Sarasate, seguía durante un tramo el recorrido del antiguo ferrocarril eléctrico, atravesaba la Taconera y descendía hacia la Rochapea. Después abandonaba cualquier trazado histórico. Se introducía bajo edificios, cruzaba el Arga sin puente y regresaba a la ciudad por una puerta inexistente junto a Santo Domingo. A lo largo de la línea figuraban pequeñas paradas sin nombre. En el plano aparecían y desaparecían nombres y lugares: plaza de la Argentina, calle Blanca de Navarra, General Moriones, Martires de Cirauqui, Capitán Mangado, calle Rochapea...

En el margen, una nota decía: Línea fantasma. Solo para viajeros que recuerdan un lugar desaparecido. La esquina inferior derecha llevaba una firma: Martín Echauri, guía de oficio. Mi primera reacción fue profesional. Busqué. Revisé guías de calles, proyectos de alineaciones, planos militares, catastros, archivos parroquiales y padrones. Consulté las colecciones que ya conocía y otras que llevaban años esperando una excusa. No encontré la Calleja del Silencio. Tampoco hallé a Martín Echauri. Hubo varios Echauri en el siglo XIX —empleados, artesanos, un militar, dos comerciantes—, pero ninguno llamado Martín que se declarase guía. La línea fantasma era aún más absurda. En algunos tramos reproducía con precisión el paso de los viejos ferrocarriles de vía estrecha. En otros enlazaba lugares que nunca habían estado comunicados. No parecía dibujada para transportar personas de un punto a otro, sino para unir desapariciones. Fotografié el plano. Lo escaneé. Medí el papel. Anoté el grosor de las líneas y comparé la caligrafía con documentos del siglo XIX. Todo resultó inútil. La fotografía mostraba menos detalles que el original. En el archivo digital, varias calles se borraban y la línea fantasma no aparecía. Guardé el mapa en un cajón.

Aquella noche, antes de salir, volví a desplegarlo. La lluvia había cesado. Desde la ventana de la oficina se veía la calle  Mercaderes mojada y casi vacía. Sostuve el plano frente al cristal para observar una filigrana del papel. La silueta dibujada de la calle coincidió por casualidad con la calle real. Entonces las dos imágenes encajaron. No hubo destello, mareo ni ruido. Solo un ajuste. Como cuando se enfoca una fotografía. Sobre el rótulo moderno del comercio de enfrente apareció otro de madera, oscuro, con letras doradas. Detrás de un escaparate iluminado vi telas apiladas, cajas de botones y una mujer vestida de negro que anotaba cuentas en un libro. Por la calzada pasó un carro. Sus ruedas atravesaron un vehículo aparcado sin tocarlo. Bajé el mapa y la calle volvió a ser la de ahora.

Lo levanté. El carro continuaba avanzando. Un muchacho con gorra descargaba un fardo donde ya no había puerta. Más al fondo, dos mujeres hablaban bajo un balcón que había sido sustituido décadas atrás. No parecían fantasmas. Eran demasiado sólidas, demasiado ocupadas en vivir. La palabra fantasma se quedaba pequeña. Aquello era una calle completa sucediendo en otro tiempo, superpuesta a la nuestra. Me aparté de la ventana. El rótulo antiguo permaneció unos segundos en el cristal aun después de haber enrollado el plano. Esa fue la primera capa. A la mañana siguiente vi la segunda sin ayuda del mapa.

Iba hacia la oficina cuando, al entrar en la Plaza Consistorial, el pavimento cambió bajo mis pies. No físicamente. Yo seguía pisando la misma losa, el mismo adoquín, pero sobre ellos distinguía otro suelo, más irregular, manchado de barro. El Ayuntamiento conservaba su fachada y, al mismo tiempo, aparecía flanqueado por construcciones que ya no existían. Una mujer cruzó la plaza llevando un cesto. Una bicicleta eléctrica pasó a través de ella. Cerré los ojos. Al abrirlos, la mujer ya no estaba. El barro sí. Duró hasta que llegué a Mercaderes.

Durante los primeros días pensé que se trataba de cansancio. Había pasado demasiadas horas mirando fotografías antiguas y comparándolas con perspectivas actuales. El cerebro hace esas cosas: retiene una fachada, rellena un hueco, confunde lo investigado con lo vivido. Pero el cerebro no inventa olores con tanta precisión. En la calle Zapatería olí cuero mojado y cola de zapatero.  En la Plaza del Castillo, durante unos segundos, sentí el aroma de un café desaparecido y vi reflejarse en los cristales a unos camareros que llevaban muertos medio siglo. En el Paseo de Sarasate escuché la campanilla del Irati antes de ver cómo unas vías brillaban bajo el asfalto. No necesitaba llevar el plano encima. Lo había mirado una vez de la manera adecuada, y ahora el mapa me miraba a mí. Al principio, lo confieso, sentí entusiasmo.

