jueves, 20 de agosto de 2026

La mujer de la laguna

Hay lugares que parecen guardar memoria. No hablo de esa memoria que queda escrita en los libros o grabada en las piedras de una iglesia, sino de otra más antigua y misteriosa; una memoria sin palabras que duerme en los caminos, en los árboles, en las aguas quietas, y que algunas noches, cuando el viento calla y la tierra entera parece escuchar, despierta. La laguna de la Nava es uno de esos lugares.

Quien la haya visto en verano, abrasada por un sol implacable, con la zona casi desecada, difícilmente podrá imaginar el aspecto que ofrece al llegar las estaciones lluviosas. Entonces las tardes se vuelven breves, los cielos adquieren una transparencia triste y una ligera neblina comienza a levantarse sobre la laguna.

El Canal de Castilla discurre no muy lejos, silencioso entre chopos y álamos. Sus aguas, oscuras al caer la tarde, parecen inmóviles bajo las viejas esclusas. Algún pájaro cruza de cuando en cuando sobre ellas. Después todo vuelve a quedar quieto, demasiado quieto.

Fue allí donde ocurrió esta historia. O, al menos, allí aseguran que ocurrió.

Yo la escuché hace muchos años de labios de un anciano de Fuentes de Nava que había conocido al protagonista cuando todavía era niño.

—No sé si creerá usted estas cosas —me dijo antes de comenzar—. Yo tampoco las creía. Pero hay noches en que se oye cantar desde la laguna, y entonces procuro cerrar la ventana.

Sonrió. Sin embargo, en sus ojos no había sonrisa alguna.Y comenzó a contarme.


Se llamaba Gabriel  de Alvarado. Era el último descendiente de una familia que durante generaciones había poseído tierras en aquella parte de Tierra de Campos. Había estudiado en Valladolid y vivido algunos años en Madrid, pero la muerte de su padre lo obligó a regresar a la vieja casa familiar, situada en el pueblo de Abarca de Campos.

Tenía entonces veintisiete años. Quienes lo conocieron hablaban de él como de un joven extraño. No era orgulloso, aunque algunos lo creyeran así, ni desdeñoso. Simplemente parecía vivir siempre con una parte de sí mismo en otro lugar.

Le gustaba cabalgar solo. A veces seguía los caminos próximos al Canal; otras se internaba por los campos hasta Fuentes de Nava y regresaba cuando ya había anochecido. Podía permanecer horas contemplando una puesta de sol o escuchando el viento entre los carrizos.

Su madre solía decirle:

—Gabriel, acabarás enamorándote de una nube.

Él se reía.

—Las nubes, madre, al menos no engañan a nadie. Sabemos que están hechas para desaparecer.

Tal vez aquella frase encerraba más verdad de la que entonces imaginaba.


Sucedió a finales de octubre. Había llovido durante varios días y la tierra desprendía ese olor profundo y húmedo que precede al invierno. Las aves comenzaban a reunirse en las zonas encharcadas de La Nava, y sobre la llanura se extendía al anochecer una niebla tenue.

Gabriel regresaba de Fuentes. No tenía prisa. Dejó atrás las últimas casas y tomó uno de aquellos caminos que atravesaban los campos en dirección a Abarca. El día había sido gris, pero hacia poniente se había abierto una franja entre las nubes y una claridad rojiza iluminaba el curso del Canal.

Fue entonces cuando la vio. Al principio creyó que era una muchacha del pueblo. Estaba de pie junto al borde de la laguna. Llevaba un vestido blanco.

Aquello resultaba extraño. Hacía frío, y ninguna mujer de la comarca habría permanecido allí vestida de aquella manera. Gabriel detuvo el caballo. La joven tenía la espalda vuelta hacia él.

Sus cabellos, muy largos y oscuros, caían sobre sus hombros. No llevaba mantón ni capa. Permanecía inmóvil, contemplando el agua.

—¡Señorita!

La muchacha no respondió. Gabriel desmontó. Avanzó unos pasos.

—¿Se encuentra bien?

Ella volvió lentamente la cabeza. Gabriel se detuvo. Durante el resto de su vida —que no habría de ser muy larga— intentó explicar aquellos ojos. Nunca pudo. Decía que eran grises algunas veces y verdes otras; que tenían el color de la laguna cuando el cielo está cubierto y, sin embargo, parecía arder dentro de ellos una luz imposible.

La joven sonrió.

—Hace mucho tiempo que nadie me pregunta eso.

Su voz era baja y armoniosa.

—¿Vive usted cerca?

Ella miró hacia la llanura.

—Sí.

—¿En Fuentes?

Negó con la cabeza.

—Más cerca.

Gabriel contempló alrededor. No había casa alguna.

—¿En Abarca?

La muchacha volvió a sonreír.

—Más cerca todavía.

Entonces señaló la laguna. Gabriel creyó que bromeaba.

—No debería permanecer aquí. Está anocheciendo.

—Yo siempre estoy aquí cuando anochece.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Sobre las aguas comenzó a levantarse la niebla. Un grupo de aves pasó volando sobre ellos.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Gabriel.

La muchacha dudó.

—Elena.

—Yo soy Gabriel.

—Ya lo sé.

Él la miró sorprendido.

—¿Me conoce?

Ella apartó los ojos.

—Todo el mundo conoce a los Alvarado.

La explicación parecía razonable. Sin embargo, Gabriel sintió un leve escalofrío


Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Durante una semana recorrió al anochecer los alrededores de la laguna sin encontrarla. Comenzaba a creer que aquella muchacha había sido una ilusión cuando, la octava noche, volvió a verla. Estaba sentada entre los carrizos.

Gabriel corrió hacia ella.

—¡Elena!

La joven levantó la cabeza.

—Sabía que volverías.

Aquella vez hablaron durante horas. O eso creyó Gabriel. Porque cuando regresó a casa eran casi las doce y habría jurado que apenas había permanecido unos minutos junto a ella.

Desde entonces comenzaron a encontrarse. Siempre al caer la tarde. Nunca por la mañana. Nunca lejos del agua.

Gabriel quiso saber dónde vivía, quiénes eran sus padres, por qué jamás la veía en Fuentes ni en Abarca. Elena evitaba responder.

—¿Qué importancia tiene?

—Toda.

—¿Por qué?

Gabriel callaba. Todavía no se atrevía a pronunciar la palabra. Pero ambos la conocían.


Llegó noviembre. Los árboles próximos al Canal habían perdido casi todas sus hojas. El viento recorría la llanura y las noches se hicieron más frías. Gabriel pasaba cada vez más tiempo fuera de casa. Su madre comenzó a inquietarse.

—¿Dónde vas todas las tardes?

—A cabalgar.

—Regresas a medianoche.

—Pierdo la noción del tiempo.

—Eso me preocupa precisamente.

Una noche, mientras cenaban, la mujer lo observó detenidamente.

—Hay alguien.

Gabriel bajó la mirada.

—¿Una muchacha?

No respondió.

Su madre sonrió.

—¿De Fuentes?

—No.

—¿De Abarca?

—Tampoco.

—Entonces ¿de dónde?

Gabriel permaneció unos instantes en silencio.

—No lo sé.

