Había estado lloviendo desde el mediodía. La luz de las farolas se reflejaba sobre el pavimento mojado y el aire traía ese frío húmedo de Pamplona que no hiela del todo, pero se mete bajo el abrigo y acaba encontrando los huesos. Crucé la plaza sin prisa. Al pasar junto a la farola ornamental pensé, como tantas otras veces, que durante buena parte de mi infancia aquel lugar se había llamado plaza de la Argentina y que la farola no estaba allí. Había sido retirada en 1965 para dejar sitio a las paradas de las villavesas. Volvió treinta años más tarde, cuando la plaza ya no era la misma y quienes la recordaban como estación central de los autobuses empezaban también a ser otros.
Entonces oí el motor.
No era el rumor discreto de una villavesa moderna. Era una respiración grave, irregular, acompañada por el temblor de una carrocería entera. Me detuve. El sonido procedía de la parte de la plaza más cercana a la calle Alhóndiga, donde no había ninguna parada.
La villavesa apareció sin doblar esquina alguna.
Un instante antes no estaba allí y al siguiente ocupaba la calzada, inmóvil bajo la lluvia. Era uno de aquellos autobuses de mi infancia: blanco en la parte superior, verde oscuro desde las ventanillas hasta los bajos, de formas redondeadas y con el motor alojado delante. Un Pegaso Comet, o eso me pareció. La carrocería vibraba con tanta fuerza que las gotas resbalaban a saltos por los cristales. En el frontal tenía el cajetín donde debía figurar el número de la línea, pero estaba vacío. Tampoco aparecía ningún destino.
Las puertas se abrieron con un resoplido. El conductor llevaba uniforme azul marino. Tendría unos sesenta años. Apoyaba la mano derecha sobre una enorme palanca de cambios.
—¿Sube o no sube? —preguntó.
Miré alrededor. Nadie más parecía haber visto el autobús. Una mujer cruzó la plaza bajo un paraguas rojo y pasó junto a él sin volver la cabeza.
—¿Qué línea es? —pregunté.
El conductor alzó los ojos hacia el cajetín vacío.
—Ninguna.
—Entonces, ¿adónde va?
—A las paradas que ya no existen.
Debí alejarme. Lo razonable, lo sensato habría sido continuar mi camino, llegar a casa, cenar y olvidar aquella aparición como se olvidan ciertas confusiones producto del cansancio. Pero el interior de la villavesa olía a gasóleo, a tabaco frío y a madera húmeda. Era el olor de los viajes en la villavesa de mi niñez. Y, por debajo de esos olores, reconocí otro más tenue: el de una cartera escolar de cuero, con los cuadernos, el lápiz mordido y una goma Milan en el fondo.
Subí.
Los escalones eran tan altos como los recordaba. En el interior había dos filas de asientos de madera y varias barras metálicas gastadas por miles de manos. No vi a ningún pasajero. Me senté cerca de la puerta delantera. El conductor arrancó un billete de un rollo, lo marcó con una pequeña máquina y me lo tendió.
—Guárdelo —dijo—. Se lo pedirán al final.
El papel era amarillento y llevaba impresas las palabras: **PLAZA DE LA ARGENTINA**. No figuraba la fecha ni el precio.
—Falta el número de línea.
—Ya se lo he dicho. Esta villavesa no tiene línea.
Las puertas se cerraron y el vehículo se puso en marcha con una sacudida.
No habíamos recorrido veinte metros cuando la plaza cambió.
La farola desapareció. En su lugar surgieron tres andenes con sus marquesinas, alineados bajo un cielo que ya no era nocturno ni lluvioso. Había villavesas estacionadas por todas partes, blancas y verdes como la nuestra. Unas entraban desde Sancho el Mayor; otras maniobraban trabajosamente entre los andenes antes de salir por Tudela, Cortes de Navarra o la calle Alhóndiga. Los motores tosían, las puertas resoplaban y los conductores, todos vestidos de azul, movían aquellas palancas enormes que parecían arrancadas de una máquina industrial.
La plaza estaba llena de gente. Mujeres con bolsas de la compra, hombres con gabardina, soldados, colegialas que apretaban los libros contra el pecho, niños con pantalón corto. Algunos hombres y jóvenes fumaban dentro de los autobuses. Otros corrían de una marquesina a otra preguntando por San Juan, San Pedro, la Chantrea, la Milagrosa o la Estación.
