Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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jueves, 20 de agosto de 2026

La mujer de la laguna

Hay lugares que parecen guardar memoria. No hablo de esa memoria que queda escrita en los libros o grabada en las piedras de una iglesia, sino de otra más antigua y misteriosa; una memoria sin palabras que duerme en los caminos, en los árboles, en las aguas quietas, y que algunas noches, cuando el viento calla y la tierra entera parece escuchar, despierta. La laguna de la Nava es uno de esos lugares.
 

Quien la haya visto en verano, abrasada por un sol implacable, con la zona casi desecada, difícilmente podrá imaginar el aspecto que ofrece al llegar las estaciones lluviosas. Entonces las tardes se vuelven breves, los cielos adquieren una transparencia triste y una ligera neblina comienza a levantarse sobre la laguna.

El Canal de Castilla discurre no muy lejos, silencioso entre chopos y álamos. Sus aguas, oscuras al caer la tarde, parecen inmóviles bajo las viejas esclusas. Algún pájaro cruza de cuando en cuando sobre ellas. Después todo vuelve a quedar quieto, demasiado quieto.

Fue allí donde ocurrió esta historia. O, al menos, allí aseguran que ocurrió.

Yo la escuché hace muchos años de labios de un anciano de Fuentes de Nava que había conocido al protagonista cuando todavía era niño.

—No sé si creerá usted estas cosas —me dijo antes de comenzar—. Yo tampoco las creía. Pero hay noches en que se oye cantar desde la laguna, y entonces procuro cerrar la ventana.

Sonrió. Sin embargo, en sus ojos no había sonrisa alguna.Y comenzó a contarme.


Se llamaba Gabriel  de Alvarado. Era el último descendiente de una familia que durante generaciones había poseído tierras en aquella parte de Tierra de Campos. Había estudiado en Valladolid y vivido algunos años en Madrid, pero la muerte de su padre lo obligó a regresar a la vieja casa familiar, situada en el pueblo de Abarca de Campos.

Tenía entonces veintisiete años. Quienes lo conocieron hablaban de él como de un joven extraño. No era orgulloso, aunque algunos lo creyeran así, ni desdeñoso. Simplemente parecía vivir siempre con una parte de sí mismo en otro lugar.

Le gustaba cabalgar solo. A veces seguía los caminos próximos al Canal; otras se internaba por los campos hasta Fuentes de Nava y regresaba cuando ya había anochecido. Podía permanecer horas contemplando una puesta de sol o escuchando el viento entre los carrizos.

Su madre solía decirle:

—Gabriel, acabarás enamorándote de una nube.

Él se reía.

—Las nubes, madre, al menos no engañan a nadie. Sabemos que están hechas para desaparecer.

Tal vez aquella frase encerraba más verdad de la que entonces imaginaba.


Sucedió a finales de octubre. Había llovido durante varios días y la tierra desprendía ese olor profundo y húmedo que precede al invierno. Las aves comenzaban a reunirse en las zonas encharcadas de La Nava, y sobre la llanura se extendía al anochecer una niebla tenue.

Gabriel regresaba de Fuentes. No tenía prisa. Dejó atrás las últimas casas y tomó uno de aquellos caminos que atravesaban los campos en dirección a Abarca. El día había sido gris, pero hacia poniente se había abierto una franja entre las nubes y una claridad rojiza iluminaba el curso del Canal.

Fue entonces cuando la vio. Al principio creyó que era una muchacha del pueblo. Estaba de pie junto al borde de la laguna. Llevaba un vestido blanco.

Aquello resultaba extraño. Hacía frío, y ninguna mujer de la comarca habría permanecido allí vestida de aquella manera. Gabriel detuvo el caballo. La joven tenía la espalda vuelta hacia él.

Sus cabellos, muy largos y oscuros, caían sobre sus hombros. No llevaba mantón ni capa. Permanecía inmóvil, contemplando el agua.

—¡Señorita!

La muchacha no respondió. Gabriel desmontó. Avanzó unos pasos.

—¿Se encuentra bien?

Ella volvió lentamente la cabeza. Gabriel se detuvo. Durante el resto de su vida —que no habría de ser muy larga— intentó explicar aquellos ojos. Nunca pudo. Decía que eran grises algunas veces y verdes otras; que tenían el color de la laguna cuando el cielo está cubierto y, sin embargo, parecía arder dentro de ellos una luz imposible.

La joven sonrió.

—Hace mucho tiempo que nadie me pregunta eso.

Su voz era baja y armoniosa.

—¿Vive usted cerca?

Ella miró hacia la llanura.

—Sí.

—¿En Fuentes?

Negó con la cabeza.

—Más cerca.

Gabriel contempló alrededor. No había casa alguna.

—¿En Abarca?

La muchacha volvió a sonreír.

—Más cerca todavía.

Entonces señaló la laguna. Gabriel creyó que bromeaba.

—No debería permanecer aquí. Está anocheciendo.

—Yo siempre estoy aquí cuando anochece.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló. Sobre las aguas comenzó a levantarse la niebla. Un grupo de aves pasó volando sobre ellos.

—¿Cómo se llama usted? —preguntó Gabriel.

La muchacha dudó.

—Elena.

—Yo soy Gabriel.

—Ya lo sé.

Él la miró sorprendido.

—¿Me conoce?

Ella apartó los ojos.

—Todo el mundo conoce a los Alvarado.

La explicación parecía razonable. Sin embargo, Gabriel sintió un leve escalofrío


Volvió al día siguiente. Y al siguiente. Durante una semana recorrió al anochecer los alrededores de la laguna sin encontrarla. Comenzaba a creer que aquella muchacha había sido una ilusión cuando, la octava noche, volvió a verla. Estaba sentada entre los carrizos.

Gabriel corrió hacia ella.

—¡Elena!

La joven levantó la cabeza.

—Sabía que volverías.

Aquella vez hablaron durante horas. O eso creyó Gabriel. Porque cuando regresó a casa eran casi las doce y habría jurado que apenas había permanecido unos minutos junto a ella.

Desde entonces comenzaron a encontrarse. Siempre al caer la tarde. Nunca por la mañana. Nunca lejos del agua.

Gabriel quiso saber dónde vivía, quiénes eran sus padres, por qué jamás la veía en Fuentes ni en Abarca. Elena evitaba responder.

—¿Qué importancia tiene?

—Toda.

—¿Por qué?

Gabriel callaba. Todavía no se atrevía a pronunciar la palabra. Pero ambos la conocían.


Llegó noviembre. Los árboles próximos al Canal habían perdido casi todas sus hojas. El viento recorría la llanura y las noches se hicieron más frías. Gabriel pasaba cada vez más tiempo fuera de casa. Su madre comenzó a inquietarse.

—¿Dónde vas todas las tardes?

—A cabalgar.

—Regresas a medianoche.

—Pierdo la noción del tiempo.

—Eso me preocupa precisamente.

Una noche, mientras cenaban, la mujer lo observó detenidamente.

—Hay alguien.

Gabriel bajó la mirada.

—¿Una muchacha?

No respondió.

Su madre sonrió.

—¿De Fuentes?

—No.

—¿De Abarca?

—Tampoco.

—Entonces ¿de dónde?

Gabriel permaneció unos instantes en silencio.

—No lo sé.

La sonrisa desapareció del rostro de su madre.

—¿Cómo que no lo sabes?

Gabriel se levantó.

—No importa.

Pero importaba. Y él comenzaba a comprenderlo.


Pocos días después decidió preguntárselo directamente.

Aquella tarde el cielo estaba cubierto y un viento helado agitaba las aguas. Encontró a Elena en el lugar acostumbrado.

—Dime dónde vives.

Ella guardó silencio.

—Elena.

—No quieras saberlo.

—Necesito saber quién eres.

La joven lo miró. Por primera vez Gabriel descubrió tristeza en sus ojos.

—¿No te basta con saber que te espero?

—No.

—¿Y que soy feliz cuando vienes?

—Tampoco.

—Entonces los hombres sois más desgraciados de lo que pensaba. Siempre queréis poner un nombre a aquello que amáis.

Gabriel tomó sus manos. Estaban heladas.

—Te amo.

Elena cerró los ojos. El viento pareció cesar. Hasta los carrizos dejaron de moverse. Cuando volvió a abrirlos había lágrimas en ellos.

—No debías haber dicho eso.

—¿Por qué?

—Porque ahora será más difícil.

—¿Qué será más difícil?

Ella se soltó de sus manos.

—Olvidarme.

Gabriel rió amargamente.

—No pienso olvidarte.

—Lo harás.

—Nunca.

—Todos olvidan.

—Yo no.

Elena lo contempló largo rato. Después se acercó y apoyó la frente sobre su pecho.

—Entonces eres tú quien me da miedo.


Al día siguiente Gabriel acudió a verla.