La sonrisa desapareció del rostro de su madre.

—¿Cómo que no lo sabes?

Gabriel se levantó.

—No importa.

Pero importaba. Y él comenzaba a comprenderlo.


Pocos días después decidió preguntárselo directamente.

Aquella tarde el cielo estaba cubierto y un viento helado agitaba las aguas. Encontró a Elena en el lugar acostumbrado.

—Dime dónde vives.

Ella guardó silencio.

—Elena.

—No quieras saberlo.

—Necesito saber quién eres.

La joven lo miró. Por primera vez Gabriel descubrió tristeza en sus ojos.

—¿No te basta con saber que te espero?

—No.

—¿Y que soy feliz cuando vienes?

—Tampoco.

—Entonces los hombres sois más desgraciados de lo que pensaba. Siempre queréis poner un nombre a aquello que amáis.

Gabriel tomó sus manos. Estaban heladas.

—Te amo.

Elena cerró los ojos. El viento pareció cesar. Hasta los carrizos dejaron de moverse. Cuando volvió a abrirlos había lágrimas en ellos.

—No debías haber dicho eso.

—¿Por qué?

—Porque ahora será más difícil.

—¿Qué será más difícil?

Ella se soltó de sus manos.

—Olvidarme.

Gabriel rió amargamente.

—No pienso olvidarte.

—Lo harás.

—Nunca.

—Todos olvidan.

—Yo no.

Elena lo contempló largo rato. Después se acercó y apoyó la frente sobre su pecho.

—Entonces eres tú quien me da miedo.


Al día siguiente Gabriel acudió a verla.

No estaba.

Tampoco apareció la noche siguiente. Ni la otra. Pasaron siete días. Después diez.

Gabriel dejó de comer. Apenas dormía.

Recorrió los caminos próximos a la laguna, preguntó discretamente en Fuentes, habló con pastores, agricultores, gentes que trabajaban en las cercanías del Canal.

Nadie conocía a ninguna Elena que respondiera a su descripción.

Finalmente, un viejo guarda lo miró de una manera extraña.

—¿Dice usted que lleva vestido blanco?

—Sí.

—¿Y que aparece al anochecer?

Gabriel sintió que algo se agitaba dentro de él.

—¿La conoce?

El anciano se persignó.

—No.

—Está mintiendo.

—Déjelo, señor Gabriel.

—¿Quién es?

El guarda volvió la cabeza hacia la laguna.

—Pregunte en Fuentes por Elena de Villacorta.

—¿Quién era?

El viejo corrigió:

—Quién fue.


Gabriel llegó a Fuentes cuando ya oscurecía. Encontró la respuesta en casa de una anciana de más de ochenta años. Cuando pronunció el nombre, la mujer dejó caer el huso que tenía entre las manos.

—¿Quién le ha hablado de ella?

—¿La conoció?

—Sí —respondió la anciana—.Yo era dos años mayor que ella.

Gabriel sintió que la habitación comenzaba a darle vueltas.

—Cuéntemelo.

La anciana se resistió. Pero acabó hablando. Había sucedido casi sesenta años antes.

Elena de Villacorta era hija de un pequeño propietario de Fuentes. Tenía diecinueve años y, según decían, era una de las muchachas más hermosas de toda la comarca.

Se había enamorado de un joven de Abarca. Un Alvarado.

Gabriel palideció.

—¿Cómo se llamaba?

La anciana lo miró.

—Fernando.

Era el hermano menor de su abuelo. Gabriel conocía aquel nombre. Había un retrato suyo en la casa familiar: un joven vestido de negro que había muerto antes de cumplir treinta años.

—Continúe.

Fernando y Elena se encontraban en secreto cerca de la laguna. La familia Alvarado se opuso al matrimonio. Habían preparado para él una boda más conveniente. Fernando prometió a Elena que se enfrentaría a todos. Pero no lo hizo. Una mañana partió hacia Valladolid. No regresó. La boda de conveniencia se celebró seis meses después. Elena esperó durante todo aquel tiempo. Cada tarde acudía a la laguna. Hasta una noche de diciembre. Nunca regresó a casa. Encontraron su mantón entre los carrizos. Su cuerpo jamás apareció.

Gabriel apenas podía respirar.

—Eso ocurrió hace sesenta años.

—Sí.

—Es imposible.

La anciana se inclinó hacia él.

—Hay cosas que no saben que son imposibles.


Gabriel regresó a la casa familiar. Subió directamente al desván. Buscó durante horas entre papeles antiguos hasta encontrar una caja que había pertenecido a Fernando de Alvarado. Dentro había cartas. Docenas. Todas escritas por una misma mujer. Elena. Gabriel leyó hasta el amanecer.

Las últimas cartas eran cada vez más breves.

He vuelto a esperarte.

Hoy tampoco has venido.

Dicen que vas a casarte.

No lo creo.

Y finalmente una última hoja. Solo contenía una frase:

Si algún día vuelve un Alvarado a buscarme, quizá pueda terminar lo que nosotros dejamos sin concluir.

Gabriel dejó caer el papel. En aquel mismo instante escuchó algo. Un canto. Muy lejano.

Venía de la llanura.


Salió de casa sin ponerse siquiera el abrigo. La noche era fría y clara. Había luna. Corrió hacia la laguna. Cuando llegó, Elena lo esperaba.

Vestía de blanco.

La niebla se arremolinaba alrededor de sus pies.

—Ya lo sabes —dijo.

Gabriel se detuvo ante ella.

—Tú eres aquella mujer.

—Sí.

—Estás muerta.

Elena sonrió tristemente.

—Desde hace mucho tiempo.

Gabriel sintió miedo. Por primera vez desde que la conocía sintió verdadero miedo. Retrocedió un paso.  Elena lo vio. Y aquel gesto debió de herirla más que cualquier palabra.

—No temas. Nunca te haría daño.

—¿Por qué yo?

—Porque tienes sus ojos.

—¿Los de Fernando?

—Al principio creí que eras él.

Gabriel sintió una punzada de celos absurda.

—Entonces no me quieres a mí.

Elena lo miró sorprendida.

—Al principio esperaba a Fernando.

Se acercó.

—Después empecé a esperar a Gabriel.


Permanecieron juntos hasta que comenzó a clarear el horizonte. Elena le explicó entonces aquello que ni ella misma comprendía.

No podía alejarse de la laguna. No podía ver el sol. No sabía dónde permanecía durante el día ni cuántos años habían pasado desde su muerte. Para ella el tiempo era una sucesión de noches iguales.

—He visto cambiar los caminos —dijo—. He visto desaparecer casas y crecer árboles. He visto niños convertirse en ancianos. Algunas veces pasan años sin que nadie pueda verme.

—¿Por qué yo sí?

—No lo sé.

Gabriel tomó su mano. Seguía fría.

—Ven conmigo.

Elena negó con la cabeza.

—No puedo.

—Lo intentaremos.

—No puedo cruzar el camino del Canal.

—¿Por qué?

—Porque más allá comienza el mundo de los vivos.

Gabriel apretó su mano.

—Entonces me quedaré aquí.

Elena lo miró horrorizada.

—No.

—Vendré todas las noches.

—Eso sería peor.

