martes, 4 de agosto de 2026

El Suizo abre a medianoche

—No llegues tarde —le dijo a su hijo—. El Suizo abre a medianoche.

Julián creyó que hablaba desde la fiebre. En los últimos meses, su padre había ido perdiendo los nombres de las cosas, aunque no su recuerdo. Llamaba cuartel al hospital, confundía a las enfermeras con antiguas vecinas de la calle Jarauta y preguntaba a menudo por un tranvía que jamás había circulado por Pamplona. Sin embargo, conservaba intacta una ciudad anterior a su vida adulta: la trilla en la Vuelta del Castillo, las cardelinas de Larrabide, el humo del Plazaola y el escaparate de una pastelería desde cuya puerta, según repetía, olía a mantequilla incluso en invierno.

Murió a las once y veinte de una noche de noviembre.

Julián salió del hospital sin esperar a sus hermanas. No podía soportar todavía sus voces contenidas, las llamadas a la funeraria, las preguntas prácticas que comienzan en cuanto alguien deja de respirar. Echó a andar sin rumbo y, después de atravesar calles que apenas reconoció, llegó a la plaza del Castillo.

Llovía muy despacio. Una lluvia sin fuerza, casi suspendida, que abrillantaba los adoquines y envolvía las fachadas en una extraña neblina. Las terrazas de la plaza estaban recogidas. Bajo los porches, un empleado apilaba las últimas sillas; más allá, dos muchachos discutían junto a una bicicleta. La ciudad parecía haberse vaciado.

Julián miró el teléfono. Faltaban dos minutos para medianoche.  Entonces recordó las palabras de su padre.

"El Suizo abre a medianoche".

No sabía por qué tomó el lado occidental de la plaza. Tal vez porque deseaba caminar un poco más antes de volver a casa. Tal vez porque, de niño, Fermín le había señalado muchas veces aquel tramo de la plaza sin porches.

—Aquí estaba el Café —decía señalando a la sucursal bancaria—. Aquí, de aquello no queda nada.

Nunca precisaba qué significaba nada. Para él, todo lo construido después de su infancia parecía una ocupación provisional.

Julián levantó la vista. En el número 37 había una extraña luz.

No la luz de un establecimiento moderno, sino un resplandor espeso, dorado, que descendía desde unas lámparas de tulipa y quedaba atrapado en los cristales empañados. Sobre la puerta, unas letras doradas decían:

CAFÉ SUIZO

Julián se detuvo.

Conocía aquella fachada. La había visto en fotografías: los grandes ventanales, las molduras, la entrada al Café. Sin embargo, las fotografías eran pequeñas, grises, y siempre mostraban figuras quietas. Lo que tenía delante respiraba. Detrás del cristal se movían camareros con chaquetilla blanca. Una mano borró el vaho desde dentro. Alguien alzó una copa. Llegó a oír el choque de una cucharilla contra una taza. Miró a los lados. El empleado de las terrazas había desaparecido. También los muchachos. La plaza entera se encontraba ahora desierta.

El teléfono marcó las doce. La puerta del Café se abrió.

—¿Entra el señor o espera a alguien? —preguntó un camarero.

Era un hombre delgado, de edad difícil de calcular, con el cabello peinado hacia atrás y una servilleta doblada sobre el brazo. Tenía el rostro pálido de quienes pasan más horas bajo techo que a la luz del día.

—Este Café cerró hace mucho tiempo —dijo Julián.

El camarero asintió con naturalidad.

—Por eso conviene que entre. Está escapándose todo el calor.

Julián cruzó el umbral. El olor fue lo primero que reconoció.

Café recién molido, chocolate, anís y mantequilla caliente. Debajo de esos aromas flotaba otro, más húmedo, procedente de las bodegas: madera mojada, corcho, piedra antigua. Era un olor tan preciso que comprendió por qué su padre lo había recordado durante más de setenta años.

