Esta novelita que leí en la edición de Fontamara (1980) fue publicada por entregas en 1871-1872 en la revista The Dark Blue y recogida después en el volumen In a Glass Darkly (1872). El relato se presenta como un documento rescatado de los papeles del doctor Martin Hesselius, el «médico metafísico» que sirve de hilo conductor a In a Glass Darkly. Su narradora es Laura, una joven que vive con su padre, un inglés retirado del servicio austríaco, en un castillo aislado de Estiria. Su vida es solitaria, rodeada de bosques, institutrices y un pueblo abandonado a pocas leguas: Karnstein.
Una tarde vuelca un carruaje ante el castillo. Una dama de aire imperioso dice tener una misión urgente que no admite demora y deja a su hija convaleciente al cuidado de la familia durante tres meses. Laura reconoce en la joven, Carmilla, el rostro que vio de niña en un sueño, cuando una presencia se acostó en su cama y la mordió en el pecho. Carmilla asegura haber soñado con Laura en esa misma época. Entre ambas nace una amistad de una intensidad inquietante. Carmilla es lánguida, bellísima y evasiva sobre su origen. Duerme hasta tarde, no reza y alterna la ternura con unos arrebatos apasionados que desconciertan a Laura. Mientras tanto, en la comarca mueren muchachas de una extraña enfermedad. Al restaurar unos retratos antiguos aparece el de Mircalla, condesa de Karnstein, fechado en 1698 e idéntico a la huésped. Laura empieza a sufrir visitas nocturnas de una criatura semejante a un gato negro, sensaciones de pinchazos y un decaimiento progresivo.
El desenlace llega con el general Spielsdorf, amigo de la familia. Su pupila Bertha murió en circunstancias idénticas tras acoger a una joven llamada Millarca. Las tres identidades (Carmilla, Millarca, Mircalla) son anagramas de un mismo nombre. En las ruinas de Karnstein, con ayuda del barón Vordenburg, estudioso de vampiros, localizan la tumba de la condesa. El cuerpo aparece incorrupto, con el ataúd lleno de sangre. Le clavan una estaca, la decapitan y la queman. Laura cierra el relato confesando que, años después, aún cree a veces oír los pasos ligeros de Carmilla junto a su puerta.
Valoración
Carmilla es una de las piezas fundacionales del vampirismo literario. Se adelanta un cuarto de siglo a Drácula (1897), y Stoker le debe mucho: el investigador erudito, la víctima que languidece de noche y la profanación ritual de la tumba. Pero el interés del texto va más allá de su papel de precursor. Lo mejor es su atmósfera de ambigüedad. Le Fanu no construye el horror sobre la amenaza externa sino sobre la intimidad. Carmilla no asalta: seduce, se instala en la casa, comparte confidencias y lecho. El famoso subtexto lésbico es menos un escándalo calculado que el motor mismo del miedo: la confusión entre deseo, amistad y depredación. Laura siente a la vez atracción y repulsión, y no sabe nombrar ninguna de las dos. Esa zona de penumbra emocional, contada en primera persona por una víctima que nunca termina de entender lo que le ocurrió, es lo más moderno del relato. El cierre melancólico, con Laura todavía añorando a quien la estaba matando, es un acierto. También funciona muy bien el escenario. La Estiria de Le Fanu es casi una abstracción gótica, con bosques, un pueblo en ruinas y un castillo de vida anacrónica. Ese aislamiento hace verosímil la indefensión de la narradora. Quizás decae algo la obra en su último tercio: cierta reiteración, una resolución apresurada no exenta de cierta previsibilidad. Con todo, es una novela corta imprescindible. Su verdadero logro no es el monstruo sino el vínculo entre monstruo y víctima, y en eso sigue siendo más sutil que buena parte de lo que vino después, incluido el propio Drácula.