No contemplaba una fotografía antigua. Estaba allí.
—La plaza de la Argentina —murmuré.
—Primera parada —dijo el conductor—. Aquí empezaban todas las líneas.
La villavesa avanzó entre los andenes. Nadie pareció extrañarse de que circulase sin número. Al pasar junto a una de las marquesinas centrales vi el cartel de la línea 3. Debajo, en letras más pequeñas, se leía: **SAN PEDRO**.
Sentí una punzada de reconocimiento.
Esa era la villavesa que tomábamos para volver a casa.
El conductor giró hacia mí.
—Todavía no —dijo.
—¿Todavía no, qué?
—Todavía no se ha perdido.
El autobús salió de la plaza. Las calles se deslizaron al otro lado de los cristales con la textura insegura de los sueños. Vi automóviles de colores apagados, taxis negros con una franja verde, escaparates iluminados por tubos fluorescentes y hombres que cruzaban la calzada sin buscar un paso de peatones. Durante unos segundos avanzamos por el Ensanche; luego doblamos por una calle que no reconocí y nos detuvimos junto a la plaza de la Cruz.
Sobre la puerta de una sala podía leerse **SALÓN MIKAEL**.
—Segunda parada —anunció el conductor.
Las puertas se abrieron y entró una ráfaga de voces infantiles.
Un grupo de escolares salía del cine acompañado por sus maestros. Venían de las Escuelas del Ave María; aquella visita formaba parte de sus actividades extraescolares. Algunos llevaban batas; otros, abrigos heredados de sus hermanos mayores. Se empujaban, reían y comentaban las imágenes que acababan de ver. Hablaban de montañas nevadas, esquiadores, saltos que parecían mantener a los hombres suspendidos en el aire y de una lejana ciudad japonesa cuyo nombre resultaba extraño en sus bocas. La película era un documental relacionado con las Olimpiadas de Invierno de Sapporo, que se celebraron en 1972.
Entonces lo vi. Caminaba un poco separado del resto, con la cartera en una mano y el cuello del abrigo levantado. No necesitaba verle bien el rostro para reconocerlo. Hay una manera de pisar, de inclinar la cabeza y de quedarse rezagado que uno conserva toda la vida, incluso cuando el cuerpo ya no se parece en nada al que tuvo.
Era yo. Era la primera vez que subía a Pamplona con la escuela.
Tenía apenas ocho años. Había subido muy pocas veces a Pamplona —así decíamos entonces los de los barrios de abajo— y el centro de la ciudad le parecía un lugar enorme, recorrido por calles que conducían a otras calles todavía más desconocidas.
Me levanté del asiento.
—Tengo que bajar.
El conductor cerró las puertas.
—Aquí no.
—Ese niño soy yo.
—Por eso mismo.
La villavesa arrancó muy despacio. Durante unos metros acompañamos al grupo. El niño volvió la cabeza hacia nosotros. Por un instante creí que me miraba, aunque los cristales devolvían el reflejo de la calle y era imposible que pudiera verme.
—¿Qué recuerda de la película? —preguntó el conductor.
—Imágenes sueltas. La nieve. Los esquiadores. Quizá un trampolín de saltos.
—Y los campos de Navarra —añadí—. Los colores de los bosques en otoño.
El conductor negó con la cabeza.
—No confunda las proyecciones. *Navarra, cuatro estaciones* aunque rodada ese mismo año vino después, en 1973 o 1974. Le causó una grata impresión, pero aquel día no se perdió.
—Entonces fue al salir del documental de Sapporo.
—Eso dejó escrito.
—¿Y qué vi después?
El hombre señaló la ventanilla.
—La ciudad.
Regresamos a la plaza de la Argentina antes de que los escolares llegasen. Allí seguía el estrépito de motores, voces y maniobras. Los niños se dispersaron entre los andenes. Tal vez los maestros creyeron que todos sabían qué villavesa debían tomar. Tal vez los mayores se agruparon primero y los más pequeños fueron detrás. La memoria no me ha conservado ese detalle. Solo me ha dejado la confusión: tantos vehículos parecidos, tantos números, tantos destinos pronunciados a la vez.
Vi llegar la línea 3.