No estaba.

Tampoco apareció la noche siguiente. Ni la otra. Pasaron siete días. Después diez.

Gabriel dejó de comer. Apenas dormía.

Recorrió los caminos próximos a la laguna, preguntó discretamente en Fuentes, habló con pastores, agricultores, gentes que trabajaban en las cercanías del Canal.

Nadie conocía a ninguna Elena que respondiera a su descripción.

Finalmente, un viejo guarda lo miró de una manera extraña.

—¿Dice usted que lleva vestido blanco?

—Sí.

—¿Y que aparece al anochecer?

Gabriel sintió que algo se agitaba dentro de él.

—¿La conoce?

El anciano se persignó.

—No.

—Está mintiendo.

—Déjelo, señor Gabriel.

—¿Quién es?

El guarda volvió la cabeza hacia la laguna.

—Pregunte en Fuentes por Elena de Villacorta.

—¿Quién era?

El viejo corrigió:

—Quién fue.


Gabriel llegó a Fuentes cuando ya oscurecía. Encontró la respuesta en casa de una anciana de más de ochenta años. Cuando pronunció el nombre, la mujer dejó caer el huso que tenía entre las manos.

—¿Quién le ha hablado de ella?

—¿La conoció?

—Sí —respondió la anciana—.Yo era dos años mayor que ella.

Gabriel sintió que la habitación comenzaba a darle vueltas.

—Cuéntemelo.

La anciana se resistió. Pero acabó hablando. Había sucedido casi sesenta años antes.

Elena de Villacorta era hija de un pequeño propietario de Fuentes. Tenía diecinueve años y, según decían, era una de las muchachas más hermosas de toda la comarca.

Se había enamorado de un joven de Abarca. Un Alvarado.

Gabriel palideció.

—¿Cómo se llamaba?

La anciana lo miró.

—Fernando.

Era el hermano menor de su abuelo. Gabriel conocía aquel nombre. Había un retrato suyo en la casa familiar: un joven vestido de negro que había muerto antes de cumplir treinta años.

—Continúe.

Fernando y Elena se encontraban en secreto cerca de la laguna. La familia Alvarado se opuso al matrimonio. Habían preparado para él una boda más conveniente. Fernando prometió a Elena que se enfrentaría a todos. Pero no lo hizo. Una mañana partió hacia Valladolid. No regresó. La boda de conveniencia se celebró seis meses después. Elena esperó durante todo aquel tiempo. Cada tarde acudía a la laguna. Hasta una noche de diciembre. Nunca regresó a casa. Encontraron su mantón entre los carrizos. Su cuerpo jamás apareció.

Gabriel apenas podía respirar.

—Eso ocurrió hace sesenta años.

—Sí.

—Es imposible.

La anciana se inclinó hacia él.

—Hay cosas que no saben que son imposibles.


Gabriel regresó a la casa familiar. Subió directamente al desván. Buscó durante horas entre papeles antiguos hasta encontrar una caja que había pertenecido a Fernando de Alvarado. Dentro había cartas. Docenas. Todas escritas por una misma mujer. Elena. Gabriel leyó hasta el amanecer.

Las últimas cartas eran cada vez más breves.

He vuelto a esperarte.

Hoy tampoco has venido.

Dicen que vas a casarte.

No lo creo.

Y finalmente una última hoja. Solo contenía una frase:

Si algún día vuelve un Alvarado a buscarme, quizá pueda terminar lo que nosotros dejamos sin concluir.

Gabriel dejó caer el papel. En aquel mismo instante escuchó algo. Un canto. Muy lejano.

Venía de la llanura.


Salió de casa sin ponerse siquiera el abrigo. La noche era fría y clara. Había luna. Corrió hacia la laguna. Cuando llegó, Elena lo esperaba.

Vestía de blanco.

La niebla se arremolinaba alrededor de sus pies.

—Ya lo sabes —dijo.

Gabriel se detuvo ante ella.

—Tú eres aquella mujer.

—Sí.

—Estás muerta.

Elena sonrió tristemente.

—Desde hace mucho tiempo.

Gabriel sintió miedo. Por primera vez desde que la conocía sintió verdadero miedo. Retrocedió un paso.  Elena lo vio. Y aquel gesto debió de herirla más que cualquier palabra.

—No temas. Nunca te haría daño.

—¿Por qué yo?

—Porque tienes sus ojos.

—¿Los de Fernando?

—Al principio creí que eras él.

Gabriel sintió una punzada de celos absurda.

—Entonces no me quieres a mí.

Elena lo miró sorprendida.

—Al principio esperaba a Fernando.

Se acercó.

—Después empecé a esperar a Gabriel.


Permanecieron juntos hasta que comenzó a clarear el horizonte. Elena le explicó entonces aquello que ni ella misma comprendía.

No podía alejarse de la laguna. No podía ver el sol. No sabía dónde permanecía durante el día ni cuántos años habían pasado desde su muerte. Para ella el tiempo era una sucesión de noches iguales.

—He visto cambiar los caminos —dijo—. He visto desaparecer casas y crecer árboles. He visto niños convertirse en ancianos. Algunas veces pasan años sin que nadie pueda verme.

—¿Por qué yo sí?

—No lo sé.

Gabriel tomó su mano. Seguía fría.

—Ven conmigo.

Elena negó con la cabeza.

—No puedo.

—Lo intentaremos.

—No puedo cruzar el camino del Canal.

—¿Por qué?

—Porque más allá comienza el mundo de los vivos.

Gabriel apretó su mano.

—Entonces me quedaré aquí.

Elena lo miró horrorizada.

—No.

—Vendré todas las noches.

—Eso sería peor.

—¿Por qué?

—Porque llegará el día en que tendrás cincuenta años. Después sesenta. Y yo seguiré teniendo diecinueve.

Gabriel sonrió.

—Entonces podrás ver cómo envejezco.

Elena comenzó a llorar.

—Eso es precisamente lo que no quiero ver.


El invierno cayó sobre Tierra de Campos. Llegaron las heladas. Las mañanas amanecían blancas y el hielo cubría algunos remansos del Canal.

Pero Gabriel continuó acudiendo cada noche.

Su aspecto comenzó a cambiar. Adelgazó. Sus amigos dejaron de verlo. Su madre, desesperada, intentó impedirle salir. Una noche cerró con llave la puerta principal. Gabriel escapó por una ventana. Nada podía detenerlo. El amor verdadero se parece algunas veces demasiado a la locura. Y quizá no sean cosas tan distintas.


Llegó diciembre. Una noche comenzó a nevar. No fue una nevada intensa. Apenas unos copos lentos que desaparecían al tocar el agua. Gabriel encontró a Elena junto a la orilla. Parecía más pálida que nunca.

—Esta fue la noche —dijo ella.

—¿Qué noche?

—La noche en que morí.

Gabriel comprendió.

—Ven.

Elena caminó hacia el agua. Gabriel la siguió.

—¿Dónde vas?

—Hay algo que debes ver.

La superficie estaba oscura. Elena entró en la laguna. El agua no parecía mojar su vestido.

—No sigas.

Gabriel avanzó. El agua llegó hasta sus botas.

—Gabriel.

Él continuó.

—¡Detente!

El agua alcanzó sus rodillas. Entonces Elena regresó rápidamente y lo empujó hacia la orilla.

—¿Qué haces?

—Ir contigo.

—¡No!

—No pienso perderte.

Ella lo abrazó.

—Escúchame. Yo morí porque confundí el amor con no poder vivir sin alguien. No quiero que tú cometas el mismo error.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Volver a casa? ¿Casarme? ¿Tener hijos? ¿Envejecer mientras pienso cada noche que tú sigues aquí?

Elena cerró los ojos.

—Sí.

Gabriel la miró con desesperación.

—Eso sería peor que morir.

—No. Eso sería vivir.


Durante unos segundos solo se oyó el viento.

Después Elena lo besó. Fue un beso leve. Frío. Tan frío como la primera nieve.

Gabriel cerró los ojos. Y en aquel instante creyó escuchar algo imposible: campanas lejanas, voces, pasos sobre un camino que ya no existía.

Cuando volvió a abrirlos, Elena estaba alejándose.

—¿Adónde vas?

Ella no respondió.

—¡Elena!

El agua comenzó a envolverla. Gabriel quiso correr hacia ella, pero sus piernas no obedecieron.

—¡Elena!

La muchacha volvió la cabeza por última vez. Y sonrió.

—Ahora ya sé por qué tuve que esperar tantos años.

—¿Por qué?

—Para aprender a despedirme.

La niebla cubrió entonces la laguna.

Gabriel avanzó a ciegas.

—¡Elena!

No obtuvo respuesta. Solo escuchó el batir de cientos de aves que levantaban el vuelo en la oscuridad.


