Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Los territorios de Sombras

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jueves, 24 de septiembre de 2026

La legión del espacio. Jack Williamson

Publicada por entregas en Astounding Stories en 1934 y en libro en 1947, es una de las obras fundacionales de la space opera. En el siglo XXX la humanidad se gobierna desde el Salón Verde, tras haber derrocado a la antigua dinastía imperial de los Púrpura. La Legión del Espacio garantiza ese orden, y su mayor secreto es AKKA, un arma de poder casi ilimitado que solo conoce una joven, Aladoree Anthar, heredera de un linaje encargado de custodiarla.

El protagonista, John Star, es un joven legionario recién salido de la academia y descendiente, sin gustarle, de la familia Púrpura. Su tío Adam Ulnar lo destina a la guardia de Aladoree en una fortaleza de Marte. Allí descubre la conspiración: Eric Ulnar, otro miembro de la familia, se ha aliado con los Medusas, seres monstruosos parecidos a medusas gigantes que viven en un planeta moribundo del sistema de la estrella de Barnard. Los Púrpura quieren recuperar el trono, y los Medusas quieren apoderarse de la Tierra. La fortaleza cae y Aladoree es secuestrada.

John Star persigue a los secuestradores con tres compañeros de la Legión, en un claro homenaje a Los tres mosqueteros: el reflexivo Jay Kalam, el gigante Hal Samdu y Giles Habibula, un veterano glotón, quejica y cobarde en apariencia pero capaz de abrir cualquier cerradura, que es un Falstaff trasladado al espacio y el personaje más recordado del libro. Tras un viaje lleno de peligros por el mundo hostil de los Medusas, logran rescatar a Aladoree. Ella construye AKKA con materiales sencillos, aniquila la amenaza medusa y salva a la Tierra. La conspiración de los Ulnar se derrumba, y John y Aladoree quedan unidos sentimentalmente.

Su interés está menos en la originalidad de la trama, que es de aventura pulp pura, que en su influencia. El arma secreta guardada por una persona, el cuarteto de héroes y el enemigo alienígena como encarnación del horror marcaron el género durante décadas. Tuvo continuaciones, Los cometarios y Uno contra la Legión.

Ondina. Barón de la Motte Fouqué

Este cuento lo leí en torno a 1984 en la edición de Obelisco Fantástica y guardo un grato recuerdo de él. Publicado por primera vez  en 1811, es uno de los cuentos románticos alemanes más influyentes. Su argumento es el siguiente: El caballero Huldbrand de Ringstetten atraviesa un bosque encantado para demostrar su valor a la dama Bertalda y llega a la cabaña de un viejo pescador, en una lengua de tierra junto a un lago. El pescador y su mujer crían a Ondina, una muchacha bellísima, caprichosa e indómita que apareció en su casa el mismo día en que se ahogó su propia hija pequeña. Una crecida de las aguas aísla la cabaña, y Huldbrand se enamora de Ondina. Cuando llega un sacerdote extraviado, los casa.Tras la boda, Ondina cambia por completo: se vuelve dulce, humilde y reflexiva. Revela a su esposo que es un espíritu del agua y que las ondinas carecen de alma. Solo pueden obtenerla uniéndose por amor a un ser humano, y el precio es asumir también el sufrimiento humano. Su tío Kühleborn, un espíritu de las aguas violento y receloso, vigila la unión.

En la ciudad reaparece Bertalda. Ondina, que conoce el secreto, revela públicamente que Bertalda es en realidad la hija perdida de los pescadores. Bertalda, altiva, reniega de sus humildes padres y pierde su posición, y Ondina, compasiva, la acoge en el castillo de Ringstetten. Poco a poco Huldbrand se aleja de su esposa y se siente atraído por Bertalda. Para protegerlos del hostigamiento de Kühleborn, Ondina hace sellar con una gran piedra el pozo del castillo. Pero durante un viaje por el Danubio, Huldbrand, exasperado por los prodigios de los espíritus, la increpa sobre el agua, precisamente lo que ella le había rogado que nunca hiciera. Ondina desaparece en el río, obligada a volver a su elemento.

Huldbrand se casa con Bertalda. Ella manda retirar la piedra del pozo, y de él surge Ondina, velada y llorando: la ley de los espíritus la obliga a castigar la infidelidad. Da a Huldbrand un beso que le causa la muerte. En el entierro aparece una figura blanca que se arrodilla junto a la tumba y se disuelve en un manantial que rodea la sepultura, como si Ondina abrazara para siempre a su esposo. La obra combina el folclore de los espíritus elementales, tomado de Paracelso, con una reflexión sobre el alma como don doloroso y sobre la fidelidad. Inspiró óperas de E. T. A. Hoffmann y Lortzing, el ballet Ondine y, de forma indirecta, La sirenita de Andersen y la Ondine de Giraudoux.

sábado, 19 de septiembre de 2026

El plano imposible


Ahora sé quién me dejó aquel plano imposible: Martín Echauri. El plano llegó una tarde de noviembre, poco antes de mi jubilación. A esa hora ya había oscurecido y en la oficina de Mercaderes, 11, solo quedaban las luces encendidas, el ruido de la lluvia contra el escaparate y yo. Estaba terminando uno de esos informes que siempre parecen urgentes hasta el día siguiente, cuando alguien llamó a la puerta. No fue un golpe de nudillos. Sonó más abajo, a la altura del suelo. Un toque breve, después otro. Abrí. El umbral estaba vacío. En el suelo había un tubo de cartón atado con un cordel. El cartón parecía húmedo, pero al tocarlo comprobé que estaba seco. No llevaba sello, remite ni dirección. Solo una frase escrita con tinta negra: Para el que lleva demasiado tiempo mirando la ciudad que ya no está.