Se detuvo junto a la marquesina central, la más próxima al lugar donde había estado la Casa de Baños. En el frontal de la marquesina figuraba el destino **SAN PEDRO**. El niño dio unos pasos hacia ella, pero una familia cargada con bolsas se interpuso en su camino. Alguien lo empujó sin querer. Una villavesa arrancó, otra ocupó su lugar en el mismo sitio y, cuando volvió a mirar, creyó reconocer el vehículo que esperaba.
Era la línea 9, pero el niño no se percató.
Quise golpear el cristal.
—¡Esa no! —grité—. ¡La tres! ¡Tienes que coger la tres!
El niño no podía oírme. Subió los escalones de la línea 9, entregó el billete y se sentó junto a una ventanilla. La puerta se cerró detrás de él.
—Ahora sí —dijo el conductor de la villavesa sin línea.
Arrancamos detrás.
Durante los primeros minutos el niño no se dio cuenta de su error. Miraba por la ventana con esa atención seria de los niños que viajan solos y quieren parecer mayores. Tal vez pensaba todavía en la película: en los paisajes blancos, en los esquiadores lanzándose por pendientes imposibles y en aquella ciudad japonesa que se preparaba para recibir al mundo. A su alrededor, los pasajeros hablaban, fumaban o miraban al frente. Nadie sabía que aquel niño se estaba perdiendo.
La línea 9 salió por la calle Alhondiga, enfilo Navas de Tolosa, dejó atrás el centro y se internó en el barrio de San Juan.
El barrio que apareció ante nosotros no era el actual. Había altos bloques de viviendas modernas construidos hace pocos años, la mayoría en la década anterior, junto a algún descampado, desmontes de tierra, caminos provisionales y solares todavía sin urbanizar.
La villavesa se detuvo.
—San Juan —anunció el conductor—. Tercera parada.
Subieron varios pasajeros. Ninguno parecía verme. Una mujer joven se sentó enfrente con un niño dormido en brazos. Un trabajador dejó en el pasillo una tartera metálica. Dos muchachas hablaban en voz baja de una sala de fiestas que acababa de abrir. Un anciano llevaba bajo el brazo un periódico cuya fecha no pude leer.
Al cerrarse las puertas, todos desaparecieron.
Solo quedó durante unos segundos el hueco tibio de sus cuerpos sobre la madera.
—¿Quiénes eran? —pregunté.
—Gente que bajó en su parada —respondió el conductor.
—¿Qué parada?
—La última, supongo. Todos acabamos bajando en alguna.
Seguimos a la línea 9. El niño empezaba a inquietarse. La ciudad al otro lado de su ventanilla no se parecía a la que esperaba encontrar. No aparecía la Taconera como debía, ni la avenida de Guipúzcoa descendiendo hacia Cuatro Vientos, ni se adivinaba en el horizonte la iglesia del Salvador, el convento de las Oblatas, la Clínica Menni o la entrada a la Travesía del Ave María. En su lugar, el autobús continuaba por un territorio cada vez más extraño.
Primero se incorporó en su asiento. Después miró a los demás pasajeros, como si alguno de ellos pudiera confirmar sin palabras que todo iba bien.
Yo conocía aquel miedo. No lo recordaba con la cabeza, sino con el cuerpo. Lo sentí de nuevo bajo las costillas, idéntico al de entonces: el miedo de descubrir que los adultos no han advertido que te has quedado solo y que el mundo, de pronto, es demasiado grande para tí.
La línea 9 entró en San Jorge.
El barrio de los años setenta creció a nuestro alrededor con sus bloques recientes, sus talleres y sus construcciones más antiguas desperdigadas entre la Estación y el río. Alcancé a ver la avenida de San Jorge; las casas de Gridillas, el Pasaje Lapoya y, al fondo de un patio alargado, casetas, huertas, almacenes y pequeños talleres. Por las vías del tren maniobraban vagones de mercancías. Olía a carbón, a grasa de máquinas, a humo y a tierra mojada.
Había vida detrás de las ventanas. Una mujer sacudía una alfombra. Un mecánico levantaba la cabeza al oír el autobús. Un perro corría junto a una tapia. Eran gestos insignificantes, condenados a no figurar en ningún archivo, y precisamente por eso me parecieron más verdaderos que los edificios.
Comprendí entonces que la villavesa no se detenía en lugares desaparecidos.
Se detenía en instantes desaparecidos.