—¿Por qué?

—Porque llegará el día en que tendrás cincuenta años. Después sesenta. Y yo seguiré teniendo diecinueve.

Gabriel sonrió.

—Entonces podrás ver cómo envejezco.

Elena comenzó a llorar.

—Eso es precisamente lo que no quiero ver.


El invierno cayó sobre Tierra de Campos. Llegaron las heladas. Las mañanas amanecían blancas y el hielo cubría algunos remansos del Canal.

Pero Gabriel continuó acudiendo cada noche.

Su aspecto comenzó a cambiar. Adelgazó. Sus amigos dejaron de verlo. Su madre, desesperada, intentó impedirle salir. Una noche cerró con llave la puerta principal. Gabriel escapó por una ventana. Nada podía detenerlo. El amor verdadero se parece algunas veces demasiado a la locura. Y quizá no sean cosas tan distintas.


Llegó diciembre. Una noche comenzó a nevar. No fue una nevada intensa. Apenas unos copos lentos que desaparecían al tocar el agua. Gabriel encontró a Elena junto a la orilla. Parecía más pálida que nunca.

—Esta fue la noche —dijo ella.

—¿Qué noche?

—La noche en que morí.

Gabriel comprendió.

—Ven.

Elena caminó hacia el agua. Gabriel la siguió.

—¿Dónde vas?

—Hay algo que debes ver.

La superficie estaba oscura. Elena entró en la laguna. El agua no parecía mojar su vestido.

—No sigas.

Gabriel avanzó. El agua llegó hasta sus botas.

—Gabriel.

Él continuó.

—¡Detente!

El agua alcanzó sus rodillas. Entonces Elena regresó rápidamente y lo empujó hacia la orilla.

—¿Qué haces?

—Ir contigo.

—¡No!

—No pienso perderte.

Ella lo abrazó.

—Escúchame. Yo morí porque confundí el amor con no poder vivir sin alguien. No quiero que tú cometas el mismo error.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Volver a casa? ¿Casarme? ¿Tener hijos? ¿Envejecer mientras pienso cada noche que tú sigues aquí?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Gabriel la miró con desesperación.

—Eso sería peor que morir.

—No. Eso sería vivir.


Durante unos segundos solo se oyó el viento.

Después Elena lo besó. Fue un beso leve. Frío. Tan frío como la primera nieve.

Gabriel cerró los ojos. Y en aquel instante creyó escuchar algo imposible: campanas lejanas, voces, pasos sobre un camino que ya no existía.

Cuando volvió a abrirlos, Elena estaba alejándose.

—¿Adónde vas?

Ella no respondió.

—¡Elena!

El agua comenzó a envolverla. Gabriel quiso correr hacia ella, pero sus piernas no obedecieron.

—¡Elena!

La muchacha volvió la cabeza por última vez. Y sonrió.

—Ahora ya sé por qué tuve que esperar tantos años.

—¿Por qué?

—Para aprender a despedirme.

La niebla cubrió entonces la laguna.

Gabriel avanzó a ciegas.

—¡Elena!

No obtuvo respuesta. Solo escuchó el batir de cientos de aves que levantaban el vuelo en la oscuridad.


Gabriel enfermó aquella misma noche. Lo encontraron al amanecer junto a la laguna, inconsciente y cubierto de nieve. Durante varios días tuvo fiebre. Cuando despertó preguntó por Elena. Nadie respondió. Después dejó de preguntar. Pasaron los años. Gabriel no se casó jamás. Pero tampoco volvió a la laguna durante mucho tiempo.

Vendió parte de sus tierras y marchó a Valladolid. Más tarde viajó por Francia e Italia. Regresaba de vez en cuando a la vieja casa de Abarca, aunque nunca permanecía demasiado.

Dicen que se convirtió en un hombre sereno. Incluso alegre algunas veces. Pero cada diciembre, al llegar la fecha de aquella última noche, desaparecía durante unas horas. Nadie sabía dónde iba. Yo creo que sí.


Cuarenta años después, Gabriel regresó definitivamente. Tenía ya el cabello blanco. Una tarde pidió un caballo y salió solo. Tomó el camino de la laguna.

No regresó.

Lo encontraron a la mañana siguiente sentado junto a los carrizos. Estaba muerto.

No había en su rostro gesto alguno de dolor. Al contrario. Parecía sonreír. Y junto a él encontraron algo extraño. Sobre la tierra húmeda se distinguían claramente las huellas de Gabriel. Pero había otras. Pequeñas. Descalzas. Las huellas de una mujer.

Comenzaban junto al agua, llegaban hasta donde estaba el cadáver y regresaban nuevamente hacia la laguna. Después desaparecían.


El anciano de Fuentes terminó aquí su historia. Durante unos segundos permanecimos callados. Fuera había comenzado a anochecer.

—¿Y todavía se aparece? —pregunté.

El hombre miró hacia la ventana.

—Algunas noches.

—¿La ha visto usted?

Tardó en responder.

—Una vez.

—¿Cómo era?

El anciano sonrió.

—Hermosa.

—¿Vestía de blanco?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Nada. Estaba mirando el camino.

—¿Esperaba a alguien?

El viejo negó lentamente con la cabeza.

—Eso pensé primero.

Se levantó y cerró la ventana.

—Pero después comprendí que no.

—Entonces ¿qué hacía?

El anciano volvió hacia mí aquellos ojos gastados por los años.

—Recordaba.

Nunca he olvidado aquella respuesta. Porque quizá existan amores que no vencen a la muerte, como aseguran los poetas. Quizá la muerte sea demasiado poderosa incluso para ellos. Pero hay algo que acaso pueda sobrevivirla.

El recuerdo.

Y todavía hoy, cuando al caer la tarde contemplo desde lejos las aguas de La Nava, mientras la niebla comienza a extenderse sobre los campos y los últimos pájaros cruzan el cielo de Tierra de Campos, recuerdo aquella historia.

A veces me parece distinguir una figura blanca entre los carrizos. Nunca me acerco. ¿Para qué? Hay misterios que dejan de ser hermosos en el instante en que intentamos explicarlos.

Y si alguna noche pasáis por aquellos caminos, entre Fuentes de Nava y Abarca de Campos, y escucháis una voz de mujer cantando junto a la laguna, seguid vuestro camino. No la llaméis. No preguntéis su nombre. Porque tal vez se vuelva.

Y hay miradas que un hombre puede contemplar una sola vez... si quiere continuar perteneciendo al mundo de los vivos.

Fuentes de Nava. 1948. El autor narra sucesos acaecidos sobre todo en los años 1828 y 1888 del S. XIX

lunes, 17 de agosto de 2026

La cinta roja

¡Qué infinita tristeza la de aquella gélida tarde de diciembre! El día había discurrido, como casi siempre, con una monotonía parda, sin suceso ni color. Al caer la tarde encendí el fuego de la chimenea y, a ciegas, elegí un volumen cualquiera de entre los muchos que coronaban la vasta biblioteca del salón. Abajo, junto a la escalera, el viejo reloj de pared marcaba con testaruda puntualidad su tic-tac, tic-tac; solo ese latido de madera y bronce rompía el silencio de la casa. El fuego crepitaba con un gozo que no contagiaba a nadie.