Gabriel enfermó aquella misma noche. Lo encontraron al amanecer junto a la laguna, inconsciente y cubierto de nieve. Durante varios días tuvo fiebre. Cuando despertó preguntó por Elena. Nadie respondió. Después dejó de preguntar. Pasaron los años. Gabriel no se casó jamás. Pero tampoco volvió a la laguna durante mucho tiempo.

Vendió parte de sus tierras y marchó a Valladolid. Más tarde viajó por Francia e Italia. Regresaba de vez en cuando a la vieja casa de Abarca, aunque nunca permanecía demasiado.

Dicen que se convirtió en un hombre sereno. Incluso alegre algunas veces. Pero cada diciembre, al llegar la fecha de aquella última noche, desaparecía durante unas horas. Nadie sabía dónde iba. Yo creo que sí.


Cuarenta años después, Gabriel regresó definitivamente. Tenía ya el cabello blanco. Una tarde pidió un caballo y salió solo. Tomó el camino de la laguna.

No regresó.

Lo encontraron a la mañana siguiente sentado junto a los carrizos. Estaba muerto.

No había en su rostro gesto alguno de dolor. Al contrario. Parecía sonreír. Y junto a él encontraron algo extraño. Sobre la tierra húmeda se distinguían claramente las huellas de Gabriel. Pero había otras. Pequeñas. Descalzas. Las huellas de una mujer.

Comenzaban junto al agua, llegaban hasta donde estaba el cadáver y regresaban nuevamente hacia la laguna. Después desaparecían.


El anciano de Fuentes terminó aquí su historia. Durante unos segundos permanecimos callados. Fuera había comenzado a anochecer.

—¿Y todavía se aparece? —pregunté.

El hombre miró hacia la ventana.

—Algunas noches.

—¿La ha visto usted?

Tardó en responder.

—Una vez.

—¿Cómo era?

El anciano sonrió.

—Hermosa.

—¿Vestía de blanco?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Nada. Estaba mirando el camino.

—¿Esperaba a alguien?

El viejo negó lentamente con la cabeza.

—Eso pensé primero.

Se levantó y cerró la ventana.

—Pero después comprendí que no.

—Entonces ¿qué hacía?

El anciano volvió hacia mí aquellos ojos gastados por los años.

—Recordaba.

Nunca he olvidado aquella respuesta. Porque quizá existan amores que no vencen a la muerte, como aseguran los poetas. Quizá la muerte sea demasiado poderosa incluso para ellos. Pero hay algo que acaso pueda sobrevivirla.

El recuerdo.

Y todavía hoy, cuando al caer la tarde contemplo desde lejos las aguas de La Nava, mientras la niebla comienza a extenderse sobre los campos y los últimos pájaros cruzan el cielo de Tierra de Campos, recuerdo aquella historia.

A veces me parece distinguir una figura blanca entre los carrizos. Nunca me acerco. ¿Para qué? Hay misterios que dejan de ser hermosos en el instante en que intentamos explicarlos.

Y si alguna noche pasáis por aquellos caminos, entre Fuentes de Nava y Abarca de Campos, y escucháis una voz de mujer cantando junto a la laguna, seguid vuestro camino. No la llaméis. No preguntéis su nombre. Porque tal vez se vuelva.

Y hay miradas que un hombre puede contemplar una sola vez... si quiere continuar perteneciendo al mundo de los vivos.

Fuentes de Nava. 1948. El autor narra sucesos acaecidos sobre todo en los años 1828 y 1888 del S. XIX

La segunda noche

...Volví.

Durante muchos años, cuando alguna vez me decidía a contar una parte de esta historia, adornaba ese regreso con dudas que no tuve. Decía que pasé el día debatiéndome entre el miedo y la sensatez; que estuve a punto de confiarme a mi madre, a mi tio, que al caer la noche me prometí no acercarme al número 1 de la calle Compañía. Mentía. Tal vez lo hacía para concederle al muchacho que fui una prudencia que nunca tuvo.

Yo tenía dieciséis años. Claro que volví.

No había dormido desde que regresé de París un día antes. Había permanecido tumbado, con los ojos abiertos, mientras mi habitación recuperaba sus formas a la luz de la mañana: el póster de Miguel Induráin no, todavía faltaban años para eso; uno de Cruyff con la camiseta del Barcelona, una estantería torcida, la cazadora vaquera sobre una silla. Recuerdo bien este detalle porque ahora, al reconstruirlo, me asalta la tentación de llenar aquel cuarto con cosas que llegaron después. La memoria también abre puertas equivocadas.

A mediodía, mientras comíamos, mi madre me preguntó por qué no tocaba las albóndigas.

—No tengo hambre.

 —Pues fiebre no tienes.

Me puso la palma en la frente. Ese gesto, la aspereza suave de sus dedos, fue una de las cosas que intenté memorizar para la noche. También su lunar junto a la nariz, la hebilla marrón de su bata y el modo en que pronunciaba mi nombre cuando empezaba a impacientarse: las tres sílabas, una por una, como si bajara una persiana.

Después fui a trabajar a la zapatería de mi tío. Debían ser las cuatro y media cuando llegué. Limpié el escaparate, llevé dos pares de sandalias a una clienta de la calle Mayor y clavé medias suelas hasta que me dolieron los dedos. Hice todo prestando una atención feroz. Conté las baldosas desde la puerta hasta el mostrador. Leí varias veces el rótulo pintado sobre el cristal: **CALZADOS OCHOA. COMPOSTURAS**. Ochoa. Mi tío no se apellidaba Ochoa; el negocio conservaba el nombre de su anterior dueño, como conservaba una horma de nogal que nadie utilizaba y un calendario de 1968 detrás de un armario. Pero se llamaba así. Estoy seguro de que se llamaba así.

O lo estaba entonces.

En un papel de envolver apunté:

*Ama: lunar a la izquierda.*

*Mi casa: tercero B.*

*Zapatería: Ochoa.*

*Pamplona. 16 de julio de 1979.*

Doblé el papel cuatro veces y lo metí en el calcetín. En el bolsillo derecho guardé una caja de cerillas, veinte duros, una navaja que no habría sabido usar y el pañuelo de San Fermín. Lo había lavado mi madre aquella misma mañana. Ya no olía a sudor ni a vino ni a pólvora. Olía a jabón Chimbo y al sol de la cuerda del patio. Me preocupó que, limpio, hubiese perdido su fuerza, de modo que lo llevé puesto durante todo el día, anudado al cuello bajo la camisa, para devolverle algo de mí. Mi tío me miró varias veces.

—Estás alelado, chaval.

—He dormido mal.

—A tu edad se duerme hasta dentro de un bombo.

A las siete y media cerramos. Fui a casa, cené, fingí acostarme y esperé a que cesaran los ruidos. A las once y media salí con cuidado, sin hacer ruido, por la puerta de casa y  recuperé la Orbea, que había dejado en el descansillo. Pamplona estaba todavía despierta, pero cansada. Algunos grupos  terminaban su txikiteo diario, alguna pareja buscaba una sombra. La libertad reciente de aquellos años tenía mucho de eso: gente probando hasta qué hora podía permanecer en la calle sin que nadie le pidiera explicaciones. Nosotros creíamos que bastaba con acostarse más tarde para que el pasado no pudiera alcanzarnos.

Dejé la bicicleta en la esquina de Curia. Antes de acercarme al portal miré hacia la calle Zapatería. Desde allí no se veía el letrero de Calzados Ochoa, solo se veía el cruce donde estaba el carrico de Lucio pero por si acaso repetí el nombre en voz baja.

—Ochoa. Ochoa. Ochoa.

A medianoche, la puerta del número 1 estaba entreabierta.

Esta vez no me sorprendió el olor. Era el mismo tabaco rubio, el mismo perfume caro. Quizá por eso entré con una confianza estúpida, como quien vuelve a una sala de cine para ver por segunda vez una película y cree saber cuándo llegará cada sobresalto.

El zaguán conservaba la bombilla amarilla, los buzones abollados y las baldosas geométricas. Toqué la muesca en forma de media luna que mi bicicleta había dejado en la puerta. Luego apreté el pañuelo contra el pecho y subí los dos escalones.

El suelo se alargó. No duró más que un parpadeo. Sin embargo, mientras sucedía tuve la impresión de que algo me registraba por dentro. No mis bolsillos, sino los recuerdos: la voz de mi madre, el camino a las piscinas, el olor del cuero mojado. Como unos dedos que pasaran las hojas de un libro con demasiada prisa.

Al otro lado me esperaba la misma esquina de París. Y no era la misma.

La noche anterior —veinte años antes, aunque yo aún no lo sabía— la ciudad había brillado como una fiesta. Ahora estaba a oscuras. Los faroles parecían enfermos detrás de unas pantallas azules. En las ventanas había cortinas gruesas y tiras de papel pegadas a los cristales. Faltaban los vestidos, la música, los automóviles lustrosos. Un camión militar pasó despacio por la avenida; los cascos de los soldados se recortaron bajo la lona, idénticos a los de las películas de la segunda guerra mundial que había visto en las películas del cine y la tele.