El establecimiento era mucho mayor de lo que dejaba ver la fachada. Al fondo se abrían varios salones comunicados por arcos. En uno había veladores de mármol; en otro, mesas de madera oscura. Algunas lámparas funcionaban con electricidad, mientras que otras alimentaban sus mechas con gas. Una araña de cristal presidía el centro del local, pero sus lágrimas reflejaban luces que no se encontraban allí.

Los clientes llenaban casi todas las mesas.

Junto a la puerta, dos caballeros con levita discutían sobre la conveniencia de que el Ayuntamiento hubiera arrendado la Casa de los Toriles a un extranjero. Uno de ellos sostenía que ningún pamplonés sensato bebería café donde hasta hacía poco se habían guardado reses bravas. El otro respondía que Santiago Matossi sabía de pastelería y que, viniendo de Bilbao, traería interesantes novedades a la ciudad.

Más allá, tres señoras vestidas de negro compartían un chocolate. Sus sombreros estaban adornados con plumas y una de ellas ocultaba la boca tras un abanico. En el rincón opuesto, unos jóvenes con corbatas estrechas jugaban a las cartas bajo una nube de humo. Sobre la pared, detrás de ellos, colgaba un cartel de Acción Republicana.

Había también un militar con guerrera de cuello alto, una pareja que vestía a la moda de los años veinte, dos hombres con boina que hablaban de una huelga próxima y un anciano que sostenía entre las manos un periódico fechado en julio de 1914.

Nadie parecía reparar en la ropa de los demás.

El camarero condujo a Julián hasta una mesa próxima al mostrador.

—¿Qué le sirvo?

—Un café.

—¿Solo?

—Solo.

El camarero arqueó ligeramente las cejas.

—Aquí nadie toma el café solo.

Julián miró alrededor. No entendió si se trataba de una observación o de una advertencia.

—Tráigame también un bollo.

—Eso ya es otra cosa.

El hombre se alejó. Julián dejó el teléfono sobre la mesa. La pantalla continuaba marcando las doce en punto. Esperó unos segundos. Los dos puntos que separaban las horas de los minutos no parpadeaban.

En el velador contiguo, una mujer joven bebía una gaseosa con una pajita de papel. Llevaba un vestido verde, zapatos de tacón bajo y un sombrerito inclinado sobre la frente.

—Disculpe —le preguntó Julián—, ¿sabe usted en qué año estamos?

La mujer lo miró, sorprendida.

—En el treinta y cuatro.

Uno de los jugadores de cartas levantó la cabeza.

—¿Cómo que en el treinta y cuatro? Estamos en 1931. La República se proclamó en abril, por si no se ha enterado.

—Eso fue hace tres años —replicó ella.

—Sería en su casa.

El anciano del periódico intervino desde el fondo.

—Los dos están diciendo tonterías. Estamos en 1914 y Europa se va a meter en una guerra de la que no saldrá nada bueno.

Los caballeros de las levitas rieron.

—¿Europa? —dijo uno—. ¡Si estamos en 1844!

La discusión se propagó por el salón. Cada mesa dio un año diferente. 1852. 1893. 1927. 1936. 1946. Las fechas fueron cruzándose sobre la cabeza de Julián como bolas de billar. Algunos clientes enseñaron periódicos, monedas o documentos para demostrar que decían la verdad. Otros consultaron sus relojes, pero todos tenían las agujas detenidas a medianoche.

El camarero regresó con el café y el bollo.

—Ha provocado usted la conversación de siempre —dijo mientras dejaba la bandeja.

—¿Qué año es?

—Depende de la puerta por la que haya entrado.

—He entrado por la plaza del Castillo.

—Todos dicen lo mismo.

—Yo sé de qué año vengo.

—También lo creen los demás.

El bollo estaba todavía caliente. Tenía la corteza delicadamente tostada y un pequeño lomo de azúcar en el centro. Julián arrancó un pedazo. Al probarlo, sintió que algo se quebraba dentro de él, no exactamente un recuerdo, sino el lugar donde debería haber estado.

Era un sabor conocido.

No podía haberlo probado jamás y, sin embargo, lo conocía. Su padre se lo había descrito tantas veces que, de algún modo, se lo había transmitido.