Durante muchos años había dedicado una parte de mi vida a reconstruir el Viejo Pamplona. Lo hacía con fotografías, anuncios, padrones, hemerotecas y testimonios que a menudo llegaban tarde, cuando la persona que podía confirmar un detalle ya había muerto. Había seguido los comercios calle por calle, anotando qué hubo en cada portal, cuándo abrió una tienda, qué familia la sostuvo y en qué momento su rótulo desapareció. Había escrito sobre ferrocarriles desaparecidos, cines cerrados, fábricas, bares, escuelas, barrios transformados y rincones que sobrevivían únicamente como una imagen borrosa en la mente de algunos de mis convecinos. Memorias del Viejo Pamplona era mi manera de superponer los tiempos sin confundirlos.

El tubo contenía algo que no respetaba esa precaución. Saqué un rollo de papel amarillento y lo extendí sobre la mesa grande de reuniones. Era un plano de Pamplona dibujado a mano, con plumilla, tinta sepia y pequeños toques de color. No tenía fecha ni escala. El papel parecía antiguo, pero incluía barrios recientes, rotondas, avenidas y edificios que no existían en los planos históricos, que fueron o que pudieron ser. Al mismo tiempo, las murallas rodeaban la ciudad y los tres burgos permanecían separados por sus antiguas defensas.

Aquello no era una reconstrucción de Pamplona en una época concreta. Eran muchas Pamplonas obligadas a ocupar el mismo papel. La Plaza del Castillo se repetía tres veces, apenas desplazada unos milímetros. Una correspondía a la plaza actual; otra mostraba el castillo de Fernando el Católico; la tercera estaba vacía, como un solar a la espera de algo que nunca se construyó. La Catedral tenía un contorno reconocible y, debajo, una iglesia anterior dibujada con líneas más finas. Del Portal de la Taconera salían caminos que atravesaban manzanas modernas. Las vías de los trenes del Irati y el Plazaola aparecían y desaparecían sin obedecer del todo a sus recorridos conocidos.

Había calles reales con nombres olvidados y calles desaparecidas que yo podía identificar. Pero también figuraban otras que no constaban en ningún documento. Había proyectos que nunca se ejecutaron, como un proyecto de casa consistorial que habría cambiado totalmente la actual fisonomía de la plaza. Detrás de la Catedral, una vía estrecha descendía entre edificios que jamás habían dejado espacio para ella: Calleja del Silencio.

En la calle Compañía, el número 1 estaba rodeado por un círculo rojo. Dentro del círculo habían dibujado una puerta entreabierta. En la Vuelta del Castillo aparecía una mancha gris, semejante a la niebla, de la que salían senderos sin destino. Más allá de la ciudad, pequeñas cruces negras marcaban las carreteras. Algunas coincidían con antiguas ermitas, humilladeros o accidentes que conocía. Otras estaban situadas en lugares donde, hasta donde yo sabía, nunca había ocurrido nada.

Y había una línea. Era tan fina que solo se veía al inclinar el papel. Comenzaba en el Paseo de Sarasate, seguía durante un tramo el recorrido del antiguo ferrocarril eléctrico, atravesaba la Taconera y descendía hacia la Rochapea. Después abandonaba cualquier trazado histórico. Se introducía bajo edificios, cruzaba el Arga sin puente y regresaba a la ciudad por una puerta inexistente junto a Santo Domingo. A lo largo de la línea figuraban pequeñas paradas sin nombre. En el plano aparecían y desaparecían nombres y lugares: plaza de la Argentina, calle Blanca de Navarra, General Moriones, Martires de Cirauqui, Capitán Mangado, calle Rochapea...

En el margen, una nota decía: Línea fantasma. Solo para viajeros que recuerdan un lugar desaparecido. La esquina inferior derecha llevaba una firma: Martín Echauri, guía de oficio. Mi primera reacción fue profesional. Busqué. Revisé guías de calles, proyectos de alineaciones, planos militares, catastros, archivos parroquiales y padrones. Consulté las colecciones que ya conocía y otras que llevaban años esperando una excusa. No encontré la Calleja del Silencio. Tampoco hallé a Martín Echauri. Hubo varios Echauri en el siglo XIX —empleados, artesanos, un militar, dos comerciantes—, pero ninguno llamado Martín que se declarase guía. La línea fantasma era aún más absurda. En algunos tramos reproducía con precisión el paso de los viejos ferrocarriles de vía estrecha. En otros enlazaba lugares que nunca habían estado comunicados. No parecía dibujada para transportar personas de un punto a otro, sino para unir desapariciones. Fotografié el plano. Lo escaneé. Medí el papel. Anoté el grosor de las líneas y comparé la caligrafía con documentos del siglo XIX. Todo resultó inútil. La fotografía mostraba menos detalles que el original. En el archivo digital, varias calles se borraban y la línea fantasma no aparecía. Guardé el mapa en un cajón.

Aquella noche, antes de salir, volví a desplegarlo. La lluvia había cesado. Desde la ventana de la oficina se veía la calle  Mercaderes mojada y casi vacía. Sostuve el plano frente al cristal para observar una filigrana del papel. La silueta dibujada de la calle coincidió por casualidad con la calle real. Entonces las dos imágenes encajaron. No hubo destello, mareo ni ruido. Solo un ajuste. Como cuando se enfoca una fotografía. Sobre el rótulo moderno del comercio de enfrente apareció otro de madera, oscuro, con letras doradas. Detrás de un escaparate iluminado vi telas apiladas, cajas de botones y una mujer vestida de negro que anotaba cuentas en un libro. Por la calzada pasó un carro. Sus ruedas atravesaron un vehículo aparcado sin tocarlo. Bajé el mapa y la calle volvió a ser la de ahora.