No necesité ver la bandera colgada de un edificio para comprenderlo. Pero la vi. Una bandera roja, un círculo blanco, una cruz negra.

París estaba ocupada por los nazis.

En algún lugar sonó un silbato. Después, unas voces breves, autoritarias. Me refugié junto al escaparate del café. Las letras doradas continuaban en el cristal, aunque dos estaban descascarilladas. Dentro no cantaba ninguna mujer. Apenas había luz y las mesas vacías se amontonaban contra la pared.

Un hombre viejo abrió la puerta y me agarró del brazo.

—Entra, imbécil. El toque de queda no es un juego.

Tardé unos segundos en reconocer al camarero. El pelo, antes oscuro, se le había vuelto blanco. Tenía la espalda vencida y la piel de las mejillas llena de venas finas. Ya no llevaba chaleco, sino una chaqueta gris demasiado grande. Sin embargo, sus ojos eran los mismos: cansados y atentos, los ojos de alguien que había visto llegar a demasiados viajeros.

Él sí me reconoció al instante.

—Tardaste —dijo.

—Volví al día siguiente.

El anciano miró el reloj de la pared. Era el mismo reloj del café, pero el péndulo ya no se movía.

—Para ti.

—¿Qué año es?

No quería preguntarlo. Lo supe al oírme.

—Mil novecientos cuarenta.

El número cayó entre los dos como un objeto de hierro.

—Pero ayer era 1920.

—Ayer para ti —repitió—. Aquí hemos tenido veinte años para esperarte.

Me senté porque las rodillas dejaron de sostenerme. El camarero echó el cerrojo, bajó una cortina y sirvió en una taza un líquido oscuro que no olía a café.

—Achicoria —explicó—. El café de verdad se acabó antes que casi todo lo demás.

—Usted dijo que siempre me soltaría en esta esquina.

—En esta esquina, sí. No dije que en la misma noche.

—También dijo que podía volver.

—Y has vuelto.

Lo dijo sin crueldad. Eso era lo peor.

Me llevé la mano al cuello. El pañuelo seguía bajo la camisa. Notar el nudo me tranquilizó.

—¿Cómo se llama usted?

El viejo sonrió apenas.

—Armand. Supongo que después de veinte años ya podemos presentarnos.

—Iñaki.

—Lo sé. Te lo oí murmurar la primera noche.

—No recuerdo haberlo dicho.

—Por eso.

Me quedé mirándolo. Armand retiró la taza sin que yo la hubiera probado.

—No hagas preguntas cuya respuesta no puedas llevar contigo —murmuró—. Ya te advertí que cada salto hace más difícil recordar la primera puerta.

Saqué el papel del calcetín. Estaba húmedo de sudor, pero las palabras seguían allí. Se lo enseñé como si fuera una prueba ante un tribunal.

—Pamplona. Mi madre tiene un lunar junto a la nariz. Vivo en el tercero B. Trabajo en Calzados Ochoa.

Armand no leyó el papel.

—Eso no es recordar. Eso es consultar una lista.

—Da igual mientras pueda volver.

—No, muchacho. A las puertas les importan esas diferencias.

Se oyó un motor en la calle. Los dos callamos hasta que se alejó. Luego, desde el fondo del local, llegó el chasquido de una cerilla. Un hombre estaba sentado en la mesa donde la noche anterior —para mí— se habían reunido los muchachos. Fumaba inclinado sobre sus manos. Tendría treinta y tantos años. Vestía una gabardina mojada y una corbata torcida; llevaba el cabello peinado hacia atrás, con dos entradas profundas, y una cicatriz pequeña junto a la boca. Solo cuando levantó la cabeza reconocí la manera burlona de entrecerrar los ojos.

Era el chico de la moneda. El del cigarro.

—Aquí todos fumamos —dije sin pensar.

El hombre se quedó inmóvil. Después expulsó el humo muy despacio.

—Excepto tú.

Armand cerró los ojos. No sé si de alivio o de resignación.

El hombre se levantó. Era más bajo de lo que yo recordaba, o tal vez la juventud lo había hecho parecer más alto.

—El español —dijo—. El muchacho de Pamplona.

—Me llamo Iñaki.

—Lucien Lévy.

Nos estrechamos la mano. La suya estaba fría.

—No has cambiado nada —añadió.

—Para mí fue anoche.

Lucien soltó una risa que no contenía alegría.

—Para mí fue antes de casarme, antes de tener una hija, antes de que los alemanes desfilaran por los Campos Elíseos. Llevo veinte años preguntándome si te inventé.

Sacó del bolsillo una moneda ennegrecida y la puso sobre la mesa. Era la misma que había rodado hasta mis zapatos. No podía saberlo, claro. Todas las monedas se parecen cuando han pasado por demasiadas manos. Pero los dos decidimos que era aquella.

—La guardé —dijo—. Pensé que quizá funcionaba como tu pañuelo.

—¿Armand te lo contó?

—Armand cuenta poco. Lo suficiente para que uno cometa sus propios errores.

El viejo fingió no oír.

Lucien me preguntó por España. No por el sol ni por los toros, como el muchacho de 1920, sino por la postguerra. Quiso saber si continuaban las ejecuciones en el país, si era posible cruzar la frontera por los Pirineos. Yo respondí como pude. Como era sabido Franco gobernaba España, y le expliqué que el dictador seguiría vivo muchos años más, muriendo como quien dice  de viejo, en la cama. Al decirlo me dio vértigo. Para Lucien, la dictadura española apenas había comenzado. Para mí, llevaba toda la vida y acababa de terminar hacía cuatro años.

—¿Acabará esta? —preguntó, señalando con la barbilla la bandera de la calle.

Sabía a qué se refería.

Miré a Armand. El camarero negaba muy despacio.

—No le digas nada —ordenó.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué estás diciendo.

—Sé quién gana la guerra.

—Sabes quién ganó la tuya.

Lucien golpeó la mesa con dos dedos.

—¿Qué significa eso?

—Que no sé qué significa *volver* para esas puertas —respondió Armand—. Uno cree que ha regresado porque encuentra su calle, su casa, la cara de su madre. Pero una puerta puede llevarte a un lugar casi idéntico y dejarte convencido de que es el mismo. A veces basta una diferencia tan pequeña que nadie, salvo tú, podría verla.

Yo no entendí entonces todo lo que quiso decir. O quizá lo entendí y llevo casi medio siglo tratando de olvidarlo.

—Los alemanes perderán —le dije a Lucien.

Armand dio un puñetazo sobre la barra. Las tazas tintinearon.

—¡Cállate!

Pero ya había empezado. Y saber, descubrí aquella noche, produce una impaciencia parecida a la fiebre. Quien posee el futuro cree que callar lo convierte en cómplice.

—Perderán, pero faltan cinco años. París será liberado. Habrá otra Francia después de esta.

Lucien no sonrió. Se limitó a apretar la moneda.

—¿Y nosotros?

—¿Quiénes?

—Los Lévy.

Entonces comprendí. No llevaba estrella amarilla. En 1940 todavía no se las habían impuesto en Francia; eso lo aprendí mucho después. Pero no hacía falta. Su apellido estaba allí, entre nosotros, de una forma que lo llenaba todo. Recordé fotografías de hombres y mujeres detrás de una alambrada, montones de zapatos, niños con abrigos grandes. Recordé una palabra que, en mi tiempo, ya pertenecía a los libros, los documentales y las conversaciones dichas en voz baja: Auschwitz.

Pero yo no sabía qué iba a ser de Lucien ni de su familia. No podía saberlo. Solo conocía lo que muy pronto empezaría a ocurrirles a miles de familias como la suya.

Lucien vio la respuesta antes de que yo hablara.

—Tengo una hija —dijo—. Madeleine. Nueve años.

Hay preguntas que envejecen a quien las escucha.

—Tienes que marcharte de París.

—¿Cuándo?

—Ahora.

—¿Adónde?

—Al sur. Cruza la frontera. Escóndete. No deis vuestros nombres. No obedezcáis cuando os digan que es solo un registro, un traslado, un trabajo.

—¿Nos detendrán?

—No lo sé. No sé qué os ocurrirá a vosotros.

—¿Y si nos encuentran?

No contesté.

—¿Se llevarán también a Madeleine?

—Sí —dije—. También a los niños.

Yo tenía dieciséis años. Hasta entonces el futuro había sido para mí una promesa: terminar el verano, comprar una moto, besar a una chica, largarme de la zapatería. Aquella noche descubrí que el futuro también puede ser un arma y que no hay manera limpia de entregársela a otro.