La luna, redonda como una moneda de cal, dejaba entrever su blancura tras el paso errante de unas nubecillas de relieve extraño, que cruzaban su faz y se perdían, a intervalos, en la bóveda tenebrosa de donde habían surgido. El aire, abochornado en los recodos, crujía de pronto con ráfagas frías, como si un gigante invisible soplara contra los postigos.

¿Dónde estaba? ¡Qué desolado paraje! Ni una estrella, ni un canto, ni un rescoldo de vida. Silencio. Todo parecía envuelto en un halo de irreal fantasía. ¿Era un sueño? Llevé la mano a mis ropas: las sentí, sí; pero entonces…

Sin saber cómo me vi andando por un camino retorcido que hendía un bosque espeso, tan solitario como aquel trozo de luna, tan callado como una tumba. El ruido seco de mis pasos, el vaivén mismo de mi respiración, despertaron en mí un nerviosismo primero, una ansiedad después, una angustia inenarrable al cabo. Me detuve. Quise detener asimismo los latidos del corazón para escuchar el absoluto, el silencio sin grietas. Fue entonces cuando creí percibir, a mi espalda, un rumor extraño. No quise volver la cabeza; mas una fuerza, súbita y arrebatadora, me obligó a hacerlo. Respiré, aliviado: nada. El camino se perdía a lo lejos, como si se borrara solo.

Y, sin embargo, ante mí me aguardaba otra sorpresa. El sendero desembocaba en un claro abierto sobre una colina. En la cumbre, erguida con orgullosa desolación, una construcción dibujaba su oscura silueta contra el cielo más negro aún. Un murmullo, sofocado, me rozó el oído. Sentí un sudor frío, y el corazón se me contrajo como en puño. La angustia dio paso al miedo, y mis piernas, ya sin voluntad, temblaron como espigas al capricho del viento. Aquella mole de piedra, horadada por agujeros que querían parecer ventanas, agrandaba mi pavor con solo existir. El ansia de lo desconocido me empujó a acercarme a aquel torreón; mas, extrañamente, no hallé puerta alguna. Los vanos, dispuestos sin concierto, se abrían muy por encima del suelo.

De pronto el cielo se encendió. Una claridad breve, lechosa, iluminó cuanto alcanzaban mis ojos, y, tras ella, el más hondo de los silencios. Otra vez la blancura de tormenta sin descarga barrió el páramo. Permanecí inmóvil, mirando cómo la piedra verdinegra parecía encenderse por un instante. Juraría que vi, fugaz, una silueta asomarse a uno de aquellos vanos. ¿Fantasmagorías de mi imaginación? Dudaba aún cuando, de súbito, entre el hueco de una de esas oquedades, brillaron los dientes afilados del más feroz de los perros. Forcejeaba por ensanchar el agujero; metía sus patas negras entre las piedras como si la roca, por compasión o por horror, fuera a ceder.

Se me heló la sangre. Quedé clavado, testigo impotente de los nerviosos movimientos de aquel ser gigantesco y siniestro que luchaba por liberarse, por precipitarse sobre mí. En sus pupilas —dos carbones húmedos— se reflejaba la pálida luna. ¿Cómo decir lo que sentí? Un terror sin nombre me habitó de pronto, y con todo no había salido del estupor cuando mis ojos asistieron a la visión más fantasmal que jamás han visto ojos humanos. De otros vanos, en contraste luminoso con la profundidad oscura de la piedra, comenzaron a escurrirse unos brazos amarillentos, cadavéricos. Venían de lo profundo, de los avernos que no figuran en los mapas. No pude más. Quise correr, pero mis piernas no me obedecían. El animal, al fin, consiguió desclavarse del hueco y se lanzó como una sombra. No sé de dónde saqué bríos, pero eché a correr sin rumbo, con la torpeza del pánico.

Sobre unos riscos —en el horizonte, tenebroso— emergió la figura del perseguidor. Dondequiera que volviera la vista, allí estaba: lóbrego y fiel a su condena, guardián de infiernos y de insomnios. Torné al bosque, que me tragó con sus sombras, y entonces, por un instante, una visión tan dulce que parecía mentira me lavó de espanto.

Entre los troncos añosos apareció una joven hermosísima. Llevaba un vestido blanco, finísimo, casi un susurro. Sus cabellos, dorados, parecían luciérnagas; sus ojos, verdes, daban luz a su rostro. Una cinta rojiza ceñía uno de sus pies desnudos y humedecidos por la hierba. La delicadeza de su talle contrastaba con el tronco rugoso al que se apoyaba. Caminé hacia ella con prisa de náufrago, y cuando casi rozaban mis manos el aire que la envolvía, se desvaneció como niebla al sol. Quedé solo.

Mas volvió a aparecer, allá, sobre las agudas crestas de los riscos. Su mirada parecía llamarme. De perseguido me vi hecho perseguidor. En mi cabeza brotaron pensamientos que no eran míos, maquinaciones, deseos sin nombre. De pronto, sin saber cómo ni por qué, la vi nítida como nunca, sentada en el brocal de un pozo, silenciosamente hermosa.

Mis pies, por fin seguros, se encaminaron hacia ella como la alimaña a su presa cuando ya no hay escapatoria. No era un fantasma: el palpitar de sus pechos delataba la carrera reciente. Llegué. Mis manos, mansas, se extendieron. Una sonrisa, entre ingenua y maligna, se dibujó en su rostro, y entonces sentí cómo su talle se quebraba con brusca decisión; se dejó caer en el pozo y, en su caída, arrastró mis manos. Perdí el equilibrio. Caí en un abismo sin fin.

La oscuridad de la estancia era casi absoluta, rota tan solo por las brasas agonizantes de la chimenea. El libro yacía en el suelo. En mi mente confusa giraba un pensamiento único: ¿había sido un sueño? Las llamas ya no proyectaban mi sombra en las paredes. En la oscuridad habría querido sentir una presencia… ¡Deseo inútil! Al fin y al cabo, un sueño, me dije. Me incliné para recoger el volumen y, cuando iba a cerrarlo, vi —entre sus páginas amarillentas, oxidadas de tiempo— brillar, con la suavidad de la seda, una cinta de color rojizo.

Un escalofrío me recorrió entero. Era la primera vez que veía aquella cinta. Se me anudó la garganta; un sudor frío me perló la frente. El reloj de la escalera, con la dureza de un juez, dio tres campanadas: sonoras, secas, frías, eternas.

No quise mirar la ventana. Me pareció —o quise creerlo— que un resplandor blanquecino, parecido al de la luna cuando decide no marcharse, cruzó el cristal. Cerré el libro, y la cinta, obediente, quedó aprisionada dentro. El tic-tac volvió a erguir su pobre consuelo. En el hogar, una brasa se quebró con un gemido.

Aún hoy no sé si aquella noche viví o soñé. Pero cuando, días después, bajé al jardín y me detuve frente al viejo brocal, vi, en el verdín húmedo de la piedra, el rastro leve de unos pies descalzos… y, en el borde, como olvidada por una mano ausente, otra cinta igual, rojiza, que el viento no se atrevía a llevarse.
 