La cuarta parada no tenía nombre. El conductor abrió las puertas, pero nadie subió ni bajó. Afuera, varias personas esperaban junto a un poste sin marquesina. Permanecieron inmóviles, mirando el interior vacío de nuestro autobús.
—¿Por qué no entran? —pregunté.
—No esperan esta villavesa.
—¿Cuál esperan?
—La que los lleve de vuelta.
Las puertas se cerraron.
Delante de nosotros, el niño se había levantado por fin. Se acercó al conductor de la línea 9 y debió de preguntarle algo. No pude oír sus palabras, pero vi cómo el hombre fruncía el ceño y miraba por el retrovisor. El niño señaló hacia atrás, hacia la ciudad que ya no reconocía. El conductor respondió con un gesto breve: espera, siéntate, ahora veremos.
La Estación apareció al final del trayecto.
La línea 9 se detuvo. Bajaron los pasajeros y el niño permaneció junto a la puerta, sin decidirse. La estación era entonces un pequeño mundo: viajeros con maletas de cartón, ferroviarios, mozos que empujaban carros, soldados de permiso, familias que esperaban una llegada. Sonaban silbatos y golpes de vagones. Sobre los andenes flotaba un humo sucio que se mezclaba con la niebla baja.
Nuestra villavesa se colocó al lado de la línea 9.
El conductor accionó la palanca y abrió las puertas.
—Final de trayecto —dijo.
—Pero esta no es la plaza de la Argentina.
—Para usted, no.
—¿Y ahora qué hago?
Señaló al niño.
—Lo mismo que hizo entonces.
—No recuerdo lo que hice.
—Por eso ha venido.
Bajé.
El aire olía a hierro y humo. La villavesa sin línea cerró sus puertas a mi espalda, pero no se marchó. El niño estaba solo junto a la entrada de la Estación. Intentaba contener el llanto porque a cierta edad uno cree que llorar en público agrava las desgracias. Me acerqué despacio para no asustarlo.
—Te has confundido de autobús —le dije.
Me miró con desconfianza.
—Yo iba al Ave María.
—Lo sé.
—Tenía que coger la tres.
—También lo sé.
—¿Cómo?
No supe qué responder. De cerca era más pequeño de lo que me había parecido a través de la ventanilla. Sostenía la cartera con ambas manos, como si fuera la única pertenencia que demostraba quién era y de dónde venía.
—Porque yo me equivoqué una vez de la misma manera.
Miró hacia la calle.
—¿Y volvió a casa?
—Sí.
—¿Seguro?
—Completamente seguro.
Echamos a andar. Salimos por el camino que había entre los muelles de la estación y las fábricas de Eugui y Múgica y Arellano. El camino y lo que había alrededor parecía cambiar a medida que avanzábamos. Durante unos metros vimos los edificios abigarrados y la alta chimenea de la Azucarera, solapándose sobre un bloque de viviendas actual. Después cruzamos la avenida de Guipúzcoa y, al volver una esquina, reaparecieron los automóviles pequeños, las fachadas y las tiendas de mi infancia.
El niño caminaba a mi lado sin hablar. Habíamos llegado a Cuatro Vientos.
Allí reconoció el mundo. Cambió su forma de pisar y aflojó las manos sobre la cartera. Más allá se extendía la avenida de Marcelo Celayeta, con sus edificios, sus comercios, las tapias y las fábricas y talleres que marcaban el paisaje de la antigua Rochapea. Ya sabía regresar. Bastaba con llegar hasta la iglesia del Ave María, pasar frente a la casa parroquial y entrar en la vieja travesía.
—Desde aquí puedo ir solo —dijo.
—Ya lo sé.
Se alejó unos pasos y después se volvió.
—¿Cómo se llama?
Estuve a punto de decírselo. Pero comprendí que los nombres, pronunciados en el momento equivocado, pueden estropear los recuerdos.
—No importa —respondí—. Tú acuérdate del camino.
El niño asintió y echó a correr hacia casa.
Lo vi hacerse pequeño por Marcelo Celayeta hasta confundirse con otros escolares, con algunos trabajadores que regresaban de las fábricas, y con las mujeres que volvían de la compra. Nadie salió a recibirlo. Ninguna música señaló el final de su aventura. Simplemente regresó al lugar al que pertenecía y la vida continuó.
Cuando quise volver a la Estación, la villavesa sin línea esperaba detrás de mí.