Lo levanté. El carro continuaba avanzando. Un muchacho con gorra descargaba un fardo donde ya no había puerta. Más al fondo, dos mujeres hablaban bajo un balcón que había sido sustituido décadas atrás. No parecían fantasmas. Eran demasiado sólidas, demasiado ocupadas en vivir. La palabra fantasma se quedaba pequeña. Aquello era una calle completa sucediendo en otro tiempo, superpuesta a la nuestra. Me aparté de la ventana. El rótulo antiguo permaneció unos segundos en el cristal aun después de haber enrollado el plano. Esa fue la primera capa. A la mañana siguiente vi la segunda sin ayuda del mapa.

Iba hacia la oficina cuando, al entrar en la Plaza Consistorial, el pavimento cambió bajo mis pies. No físicamente. Yo seguía pisando la misma losa, el mismo adoquín, pero sobre ellos distinguía otro suelo, más irregular, manchado de barro. El Ayuntamiento conservaba su fachada y, al mismo tiempo, aparecía flanqueado por construcciones que ya no existían. Una mujer cruzó la plaza llevando un cesto. Una bicicleta eléctrica pasó a través de ella. Cerré los ojos. Al abrirlos, la mujer ya no estaba. El barro sí. Duró hasta que llegué a Mercaderes.

Durante los primeros días pensé que se trataba de cansancio. Había pasado demasiadas horas mirando fotografías antiguas y comparándolas con perspectivas actuales. El cerebro hace esas cosas: retiene una fachada, rellena un hueco, confunde lo investigado con lo vivido. Pero el cerebro no inventa olores con tanta precisión. En la calle Zapatería olí cuero mojado y cola de zapatero.  En la Plaza del Castillo, durante unos segundos, sentí el aroma de un café desaparecido y vi reflejarse en los cristales a unos camareros que llevaban muertos medio siglo. En el Paseo de Sarasate escuché la campanilla del Irati antes de ver cómo unas vías brillaban bajo el asfalto. No necesitaba llevar el plano encima. Lo había mirado una vez de la manera adecuada, y ahora el mapa me miraba a mí. Al principio, lo confieso, sentí entusiasmo.

Para alguien que había dedicado años a recuperar el pasado de la ciudad, aquello parecía un privilegio imposible. Visitaba un lugar sobre el que estaba escribiendo y esperaba. A veces no ocurría nada. Otras, un rótulo se dibujaba sobre la fachada actual, una puerta recuperaba su emplazamiento o una voz pronunciaba el apellido que me faltaba. Mis textos ganaron detalles. Podía describir la altura de un mostrador, el color de un toldo, la forma en que las cajas ocupaban una trastienda. Nunca utilicé un dato sin comprobarlo. Esa costumbre me salvó de convertirme del todo en un visionario. Si no encontraba una factura, una fotografía o un testimonio que apoyara lo visto, no lo publicaba. Pero empecé a guardar otra carpeta, una que no enseñaba a nadie. La titulé Pamplona fantástica.

Allí anotaba lo que el archivo no podía confirmar. Una calle que surgía detrás de la Catedral cuando alguien pronunciaba bien el nombre de tres oficios.  Una puerta del número 1 de Compañía que algunas noches olía a tabaco extranjero. Un tramo de muralla visible solo en los reflejos de los escaparates. Un cementerio del pueblo viejo de Berriozar donde las cruces cambiaban de número. Personas que esperaban un autobús en una parada retirada cuarenta años antes. Y la línea. Siempre la línea. Con el tiempo comprendí el precio. No podía dejar de ver.

Una cosa es reconstruir el pasado cuando uno decide hacerlo, sentado ante una fotografía o recorriendo una calle con una libreta. Otra muy distinta es que el pasado se presente sin pedir permiso. Dejé de atravesar ciertos lugares de noche. Evitaba mirar las obras de derribo porque, detrás de los tabiques abiertos, seguía viendo habitaciones amuebladas y familias cenando. En algunos comercios actuales se me superponían tantos negocios anteriores que los rótulos formaban una mancha ilegible. Había esquinas donde cinco épocas trataban de imponerse a la vez.

Lo peor no eran los muertos. Eran las vidas posibles.

A veces veía edificios que Pamplona nunca llegó a construir, tranvías que no circularon, plazas resultantes de proyectos rechazados, barrios con un trazado distinto. No podía saber si eran planes recordados por el papel o ciudades que existían en otro lugar muy cercano al nuestro. Una tarde, en la Plaza Consistorial, contemplé durante varios minutos,  una fachada del Ayuntamiento que solo había existido en un proyecto. La gente entraba y salía de ella. Para aquellas personas, el edificio imposible era el verdadero. Entonces entendí que el plano no separaba lo ocurrido de lo que estuvo a punto de ocurrir. Lo veía todo como capas de una misma ciudad.

Intenté librarme de él. Lo deposité en el archivo dentro de una caja sin catalogar. Al día siguiente estaba en mi mesa, bajo el teclado. Se lo entregué a un amigo historiador sin explicarle su origen. Me llamó dos horas después para decirme que el tubo estaba vacío. Cuando regresé a casa, encontré el mapa extendido sobre la cama.

No intenté quemarlo. Uno puede ser sensato incluso dentro de una historia absurda. Además, a esas alturas comprendía que destruir el papel no serviría. El mapa ya no era el objeto. El mapa era la manera en que habían quedado mis ojos.

Aprendí algunas reglas. Las capas se volvían más nítidas cuando nombraba correctamente un lugar. No bastaba con decir aquí hubo una tienda. Había que conocer el nombre, el oficio, la familia, el olor que salía al abrir. Las imprecisiones deformaban las imágenes. Los errores atraían calles equivocadas.

También descubrí que escribir fijaba una capa durante un tiempo. Cada entrada de Memorias del Viejo Pamplona actuaba como una pequeña costura: ordenaba nombres, fechas y fotografías; separaba lo documentado de lo que solo yo veía. Sin aquellos textos quizá habría terminado incapaz de distinguir el presente. La historia real me servía de ancla. La fantástica crecía al otro lado. 

