Cuando la fuerza mengua y los reflejos fallan,
Cuando, pasados los sesenta y tantos, empiezas a decir «hace años»
y te quedas un momento intentando saber cuántos.
Cuando el pasado ocupa tanto espacio que no cabe en tu memoria
y lo recorres a tientas, seguro de haber vivido allí, en algún lugar del tiempo.
Cuando olvidas el nombre de una calle pero recuerdas una
ventana abierta,
el olor de una comida haciéndose en la cocina,
o a alguien llamándote desde abajo.
Cuando los rostros pierden sus contornos
y conservas, sin embargo, la manera en que unas manos te abrochaban el abrigo.
Cuando no esperas ya que florezcan
rosas en tu jardín
y aun así retiras las hojas secas,
con la esperanza de un último y postrer florecimiento
Cuando comprendes cuánto tiempo dejaste entre una visita y
otra,
pensando que siempre habría un domingo más para hacerlo y sin embargo un día no
llegas a tiempo
Cuando ya no sabes qué ocurrió aquel verano
y todavía te duele lo que no llegaste a decir.
donde se confunden los caminos,
los caminos no tomados
Cuando delante queda poco, tan corto, tan concreto:
la compra semanal,
la cita del jueves,
una llamada por tu cumpleaños
el encuentro anual por sanfermines
Cuando agradeces que alguien se quede un rato después del
café convenido,
sin mirar el reloj, hablando de cualquier cosa.
Entonces comprendes que has vivido más tiempo
del que puedes recordar,
y que el que aún te queda ya no se extiende ante ti
como si fuera interminable.
No sabes cuánto.
Pero ahora lo piensas.
Antes bastaba con decir «mañana» para sentir que todo
seguía por delante.
Y miras hacia atrás,
buscando dónde fueron a parar
los años que, mientras los vivías,
pasaban tan despacio.
Te quedas un poco más al sol.
Todavía hay cosas que quisieras vivir.
Pero no sabes si habrá tiempo para
todas.