—Lo fabrica la casa —explicó el camarero—. Como el ron, el coñac, los anisados, los helados y las gaseosas. Lo que no hacemos aquí viene de Santa Engracia. Tenemos la fábrica junto a la carretera de Villava.

—Esa fábrica ya no existe.

—No diga esas cosas delante del señor Matossi.

Señaló discretamente hacia el mostrador. Detrás de la caja había un hombre de grandes bigotes que anotaba cifras en un libro de contabilidad. A su lado trabajaban otros cuatro hombres de extraordinario parecido. El mayor llevaba patillas; el más joven, un cabello engominado y brillante. Podrían haber sido hermanos, pero entre el primero y el último mediaba casi un siglo en el corte de los trajes.

—Cinco generaciones —murmuró el camarero—. Y ninguna se fía de las cuentas de la anterior.

Julián bebió el café. Estaba fuerte y tenía un leve sabor a achicoria.

En una mesa apartada descubrió a un hombre inclinado sobre un cuaderno. Rondaría los cincuenta años. Tenía la frente ancha, las gafas gruesas y la expresión atenta de quien escucha incluso mientras escribe. Frente a él se sentaba un empleado del café ya anciano. Por la chaquetilla, debía de haber trabajado allí, aunque parecía demasiado viejo para continuar sirviendo.

—¿Y dice usted que celebraban muchos banquetes? —preguntó el del cuaderno.

—¡Muchísimos! —respondió el antiguo empleado—. Aquí ha comido todo Pamplona y media España. Políticos, toreros, músicos, militares… Hasta un gobernante vino con un hombre encargado de probar la comida antes que él. Como si nosotros fuéramos a envenenarlo.

—¿Y qué le sirvieron?

El anciano enumeró platos, vinos y postres con una precisión que hizo callar a las mesas próximas. Recordaba el orden de cada fuente, el lugar ocupado por los invitados y una disputa surgida en las cocinas. Cuando acabó, el hombre del cuaderno sonrió y escribió algunas líneas más.

Julián se acercó.

Sobre la mesa había una carpeta. En la cubierta podía leerse:

LA VIDA ÍNTIMA DE PAMPLONA
1945-1950

—Perdone —dijo Julián—. ¿Es usted Baroga?

El hombre levantó los ojos.

—Depende de quién pregunte.

—José María Baroga.

—Así firmo algunas cosas.

—Entonces estamos en 1973.

El escritor soltó una breve carcajada.

—Ojalá fuera tan sencillo.

—Ese libro se publicó en 1973.

Baroga contempló la carpeta, como si la viera por primera vez.

—Puede que se publique. Yo todavía estoy hablando con Mario.

El anciano empleado saludó a Julián inclinando la cabeza.

—No se preocupe demasiado por los años —continuó Baroga—. Son una manía de los calendarios. La memoria no trabaja de esa manera. Pone a conversar a personas que nunca coincidieron, abre establecimientos desaparecidos y devuelve a los muertos una voz que ellos mismos ya habían olvidado.

—Mi padre ha muerto esta noche.

Baroga dejó el lápiz sobre la mesa.

—Entonces comprendo por qué ha encontrado la puerta.

Julián regresó a su asiento. Ya no tenía hambre. El bollo permanecía abierto sobre el plato y de su interior salía un hilo de vapor.

Quiso marcharse.

Empujó la puerta principal, pero al otro lado no encontró la plaza del Castillo. Había una escalera estrecha que descendía hacia una cocina. Varias mujeres batían crema en grandes cuencos de cobre. Un muchacho transportaba bandejas de pasteles. Nadie pareció extrañarse al verlo.

—La salida, por favor.

—Por la pastelería —le indicó una mujer sin dejar de amasar.

Julián siguió el corredor. Llegó a un salón más pequeño, lleno de vitrinas y tarros de caramelos. Tras los cristales se alineaban bollos, chocolates, bizcochos y helados depositados en recipientes metálicos. La puerta de la calle estaba abierta.

Salió.

No se encontraba en la plaza, sino en Pozoblanco.