La primera vez que seguí la línea fantasma fue casi un año después de recibir el plano. Había niebla. Una niebla baja, espesa, de las que borran la Ciudadela y convierten las farolas en manchas amarillas. Al cruzar el Paseo de Sarasate vi dos raíles estrechos bajo el pavimento. No se transparentaban como las demás capas. Brillaban sobre la piedra mojada. Saqué el mapa. La línea fina se había vuelto roja. Comenzaba a mis pies. La seguí. Los raíles avanzaban por el paseo, giraban donde antiguamente había pasado el ferrocarril eléctrico y después se desviaban. Atravesaron los jardines de la Taconera por un sendero que no existía. A cada cierto trecho aparecía un pequeño poste con un nombre borrado. No vi tren alguno, pero escuchaba a lo lejos una campanilla y el roce metálico de unas ruedas. La línea descendió hacia la Rochapea.

Con cada paso cambiaba la ciudad. Vi el Portal de la Taconera cerrado y abierto al mismo tiempo; lavaderos junto al río; huertas, fábricas, talleres y casas bajas ocupando lugares donde ahora se levantaban otros edificios. Crucé un puente que mis pies no tocaban y, sin embargo, sostenía mi sombra. Las paradas empezaron a mostrar imágenes. En una esperaba un grupo de obreras ante una fábrica desaparecida. En otra, varios niños salían de una escuela derribada. Más adelante, una pareja joven permanecía frente a un cine que todavía no había sido construido. Ninguno podía verme. O eso pensé hasta que una niña levantó la mano y señaló el mapa. Seguí andando. La última parada estaba en un descampado que no pertenecía a ninguna época reconocible. Había un banco, una farola y un cartel sin nombre. La niebla lo rodeaba todo. Un hombre esperaba bajo la luz.

Tendría unos cincuenta años, aunque su quietud parecía mucho más antigua. Vestía una chaqueta larga y un sombrero de ala corta. Llevaba una libreta bajo el brazo y se apoyaba en un bastón. No nos hablamos. Yo aún no sabía que se llamaba Martín Echauri, aunque llevaba su firma en la mano. El hombre miró el plano. Después me miró a los ojos. Levantó el bastón y señaló un punto a mi espalda. Me volví. Donde antes solo había niebla apareció durante un instante la silueta completa de Pamplona. No una ciudad, sino muchas: torres, murallas, chimeneas, grúas, tejados, avenidas, campos, edificios levantados y derribados. Todas encajaban mal y, precisamente por eso, formaban algo vivo.

Al volverme de nuevo, el hombre ya no estaba. Sobre el banco había una tarjeta. Ruta de los Tres Burgos. Martín Echauri, guía. La misma tarjeta que años después aparecería en mi bolsillo tras recorrer la ciudad con él. No la recogí. En cuanto intenté tocarla, la campanilla sonó muy cerca. Una luz avanzó por los raíles desde el interior de la niebla. Cerré los ojos. Cuando los abrí, estaba en el Paseo de Sarasate. No había vías, ni parada, ni descampado. El mapa seguía en mi mano.

Durante los años siguientes aprendí a convivir con las capas. Nunca llegué a dominarlas. Había días tranquilos y noches en que Pamplona se llenaba de calles superpuestas. El mapa también cambiaba. Algunos puntos se oscurecían después de que yo escribiera sobre ellos; otros surgían sin aviso. Las cruces de las carreteras se desplazaban. La niebla de la Vuelta del Castillo crecía en invierno. La puerta de Compañía aparecía unas veces cerrada y otras entreabierta. La Calleja del Silencio continuaba siendo apenas una raya detrás de la Catedral. No traté de entrar. Ya había entendido que el mapa no se recorría por curiosidad. Cada lugar se abría cuando encontraba su historia o cuando su historia me encontraba a mí.

En 2035, cinco años después de jubilarme, me llamaron de la Asociación para preparar la Ruta de los Tres Burgos por su cincuenta aniversario. Acepté. Durante el ensayo llevé el mapa en el bolsillo. Al llegar al inicio de la calle Nueva vi a un hombre con chaqueta oscura, sombrero, libreta y bastón. Lo reconocí antes de verle la cara. Era el viajero de la última parada.

—Buenas noches —le dije.

Me respondió con una reverencia mínima.

—Buenas noches, colega.

Cuando se presentó como Martín Echauri sentí que el plano se calentaba contra mi pecho. En la historia que conté después dije que Martín era la llave, el portal, el vínculo. Entonces aún no sabía hasta qué punto. No era el dueño del mapa. Nadie lo era. Había sido su portador antes que yo y había encontrado la forma de ponerlo en mis manos cuando todavía no nos conocíamos. Un guía no elige solamente a quién conduce. También elige a quién entrega la ruta.

Ahora conservo el mapa en una carpeta sin título. No necesito abrirla para saber cuándo aparece un lugar nuevo. Lo noto en la vista: durante un segundo, una fachada se duplica, un camino atraviesa un edificio o un rótulo antiguo se refleja en un cristal. Después, al desplegar el plano, encuentro la señal. Algunos ya tienen historia: la Calleja del Silencio, el número 1 de Compañía, la niebla en la Vuelta del Castillo, el cementerio del pueblo viejo de Berriozar. Otras todavía no tienen nombre. Una escalera desciende bajo la plaza de Recoletas. Una ventana aparece dibujada en mitad de la muralla. La línea fantasma ha añadido tres paradas y una de ellas lleva hasta un barrio de Pamplona que nunca llegó a construirse. No están numeradas. Tampoco forman un itinerario. Las ciudades no recuerdan en orden.