Lucien se llevó ambas manos a la cara. El cigarro cayó al suelo y quedó ardiendo sobre las baldosas. Armand lo aplastó con el zapato.

Durante un rato solo oímos el reloj detenido. Después Lucien preguntó:

—¿Tu portal puede llevarnos contigo?

Armand se volvió de golpe.

—No.

—A él lo ha traído.

—Él pertenece al otro lado.

—Tiene el pañuelo.

Los dos miraron mi cuello. Sentí el trozo de tela como si se hubiera vuelto incandescente.

—Podría prestártelo —dije.

—Iñaki, no —advirtió Armand.

Pero yo ya lo había desanudado. El rojo parecía imposible en aquel café sin colores. Lucien extendió la mano. Cuando deposité el pañuelo en su palma, sucedió algo que ninguno esperaba.

Lucien cerró los ojos.

—Campanas —susurró.

—¿Qué?

—Oigo campanas. Y una música… unas flautas muy agudas.

—Gaitas.

—Hay gigantes bailando.

La respiración se me cortó. No le había hablado de la Comparsa. Lucien sonrió por primera vez, con una alegría infantil que le devolvió durante un segundo el rostro de 1920.

—Huele a piedra mojada —continuó—. Hay una mujer asomada a una ventana. Te llama para que subas a cenar.

Quise decir *mi madre*, pero la palabra no acudió. Vi una silueta en la ventana de casa y no supe de quién era. Busqué su cara: el lunar, la bata, los dedos ásperos. El lunar cambió de lado. La bata se volvió azul. Luego no hubo ventana.

Agarré el borde del pañuelo.

—Devuélvemelo.

Lucien abrió los ojos. Tiró sin querer hacia sí. Durante un instante los dos sujetamos la tela.

—¿Cómo se llama tu madre? —preguntó Armand.

No pude responder.

—¿En qué piso vives?

—En el…

Imaginé una escalera. Tres rellanos. O cuatro. Una puerta con mirilla. ¿Tercero B? Eso decía el papel, pero el papel era solo tinta. No podía oír a mi madre detrás de aquella puerta.

Armand se abalanzó sobre nosotros.

—¡Suéltalo, Lucien! Un ancla no se presta. Se presta la orilla.

Lucien abrió la mano.

Recuperé el pañuelo y, con él, un golpe de imágenes: la cuesta de Santo Domingo, los balcones de Mercaderes, mi Orbea apoyada junto a la puerta, en el descansillo, las uñas de mi tío teñidas de betún. Me doblé sobre la mesa, mareado.

—Lo siento —dijo Lucien.

—Puedes llevártelo —respondí cuando volví a respirar—. Si os salva, puedes llevártelo.

—¿Y tú?

—Encontraré otra forma.

Armand se inclinó hasta colocar su rostro frente al mío.

—Escúchame, muchacho. Sin eso quizá encuentres Pamplona, tu calle, el número de tu casa. Quizá una mujer que se parece a tu madre te abra la puerta y te llame por tu nombre. Pero nunca sabrás si es ella. Nunca.

—Tampoco puedo dejar que mueran.

Lucien volvió a sentarse. Parecía más cansado que antes.

—No puedo cruzar solo —dijo—. Claire y Madeleine están escondidas en casa de mi cuñada. Si voy contigo ahora, las abandono. Si espero a mañana, tu puerta quizá ya no esté. Y aunque pudiera llevarlas, ¿qué sería de nosotros en 1979? ¿Una familia sin papeles, llegada de una guerra que terminó hace más de treinta años?

—Estaríais vivos.

—No es una respuesta pequeña.

Fuera sonaron pasos. Un grupo de soldados pasó hablando en alemán. Uno de ellos probó el picaporte. Armand apagó la única lámpara y los tres contuvimos la respiración. El pomo giró contra el cerrojo. Hubo una risa, un golpe en el cristal y después los pasos siguieron calle abajo.

En la oscuridad, Lucien habló:

—Me iré al sur.

—Tienes que hacerlo ya.

—Mañana buscaré a Claire y a la niña. Tenemos amigos cerca de Limoges. Desde allí intentaremos llegar a España.

—No os registréis. No confiéis en la policía francesa. No esperéis a ver si las cosas empeoran.

—Te creo.

Esa frase debería haberme aliviado. Me produjo más miedo que ninguna otra. Porque hasta entonces yo solo había contado el futuro. A partir de ese momento, quizá lo había cambiado.

Armand volvió a encender la lámpara. Miró el reloj parado.

—Debéis iros. Falta menos de una hora para el amanecer.

El portal estaba junto al café, donde lo recordaba, pero la calle se había llenado de puertas. No tres, como la primera vez. Había seis o siete, todas de madera oscura, todas con un cristal esmerilado, todas marcadas con un número 1. Algunas ocupaban lugares donde un momento antes solo había paredes.

El cielo comenzaba a aclararse sobre los tejados. Un resplandor sin color. París parecía contener el aliento antes de que regresaran los motores y las órdenes.

Lucien nos acompañó. En la esquina me abrazó con una fuerza inesperada.

—Si consigo pasar a España, buscaré Pamplona.

—No me encontrarás. En 1940 todavía no he nacido.

—Entonces tendré que esperar.

—En 1979 serás un viejo.

—Tú también llegarás a serlo.

—Yo tardaré más.

—Eso crees ahora.

Metió una mano en el bolsillo y me ofreció la moneda que había guardado durante veinte años.

—Llévatela.

—Es tu ancla.

—No. Mi ancla son mi mujer y mi hija.

No acepté la moneda. Lucien la cerró en el puño.

Saqué el pañuelo. Al tocarlo, las puertas parecieron moverse. Una mostraba la muesca de mi bicicleta; en otra, la muesca estaba al lado contrario. Una olía a coliflor hervida. Otra, a cera de iglesia. Detrás de una creí escuchar a mi madre llamándome, pero pronunció mi nombre con una entonación que no era la suya.

—No sé cuál es —dije.

—Aún sí —respondió Armand—. No mires las puertas. Recuerda por qué quieres volver.

Cerré los ojos. Busqué mi habitación, el póster de Cruyff, la hebilla marrón de la bata. Busqué Calzados Ochoa. El nombre se resistió. Ochoa. Ochoa. O quizá Ollo.

Noté que Lucien agarraba el extremo del pañuelo.

—Solo un momento —dijo—. Quiero recordar la dirección. Si llegamos a Pamplona algún día…

No llegó a terminar. El portal tiró de mí.

Fue una fuerza brutal, distinta de la suavidad del primer viaje. Yo caí hacia una puerta mientras Lucien permanecía en la acera. La tela se tensó entre los dos. Escuché un desgarrón. Durante una fracción de segundo vi dos amaneceres: el de París, pálido y ocupado, y otro sobre los tejados de Pamplona.

Lucien se quedó con una esquina roja en la mano. Yo atravesé la puerta con el resto.

El zaguán me recibió de rodillas. La bombilla amarilla parpadeaba. Olía a humedad, a lejía y a una verdura cocida que podía ser coliflor o repollo. Permanecí allí un buen rato, abrazado al pañuelo roto, repasando los nombres del papel.

Pamplona. Tercero B. Calzados Ochoa.

Salí a la calle. Mi Orbea estaba en la esquina de Curia. El cielo tenía el mismo azul sucio de la madrugada anterior. Un camión de limpieza avanzaba hacia la plaza y el conductor era el mismo hombre, o se le parecía mucho. Toqué las piedras, el sillín de la bicicleta, el pañuelo. Todo estaba donde debía.

Entonces fuí corriendo hacia la calle Zapatería.

El escaparate de mi tío estaba a oscuras. Tras el cristal se distinguían las sandalias que yo había colocado unas horas antes, la horma de nogal, el cartel de rebajas. Todo idéntico.

Salvo el nombre. Sobre el cristal, en letras doradas, se leía:

**CALZADOS OLLO. COMPOSTURAS**

Me acerqué hasta empañar el vidrio con la respiración. Ollo. Cuatro letras. No Ochoa. Saqué el papel del calcetín. La tinta se había corrido con el sudor y el viaje. En la tercera línea ponía:

*Zapatería: O…o.*

Entre la primera y la última letra había una mancha azul. Podía decir Ochoa. Podía decir Ollo. Podía decir cualquier cosa que yo necesitara que dijese.

Golpeé el cristal hasta que el vecino del segundo abrió una ventana y me mandó callar. Mi tío llegó a las ocho de la mañana. Le pregunté cuándo había cambiado el rótulo.

—¿Qué rótulo?

—Antes ponía Ochoa.

—Aquí nunca ha puesto Ochoa.

Se rio, pero dejó de hacerlo cuando vio mi cara.

—Se llama Ollo por don Fermín Ollo, el hombre que me traspasó el negocio. Tú lo conociste, Iñaki. Te regalaba cordones para jugar.