Pamplona. 1980-81. (1ª edición en 1993. 2ª edición o revisión en Octubre de 2025)

Silencio en la noche

Había llegado a aquella mansión pocos antes del 1 de noviembre, en los sombríos días del mes de octubre. La aureola de leyendas que escondía aquel lóbrego y apartado lugar, unido a un cierto deseo de descanso y meditación me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad inherente a mi extraño carácter había sido el detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles. Se respiraba una atmósfera de recogimiento, que desprendían tanto aquella mole de piedra como  sus taciturnos y escasos habitantes, con los cuales  apenas hable: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su mansión en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña  temporada. Tal fue mi caso. Así pues yo me encontraba allí en calidad de huésped. Y en estos días otoñales yo era el único huésped de la lóbrega mansión, o al menos eso creía.

Había llegado al caer la tarde de un grisáceo día. Apenas cené y temprano me retiré a mi habitación. Más el sueño inexplicablemente no me llegaba y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu,  el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oir vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. Quería pensar que lo que sentía en aquellos momentos era fruto del ambiente de aquella casa, pero mis esfuerzos por tranquilizarme eran inútiles. En la oscura tiniebla de mi habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, las voces, murmullos o  el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos. Y el silencio estaba lleno de extraños rumores. Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche.

Con suavidad abrí  la ventana y el chirrido de los goznes se escapó suavemente, debido tal vez a su poco uso como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frio golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los arboles y un fugaz resplandor. Luego nada, silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana, Me quedé inmóvil  durante un rato cuando comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche, doce campanadas lentas, sordas...Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por estos lugares a propósito de este día. De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, ya que de lo contrario, iba  a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme, me encaminé hacia la biblioteca, con el corazón encogido por el miedo. Un sudor frio recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. De nuevo, en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a leer, entre nervioso y  y preocupado las páginas de aquel  libro amarillento por el paso del tiempo. Sin darme cuenta, mis ojos se  cerraron y  entré en un profundo sueño. Las horas habían pasado lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron  que me despertase. Abrí los ojos. Durante unos instantes no recordé dónde me encontraba. La vela se había consumido y el libro amarillento yacía abierto a los pies del lecho. La noche había felizmente pasado...Todo cuanto había oído no debía de haber sido más que una fantasía de mi espíritu excitado...o tal vez no?. El silencio inquietante, entre los rayos de la aurora, me hizo recordar, de nuevo, los temores de la pasada noche. 
 
Un silencio que sin embargo, ahora, era  roto por un pausado gotear, lento y monótono. Cloc, Cloc, Cloc...Instintivamente alcé los ojos y vi una mancha oscura entre las junturas de los pesados tablones del techo. Una gota se desprendió, cayó junto a mis pies y quedó allí, redonda y brillante. Me incliné y la toqué con la punta de los dedos. No era agua. Era sangre.

Sentí que el corazón se me detenía. Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando aquella gota roja. Después me incorporé y salí al corredor. Llamé al criado, primero en voz baja y luego con mayor fuerza, pero nadie respondió. La casa entera parecía deshabitada.

Al fondo del pasillo encontré la escalera que conducía al piso superior. Subí lentamente. Cada peldaño crujía bajo mis pies con el mismo sonido que tanto me había atormentado durante la noche. Al llegar al rellano comprendí que la habitación situada sobre la mía era la última del corredor. Su puerta estaba entreabierta. Empujé con suavidad.

El anciano propietario de la mansión se encontraba sentado ante un escritorio, con la cabeza caída sobre un hombro. Vestía la misma levita oscura con la que me había recibido la tarde anterior. Una estrecha herida se abría junto a su sien y, bajo el sillón, la sangre había formado un pequeño charco que se filtraba lentamente entre los tablones. Me acerqué y le tomé una mano. Estaba helada.

Sobre el escritorio había un libro abierto. Al reconocerlo, retrocedí horrorizado: era el mismo libro que yo había llevado a mi habitación y que, apenas unos minutos antes, había visto a los pies de mi cama. En la última página, bajo una larga relación de nombres y fechas, alguien había escrito con tinta todavía fresca: 31 de octubre. Ha llegado otro huésped.

En aquel momento oí una voz en el piso inferior. Era la del criado.

—Señor, nuestro huésped ya se ha levantado.

Otra voz le respondió. Una voz apagada y grave que reconocí de inmediato.

—Muy bien. Dígale que lo espero.

Escuché entonces el golpe de un bastón contra el suelo y unas pisadas que comenzaban a subir lentamente por la escalera. Una… otra… otra más… Los pasos atravesaron el corredor y se detuvieron ante la puerta.

—¿Ha descansado usted bien? —preguntó la voz del anciano.

Quise volverme hacia el cadáver, pero no pude hacerlo. La voz no había llegado desde el corredor. Había sonado a mis espaldas.

Pamplona. Abril de 1982. Revisado en 2026

Amanecer en Castilla

Estoy despierto. La luz de la mañana penetra entre las estrechas rendijas de la persiana aún cerrada. Oigo el canto del gallo y el cacarear de las gallinas, junto a la ventana de la habitación que comparto con mi abuelo, ya que el corral se encuentra justo al lado. Un nuevo día ha amanecido. En casa todavía nadie se ha levantado. Mientras tanto reflexiono sobre mi recién llegada, ayer, a estas tierras castellanas, y pienso que esta llanura inmensa, este cielo infinito, esos árboles solitarios que bordean el Canal, esos pueblos que mires donde mires divisas en el horizonte, todo ello guarda una belleza especial para mí.

Enseguida me levantaré y, tras desayunar, cogeré la bicicleta azul de mi tía para darme una vuelta por los alrededores, aprovechando la frescura de la mañana. Justo delante de la casa, y un poco a la derecha, se encuentra la iglesia de Santa Eufemia y su torre exenta. Y a la salida del pueblo, el Palacio de Ruiz Girón, que fue residencia de la reina Berenguela cuando abdicó en su hijo, el rey Fernando III el Santo, que unificaría los reinos de Castilla y León. Disfrutaré de las largas carreteras solitarias, de las conversaciones con los lugareños, de estos paisajes únicos, con sus casas de adobe y sus palomares, sus torres eclesiales milenarias. Aquí el ritmo de la vida es diferente, más lento y contemplativo.

A mi recuerdo llegan, en ese momento del despertar, imágenes del pasado, de otro pueblo cercano a Autillo, situado a cuatro kilómetros: Fuentes de Nava, el pueblo de mi familia. Recuerdo su plaza principal, con sus bancos de colores, la iglesia de San Pedro con su esbelta torre que se erige y se eleva hacia el cielo azul, perfilándose como un agudo estilete entre el resto de las casas, como un baluarte en medio de la vasta llanura castellana.

A mi recuerdo llega también una estrecha y retorcida calleja, antes pedregosa, ahora pavimentada de cemento, y al final de aquella, en un recodo, la casa de los abuelos, grande para mí en aquellos lejanos años de la infancia: su puerta roja, pesada, claveteada, con aquel agujero en medio —tal vez imagino fantasiosamente que de un disparo de fusil— que servía como mirilla; el suelo del pasillo que ascendía a las habitaciones, cubierto de baldosas rojas; la pequeña cocina, a un lado el fogón con su ancha chimenea, al otro la mesa en la que nos juntábamos a comer toda la familia.