Yo iré contando esos lugares cuando se abran. No para explicar el mapa —he renunciado a hacerlo—, sino para cumplir la parte del trato que nadie me pidió en voz alta. Martín me dejó una forma de ver la ciudad y, con ella, la obligación de nombrar lo que asoma. Ese es el precio verdadero. Desde que recibí el mapa imposible no he vuelto a mirar Pamplona. La veo. Toda a la vez.

viernes, 18 de septiembre de 2026

El ciclista nocturno

Siempre he fechado lo ocurrido en agosto de 1970, aunque durante muchos años no estuve del todo seguro. A veces pienso que pudo suceder al verano siguiente, en agosto de 1971. Pero hay un detalle que fija aquellos días en mi memoria: fue uno de los últimos veranos en que el tío Ignacio salía todavía con las ovejas, antes de que la enfermedad lo apartara del campo. Algunas veces lo acompañaba su padre, mi abuelo Vicente. Yo tenía siete u ocho años.

Habíamos llegado a Fuentes de Nava después del viaje interminable desde Pamplona. Primero el tranvía hasta Alsasua, luego el Iberia Express, los compartimentos de madera, el humo que entraba por las ventanillas y se pegaba a la ropa, el traqueteo que uno seguía llevando dentro incluso después de bajar del tren. Mi madre había preparado tortilla de patata y filetes para el camino. Mi padre, Antonino, había cerrado la maleta grande con una cuerda y había revisado tantas veces los billetes que al final parecía no recordar dónde los había guardado.

En Venta de Baños cambiamos de tren. Desde Palencia seguimos en el autobús de línea de Pobes, entre rastrojos deslumbrantes y tierras de un amarillo casi blanco. A Fuentes llegamos al caer la tarde. El autobús nos dejó junto a la iglesia de Santa María, y desde allí fuimos andando hasta la casa de mis abuelos, con el cansancio pegado a las piernas y el pueblo entero oliendo a polvo caliente, a paja y a ganado.

Fuentes tendría entonces unos mil doscientos habitantes, quizá alguno más durante agosto, cuando regresaban desde Pamplona, Bilbao y otras ciudades del norte quienes habían emigrado años atrás. Durante unas semanas, las calles recuperaban nombres, voces y parentescos que los largos inviernos habían dejado lejos.

Los perros nos reconocieron antes de vernos. Mora ladró desde el corral con su voz grave y Listo, ya viejo y canoso, le hizo coro con dos o tres ladridos roncos. El abuelo Vicente apareció en la puerta con su chaleco negro. Detrás de él venía la abuela Teodora, vestida de oscuro, secándose las manos en el delantal.

La casa estaba a la salida de la ronda de las Brujas, sobre una pequeña elevación. Por debajo discurría un camino y, al otro lado, se levantaba una casa grande de muchos ventanales. Era la casa de la Fabi que vivía también en aquella ronda. Para llegar a las habitaciones había que subir por un pasillo largo de baldosas rojas, ligeramente inclinado. A un lado quedaba el patio estrecho, con sus macetas, las enredaderas y el perejil de la abuela. Más allá estaba la cocina: la pila, el pozo cubierto con tablas, el fogón y la mesa donde nunca faltaba un buen porrón de vino. Después venían la despensa, la alacena y el corral. Por unas escaleras se subía a la panera; cerca estaban el pajar. Cuatro casas más adelante de la casa de los abuelos se encontraba la tenada de los abuelos donde dormían las ovejas.

Aquella vivienda no era grande, pero contenía un mundo. Había quesos secándose en una habitación junto a la entrada, chorizos colgados, tinajas, pucheros, sacos de grano, aperos cuya utilidad yo desconocía y gatos que bajaban de la panera sin hacer ruido. Por la noche, sin embargo, la casa parecía aumentar de tamaño. El pasillo se alargaba.y la cocina parecía quedar muy lejos de las habitaciones. 

El primer día transcurrió como todos, una puesta al día rápida sobre el viaje, lo mucho que habían crecido los chavales.  Casi de madrugada, antes de que amaneciera, el tío Ignacio abría la tenada y sacaba el rebaño. Las ovejas salían atropellándose, con las esquilas sonando, dejando tras ellas una polvareda que tardaba en posarse. Regresaban al anochecer, cuando las sombras se habían extendido sobre las calles y comenzaban a encenderse los primeros farolillos. Algunas veces el acompañaba durante parte de la jornada el abuelo Vicente, aunque ya estaba jubilado. Caminaba un poco por detrás de su hijo, despacio. Yo los veía alejarse hasta que hombres, perros y animales se convertían en una mancha temblorosa sobre el camino. 

La primera oveja desapareció al tercer día. El tío Ignacio había contado el rebaño al encerrarlo. Lo contó de nuevo a la mañana siguiente. Faltaba una oveja joven, blanca, con una mancha oscura junto al ojo derecho. Buscaron por el toda la tenada,  los caminos y las eras cercanas. Nada. Ni lana prendida en una zarza, ni sangre, ni huellas que se apartaran de las del resto del rebaño.

El abuelo no dijo nada. Miró a las ovejas. Todas se habían retirado hacia el mismo rincón de la tenada. Estaban apretadas unas contra otras, inmóviles. Ni siquiera balaban.

A mediodía, la abuela intentó ordeñar las que todavía daban leche. No sacó más que un fondo amarillento de dos de ellas. De otras, nada. Se palpaban las ubres llenas, pero la leche no bajaba. Teodora fruncía los labios y repetía que aquello no era natural. Sin leche no habría quesos nuevos en la artesa. Los que ya se secaban junto a la entrada parecían despedir, de pronto, un olor demasiado fuerte.

El calor de aquel día fue espeso. Las moscas se pegaban a los cristales del ventanuco de la cocina. Mora y Listo permanecieron tumbados bajo el sobrado, sin fuerzas ni para perseguir a las gallinas.

Las bodeguillas quedaban lejos de la casa de mis abuelos, al otro lado del pueblo, ya en las afueras. Eran bodegas excavadas en la tierra, algunas todavía utilizadas y otras medio abandonadas, con sus pequeñas entradas oscuras abiertas en los montículos. A mí me parecían madrigueras para personas, como las casas de los hobbits de la Tierra Media. 