Para alguien que había dedicado años a recuperar el pasado de la ciudad, aquello parecía un privilegio imposible. Visitaba un lugar sobre el que estaba escribiendo y esperaba. A veces no ocurría nada. Otras, un rótulo se dibujaba sobre la fachada actual, una puerta recuperaba su emplazamiento o una voz pronunciaba el apellido que me faltaba. Mis textos ganaron detalles. Podía describir la altura de un mostrador, el color de un toldo, la forma en que las cajas ocupaban una trastienda. Nunca utilicé un dato sin comprobarlo. Esa costumbre me salvó de convertirme del todo en un visionario. Si no encontraba una factura, una fotografía o un testimonio que apoyara lo visto, no lo publicaba. Pero empecé a guardar otra carpeta, una que no enseñaba a nadie. La titulé Pamplona fantástica.

Allí anotaba lo que el archivo no podía confirmar. Una calle que surgía detrás de la Catedral cuando alguien pronunciaba bien el nombre de tres oficios.  Una puerta del número 1 de Compañía que algunas noches olía a tabaco extranjero. Un tramo de muralla visible solo en los reflejos de los escaparates. Un cementerio del pueblo viejo de Berriozar donde las cruces cambiaban de número. Personas que esperaban un autobús en una parada retirada cuarenta años antes. Y la línea. Siempre la línea. Con el tiempo comprendí el precio. No podía dejar de ver.

Una cosa es reconstruir el pasado cuando uno decide hacerlo, sentado ante una fotografía o recorriendo una calle con una libreta. Otra muy distinta es que el pasado se presente sin pedir permiso. Dejé de atravesar ciertos lugares de noche. Evitaba mirar las obras de derribo porque, detrás de los tabiques abiertos, seguía viendo habitaciones amuebladas y familias cenando. En algunos comercios actuales se me superponían tantos negocios anteriores que los rótulos formaban una mancha ilegible. Había esquinas donde cinco épocas trataban de imponerse a la vez.

Lo peor no eran los muertos. Eran las vidas posibles.

A veces veía edificios que Pamplona nunca llegó a construir, tranvías que no circularon, plazas resultantes de proyectos rechazados, barrios con un trazado distinto. No podía saber si eran planes recordados por el papel o ciudades que existían en otro lugar muy cercano al nuestro. Una tarde, en la Plaza Consistorial, contemplé durante varios minutos,  una fachada del Ayuntamiento que solo había existido en un proyecto. La gente entraba y salía de ella. Para aquellas personas, el edificio imposible era el verdadero. Entonces entendí que el plano no separaba lo ocurrido de lo que estuvo a punto de ocurrir. Lo veía todo como capas de una misma ciudad.

Intenté librarme de él. Lo deposité en el archivo dentro de una caja sin catalogar. Al día siguiente estaba en mi mesa, bajo el teclado. Se lo entregué a un amigo historiador sin explicarle su origen. Me llamó dos horas después para decirme que el tubo estaba vacío. Cuando regresé a casa, encontré el mapa extendido sobre la cama.

No intenté quemarlo. Uno puede ser sensato incluso dentro de una historia absurda. Además, a esas alturas comprendía que destruir el papel no serviría. El mapa ya no era el objeto. El mapa era la manera en que habían quedado mis ojos.

Aprendí algunas reglas. Las capas se volvían más nítidas cuando nombraba correctamente un lugar. No bastaba con decir aquí hubo una tienda. Había que conocer el nombre, el oficio, la familia, el olor que salía al abrir. Las imprecisiones deformaban las imágenes. Los errores atraían calles equivocadas.

También descubrí que escribir fijaba una capa durante un tiempo. Cada entrada de Memorias del Viejo Pamplona actuaba como una pequeña costura: ordenaba nombres, fechas y fotografías; separaba lo documentado de lo que solo yo veía. Sin aquellos textos quizá habría terminado incapaz de distinguir el presente. La historia real me servía de ancla. La fantástica crecía al otro lado. 

La primera vez que seguí la línea fantasma fue casi un año después de recibir el plano. Había niebla. Una niebla baja, espesa, de las que borran la Ciudadela y convierten las farolas en manchas amarillas. Al cruzar el Paseo de Sarasate vi dos raíles estrechos bajo el pavimento. No se transparentaban como las demás capas. Brillaban sobre la piedra mojada. Saqué el mapa. La línea fina se había vuelto roja. Comenzaba a mis pies. La seguí. Los raíles avanzaban por el paseo, giraban donde antiguamente había pasado el ferrocarril eléctrico y después se desviaban. Atravesaron los jardines de la Taconera por un sendero que no existía. A cada cierto trecho aparecía un pequeño poste con un nombre borrado. No vi tren alguno, pero escuchaba a lo lejos una campanilla y el roce metálico de unas ruedas. La línea descendió hacia la Rochapea.