Y, en medio de aquella estancia, una puerta que llevaba al corral y que, al abrirse y cerrarse, emitía siempre un suave chirrido. Y los gatos, aquellos pequeños animalillos que, al verme, huraños, se escondían o subían escaleras arriba a la lóbrega panera, oscura, donde tan escasas veces pude subir.

Recuerdo aquel pasillo que subía a las habitaciones, y aquellos escalones tan altos para mí. ¡Cuántas imágenes se amontonan en mi cabeza!, ¡cuántos años ya de aquello!

Hoy, de nuevo, estoy aquí, en esta tranquila Tierra de Campos, un lugar que invita a la reflexión, a la lectura sosegada, a la escritura, como estoy haciendo en estos momentos, transcribiendo mis primeras sensaciones.

Alguien entra en la habitación y abre las ventanas de par en par, por las que se introduce ahora una deslumbrante claridad.

Autillo de Campos. Agosto 1982.

domingo, 16 de agosto de 2026

La casa deshabitada

Ya se oyen en el silencio nocturno, sobre el asfalto, 

los pasos del eterno caminante. 

Encorvada figura anónima. 

Eres uno y todos los hombres que en la tierra, cada día, 

bajo las estrellas, cada noche, 

viven y sienten el latir de la tierra madre bajo sus pies. 

 

Desconocido en todos los lugares por los que pasas, 

extranjero en ninguno, 

tu patria es la Tierra, 

tu pueblo la Humanidad. 

 

Ignoro tu destino, 

también tu procedencia. 

 

Yo soy ese desconocido caminante, 

que llega incluso a desconocerse a sí mismo. 

¡Extraña paradoja! 

 

Tiemblan en mi mente algunos pensamientos.

La carretera larga se pierde en el horizonte sin fin. 

Algún día llegaré, pienso. 

¿A dónde? 

Largo silencio.

Tiemblan cada una de las ramas 

de cada uno de los árboles, 

de cada uno de los montes de esta tierra; 

tiembla la tierra como un corazón gigante, inmenso.

 

El alba.

Un pueblo. 

Desordenado conjunto de casas ocre, 

alcázares de miseria, 

palacetes de cristal. 

 

Sobre las calles crece la hierba; 

en medio, una zarza roja; 

junto a esta, un ramo de flores azules… 

 

Y la gente?. 

Duerme, quizás. 

 

Los portones están cerrados: madera y hierro enmohecidos. 

Cubiertas de polvo, las ventanas cerradas. 

Silencio. 

 

Triste tañir de campanas. ¿Dónde? 

Al otro lado del valle, una pequeña ermita. 

Mortuorio sonido. 

 

La luz blanquecina del amanecer ilumina una vez más aquellas fantasmales casas. 

El pueblo se pierde atrás.

Sobre una loma, un cerro suavemente dibujado, 

a un lado de la carretera, 

a cierta distancia de aquella desolada aldea, 

una gran casa, una mansión. 

Paredes de piedra, sobriedad en las líneas, recortadas sobre el contorno.

 

He abierto con facilidad, con solo un leve empujón, la carcomida puerta que jalona el umbral y que todavía parece guardar antiguas reminiscencias señoriales. 

Un suave chirrido ha estremecido la quietud de la mañana: 

goznes crujientes, dormidos en su herrumbre por el abandono de este extraño lugar. 

Un tufillo a humedad y polvo, y a otros olores que no acierto a desentrañar, puebla el ambiente. 

Oscuridad rota de repente por la blanquecina luz que entra por el hueco de la puerta que acabo de abrir. 

Una telaraña sorprende con su cosquilleo al golpear mi rostro. 

Poco a poco la penumbra se diluye, permitiendo la visión, al menos superficial, de lo que en el interior de aquella mansión ha dormitado por los siglos de los siglos. 

 

Alguna silla caída sobre el suelo de madera. 

Las desnudas paredes, sin ornamento alguno. 

¡Qué sensación de soledad, de vacío, de desolación!

Nada.

La casa deshabitada.

 

He vuelto a cerrar la puerta con triste sonido, 

como quien cierra un sepulcro, 

como no queriendo romper el sueño de aquellos muros, 

que volverán a dormir en la oscuridad, de nuevo, por tiempo inmemorial, 

hasta que llegue un día otro caminante, 

algún curioso, 

unos niños 

—¡quién sabe quién!, ¡quién sabe cuándo!— 

a este lugar olvidado del mundo, inexistente.

 

La luz del alba ilumina un poco más aquel sombrío y solitario paraje… 

el caminante se pierde de pronto, 

desaparece en la nada, 

como si en realidad nunca hubiese existido.

 

Silencio.

Pamplona. Mayo 1982

viernes, 14 de agosto de 2026

Sugerencias y sensaciones

Este no es un relato convencional. Es un poema en prosa, sin rima, de 1983, sincopado o fragmentario, casi vanguardista, construido por ráfagas nominales, por una acumulación de sensaciones sueltas sin verbo, sin conectores, puro impresionismo escrito.  El texto es deliberadamente críptico. No cuenta, sugiere, da pinceladas —una tos, una concha, el sonido de seda rasgada, mil ojos que vigilan, el hielo que quema— y deja que el lector imagine y  componga la historia entre los huecos.
 
En una mañana oscurecida por nubes grises que corren empujadas por un viento frío, sale a las afueras de la diminuta y casi abandonada aldea —a la que ya no llega nadie— un viejo. Su pelo gris, sus pupilas cansadas miran al interior de un viejo bosque; un bosque cerrado, poco transitado, oscuro en su fondo, refugio cálido de silenciosos secretos antiguos, recuerdos teñidos de un agrio poso de amargura. 

Corría ocioso un joven del lugar por las verdes laderas del monte Rojo. Su nombre le venía por ser aquel el lugar por donde cada tarde se ocultaba el sol, dejando esa débil estela roja que cubría las verdes laderas de las montañas. Corría alegre, despreocupado. Se tumbó a la entrada del frondoso bosque. Cerró los ojos. Escuchó el silbido del aire mover las ramas y las hojas, el canto de los pájaros. Imaginó... fantasías, gozos inconfesables compartidos en aquel marco idílico con la más bella de las criaturas. Imágenes, fantasías en un pueblo olvidado, donde la prosaica realidad ofrecía pocas —por no decir ninguna— capacidad de plasmación. Volvió al pueblo más cansado que antes, más entristecido y ansioso. Transcurrieron días, tal vez semanas… 

Una mañana surgió la noticia. Había llegado a la aldea para pasar el verano, había llegado a aquel perdido rincón del universo. Impaciencia. Nerviosismo… Solía ella caminar todos los días, al atardecer y al mediodía, por un estrecho sendero que desde el pueblo llegaba y penetraba en el bosque; luego torcía a la derecha y se abría hacia un camino semiborrado por la vegetación, que descendía entre piedras al río, un río estrecho pero profundo que pocos metros antes se rompía en una bellísima cascada. Paseaba con un libro entre las manos. Solía leerlo bajo la agradable sombra de un árbol, en lo más profundo e intrincado del bosque. Nadie la interrumpía. Solo el difuso rumor de la vida que hervía entre los árboles. Refugio tranquilo. Seguridad. Placidez. Nadie le molestaba. Estaba sola. O al menos eso era lo que pensaba. 