Aquella noche, después de cenar, salí a dar una vuelta con mi hermano  que era cinco años mayor que yo. Pasamos por el bar de Petiso. Los hombres ocupaban las mesas y hablaban del campo, del precio del grano y de la oveja perdida. En una esquina, la televisión en blanco y negro emitía una de aquellas series que se me han quedado unidas a los viajes al pueblo. Pudo ser Audacia es el juego, Jim West o algún episodio de Zane Grey. Los persuasores también aparece mezclada en mis recuerdos, aunque probablemente pertenezca a un momento algo posterior. No podría asegurar cuál daban aquella noche. Recuerdo mejor la imagen desplazándose de arriba abajo y al camarero acercándose a golpear con los nudillos el costado del aparato para que se viese mejor.

Yo bebía un refresco de naranja cuando uno de los hombres dijo que había visto a un ciclista la noche anterior en el cruce de caminos, entre Fuentes y Autillo.

—Con la luz encendida —añadió.

—De noche, normal —contestó otro.

—Normal, si sonara la dinamo.

Alguien se rio. El hombre insistió en que no había oído la rueda sobre la grava ni el roce de la cadena. Tampoco había podido verle la cara. Llevaba una chaqueta oscura y algo ocultandole parte de la cabeza y el rostro. Lo extraño era que se había detenido en medio del cruce y el faro no se había apagado. Yo sabía lo suficiente de bicicletas para entenderlo. Las luces de entonces funcionaban con una dinamo que rozaba la rueda. Si la bicicleta se detenía, la luz se apagaba. Aquella no.

—Sería una moto —dijo Román desde la barra.

—No tenía motor.

La televisión perdió la imagen en ese momento. El salón quedó iluminado por un resplandor blanco, sin figuras, y del aparato salió un zumbido que hizo callar a todos. Duró apenas unos segundos. Román volvió a golpear la caja y la serie continuó. Nadie retomó la conversación sobre el ciclista.

Cuando salimos del bar, las calles estaban casi a oscuras. Los farolillos de las esquinas no iluminaban tanto como para borrar la noche; formaban pequeños círculos amarillos separados por largos trechos de sombra. De algunas casas llegaban voces. Algunas personas hablaban junto a las puertas y las conversaciones se prolongaban hasta las tantas, cuando el calor empezaba por fin a retirarse de las paredes. Se hablaba de los hijos que se habían marchado al norte, de los que volvían en agosto con ropa de ciudad, de cosechas, bodas, enfermedades y muertos.

Luis Ángel y yo decidimos continuar andando hasta las últimas casas siguiendo el camino del canal. A partir de allí comenzaba la carretera solitaria  y la llanura se abría hacia Autillo. Sobre nosotros se extendía un cielo que yo no había visto nunca en Pamplona. Las estrellas eran tantas que parecía imposible que no se cayesen. La Vía Láctea cruzaba la noche  como una nube clarísima.

Fue Luis Ángel quien vio la luz.

Brillaba muy lejos, en la carrtera de Autillo. Era un punto amarillento que subía y bajaba con un temblor regular. Durante unos instantes pareció avanzar hacia nosotros; después se detuvo. La luz permaneció encendida.

—Será el ciclista —dije.

Luis Ángel no contestó.

La luz volvió a moverse, pero no continuó hacia Fuentes. Se desvió en el cruce de Frechilla, desapareció unos segundos y reapareció de nuevo en la misma carretera. Iba hacia Autillo, se perdía en la oscuridad y regresaba poco después, siempre con aquel faro tintineante, siempre a la misma distancia. No llegamos a ver su cara. Apenas distinguimos la silueta inclinada sobre el manillar.

Regresamos deprisa. Ninguno de los dos quiso admitir que tenía miedo.

Delante de la casa de mis abuelos seguían hablando los mayores. Nos sentamos junto a ellos sin contar lo que habíamos visto. El farolillo de la esquina apenas molestaba y, bajo aquella claridad escasa, los rostros parecían más viejos.

Fue en una de esas tertulias cuando el abuelo Vicente contó que, muchos años atrás, un pastor de Autillo había perdido medio rebaño cerca del Canal. No dijo que hubiese muerto nadie ni habló de aparecidos. Solo explicó que, al amanecer, encontraron las ovejas al otro lado del agua, apretadas unas contra otras, aunque no había puente cerca ni señales de que hubieran nadado. Durante varios días dejaron de dar leche. Una noche, el pastor oyó una bicicleta junto al camino. Al salir, vio una luz que se alejaba hacia Fuentes.

—¿Y quién era? —pregunté.

El abuelo se encogió de hombros.

La abuela Teodora le pidió que dejara de meter ideas en la cabeza de los niños. Mi madre nos mandó a dormir. Mientras subía por el pasillo, oí al tío Ignacio preguntar en voz baja:

—¿También faltaron ovejas?

La respuesta del abuelo no llegó hasta mí.

Esa madrugada me despertó un ruido. No eran las campanas ni los perros, ni uno de los carros que empezaban a moverse antes del amanecer. Era un golpeteo seco y acompasado que parecía venir de la tenada, cuatro casas más abajo: tac, tac, tac. Se detenía unos segundos y volvía a empezar.

Mora no ladraba. Listo tampoco. Me quedé en la cama, junto a Luis Ángel, escuchando. El ruido continuó durante un tiempo que no sabría calcular. De pronto cesó. Después, desde algún punto lejano del pueblo, sonó una sola vez el timbre de una bicicleta.

Por la mañana faltaba otra oveja. Esta vez había barro oscuro y húmedo en el suelo de la tenada, algo imposible después de semanas sin llover. Olía al agua quieta de las acequias. El rastro empezaba en medio del rebaño y terminaba contra la pared.