Con cada paso cambiaba la ciudad. Vi el Portal de la Taconera cerrado y abierto al mismo tiempo; lavaderos junto al río; huertas, fábricas, talleres y casas bajas ocupando lugares donde ahora se levantaban otros edificios. Crucé un puente que mis pies no tocaban y, sin embargo, sostenía mi sombra. Las paradas empezaron a mostrar imágenes. En una esperaba un grupo de obreras ante una fábrica desaparecida. En otra, varios niños salían de una escuela derribada. Más adelante, una pareja joven permanecía frente a un cine que todavía no había sido construido. Ninguno podía verme. O eso pensé hasta que una niña levantó la mano y señaló el mapa. Seguí andando. La última parada estaba en un descampado que no pertenecía a ninguna época reconocible. Había un banco, una farola y un cartel sin nombre. La niebla lo rodeaba todo. Un hombre esperaba bajo la luz.

Tendría unos cincuenta años, aunque su quietud parecía mucho más antigua. Vestía una chaqueta larga y un sombrero de ala corta. Llevaba una libreta bajo el brazo y se apoyaba en un bastón. No nos hablamos. Yo aún no sabía que se llamaba Martín Echauri, aunque llevaba su firma en la mano. El hombre miró el plano. Después me miró a los ojos. Levantó el bastón y señaló un punto a mi espalda. Me volví. Donde antes solo había niebla apareció durante un instante la silueta completa de Pamplona. No una ciudad, sino muchas: torres, murallas, chimeneas, grúas, tejados, avenidas, campos, edificios levantados y derribados. Todas encajaban mal y, precisamente por eso, formaban algo vivo.

Al volverme de nuevo, el hombre ya no estaba. Sobre el banco había una tarjeta. Ruta de los Tres Burgos. Martín Echauri, guía. La misma tarjeta que años después aparecería en mi bolsillo tras recorrer la ciudad con él. No la recogí. En cuanto intenté tocarla, la campanilla sonó muy cerca. Una luz avanzó por los raíles desde el interior de la niebla. Cerré los ojos. Cuando los abrí, estaba en el Paseo de Sarasate. No había vías, ni parada, ni descampado. El mapa seguía en mi mano.

Durante los años siguientes aprendí a convivir con las capas. Nunca llegué a dominarlas. Había días tranquilos y noches en que Pamplona se llenaba de calles superpuestas. El mapa también cambiaba. Algunos puntos se oscurecían después de que yo escribiera sobre ellos; otros surgían sin aviso. Las cruces de las carreteras se desplazaban. La niebla de la Vuelta del Castillo crecía en invierno. La puerta de Compañía aparecía unas veces cerrada y otras entreabierta. La Calleja del Silencio continuaba siendo apenas una raya detrás de la Catedral. No traté de entrar. Ya había entendido que el mapa no se recorría por curiosidad. Cada lugar se abría cuando encontraba su historia o cuando su historia me encontraba a mí.

En 2035, cinco años después de jubilarme, me llamaron de la Asociación para preparar la Ruta de los Tres Burgos por su cincuenta aniversario. Acepté. Durante el ensayo llevé el mapa en el bolsillo. Al llegar al inicio de la calle Nueva vi a un hombre con chaqueta oscura, sombrero, libreta y bastón. Lo reconocí antes de verle la cara. Era el viajero de la última parada.

—Buenas noches —le dije.

Me respondió con una reverencia mínima.

—Buenas noches, colega.

Cuando se presentó como Martín Echauri sentí que el plano se calentaba contra mi pecho. En la historia que conté después dije que Martín era la llave, el portal, el vínculo. Entonces aún no sabía hasta qué punto. No era el dueño del mapa. Nadie lo era. Había sido su portador antes que yo y había encontrado la forma de ponerlo en mis manos cuando todavía no nos conocíamos. Un guía no elige solamente a quién conduce. También elige a quién entrega la ruta.

Ahora conservo el mapa en una carpeta sin título. No necesito abrirla para saber cuándo aparece un lugar nuevo. Lo noto en la vista: durante un segundo, una fachada se duplica, un camino atraviesa un edificio o un rótulo antiguo se refleja en un cristal. Después, al desplegar el plano, encuentro la señal. Algunos ya tienen historia: la Calleja del Silencio, el número 1 de Compañía, la niebla en la Vuelta del Castillo, el cementerio del pueblo viejo de Berriozar. Otras todavía no tienen nombre. Una escalera desciende bajo la plaza de Recoletas. Una ventana aparece dibujada en mitad de la muralla. La línea fantasma ha añadido tres paradas y una de ellas lleva hasta un barrio de Pamplona que nunca llegó a construirse. No están numeradas. Tampoco forman un itinerario. Las ciudades no recuerdan en orden.

Yo iré contando esos lugares cuando se abran. No para explicar el mapa —he renunciado a hacerlo—, sino para cumplir la parte del trato que nadie me pidió en voz alta. Martín me dejó una forma de ver la ciudad y, con ella, la obligación de nombrar lo que asoma. Ese es el precio verdadero. Desde que recibí el mapa imposible no he vuelto a mirar Pamplona. La veo. Toda a la vez.