Siempre he fechado lo ocurrido en agosto de 1970, aunque durante muchos años no estuve del todo seguro. A veces pienso que pudo suceder al verano siguiente, en agosto de 1971. Pero hay un detalle que fija aquellos días en mi memoria: fue uno de los últimos veranos en que el tío Ignacio salía todavía con las ovejas, antes de que la enfermedad lo apartara del campo. Algunas veces lo acompañaba su padre, mi abuelo Vicente. Yo tenía siete u ocho años.
Habíamos llegado a Fuentes de Nava después del viaje interminable desde Pamplona. Primero el tranvía hasta Alsasua, luego el Iberia Express, los compartimentos de madera, el humo que entraba por las ventanillas y se pegaba a la ropa, el traqueteo que uno seguía llevando dentro incluso después de bajar del tren. Mi madre había preparado tortilla de patata y filetes para el camino. Mi padre, Antonino, había cerrado la maleta grande con una cuerda y había revisado tantas veces los billetes que al final parecía no recordar dónde los había guardado.
En Venta de Baños cambiamos de tren. Desde Palencia seguimos en el autobús de línea de Pobes, entre rastrojos deslumbrantes y tierras de un amarillo casi blanco. A Fuentes llegamos al caer la tarde. El autobús nos dejó junto a la iglesia de Santa María, y desde allí fuimos andando hasta la casa de mis abuelos, con el cansancio pegado a las piernas y el pueblo entero oliendo a polvo caliente, a paja y a ganado.
Fuentes tendría entonces unos mil doscientos habitantes, quizá alguno más durante agosto, cuando regresaban desde Pamplona, Bilbao y otras ciudades del norte quienes habían emigrado años atrás. Durante unas semanas, las calles recuperaban nombres, voces y parentescos que los largos inviernos habían dejado lejos.
Los perros nos reconocieron antes de vernos. Mora ladró desde el corral con su voz grave y Listo, ya viejo y canoso, le hizo coro con dos o tres ladridos roncos. El abuelo Vicente apareció en la puerta con su chaleco negro. Detrás de él venía la abuela Teodora, vestida de oscuro, secándose las manos en el delantal.
La casa estaba a la salida de la ronda de las Brujas, sobre una pequeña elevación. Por debajo discurría un camino y, al otro lado, se levantaba una casa grande de muchos ventanales. Era la casa de la Fabi que vivía también en aquella ronda. Para llegar a las habitaciones había que subir por un pasillo largo de baldosas rojas, ligeramente inclinado. A un lado quedaba el patio estrecho, con sus macetas, las enredaderas y el perejil de la abuela. Más allá estaba la cocina: la pila, el pozo cubierto con tablas, el fogón y la mesa donde nunca faltaba un buen porrón de vino. Después venían la despensa, la alacena y el corral. Por unas escaleras se subía a la panera; cerca estaban el pajar. Cuatro casas más adelante de la casa de los abuelos se encontraba la tenada de los abuelos donde dormían las ovejas.
Aquella vivienda no era grande, pero contenía un mundo. Había quesos secándose en una habitación junto a la entrada, chorizos colgados, tinajas, pucheros, sacos de grano, aperos cuya utilidad yo desconocía y gatos que bajaban de la panera sin hacer ruido. Por la noche, sin embargo, la casa parecía aumentar de tamaño. El pasillo se alargaba.y la cocina parecía quedar muy lejos de las habitaciones.
El primer día transcurrió como todos, una puesta al día rápida sobre el viaje, lo mucho que habían crecido los chavales. Casi de madrugada, antes de que amaneciera, el tío Ignacio abría la tenada y sacaba el rebaño. Las ovejas salían atropellándose, con las esquilas sonando, dejando tras ellas una polvareda que tardaba en posarse. Regresaban al anochecer, cuando las sombras se habían extendido sobre las calles y comenzaban a encenderse los primeros farolillos. Algunas veces el acompañaba durante parte de la jornada el abuelo Vicente, aunque ya estaba jubilado. Caminaba un poco por detrás de su hijo, despacio. Yo los veía alejarse hasta que hombres, perros y animales se convertían en una mancha temblorosa sobre el camino.