El tío Ignacio decidió cambiar la ruta. En lugar de llevar las ovejas hacia las tierras cercanas a las eras, salió por el camino hacia el canal. El abuelo fue con él. Yo insistí tanto que mi madre acabó dejándome acompañarlos, con la condición de regresar si apretaba el calor.

Salimos casi de madrugada, antes del amanecer. El pueblo era todavía una masa gris y los farolillos permanecían encendidos en algunas esquinas. Las esquilas y los balidos llenaban las calles vacías. Poco a poco, las casas quedaron atrás y entramos en la llanura. El camino se extendía entre trigales segados, barbechos y tierras cuarteadas. A lo lejos se levantaba un palomar redondo, solo en medio del campo. A aquella hora las sombras eran largas.

El tío Ignacio caminaba delante. El abuelo y yo  detrás. Al llegar al cruce hacia Frechilla, las ovejas se detuvieron.

No fue un frenazo desordenado. Todo el rebaño se paró al mismo tiempo, como si hubiera chocado contra una pared invisible. Los perros corrieron de un lado a otro, desconcertados. Mi tío chistó, levantó el cayado y trató de abrir paso. Ningún animal obedeció.

Entonces lo vimos. En el camino de Autillo había un ciclista.

Todavía era de noche. Estaba lejos, quizá a doscientos metros, pero la luz de su bicicleta destacaba en la oscuridad. No distinguí su rostro. Me pareció que vestía de negro, aunque también podía ser el contraluz. Se acercó despacio. Esta vez oí algo: no la cadena ni las ruedas, sino un tintineo irregular, parecido al de una esquila muy pequeña.

El abuelo me agarró del hombro.

—No mires la luz —dijo.

Naturalmente, la miré.

El ciclista llegó al cruce y se detuvo. El faro siguió encendido. Durante un instante tuve la certeza de que aquella figura nos observaba, pero donde debería haber estado la cara solo vi una sombra. Después giró por uno de los caminos laterales entre las tierras, una senda que no llevaba directamente a Autillo ni a Fuentes.

La luz descendió. Vimos todavía su resplandor alejándose. Luego desapareció.

Las ovejas volvieron a andar.

Mi tío quiso seguirlo, pero el abuelo negó con la cabeza.

—Déjalo.

—Dos ovejas, padre.

—No viene a robar ovejas.

—¿Entonces a qué viene?

Vicente miró hacia Fuentes. Desde allí el pueblo parecía una acumulación de tejados de barro, con las torres de las dos iglesias por encima. Tardó en contestar.

—A contar.

Ignacio soltó una risa breve, sin alegría.

—¿A contar qué?

—Lo que queda.

No volvieron a hablar del asunto delante de mí.

Aquel día, cerca del Canal de Castilla, encontramos una de las ovejas desaparecidas. Estaba junto al camino de sirga, inmóvil bajo los álamos. No tenía heridas. Llevaba el vellón húmedo hasta el lomo, como si hubiera cruzado el agua, y enredados en la lana aparecían algunos tallos de carrizo. Cuando nos acercamos, retrocedió torpemente. No reconocía al perro ni a mi tío. La llevaron de vuelta con el rebaño, pero nunca volvió a dar leche. De la otra no se supo nada.

Las noches siguientes dejaron de oírse esquilas en la tenada. No porque las ovejas estuvieran quietas, sino porque alguien había encontrado los badajos envueltos en pequeñas tiras de tela. Nadie en la casa reconoció aquellos retales. Eran de un paño gris, húmedo y áspero. El tío Ignacio los quemó en el corral. Ardieron mal y desprendieron un olor a cieno.

En el pueblo se multiplicaron las explicaciones.

Unos decían que el ciclista era un ladrón de ganado que vigilaba los rebaños y estudiaba los caminos. Había quien hablaba de un vecino de Autillo que iba a Fuentes a escondidas y quien sostenía exactamente lo contrario. También se recordó a un hombre desaparecido muchos años atrás, aunque nadie coincidía en su nombre, en su oficio ni en el lugar donde había sido visto por última vez.

El abuelo Vicente escuchaba todas aquellas historias sin confirmar ni desmentir ninguna.

—Si fuera de Fuentes, alguien lo conocería —dijo el tío Ignacio.

—Entonces será de Autillo.

—En Autillo dicen que viene de aquí.

El abuelo se limitó a encender su cigarro con el chiquero.

Ignacio decidió velar el rebaño esa noche. Mi padre y el abuelo se turnaron con él. Cerraron la puerta de la tenada y colocaron un candil junto a la pared. Yo prometí no moverme de la cama, pero me quedé despierto escuchando. Hasta la casa llegaban sus voces apagadas y, más lejos, las conversaciones de los vecinos sentados a la fresca. Poco a poco unas y otras fueron extinguiéndose. El último farolillo quedó solo en la esquina.

Pasada la medianoche sonó el timbre de una bicicleta. Una vez. Después otra. No era un sonido fuerte.  En aquel silencio nocturno se oyó desde un extremo al otro del pueblo. Mora empezó a gemir debajo de mi ventana. Listo arañó la puerta del corral, queriendo entrar en casa.

De pronto, desde la tenada llegó un estrépito de madera, gritos y balidos. Mi madre salió al pasillo. La abuela encendió una vela. Yo corrí detrás de ellas hasta la puerta de la calle.

El tío Ignacio apareció cuatro casas más abajo. 

—¡Se van! —gritó—. ¡Se van todas!

La puerta de la tenada seguía cerrada, pero dentro no había ni una oveja.

Mi padre juró después que no se habían dormido. Estaban los tres sentados frente a la puerta. Oyeron un roce en la pared del fondo y el rebaño empezó a moverse. El candil se apagó. Durante unos segundos no vieron nada. Cuando lograron encenderlo de nuevo, la tenada estaba vacía. La tranca seguía puesta.