Yo recordaba a un don Fermín. Un hombre con guardapolvo azul y aliento a anís. ¿Se apellidaba Ollo? ¿Ochoa? Cuanto más intentaba fijarlo, más se alejaba.

En casa, mi madre llevaba la bata marrón. El lunar estaba a la izquierda. Vivíamos en el tercero B. Me abrazó, me dio una bofetada y volvió a abrazarme. Era ella. Quise creerlo. Quiero creerlo todavía.

No le hablé de París.

Esa noche, al acercarse la medianoche, regresé a la esquina de Curia y Compañía. Digo que regresé, aunque me quedé al otro lado de la calle. El número 1 parecía cerrado. A las doce en punto la puerta se abrió unos centímetros y del zaguán salió olor a tabaco. También oí una música lejana. O tal vez era una radio encendida en algún balcón.

Tenía el pañuelo anudado al cuello. Le faltaba una esquina. Si entraba, podía averiguar si Lucien había escapado. Podía llevarle fechas, nombres, rutas. Podía advertir a otros. En 1979 conocíamos el final de muchas desgracias y yo, durante unos minutos, me vi cruzando una y otra vez, repartiendo el porvenir como quien distribuye octavillas clandestinas.

Luego miré hacia la calle Zapatería. Calzados Ollo.

Pensé en lo que podía cambiar en el siguiente regreso. El color de una bata. El lado de un lunar. Una puerta distinta en el tercer piso. Pensé en una mujer idéntica a mi madre que me abriría y me llamaría hijo, y en que yo tendría que besarla sin saber si había perdido a la otra para siempre.

La puerta permaneció entreabierta hasta las doce y cinco.

No crucé.

He tardado cuarenta y siete años en contar la segunda noche. Durante ese tiempo busqué a Lucien Lévy. Al principio en bibliotecas, periódicos viejos y listas que no sabía consultar; después, cuando el mundo entero cupo dentro de un ordenador, en archivos franceses. Encontré demasiados. Un Lucien Lévy fue detenido con su mujer y una hija en 1942. Otro se incorporó a la Resistencia cerca de Limoges. Otro atravesó los Pirineos y llegó a Lisboa. Las edades no coinciden del todo. Los nombres de las niñas tampoco. En un registro aparece una Madeleine; en otro, una Madeline sin segunda *e*. No sé cuál de ellos fumaba en aquel café. No sé si alguno era él.

La zapatería cerró hace muchos años. Sobre el antiguo escaparate hay ahora una tienda de recuerdos. Busqué fotografías, facturas, anuncios en la prensa. En unas imágenes el rótulo queda oculto por un toldo. En otras la luz borra las letras. Un recibo que conserva mi primo lleva el nombre de Calzados Ollo, pero está fechado en 1983. Mi tío murió convencido de que siempre se había llamado así.

Yo ya no estoy convencido de casi nada.

Conservo el pañuelo. El rojo se ha apagado y los bordes se deshacen. Le falta una esquina triangular, pequeña, como si alguien hubiese querido arrancar una muestra. Algunas noches lo acerco a la cara. Huele a armario, a polvo, a una fiesta lejanísima. De vez en cuando creo notar también tabaco rubio.

No volví una tercera vez porque comprendí que el precio de aquellos portales no era perderse en otra ciudad ni quedar atrapado en otro tiempo. Eso habría sido más sencillo. El precio era saber: saber lo que iba a ocurrir y tener que decidir a quién se lo contabas; saber que cualquier vida salvada podía apartarte un poco de la vida a la que querías regresar; saber que, al otro lado, siempre habría una puerta casi igual esperándote.

Y porque aquella madrugada regresé a Pamplona, sí. Pero desde entonces no ha pasado un solo día en que no me pregunte a cuál.

martes, 18 de agosto de 2026

El huésped

Llegué a aquella mansión el mismo treinta y uno de octubre, al caer la tarde de un día grisáceo. La aureola de leyendas que envolvía aquel lóbrego y apartado lugar, unida a un cierto deseo de descanso y meditación, me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad, inherente a mi extraño carácter, fue el detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía de ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles y se respiraba en él una atmósfera de recogimiento que desprendían tanto aquella mole de piedra como sus taciturnos habitantes: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos, y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su casa en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña temporada. Tal fue mi caso. Así pues, yo me encontraba allí en calidad de huésped.

Fue el criado quien salió a recibirme. Me llamó por mi nombre antes de que yo se lo hubiera dicho y, sin preguntarme nada, tomó mi equipaje y me condujo al piso principal.

—La habitación del señor está dispuesta —dijo solamente.

Apenas cené. El dueño me recibió un instante en el vestíbulo, embutido en una levita oscura y pasada de moda, me deseó una buena noche con una voz apagada y grave, y no volví a verlo. Temprano me retiré a mi cuarto.

Mas el sueño, inexplicablemente, no me llegaba, y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu, el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oír vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. En la oscura tiniebla de la habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, los murmullos, o el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos.

Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche. Con suavidad la abrí, y el chirrido de los goznes se escapó apenas, debido tal vez a su poco uso, como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frío golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los árboles y un fugaz resplandor. Luego nada: silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana. Me quedé inmóvil durante un rato, hasta que comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche; doce campanadas lentas, sordas… Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por aquellos lugares a propósito de aquel día.

Fue entonces cuando empezó a oírse el gotear. Un sonido pausado y monótono, en algún punto del techo, que atribuí a la lluvia y que ya no cesó en toda la noche.

De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, pues de lo contrario iba a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme y el corazón encogido por el miedo, me encaminé hacia la biblioteca. Un sudor frío recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. Los anaqueles estaban casi vacíos y sobre una mesa, solo, como si alguien lo hubiera dejado allí para mí, había un grueso volumen amarillento por el paso del tiempo.

De nuevo en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a hojearlo entre nervioso y preocupado. No era lo que yo esperaba. Las páginas no contenían relato alguno, sino una larga relación de nombres escritos a mano, cada uno con su fecha al margen, en tintas y caligrafías distintas, unas muy antiguas y otras no tanto. Pensé que se trataba del registro de huéspedes de la casa y que el anciano lo llevaría desde hacía muchos años. Aquella sucesión monótona de nombres ajenos acabó por adormecerme. Sin darme cuenta, mis ojos se cerraron y entré en un profundo sueño. Las horas pasaron lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin, las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron que me despertase. Abrí los ojos. Durante unos instantes no recordé dónde me encontraba. La vela se había consumido y el libro amarillento yacía abierto a los pies del lecho.

El silencio, sin embargo, seguía roto por aquel pausado gotear. Cloc. Cloc. Cloc… Instintivamente alcé los ojos y vi una mancha oscura entre las junturas de los pesados tablones del techo. Una gota se desprendió, cayó junto a mis pies y quedó allí, redonda y brillante. Me incliné y la toqué con la punta de los dedos. No era agua. Era sangre.

Sentí que el corazón se me detenía. Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando aquella gota roja. Después me incorporé y salí al corredor. Llamé al criado, primero en voz baja y luego con mayor fuerza, pero nadie respondió. La casa entera parecía deshabitada.

Al fondo del pasillo encontré la escalera que conducía al piso superior. Subí lentamente. Cada peldaño crujía bajo mis pies con el mismo sonido que tanto me había atormentado durante la noche. Al llegar al rellano comprendí que la habitación situada sobre la mía era la última del corredor. Su puerta estaba entreabierta. Empujé con suavidad.

El anciano se encontraba sentado ante un escritorio, con la cabeza caída sobre un hombro. Vestía la misma levita oscura con la que me había recibido unas horas antes. Pero aquel cuerpo no era el de un hombre muerto aquella noche. La piel se le había apergaminado sobre los huesos hasta adquirir el color de la cera vieja; el polvo se había asentado en los pliegues de la ropa y una tela de araña unía su hombro al respaldo del sillón. Le tomé una mano. Estaba helada y rígida, y no cedió.

Y sin embargo, junto a su sien se abría una herida estrecha de la que aún manaba la sangre, gota a gota, formando bajo el sillón un charco que se filtraba lentamente entre los tablones.

Sobre el escritorio había un libro abierto. Al reconocerlo retrocedí horrorizado: era el mismo volumen que yo había llevado a mi habitación y que, apenas unos minutos antes, había visto a los pies de mi cama. Estaba abierto por la última página, y solo entonces reparé en lo que la noche anterior no había sabido ver. Las fechas escritas al margen de cada nombre, todas ellas, sin una sola excepción, eran treinta y uno de octubre. La relación descendía año tras año, década tras década, hasta el final de la columna.

Al pie, con tinta todavía fresca, alguien había escrito mi nombre.

En aquel momento oí una voz en el piso inferior. Era la del criado.

—Señor, nuestro huésped ya se ha levantado.