La primera oveja desapareció al tercer día. El tío Ignacio había contado el rebaño al encerrarlo. Lo contó de nuevo a la mañana siguiente. Faltaba una oveja joven, blanca, con una mancha oscura junto al ojo derecho. Buscaron por el toda la tenada, los caminos y las eras cercanas. Nada. Ni lana prendida en una zarza, ni sangre, ni huellas que se apartaran de las del resto del rebaño.
El abuelo no dijo nada. Miró a las ovejas. Todas se habían retirado hacia el mismo rincón de la tenada. Estaban apretadas unas contra otras, inmóviles. Ni siquiera balaban.
A mediodía, la abuela intentó ordeñar las que todavía daban leche. No sacó más que un fondo amarillento de dos de ellas. De otras, nada. Se palpaban las ubres llenas, pero la leche no bajaba. Teodora fruncía los labios y repetía que aquello no era natural. Sin leche no habría quesos nuevos en la artesa. Los que ya se secaban junto a la entrada parecían despedir, de pronto, un olor demasiado fuerte.
El calor de aquel día fue espeso. Las moscas se pegaban a los cristales del ventanuco de la cocina. Mora y Listo permanecieron tumbados bajo el sobrado, sin fuerzas ni para perseguir a las gallinas.
Las bodeguillas quedaban lejos de la casa de mis abuelos, al otro lado del pueblo, ya en las afueras. Eran bodegas excavadas en la tierra, algunas todavía utilizadas y otras medio abandonadas, con sus pequeñas entradas oscuras abiertas en los montículos. A mí me parecían madrigueras para personas, como las casas de los hobbits de la Tierra Media.
Aquella noche, después de cenar, salí a dar una vuelta con mi hermano que era cinco años mayor que yo. Pasamos por el bar de Petiso. Los hombres ocupaban las mesas y hablaban del campo, del precio del grano y de la oveja perdida. En una esquina, la televisión en blanco y negro emitía una de aquellas series que se me han quedado unidas a los viajes al pueblo. Pudo ser Audacia es el juego, Jim West o algún episodio de Zane Grey. Los persuasores también aparece mezclada en mis recuerdos, aunque probablemente pertenezca a un momento algo posterior. No podría asegurar cuál daban aquella noche. Recuerdo mejor la imagen desplazándose de arriba abajo y al camarero acercándose a golpear con los nudillos el costado del aparato para que se viese mejor.
Yo bebía un refresco de naranja cuando uno de los hombres dijo que había visto a un ciclista la noche anterior en el cruce de caminos, entre Fuentes y Autillo.
—Con la luz encendida —añadió.
—De noche, normal —contestó otro.
—Normal, si sonara la dinamo.
Alguien se rio. El hombre insistió en que no había oído la rueda sobre la grava ni el roce de la cadena. Tampoco había podido verle la cara. Llevaba una chaqueta oscura y algo ocultandole parte de la cabeza y el rostro. Lo extraño era que se había detenido en medio del cruce y el faro no se había apagado. Yo sabía lo suficiente de bicicletas para entenderlo. Las luces de entonces funcionaban con una dinamo que rozaba la rueda. Si la bicicleta se detenía, la luz se apagaba. Aquella no.
—Sería una moto —dijo Román desde la barra.
—No tenía motor.
La televisión perdió la imagen en ese momento. El salón quedó iluminado por un resplandor blanco, sin figuras, y del aparato salió un zumbido que hizo callar a todos. Duró apenas unos segundos. Román volvió a golpear la caja y la serie continuó. Nadie retomó la conversación sobre el ciclista.