El abuelo salió el último. No parecía asustado, sino muy cansado. Desde el otro lado del pueblo, en dirección a las bodeguillas, alguien gritó que había visto una luz. Poco después apareció en el camino de Autillo.

—Al cruce —dijo el abuelo—. Van al cruce.

Los hombres cogieron linternas, cayados y alguna horca. Varias mujeres se quedaron en la calle, llamándose de puerta en puerta. Yo me escabullí detrás de mi padre. Nadie advirtió mi presencia hasta que ya habíamos dejado atrás las últimas casas.

La noche era tan clara que los caminos parecían hechos de ceniza. Sobre nosotros, el cielo rebosaba estrellas. Delante avanzaban las linternas de los hombres; mucho más lejos, la luz de la bicicleta. No aumentaba ni disminuía. Siempre estaba a la misma distancia.

Encontramos el rebaño en el cruce.

Las ovejas formaban un círculo perfecto alrededor de un espacio vacío. No balaban. No se movían. Todas tenían la cabeza vuelta hacia el centro. En el polvo había una huella de rueda que llegaba desde el camino de Fuentes y otra, idéntica, que continuaba hacia Autillo. Entre ambas quedaba un tramo limpio, como si la bicicleta hubiera desaparecido al entrar en el círculo y hubiese vuelto a existir al otro lado.

La luz estaba ya en el camino de Autillo.

Uno de los hombres echó a correr tras ella. Avanzó unos metros y se detuvo. Desde la dirección de Fuentes respondió otro faro amarillo.

Durante un momento hubo dos luces: una hacia Autillo y otra hacia Fuentes.

Nadie dijo nada.

Después se apagaron a la vez.

El rebaño rompió el círculo y las ovejas comenzaron a dispersarse. Costó horas reunirlas. Faltaban tres. Una apareció días más tarde en una cuadra abandonada de Autillo. Las otras dos no volvieron.

Pasamos los últimos días de vacaciones en casa de mis tíos Ángel y Afrodisia, en Autillo de Campos. Su vivienda, grande y de dos plantas, estaba a la entrada del pueblo, cerca de Santa Eufemia y de su torre separada. Tenía un cuarto de estar con tresillo y televisión, una antecocina con radio de válvulas, habitaciones amplias, despensa, corral, gallinas y colmenas. Desde la puerta se veían los caminos y, más allá, la llanura abierta.

Allí nos enteramos de que también en Autillo habían desaparecido ovejas. Los pastores de Autillo hablaban de un ciclista que llegaba desde Fuentes. En Fuentes, en cambio, todos aseguraban que venía de Autillo.

Una noche, sentados delante de la casa de mis tíos, vimos la luz al final del camino. Mi tía dejó de hablar. El tío se levantó de la silla y entró sin despedirse. 

—¿Es él? —le pregunté.

—No lo sé.

—¿Qué quiere?, ¿A dónde va?

Mi tío Ángel siguió mirando la luz.

—Nunca entra en el pueblo —dijo—. Eso es lo único que sabemos

La luz avanzó durante mucho tiempo, pero nunca llegó al pueblo.

Al día siguiente regresamos a Pamplona. Recuerdo el autobús alejándose entre los campos, la torre de Santa Eufemia empequeñeciendo detrás de nosotros y, más tarde, Fuentes perdido en la llanura. Recuerdo a mis padres hablando en voz baja y a mi madre ordenándome que no repitiera aquellas historias al volver a casa. Recuerdo también que el tío Ignacio enfermó tiempo después y dejó de salir con el rebaño de ovejas. El abuelo Vicente continuó acompañándolo parte de la jornada mientras pudo. En la familia casi nunca se mencionaron las ovejas desaparecidas.

Con los años he llegado a dudar de muchas cosas. Quizá alguien robó los animales y los hombres, por vergüenza o por miedo, prefirieron inventar una historia. Quizá el ciclista fuera realmente un vecino que recorría los caminos de noche por alguna razón que nunca llegamos a conocer. También pudo no ser la causa de nada, sino una señal: una presencia que aparecía cuando algo estaba a punto de suceder.

Mi imaginación infantil alimentaba explicaciones más inquietantes. Pensaba en un alma en pena,  condenada a recorrer en bicicleta el camino entre los dos pueblos, atrapada en un viaje sin principio ni fin o en algo peor: una presencia que atraía a las ovejas hacia las aguas del Canal y se las llevaba a un lugar desde el cual  ninguna regresaba igual.

Luis Ángel también recuerda aquella luz. Recuerda que iba y venía entre Fuentes y Autillo sin entrar nunca en ninguno de los dos pueblos. Recuerda el tintineo y la figura inclinada sobre el manillar. Recuerda, sobre todo, que la bicicleta se detenía y el faro continuaba encendido.

Hay algo más que ninguno de los dos hemos logrado explicarnos.

Aquella última noche en Autillo, cuando la luz se quedó inmóvil en el camino, todas las ovejas del pueblo comenzaron a balar. Lo hicieron a la vez. Desde corrales, cuadras y tenadas surgió un único lamento que atravesó las calles, pasó junto a la fuente, rodeó la iglesia y se extendió por la llanura. Duró apenas un minuto.

Luego callaron.

Y en medio de aquel silencio, muy lejos, por el camino oscuro que unía Autillo con Fuentes, sonó tres veces el timbre de una bicicleta.

Nota del autor: Tiempos atrás muchos pastores de Tierra de Campos como mi tío Ignacio salían a la tarde, pasaban la noche con las ovejas y volvían por la mañana a la tenada para ordeñarlas. Asi me lo recuerda mi hermano Luis Angel, pero como este relato a pesar de tener un alto componente autobiográfico es ficción, permítaseme que haya modificado algunos aspectos como ese en aras a un mejor desarrollo de la historia.