Otra voz le respondió. Una voz apagada y grave que reconocí de inmediato.

—Muy bien. Dígale que lo espero.

Escuché entonces el golpe de un bastón contra el suelo y unas pisadas que comenzaban a subir lentamente por la escalera. Una… otra… otra más… Me volví hacia la puerta y aguardé, sin atreverme a respirar, mientras los pasos atravesaban el corredor y se detenían al otro lado.

—¿Ha descansado usted bien? —preguntó la voz del anciano.

La puerta permaneció cerrada. La voz no había llegado desde el corredor. Había sonado a mis espaldas.

Pamplona. Abril de 1982. Revisado en 2026


lunes, 17 de agosto de 2026

La cinta roja

¡Qué infinita tristeza la de aquella gélida tarde de diciembre! El día había discurrido, como casi siempre, con una monotonía parda, sin suceso ni color. Al caer la tarde encendí el fuego de la chimenea y, a ciegas, elegí un volumen cualquiera de entre los muchos que coronaban la vasta biblioteca del salón. Abajo, junto a la escalera, el viejo reloj de pared marcaba con testaruda puntualidad su tic-tac, tic-tac; solo ese latido de madera y bronce rompía el silencio de la casa. El fuego crepitaba con un gozo que no contagiaba a nadie.

La luna, redonda como una moneda de cal, dejaba entrever su blancura tras el paso errante de unas nubecillas de relieve extraño, que cruzaban su faz y se perdían, a intervalos, en la bóveda tenebrosa de donde habían surgido. El aire, abochornado en los recodos, crujía de pronto con ráfagas frías, como si un gigante invisible soplara contra los postigos.

¿Dónde estaba? ¡Qué desolado paraje! Ni una estrella, ni un canto, ni un rescoldo de vida. Silencio. Todo parecía envuelto en un halo de irreal fantasía. ¿Era un sueño? Llevé la mano a mis ropas: las sentí, sí; pero entonces…

Sin saber cómo me vi andando por un camino retorcido que hendía un bosque espeso, tan solitario como aquel trozo de luna, tan callado como una tumba. El ruido seco de mis pasos, el vaivén mismo de mi respiración, despertaron en mí un nerviosismo primero, una ansiedad después, una angustia inenarrable al cabo. Me detuve. Quise detener asimismo los latidos del corazón para escuchar el absoluto, el silencio sin grietas. Fue entonces cuando creí percibir, a mi espalda, un rumor extraño. No quise volver la cabeza; mas una fuerza, súbita y arrebatadora, me obligó a hacerlo. Respiré, aliviado: nada. El camino se perdía a lo lejos, como si se borrara solo.

Y, sin embargo, ante mí me aguardaba otra sorpresa. El sendero desembocaba en un claro abierto sobre una colina. En la cumbre, erguida con orgullosa desolación, una construcción dibujaba su oscura silueta contra el cielo más negro aún. Un murmullo, sofocado, me rozó el oído. Sentí un sudor frío, y el corazón se me contrajo como en puño. La angustia dio paso al miedo, y mis piernas, ya sin voluntad, temblaron como espigas al capricho del viento. Aquella mole de piedra, horadada por agujeros que querían parecer ventanas, agrandaba mi pavor con solo existir. El ansia de lo desconocido me empujó a acercarme a aquel torreón; mas, extrañamente, no hallé puerta alguna. Los vanos, dispuestos sin concierto, se abrían muy por encima del suelo.

De pronto el cielo se encendió. Una claridad breve, lechosa, iluminó cuanto alcanzaban mis ojos, y, tras ella, el más hondo de los silencios. Otra vez la blancura de tormenta sin descarga barrió el páramo. Permanecí inmóvil, mirando cómo la piedra verdinegra parecía encenderse por un instante. Juraría que vi, fugaz, una silueta asomarse a uno de aquellos vanos. ¿Fantasmagorías de mi imaginación? Dudaba aún cuando, de súbito, entre el hueco de una de esas oquedades, brillaron los dientes afilados del más feroz de los perros. Forcejeaba por ensanchar el agujero; metía sus patas negras entre las piedras como si la roca, por compasión o por horror, fuera a ceder.

Se me heló la sangre. Quedé clavado, testigo impotente de los nerviosos movimientos de aquel ser gigantesco y siniestro que luchaba por liberarse, por precipitarse sobre mí. En sus pupilas —dos carbones húmedos— se reflejaba la pálida luna. ¿Cómo decir lo que sentí? Un terror sin nombre me habitó de pronto, y con todo no había salido del estupor cuando mis ojos asistieron a la visión más fantasmal que jamás han visto ojos humanos. De otros vanos, en contraste luminoso con la profundidad oscura de la piedra, comenzaron a escurrirse unos brazos amarillentos, cadavéricos. Venían de lo profundo, de los avernos que no figuran en los mapas. No pude más. Quise correr, pero mis piernas no me obedecían. El animal, al fin, consiguió desclavarse del hueco y se lanzó como una sombra. No sé de dónde saqué bríos, pero eché a correr sin rumbo, con la torpeza del pánico.

Sobre unos riscos —en el horizonte, tenebroso— emergió la figura del perseguidor. Dondequiera que volviera la vista, allí estaba: lóbrego y fiel a su condena, guardián de infiernos y de insomnios. Torné al bosque, que me tragó con sus sombras, y entonces, por un instante, una visión tan dulce que parecía mentira me lavó de espanto.

Entre los troncos añosos apareció una joven hermosísima. Llevaba un vestido blanco, finísimo, casi un susurro. Sus cabellos, dorados, parecían luciérnagas; sus ojos, verdes, daban luz a su rostro. Una cinta rojiza ceñía uno de sus pies desnudos y humedecidos por la hierba. La delicadeza de su talle contrastaba con el tronco rugoso al que se apoyaba. Caminé hacia ella con prisa de náufrago, y cuando casi rozaban mis manos el aire que la envolvía, se desvaneció como niebla al sol. Quedé solo.

Mas volvió a aparecer, allá, sobre las agudas crestas de los riscos. Su mirada parecía llamarme. De perseguido me vi hecho perseguidor. En mi cabeza brotaron pensamientos que no eran míos, maquinaciones, deseos sin nombre. De pronto, sin saber cómo ni por qué, la vi nítida como nunca, sentada en el brocal de un pozo, silenciosamente hermosa.

Mis pies, por fin seguros, se encaminaron hacia ella como la alimaña a su presa cuando ya no hay escapatoria. No era un fantasma: el palpitar de sus pechos delataba la carrera reciente. Llegué. Mis manos, mansas, se extendieron. Una sonrisa, entre ingenua y maligna, se dibujó en su rostro, y entonces sentí cómo su talle se quebraba con brusca decisión; se dejó caer en el pozo y, en su caída, arrastró mis manos. Perdí el equilibrio. Caí en un abismo sin fin.

La oscuridad de la estancia era casi absoluta, rota tan solo por las brasas agonizantes de la chimenea. El libro yacía en el suelo. En mi mente confusa giraba un pensamiento único: ¿había sido un sueño? Las llamas ya no proyectaban mi sombra en las paredes. En la oscuridad habría querido sentir una presencia… ¡Deseo inútil! Al fin y al cabo, un sueño, me dije. Me incliné para recoger el volumen y, cuando iba a cerrarlo, vi —entre sus páginas amarillentas, oxidadas de tiempo— brillar, con la suavidad de la seda, una cinta de color rojizo.

Un escalofrío me recorrió entero. Era la primera vez que veía aquella cinta. Se me anudó la garganta; un sudor frío me perló la frente. El reloj de la escalera, con la dureza de un juez, dio tres campanadas: sonoras, secas, frías, eternas.

No quise mirar la ventana. Me pareció —o quise creerlo— que un resplandor blanquecino, parecido al de la luna cuando decide no marcharse, cruzó el cristal. Cerré el libro, y la cinta, obediente, quedó aprisionada dentro. El tic-tac volvió a erguir su pobre consuelo. En el hogar, una brasa se quebró con un gemido.

Aún hoy no sé si aquella noche viví o soñé. Pero cuando, días después, bajé al jardín y me detuve frente al viejo brocal, vi, en el verdín húmedo de la piedra, el rastro leve de unos pies descalzos… y, en el borde, como olvidada por una mano ausente, otra cinta igual, rojiza, que el viento no se atrevía a llevarse.
 
Pamplona. 1980-81. (1ª edición en 1993. 2ª edición o revisión en Octubre de 2025)

domingo, 16 de agosto de 2026

La casa deshabitada

Ya se oyen en el silencio nocturno, sobre el asfalto, 

los pasos del eterno caminante. 

Encorvada figura anónima. 

Eres uno y todos los hombres que en la tierra, cada día, 

bajo las estrellas, cada noche, 

viven y sienten el latir de la tierra madre bajo sus pies. 