Cuando salimos del bar, las calles estaban casi a oscuras. Los farolillos de las esquinas no iluminaban tanto como para borrar la noche; formaban pequeños círculos amarillos separados por largos trechos de sombra. De algunas casas llegaban voces. Algunas personas hablaban junto a las puertas y las conversaciones se prolongaban hasta las tantas, cuando el calor empezaba por fin a retirarse de las paredes. Se hablaba de los hijos que se habían marchado al norte, de los que volvían en agosto con ropa de ciudad, de cosechas, bodas, enfermedades y muertos.
Luis Ángel y yo decidimos continuar andando hasta las últimas casas siguiendo el camino del canal. A partir de allí comenzaba la carretera solitaria y la llanura se abría hacia Autillo. Sobre nosotros se extendía un cielo que yo no había visto nunca en Pamplona. Las estrellas eran tantas que parecía imposible que no se cayesen. La Vía Láctea cruzaba la noche como una nube clarísima.
Fue Luis Ángel quien vio la luz.
Brillaba muy lejos, en la carrtera de Autillo. Era un punto amarillento que subía y bajaba con un temblor regular. Durante unos instantes pareció avanzar hacia nosotros; después se detuvo. La luz permaneció encendida.
—Será el ciclista —dije.
Luis Ángel no contestó.
La luz volvió a moverse, pero no continuó hacia Fuentes. Se desvió en el cruce de Frechilla, desapareció unos segundos y reapareció de nuevo en la misma carretera. Iba hacia Autillo, se perdía en la oscuridad y regresaba poco después, siempre con aquel faro tintineante, siempre a la misma distancia. No llegamos a ver su cara. Apenas distinguimos la silueta inclinada sobre el manillar.
Regresamos deprisa. Ninguno de los dos quiso admitir que tenía miedo.
Delante de la casa de mis abuelos seguían hablando los mayores. Nos sentamos junto a ellos sin contar lo que habíamos visto. El farolillo de la esquina apenas molestaba y, bajo aquella claridad escasa, los rostros parecían más viejos.
Fue en una de esas tertulias cuando el abuelo Vicente contó que, muchos años atrás, un pastor de Autillo había perdido medio rebaño cerca del Canal. No dijo que hubiese muerto nadie ni habló de aparecidos. Solo explicó que, al amanecer, encontraron las ovejas al otro lado del agua, apretadas unas contra otras, aunque no había puente cerca ni señales de que hubieran nadado. Durante varios días dejaron de dar leche. Una noche, el pastor oyó una bicicleta junto al camino. Al salir, vio una luz que se alejaba hacia Fuentes.
—¿Y quién era? —pregunté.
El abuelo se encogió de hombros.
La abuela Teodora le pidió que dejara de meter ideas en la cabeza de los niños. Mi madre nos mandó a dormir. Mientras subía por el pasillo, oí al tío Ignacio preguntar en voz baja:
—¿También faltaron ovejas?
La respuesta del abuelo no llegó hasta mí.
Esa madrugada me despertó un ruido. No eran las campanas ni los perros, ni uno de los carros que empezaban a moverse antes del amanecer. Era un golpeteo seco y acompasado que parecía venir de la tenada, cuatro casas más abajo: tac, tac, tac. Se detenía unos segundos y volvía a empezar.
Mora no ladraba. Listo tampoco. Me quedé en la cama, junto a Luis Ángel, escuchando. El ruido continuó durante un tiempo que no sabría calcular. De pronto cesó. Después, desde algún punto lejano del pueblo, sonó una sola vez el timbre de una bicicleta.
Por la mañana faltaba otra oveja. Esta vez había barro oscuro y húmedo en el suelo de la tenada, algo imposible después de semanas sin llover. Olía al agua quieta de las acequias. El rastro empezaba en medio del rebaño y terminaba contra la pared.