En una de aquellas mañanas de verano él logró descubrir el exótico tesoro que hasta entonces le había sido vedado al azar. Aquella visión paradisíaca. Éxtasis. Bañaba su desnudez bajo la fría agua de la cascada, ajena a la indiscreta mirada del curioso que contemplaba gozoso sus secretos más hermosos y escondidos. Prosiguió sus paseos solitarios, sin saberse espiada, sin sentirse vigilada, pero al fin se produjo el descubrimiento. Descubrimiento casual en una de esas lecturas, bajo la filtrada luz del sol, entre las copas de los árboles. Rumores de hojas, rotos por el estallido de una tos que descubrió la presencia del intruso.  

Vergüenza. Reproches. Huida. Llamada. Preguntas. Silencio en la luz. Oscuridad entre las hojas. Conversación tenue. Amistad. Ya no pasea sola. Andan y charlan juntos hasta bien entrada la tarde. Tumbados, ríen cada palabra y callan. Solo se oye el rumor de los pájaros, el crepitar de la yerba que cruje.  

Regresó a la ciudad, y el tiempo pasó lánguidamente lento. Otoño. Las hojas caen, el bosque se desnuda lastimero, dejando ver a través de sus afiladas y secas ramas un cielo gris, monótono y tristísimo. Invierno frío. Recuerdo cálido del verano, ilusionado de que retornaría un año más tarde.  

Tarde anochecida. Sonido de seda rasgada. Ojos cerrados. Azul oscuro. Azul blanquecino en la tarde calurosa. Seda sobre la yerba verde humeante, humo del agua caída a la mañana. Cristalina lluvia del rocío en la alborada. 

Vigilan mil ojos en la tarde que oscurece. Tierra y cielo se unen en la oscuridad de esa noche. Frescura. Viento suave. De nuevo azul oscuro. Lágrimas. Un tronco cruje en el silencio de la noche estival y se rompe, cayendo al suelo con gran estrépito. Extraña, desconocido. Aurora. Ocaso. Pueblo en la noche. 

Un gato solitario pasea por la cornisa de un tejado, salta a la calle y se aleja del pueblo, se pierde, internándose en el bosque. Verano. Noche. Luna llena. Mirada larga y profunda. Calor tibio. Presagio de tormenta amanecida. 

El bosque recita un concierto de voces, gritos extraños, sonidos repentinos. Una hoguera sin apagar en un calvero. Crepitar de las llamas que se rompen en mil chispas sobre el negro trozo que se abre sobre los árboles, volando hacia lo alto. Iluminación tenue. El gato se mueve nervioso de un lado a otro de la temblorosa luz rojiza. Humo. Calor. Oscuridad. Humedad en la noche. Se escucha el ruido del torrente que corre tras los árboles, de la cascada que se desborda en el río. 

«Penumbra incierta en la esperanza de la noche.» Junto al oído se escucha el rumor de las hojas sacudidas por la brisa nocturna y el crepitar de las llamas. Calor. Las culebras se arrastran silenciosas, escurriéndose por entre las rendijas de las rocas, buscando su refugio oscuro. Agua. El agua se estremece en ondulaciones vibrantes por el contacto de las yemas de los dedos. Pez brillante, multicolor. Pececillos blancos, rosados, coloreados en la luz crepuscular, luchan, juegan escurridizos en el seno de las aguas. Juegos de amor entre las piedras blancas. 

 Llueve con fuerza. El agua resbala. Crujen las ramas. Se enredan. Se quiebran las raíces. Tormenta. Vendaval. Sed. Calor. La selva del bosque, crecida, enmarañada, se ha transformado. No se escucha el silencio de la noche. Sigue crepitando, sigue lloviendo, pero la hoguera no se apaga. La brisa fresca sigue soplando en la montaña, mas cuanto más cerca de la cumbre… Cerca de la cima se erige una cueva, escondida entre abundante vegetación. Una roca a la entrada se alza como un monolito majestuoso. Santuario. Hechizo mágico: rozando la piedra, la tierra tiembla y un relámpago ilumina el universo cósmico. 

Los días pasan. Curvas deshechas en cascadas doradas del atardecer apagan su sed en el agua fría del manantial. Lentas, ciñen su perfección en la aurora; desnudas, florecen. Tiembla el aroma de la flor abierta en la aurora. Nieve dorada, modelada por expertas, sabias manos. La nieve se endurece en el frío de la madrugada. Hielo caliente que quema las manos. Tormenta. Relámpagos sobre el agua, iluminando el espejo que fluye y siempre cambia. 

Se abre, se cierra la concha que un día arrojaste al fondo del río. Agua roja del ocaso, esmeralda de sus ojos reflejados, negra se convierte en la noche de sus pestañas. Ramas, troncos quebrados, rotos, flotan ondulando bajo la transparente luz de las aguas. El río seca. Hollando la tierra, apartando las ramas, bebiendo la fría agua en el hueco donde la culebra duerme. Suave y brillante palidez enrojecida. Cansancio. Abandono. Mira el cielo gris. Acércate a la luz. Mira. No disimules. 

Ha pasado el tiempo. Es otoño otra vez. Anochecer soñado. Ojos cerrados. Trigo dorado, movido dulcemente por el viento que mece sus espigas recién florecidas. El valle se oculta a tus ojos en el recuerdo. La lluvia del otoño cierra las grietas del estío reseco y árido. Amanece. Escalofrío de temor, de angustia. La hoguera está apagada. Invierno. Nevada. Los lobos aúllan. Sigue nevando. Se derrite la nieve. El torrente del río vuelve a sonar. Las flores se abren… y regresa el verano. Frío. Tormenta triste. Silencio. Nada. Abandono. Mies. Pajar. Sábanas blancas, frías en otoño.  

El otoño, último estertor del verano, esperó a octubre para el regreso definitivo. El tiempo corrió. Un año más. Otro verano. Desapareció. Viajó el joven a la ciudad en busca del recuerdo. El pueblo, el bosque, quedó solitario, quedó frío. Miraba los escaparates, los rótulos luminosos con atónitos ojos, las personas. Subía ascensores. Bajaba largos y profundos toboganes, escaleras mecánicas. Era fiesta. Subía en la noria, bajaba por las calles, artificialmente alegre, triste en su corazón. Sentía en su estómago esa mala sensación de bajar desde las alturas y de volver a subir a ellas. Y sentía un escalofrío recorrerle las espaldas. 

 Recordaba los largos paseos, la lenta humareda de la hoguera, la luna que alumbraba el espejo del agua e iluminaba los rostros en la noche, la conversación breve, el aire limpio, el silencio y también, tristemente, la huida sin previo aviso y la soledad. Los veranos, los tres últimos veranos. El tiempo borraba en el recuerdo. Ya no regresaría jamás. Se fue sin despedirse. Búsqueda inútil. Recuerdo dolorido. Miedo. Cuando volvía a la realidad se encontraba en un lugar cerrado, entre humo, ruido y extrañas caras. El verano acabó. Otoño. Invierno. Y así transcurrió largo tiempo, años. 