La calle estaba iluminada por faroles de gas. Un carro permanecía detenido frente al número 15 mientras dos mozos descargaban cajas de botellas. Más arriba sonaron unos cascos de caballo. No había automóviles, ni señales, ni escaparates modernos.

Julián retrocedió y cerró la puerta.

Al volverse, ya no estaba en la pastelería. Se encontraba en el obrador. Unas poleas descendían cestas hacia una planta inferior. Desde allí llegaba un frío intenso.

Bajó. En la bodega se apilaban barriles de vino, cajas de sifones y botellas de licor. Las etiquetas cambiaban al mirarlas. Algunas eran nuevas; otras amarilleaban en cuestión de segundos. En un extremo se abría el pozo-nevera.

Julián se asomó. No vio hielo.

En el fondo se reflejaba la plaza del Castillo bajo distintos cielos. La plaza amurallada y polvorienta de mediados del siglo XIX. La plaza con carruajes. La de los primeros automóviles. La de las manifestaciones, las procesiones y los desfiles. La plaza bombardeada por tormentas, cubierta de nieve, inundada de música en San Fermín. La plaza que él había atravesado unas horas antes.

Todas existían al mismo tiempo, colocadas unas debajo de otras como las hojas transparentes de un libro.

En una de ellas distinguió a un niño.

Llevaba pantalón corto, abrigo oscuro y una gorra de lana. Caminaba de la mano de un hombre alto hacia la entrada del Café Suizo.

Julián se apartó del pozo.

Conocía aquel rostro.

Subió los peldaños apresuradamente, cruzó el obrador y volvió al salón principal. Los clientes continuaban discutiendo sobre el año. Nadie había reparado en su ausencia.

El niño estaba sentado ahora en su mesa.

Había ocupado la silla de enfrente y mordía el bollo que Julián había dejado en el plato. El hombre alto conversaba con uno de los Matossi junto a la caja.

—Ese era mío —dijo Julián.

El niño se limpió el azúcar de los labios.

—Te estabas marchando.

Tendría once años. Era delgado, con orejas grandes y una pequeña cicatriz junto a la ceja izquierda.

Su padre conservó aquella cicatriz toda la vida.

—¿Cómo te llamas?

—Fermín.

Aunque esperaba la respuesta, Julián sintió que el salón se inclinaba. Se sentó.

—¿Y ese señor?

—Mi padre. Ha ido a pagar. Dice que hoy podemos pedir lo que queramos porque mañana cierran.

—¿Mañana?

—El primero de septiembre. ¿No te has enterado? Se acaba el Suizo.

Fermín arrancó otro pedazo de bollo.

—Mi padre dice que estas cosas pasan. Cierran un café, tiran una casa, cambian una calle. Luego todos aseguran que se acuerdan, pero se acuerdan mal.

—Tú no te olvidarás.

—¿Cómo lo sabes?

Julián lo miró. El niño tenía todavía la cara de su padre, pero sin cansancio, sin enfermedad, sin los años que acabarían borrándole los nombres. Era Fermín antes de las ausencias, de los hijos, del trabajo, de las mañanas de domingo y las comidas familiares. Antes incluso de saber en qué hombre se convertiría.

—Porque vas a hablar mucho de este sitio.

—¿Tú también lo conociste?

—No. Me lo contaron.

—Entonces no es lo mismo.

—A veces es casi lo mismo.

El niño lo estudió con curiosidad.

—¿De qué año vienes?

Julián abrió la boca, pero no supo responder. De pronto, el año del que procedía le pareció menos verdadero que todos los demás. ¿Era el año en que su padre había muerto o aquel en que aún podía encontrarlo comiendo un bollo frente a él? ¿Era el año que figuraba en su teléfono, detenido sobre la mesa, o el que conservaban el olor del café y la cicatriz junto a la ceja?

—Vengo de bastante lejos —contestó.

—¿Sigue existiendo Pamplona?

—Sí.

—¿Y la plaza?

—También.

—Entonces no será para tanto.

El hombre alto regresó de la caja.

—Vamos, Fermín. Ya es tarde.