El tío Ignacio decidió cambiar la ruta. En lugar de llevar las ovejas hacia las tierras cercanas a las eras, salió por el camino hacia el canal. El abuelo fue con él. Yo insistí tanto que mi madre acabó dejándome acompañarlos, con la condición de regresar si apretaba el calor.
Salimos casi de madrugada, antes del amanecer. El pueblo era todavía una masa gris y los farolillos permanecían encendidos en algunas esquinas. Las esquilas y los balidos llenaban las calles vacías. Poco a poco, las casas quedaron atrás y entramos en la llanura. El camino se extendía entre trigales segados, barbechos y tierras cuarteadas. A lo lejos se levantaba un palomar redondo, solo en medio del campo. A aquella hora las sombras eran largas.
El tío Ignacio caminaba delante. El abuelo y yo detrás. Al llegar al cruce hacia Frechilla, las ovejas se detuvieron.
No fue un frenazo desordenado. Todo el rebaño se paró al mismo tiempo, como si hubiera chocado contra una pared invisible. Los perros corrieron de un lado a otro, desconcertados. Mi tío chistó, levantó el cayado y trató de abrir paso. Ningún animal obedeció.
Entonces lo vimos. En el camino de Autillo había un ciclista.
Todavía era de noche. Estaba lejos, quizá a doscientos metros, pero la luz de su bicicleta destacaba en la oscuridad. No distinguí su rostro. Me pareció que vestía de negro, aunque también podía ser el contraluz. Se acercó despacio. Esta vez oí algo: no la cadena ni las ruedas, sino un tintineo irregular, parecido al de una esquila muy pequeña.
El abuelo me agarró del hombro.
—No mires la luz —dijo.
Naturalmente, la miré.
El ciclista llegó al cruce y se detuvo. El faro siguió encendido. Durante un instante tuve la certeza de que aquella figura nos observaba, pero donde debería haber estado la cara solo vi una sombra. Después giró por uno de los caminos laterales entre las tierras, una senda que no llevaba directamente a Autillo ni a Fuentes.
La luz descendió. Vimos todavía su resplandor alejándose. Luego desapareció.
Las ovejas volvieron a andar.
Mi tío quiso seguirlo, pero el abuelo negó con la cabeza.
—Déjalo.
—Dos ovejas, padre.
—No viene a robar ovejas.
—¿Entonces a qué viene?
Vicente miró hacia Fuentes. Desde allí el pueblo parecía una acumulación de tejados de barro, con las torres de las dos iglesias por encima. Tardó en contestar.
—A contar.
Ignacio soltó una risa breve, sin alegría.
—¿A contar qué?
—Lo que queda.
No volvieron a hablar del asunto delante de mí.
Aquel día, cerca del Canal de Castilla, encontramos una de las ovejas desaparecidas. Estaba junto al camino de sirga, inmóvil bajo los álamos. No tenía heridas. Llevaba el vellón húmedo hasta el lomo, como si hubiera cruzado el agua, y enredados en la lana aparecían algunos tallos de carrizo. Cuando nos acercamos, retrocedió torpemente. No reconocía al perro ni a mi tío. La llevaron de vuelta con el rebaño, pero nunca volvió a dar leche. De la otra no se supo nada.
Las noches siguientes dejaron de oírse esquilas en la tenada. No porque las ovejas estuvieran quietas, sino porque alguien había encontrado los badajos envueltos en pequeñas tiras de tela. Nadie en la casa reconoció aquellos retales. Eran de un paño gris, húmedo y áspero. El tío Ignacio los quemó en el corral. Ardieron mal y desprendieron un olor a cieno.
En el pueblo se multiplicaron las explicaciones.
Unos decían que el ciclista era un ladrón de ganado que vigilaba los rebaños y estudiaba los caminos. Había quien hablaba de un vecino de Autillo que iba a Fuentes a escondidas y quien sostenía exactamente lo contrario. También se recordó a un hombre desaparecido muchos años atrás, aunque nadie coincidía en su nombre, en su oficio ni en el lugar donde había sido visto por última vez.