El viejo comprendía que fue solo un bonito sueño, un recuerdo que le marcó toda la vida. Imaginó el sueño que se convirtió en realidad, pero que como tal se desvaneció al despertarse ya en los umbrales de la muerte. 

El último otoño. Las hojas caían como siempre, pero aquel día cayó una hoja distinta: una hoja roja sobre un agua azul; el cielo estaba azul. Una hoja verde, sin palidecer por la amarillenta agonía de lo temporal, se hundió pesada en el seno profundo de las aguas. La hoja roja, quebradiza, desapareció volatilizada, mientras que sobre aquella hoja verde apareció una concha que se abría y se cerraba todos los veranos...

(En el mecanografiado original, los pasajes que aquí van en rojo estaban escritos con cinta roja: son los dos veranos del encuentro y del fuego. El resto —la soledad, la distancia, el tiempo— iba en negro. Se ha respetado esa arquitectura de color y el fraseo sincopado del original; solo se han corregido las erratas de máquina.).

Diciembre 1983

Larga espera

Hoy me sentía mal. Por eso decidí visitar el siempre incómodo y exasperante consultorio de la Seguridad Social. Me han asignado un frío número que me ha hecho presagiar una larga espera. Una seria y circunspecta señorita cumple, paciente, con su monótona labor. El papelillo ha ido directamente a guarecerse bajo el viejo plástico que protege la ya arrugada y amarillenta cartilla de asegurado.

Miro el reloj y empiezo a hacerme a la idea de que perderé allí toda la mañana. Doy unos pasos y atravieso largos pasillos hasta que doy con una puerta blanca en la que no aparece más que un número. Un pequeño rótulo debiera indicar el nombre del titular, pero nada de nada, y la pregunta se hace inevitable, necesaria: ¿es aquí el doctor X? —Sí, aquí es—, me contesta la desconocida persona a la que de improviso he interrumpido en sus pensamientos. Por un segundo, el resto de la concurrencia me ha escrutado; luego ha proseguido su habitual compostura.

Las sillas de la sala de espera están medio llenas. Me siento. Pasa el tiempo. He agotado todas las posturas posibles que uno puede adoptar. La vista ha recorrido una y otra vez las caras de los allí presentes. El panorama es variado, diferente y hasta divertido: una mujer de avanzada edad, arrugada y fea como pocas, escuálida y medio paralítica. A su lado, y en grotesco contraste, una señora voluminosa, exageradamente gorda, oronda en su mantecosa presencia. El anciano que está sentado junto a mí no carraspea; parece querer echar la bilis: a cada momento enrojece su rostro y su cuerpo se sacude en brutales espasmos, tales y con tanta frecuencia que llega a ponerme nervioso. A su lado, charlando con él en los intervalos que la tos frenética le permite, una mujer de mirada bovina y con un pronunciado tic nervioso en los ojos y la boca. Un poco más lejos está sentada una mujer con varios críos jugueteando a su alrededor. Su rostro ha perdido ya las no tan lejanas huellas de la juventud. Expresión cansada e irritada. Los chavalillos chillan y corren de un lado a otro, tropezando con las piernas de los allí sentados. Su madre les reprende a cada momento, si bien es cierto que con poco éxito. El más pequeño de los dos, un rubito pecoso y saltarín, se acerca a la puerta blanca y, agachado, mira por debajo de ella con el inocente objetivo de satisfacer su curiosidad. Aquel gesto espontáneo y atrevido sorprende a algunos, mientras que nos hace sonreír a la mayoría. Dos mujeres de mediana edad parlotean como cotorras; la conversación que mantienen —cotilleos e indiscreciones vecinales y familiares— es compartida por todos, tal es el tono de sus voces, entrecortadas además por las sucesivas y atropelladas intervenciones de ambas contertulias. Una joven de mi edad acaba de atravesar ante la concurrencia, y ha sido escudriñada por decenas de ojos, más si cabe por la nutrida representación masculina, pues la moza estaba verdaderamente de buen ver. ¿Qué extraño mal le aquejaría?, me he preguntado morbosamente. He seguido sus reacciones durante un rato y he comprobado parecido comportamiento al mío: cansancio y un cierto aire de incomodidad y «cuelgue».

La sala está llena y sigue llegando más gente. El silencio de los primeros momentos ha sido sustituido por un barullo de voces, risas, lloros y toses, conformando una extraña y a veces desagradable sinfonía. En todo aquel ambiente se percibe un fuerte olor a desinfectante, a humedad, a calentura y algunos otros indescriptibles. Por fin ha venido el flamante facultativo, trajeado y con su rimbombante compostura, y ha atravesado sin saludar la sala hasta llegar a la puerta blanca. Al rato ha salido otro doctor, que al parecer había finalizado su consulta y ha abandonado a toda prisa el edificio. Al poco han comenzado a desfilar los concurridos: enfermizos, débiles, hipocondríacos, maniáticos y demás fauna abundantísima, por otra parte, que poblamos este planeta. La puerta se abre y se cierra con cierta rapidez. Los números —que no personas— son despachados con un automatismo desprovisto de todo tinte humano. Mero trámite. La mayor parte sale de aquella inmaculada puerta provista de uno o varios papeles que serán canjeados en la farmacia más próxima por extrañas pócimas, jarabes, píldoras con las cuales curar los males de esa inmensa legión de enfermos que invade, un día sí y otro también, los consultorios de la Seguridad Social. Algunos sonríen satisfechos, porque confían en que la nueva curandería, los brujos modernos, pongan fin a sus dolencias más o menos reales o imaginarias; otros temen, están casi seguros de que dentro de muy poco volverán a visitar esas frías salas, perdiendo mañanas, consumiéndose en la larga agonía de una enfermedad más o menos grave.

La sala se ha quedado casi vacía cuando he salido de mi fugaz encuentro con el doctor X. El tiempo justo para entrar, saludar y relatar breve, sucintamente, mi cuadro clínico. Unos segundos, y el señor vestido de blanco ha empezado a tirar de talonario —de recetas, que no de cheques—, comentándome a la par que mi sintomatología es de lo más normal, una simple afección gripal, cito sus palabras, que desaparecerá en el plazo de dos o, a lo sumo, tres días. He salido con la sensación de ser una mera pieza en una larguísima cadena, una pieza con un número que se revisa superficial y automáticamente, como en una cadena de montaje de una fábrica cualquiera, y que se expide, se almacena, se maneja o se tira a la basura.

Abandono el consultorio y a esas pocas personas que permanecen resignadas desde primeras horas de la mañana, soportando una interminable espera. Abandono el sudor y el cansancio almacenado durante horas y me dirijo al fresco ambiente de la calle. Sigo sintiéndome mal, peor, pero tranquilo: no es nada, no es por esa afección —afectada terminología de facultativos que nos hablan en jerga incomprensible, cuando a un dolor de cabeza le llaman cefalea, a una diarrea veraniega, colitis, y a algunas averías funcionales, síndrome de tal—. Se debe, con toda seguridad, a esta larga espera.

Pamplona. julio 1984