—¿Siempre estuvo aquí? —pregunté al subir.
—Todas las villavesas vuelven —dijo el conductor—. Lo que pasa es que a veces tardan cincuenta años.
Me senté. El vehículo arrancó y la ciudad comenzó a pasar al otro lado de las ventanillas en orden inverso. San Jorge perdió sus calles; los talleres cerraron; desaparecieron patios, tapias y huertas. San Juan rellenó sus solares y envejecieron sus primeros bloques. El Salón Mikael apagó para siempre el proyector. Las marquesinas de la plaza de la Argentina fueron retiradas en 1982 y el sistema de líneas cambió. La farola regresó a su pedestal. Los Pegaso blancos y verdes cedieron su sitio a otros autobuses. La ciudad se vistió con fachadas nuevas y aprendió a llamar a las mismas cosas con nombres diferentes.
—Ya sé por qué no lleva número —dije.
El conductor me miró por el retrovisor.
—¿Ah, sí?
—Porque no sigue un recorrido. Sigue un recuerdo.
Negó lentamente.
—No. Los recuerdos también tienen recorrido. Lo que no tienen es final.
La villavesa se detuvo con una última sacudida.
Estábamos de nuevo en la plaza del Vínculo. Llovía. La farola ornamental brillaba sobre el pavimento y no quedaba rastro de los antiguos andenes. Bajé del autobús. Antes de que las puertas se cerraran, el conductor extendió la mano.
—El billete.
Busqué en el bolsillo y encontré el papel amarillento. Ahora, debajo de **PLAZA DE LA ARGENTINA**, aparecían dos números impresos: un 3 y un 9. El primero estaba intacto. El segundo había sido perforado.
—¿Puedo quedármelo? —pregunté.
El conductor dudó.
—Solo hasta que otro niño se equivoque.
Me devolvió el billete.
Las puertas se cerraron. El motor rugió, la carrocería tembló y el autobús se alejó hacia la calle Alhóndiga. Vi su parte trasera durante unos segundos. No llevaba matrícula ni publicidad. Tampoco número de línea. Al llegar a la esquina no giró: se fue borrando poco a poco bajo la lluvia, como una imagen proyectada sobre una pantalla cuando se encienden las luces de la sala.
Permanecí inmóvil en la plaza.
Durante muchos años había pensado que aquella salida escolar al Salón Mikael terminó al concluir el documental relacionado con las Olimpiadas de Sapporo. Ahora sabía que no. La verdadera película comenzó al abandonar el cine. Fue la ciudad vista desde la ventanilla de una villavesa equivocada: San Juan, San Jorge, la Estación, los lugares desconocidos que infundían miedo a un niño y que, con el paso del tiempo, acabarían formando parte de la ciudad que aquel niño trataría de recordar.
Quizá fue entonces cuando empezó todo.
Quizá mi empeño por rescatar calles, comercios, cines, fábricas, plazas y rostros del viejo Pamplona nació aquella tarde, en el instante preciso en que comprendí que una ciudad podía perderse. Bastaba tomar una línea equivocada. Bastaba dejar pasar los años.
Apreté el billete dentro del bolsillo y eché a andar.
Desde algún lugar imposible, detrás del ruido de la lluvia y del tráfico, llegó hasta mí el resoplido de unas puertas al cerrarse. Después, muy débilmente, escuché la voz del conductor:
—Próxima parada…
La lluvia borró el nombre.
No me volví.
Ya sabía el camino.
martes, 11 de agosto de 2026
La villavesa sin línea
Durante muchos años creí que había olvidado aquel pequeño extravío de mi infancia. No parecía un recuerdo digno de conservarse. Un niño se confunde de villavesa, sube a la que no debe, se asusta durante un rato y al final regresa a casa. Eso era todo. Nada que no les hubiera sucedido antes a otros niños y nada, desde luego, que mereciera ocupar un lugar entre los grandes acontecimientos de una vida. Sin embargo, los recuerdos no desaparecen cuando dejamos de pensar en ellos. Se limitan a cambiar de sitio. Se ocultan detrás de una voz, de un olor, del ruido de un motor antiguo, y aguardan. Pueden pasar allí cincuenta años, inmóviles, hasta que algo los llama por su verdadero nombre. A mí me ocurrió una tarde de noviembre, en la plaza del Vínculo.
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