El abuelo Vicente escuchaba todas aquellas historias sin confirmar ni desmentir ninguna.
—Si fuera de Fuentes, alguien lo conocería —dijo el tío Ignacio.
—Entonces será de Autillo.
—En Autillo dicen que viene de aquí.
El abuelo se limitó a encender su cigarro con el chiquero.
Ignacio decidió velar el rebaño esa noche. Mi padre y el abuelo se turnaron con él. Cerraron la puerta de la tenada y colocaron un candil junto a la pared. Yo prometí no moverme de la cama, pero me quedé despierto escuchando. Hasta la casa llegaban sus voces apagadas y, más lejos, las conversaciones de los vecinos sentados a la fresca. Poco a poco unas y otras fueron extinguiéndose. El último farolillo quedó solo en la esquina.
Pasada la medianoche sonó el timbre de una bicicleta. Una vez. Después otra. No era un sonido fuerte. En aquel silencio nocturno se oyó desde un extremo al otro del pueblo. Mora empezó a gemir debajo de mi ventana. Listo arañó la puerta del corral, queriendo entrar en casa.
De pronto, desde la tenada llegó un estrépito de madera, gritos y balidos. Mi madre salió al pasillo. La abuela encendió una vela. Yo corrí detrás de ellas hasta la puerta de la calle.
El tío Ignacio apareció cuatro casas más abajo.
—¡Se van! —gritó—. ¡Se van todas!
La puerta de la tenada seguía cerrada, pero dentro no había ni una oveja.
Mi padre juró después que no se habían dormido. Estaban los tres sentados frente a la puerta. Oyeron un roce en la pared del fondo y el rebaño empezó a moverse. El candil se apagó. Durante unos segundos no vieron nada. Cuando lograron encenderlo de nuevo, la tenada estaba vacía. La tranca seguía puesta.
El abuelo salió el último. No parecía asustado, sino muy cansado. Desde el otro lado del pueblo, en dirección a las bodeguillas, alguien gritó que había visto una luz. Poco después apareció en el camino de Autillo.
—Al cruce —dijo el abuelo—. Van al cruce.
Los hombres cogieron linternas, cayados y alguna horca. Varias mujeres se quedaron en la calle, llamándose de puerta en puerta. Yo me escabullí detrás de mi padre. Nadie advirtió mi presencia hasta que ya habíamos dejado atrás las últimas casas.
La noche era tan clara que los caminos parecían hechos de ceniza. Sobre nosotros, el cielo rebosaba estrellas. Delante avanzaban las linternas de los hombres; mucho más lejos, la luz de la bicicleta. No aumentaba ni disminuía. Siempre estaba a la misma distancia.
Encontramos el rebaño en el cruce.
Las ovejas formaban un círculo perfecto alrededor de un espacio vacío. No balaban. No se movían. Todas tenían la cabeza vuelta hacia el centro. En el polvo había una huella de rueda que llegaba desde el camino de Fuentes y otra, idéntica, que continuaba hacia Autillo. Entre ambas quedaba un tramo limpio, como si la bicicleta hubiera desaparecido al entrar en el círculo y hubiese vuelto a existir al otro lado.
La luz estaba ya en el camino de Autillo.
Uno de los hombres echó a correr tras ella. Avanzó unos metros y se detuvo. Desde la dirección de Fuentes respondió otro faro amarillo.
Durante un momento hubo dos luces: una hacia Autillo y otra hacia Fuentes.
Nadie dijo nada.
Después se apagaron a la vez.
El rebaño rompió el círculo y las ovejas comenzaron a dispersarse. Costó horas reunirlas. Faltaban tres. Una apareció días más tarde en una cuadra abandonada de Autillo. Las otras dos no volvieron.