El niño apuró el último pedazo del bollo y se levantó.

—Espera —dijo Julián.

Quería decirle muchas cosas. Quería advertirle de los años malos, preguntarle por qué nunca había hablado de su propio padre y contarle que tendría tres hijos. Quería decirle que, al final, confundiría el hospital con un cuartel y que su última frase sería una cita. Sobre todo, quería preguntarle si había sido feliz.

No dijo nada.

Fermín se puso la gorra.

—¿Volveremos a vernos?

—Yo ya te he visto muchas veces.

El niño pareció aceptar la respuesta. Se marchó de la mano de su padre. Al llegar a la puerta, se volvió.

—No llegues tarde —le advirtió—. El Suizo abre a medianoche.

Cruzaron el umbral y desaparecieron.

En ese momento sonó una campanilla.

Las conversaciones cesaron. Los jugadores dejaron las cartas boca abajo. Las señoras cerraron sus abanicos. Los Matossi abandonaron a la vez sus libros de cuentas.

Mario apagó una de las lámparas.

—Señores —anunció—, vamos a cerrar.

Un murmullo de protesta recorrió el salón.

—¿Cerrar? —preguntó el caballero de la levita—. ¡Si acabamos de inaugurar!

—Eso mismo dijeron sus hijos —respondió Mario.

Los clientes comenzaron a levantarse. Cada uno salió por una puerta distinta. Algunos encontraron la plaza del Castillo; otros, Pozoblanco. Tras los cristales pasaron carruajes, automóviles, soldados, serenos y taxis. Durante unos segundos, la noche se llenó con el ruido de cien ciudades superpuestas.

Baroga cerró su cuaderno.

—¿Ya sabe en qué año ha entrado? —preguntó a Julián.

—No.

—Mejor. Así podrá contarlo sin estropearlo con demasiadas certezas.

—Nadie me creerá.

—Las historias de Pamplona no se escriben para que las crean. Se escriben para que alguien reconozca en ellas una calle, una voz o un olor que creía perdido.

El camarero llevó la cuenta a Julián. En el papel aparecían anotados un café y dos bollos.

—Yo solo he comido uno.

—El otro lo ha invitado usted.

Julián sacó la cartera.

—¿Aceptan euros?

El camarero examinó el billete sin especial interés.

—Aceptamos todas las monedas. Ninguna conserva mucho tiempo su valor.

Dejó el dinero sobre la bandeja y se dirigió a la puerta. Antes de salir miró por última vez el establecimiento. Las lámparas se apagaban una tras otra. Los salones parecían encogerse. Los arcos se cerraban, las mesas desaparecían y las voces descendían hacia el pozo-nevera, donde quizá permanecerían esperando otra medianoche.

Baroga continuaba escribiendo en la oscuridad.

Julián abrió la puerta.

Se encontró frente al tramo sin porches de la plaza del Castillo.

La lluvia había cesado. Al otro lado de los cristales solo se veía el interior apagado de un establecimiento bancario. No quedaba rastro del rótulo, de los veladores ni de las lámparas. Miró el teléfono.

Eran las doce y un minuto.

En el bolsillo del abrigo encontró un pequeño paquete envuelto en papel. Dentro había un bollo todavía tibio. En el envoltorio se distinguía un sello ovalado:

MATOSSI Y COMPAÑÍA
GRAN CAFÉ SUIZO
PAMPLONA

Julián permaneció un rato frente al número 37. Después echó a andar hacia su casa.

No volvió a ver el café.

Sin embargo, muchos años más tarde, un hombre que cruzaba la plaza del Castillo aseguró haber distinguido a través de un cristal empañado a un cliente vestido de una manera imposible de fechar. Estaba sentado frente a un niño con gorra de lana. Entre ambos había dos cafés, un bollo abierto y un teléfono cuya pantalla marcaba siempre la misma hora.

El hombre intentó averiguar qué establecimiento era aquel.

Antes de que pudiera leer el rótulo, la puerta se abrió y un camarero le preguntó:

—¿Entra el señor o espera a alguien?

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