Pasamos los últimos días de vacaciones en casa de mis tíos Ángel y Afrodisia, en Autillo de Campos. Su vivienda, grande y de dos plantas, estaba a la entrada del pueblo, cerca de Santa Eufemia y de su torre separada. Tenía un cuarto de estar con tresillo y televisión, una antecocina con radio de válvulas, habitaciones amplias, despensa, corral, gallinas y colmenas. Desde la puerta se veían los caminos y, más allá, la llanura abierta.
Allí nos enteramos de que también en Autillo habían desaparecido ovejas. Los pastores de Autillo hablaban de un ciclista que llegaba desde Fuentes. En Fuentes, en cambio, todos aseguraban que venía de Autillo.
Una noche, sentados delante de la casa de mis tíos, vimos la luz al final del camino. Mi tía dejó de hablar. El tío se levantó de la silla y entró sin despedirse.
—¿Es él? —le pregunté.
—No lo sé.
—¿Qué quiere?, ¿A dónde va?
Mi tío Ángel siguió mirando la luz.
—Nunca entra en el pueblo —dijo—. Eso es lo único que sabemos
La luz avanzó durante mucho tiempo, pero nunca llegó al pueblo.
Al día siguiente regresamos a Pamplona. Recuerdo el autobús alejándose entre los campos, la torre de Santa Eufemia empequeñeciendo detrás de nosotros y, más tarde, Fuentes perdido en la llanura. Recuerdo a mis padres hablando en voz baja y a mi madre ordenándome que no repitiera aquellas historias al volver a casa. Recuerdo también que el tío Ignacio enfermó tiempo después y dejó de salir con el rebaño de ovejas. El abuelo Vicente continuó acompañándolo parte de la jornada mientras pudo. En la familia casi nunca se mencionaron las ovejas desaparecidas.
Con los años he llegado a dudar de muchas cosas. Quizá alguien robó los animales y los hombres, por vergüenza o por miedo, prefirieron inventar una historia. Quizá el ciclista fuera realmente un vecino que recorría los caminos de noche por alguna razón que nunca llegamos a conocer. También pudo no ser la causa de nada, sino una señal: una presencia que aparecía cuando algo estaba a punto de suceder.
Mi imaginación infantil alimentaba explicaciones más inquietantes. Pensaba en un alma en pena, condenada a recorrer en bicicleta el camino entre los dos pueblos, atrapada en un viaje sin principio ni fin o en algo peor: una presencia que atraía a las ovejas hacia las aguas del Canal y se las llevaba a un lugar desde el cual ninguna regresaba igual.
Luis Ángel también recuerda aquella luz. Recuerda que iba y venía entre Fuentes y Autillo sin entrar nunca en ninguno de los dos pueblos. Recuerda el tintineo y la figura inclinada sobre el manillar. Recuerda, sobre todo, que la bicicleta se detenía y el faro continuaba encendido.
Hay algo más que ninguno de los dos hemos logrado explicarnos.
Aquella última noche en Autillo, cuando la luz se quedó inmóvil en el camino, todas las ovejas del pueblo comenzaron a balar. Lo hicieron a la vez. Desde corrales, cuadras y tenadas surgió un único lamento que atravesó las calles, pasó junto a la fuente, rodeó la iglesia y se extendió por la llanura. Duró apenas un minuto.
Luego callaron.
Y en medio de aquel silencio, muy lejos, por el camino oscuro que unía Autillo con Fuentes, sonó tres veces el timbre de una bicicleta.
Nota del autor: Tiempos atrás muchos pastores de Tierra de Campos como mi tío Ignacio salían a la tarde, pasaban la noche con las ovejas y volvían por la mañana a la tenada para ordeñarlas. Asi me lo recuerda mi hermano Luis Angel, pero como este relato a pesar de tener un alto componente autobiográfico es ficción, permítaseme que haya modificado algunos aspectos como ese en aras a un mejor desarrollo de la historia.