 

Desconocido en todos los lugares por los que pasas, 

extranjero en ninguno, 

tu patria es la Tierra, 

tu pueblo la Humanidad. 

 

Ignoro tu destino, 

también tu procedencia. 

 

Yo soy ese desconocido caminante, 

que llega incluso a desconocerse a sí mismo. 

¡Extraña paradoja! 

 

Tiemblan en mi mente algunos pensamientos.

La carretera larga se pierde en el horizonte sin fin. 

Algún día llegaré, pienso. 

¿A dónde? 

Largo silencio.

Tiemblan cada una de las ramas 

de cada uno de los árboles, 

de cada uno de los montes de esta tierra; 

tiembla la tierra como un corazón gigante, inmenso.

 

El alba.

Un pueblo. 

Desordenado conjunto de casas ocre, 

alcázares de miseria, 

palacetes de cristal. 

 

Sobre las calles crece la hierba; 

en medio, una zarza roja; 

junto a esta, un ramo de flores azules… 

 

Y la gente?. 

Duerme, quizás. 

 

Los portones están cerrados: madera y hierro enmohecidos. 

Cubiertas de polvo, las ventanas cerradas. 

Silencio. 

 

Triste tañir de campanas. ¿Dónde? 

Al otro lado del valle, una pequeña ermita. 

Mortuorio sonido. 

 

La luz blanquecina del amanecer ilumina una vez más aquellas fantasmales casas. 

El pueblo se pierde atrás.

Sobre una loma, un cerro suavemente dibujado, 

a un lado de la carretera, 

a cierta distancia de aquella desolada aldea, 

una gran casa, una mansión. 

Paredes de piedra, sobriedad en las líneas, recortadas sobre el contorno.

 

He abierto con facilidad, con solo un leve empujón, la carcomida puerta que jalona el umbral y que todavía parece guardar antiguas reminiscencias señoriales. 

Un suave chirrido ha estremecido la quietud de la mañana: 

goznes crujientes, dormidos en su herrumbre por el abandono de este extraño lugar. 

Un tufillo a humedad y polvo, y a otros olores que no acierto a desentrañar, puebla el ambiente. 

Oscuridad rota de repente por la blanquecina luz que entra por el hueco de la puerta que acabo de abrir. 

Una telaraña sorprende con su cosquilleo al golpear mi rostro. 

Poco a poco la penumbra se diluye, permitiendo la visión, al menos superficial, de lo que en el interior de aquella mansión ha dormitado por los siglos de los siglos. 

 

Alguna silla caída sobre el suelo de madera. 

Las desnudas paredes, sin ornamento alguno. 

¡Qué sensación de soledad, de vacío, de desolación!

Nada.

La casa deshabitada.

 

He vuelto a cerrar la puerta con triste sonido, 

como quien cierra un sepulcro, 

como no queriendo romper el sueño de aquellos muros, 

que volverán a dormir en la oscuridad, de nuevo, por tiempo inmemorial, 

hasta que llegue un día otro caminante, 

algún curioso, 

unos niños 

—¡quién sabe quién!, ¡quién sabe cuándo!— 

a este lugar olvidado del mundo, inexistente.

 

La luz del alba ilumina un poco más aquel sombrío y solitario paraje… 

el caminante se pierde de pronto, 

desaparece en la nada, 

como si en realidad nunca hubiese existido.

 

Silencio.

Pamplona. Mayo 1982

viernes, 14 de agosto de 2026

Sugerencias y sensaciones

Este no es un relato convencional. Es un poema en prosa, sin rima, de 1983, sincopado o fragmentario, casi vanguardista, construido por ráfagas nominales, por una acumulación de sensaciones sueltas sin verbo, sin conectores, puro impresionismo escrito.  El texto es deliberadamente críptico. No cuenta, sugiere, da pinceladas —una tos, una concha, el sonido de seda rasgada, mil ojos que vigilan, el hielo que quema— y deja que el lector imagine y  componga la historia entre los huecos.
 
En una mañana oscurecida por nubes grises que corren empujadas por un viento frío, sale a las afueras de la diminuta y casi abandonada aldea —a la que ya no llega nadie— un viejo. Su pelo gris, sus pupilas cansadas miran al interior de un viejo bosque; un bosque cerrado, poco transitado, oscuro en su fondo, refugio cálido de silenciosos secretos antiguos, recuerdos teñidos de un agrio poso de amargura. 

Corría ocioso un joven del lugar por las verdes laderas del monte Rojo. Su nombre le venía por ser aquel el lugar por donde cada tarde se ocultaba el sol, dejando esa débil estela roja que cubría las verdes laderas de las montañas. Corría alegre, despreocupado. Se tumbó a la entrada del frondoso bosque. Cerró los ojos. Escuchó el silbido del aire mover las ramas y las hojas, el canto de los pájaros. Imaginó... fantasías, gozos inconfesables compartidos en aquel marco idílico con la más bella de las criaturas. Imágenes, fantasías en un pueblo olvidado, donde la prosaica realidad ofrecía pocas —por no decir ninguna— capacidad de plasmación. Volvió al pueblo más cansado que antes, más entristecido y ansioso. Transcurrieron días, tal vez semanas… 

Una mañana surgió la noticia. Había llegado a la aldea para pasar el verano, había llegado a aquel perdido rincón del universo. Impaciencia. Nerviosismo… Solía ella caminar todos los días, al atardecer y al mediodía, por un estrecho sendero que desde el pueblo llegaba y penetraba en el bosque; luego torcía a la derecha y se abría hacia un camino semiborrado por la vegetación, que descendía entre piedras al río, un río estrecho pero profundo que pocos metros antes se rompía en una bellísima cascada. Paseaba con un libro entre las manos. Solía leerlo bajo la agradable sombra de un árbol, en lo más profundo e intrincado del bosque. Nadie la interrumpía. Solo el difuso rumor de la vida que hervía entre los árboles. Refugio tranquilo. Seguridad. Placidez. Nadie le molestaba. Estaba sola. O al menos eso era lo que pensaba. 

En una de aquellas mañanas de verano él logró descubrir el exótico tesoro que hasta entonces le había sido vedado al azar. Aquella visión paradisíaca. Éxtasis. Bañaba su desnudez bajo la fría agua de la cascada, ajena a la indiscreta mirada del curioso que contemplaba gozoso sus secretos más hermosos y escondidos. Prosiguió sus paseos solitarios, sin saberse espiada, sin sentirse vigilada, pero al fin se produjo el descubrimiento. Descubrimiento casual en una de esas lecturas, bajo la filtrada luz del sol, entre las copas de los árboles. Rumores de hojas, rotos por el estallido de una tos que descubrió la presencia del intruso.  

Vergüenza. Reproches. Huida. Llamada. Preguntas. Silencio en la luz. Oscuridad entre las hojas. Conversación tenue. Amistad. Ya no pasea sola. Andan y charlan juntos hasta bien entrada la tarde. Tumbados, ríen cada palabra y callan. Solo se oye el rumor de los pájaros, el crepitar de la yerba que cruje.  

Regresó a la ciudad, y el tiempo pasó lánguidamente lento. Otoño. Las hojas caen, el bosque se desnuda lastimero, dejando ver a través de sus afiladas y secas ramas un cielo gris, monótono y tristísimo. Invierno frío. Recuerdo cálido del verano, ilusionado de que retornaría un año más tarde.  

Tarde anochecida. Sonido de seda rasgada. Ojos cerrados. Azul oscuro. Azul blanquecino en la tarde calurosa. Seda sobre la yerba verde humeante, humo del agua caída a la mañana. Cristalina lluvia del rocío en la alborada. 

Vigilan mil ojos en la tarde que oscurece. Tierra y cielo se unen en la oscuridad de esa noche. Frescura. Viento suave. De nuevo azul oscuro. Lágrimas. Un tronco cruje en el silencio de la noche estival y se rompe, cayendo al suelo con gran estrépito. Extraña, desconocido. Aurora. Ocaso. Pueblo en la noche. 

Un gato solitario pasea por la cornisa de un tejado, salta a la calle y se aleja del pueblo, se pierde, internándose en el bosque. Verano. Noche. Luna llena. Mirada larga y profunda. Calor tibio. Presagio de tormenta amanecida. 

El bosque recita un concierto de voces, gritos extraños, sonidos repentinos. Una hoguera sin apagar en un calvero. Crepitar de las llamas que se rompen en mil chispas sobre el negro trozo que se abre sobre los árboles, volando hacia lo alto. Iluminación tenue. El gato se mueve nervioso de un lado a otro de la temblorosa luz rojiza. Humo. Calor. Oscuridad. Humedad en la noche. Se escucha el ruido del torrente que corre tras los árboles, de la cascada que se desborda en el río. 

«Penumbra incierta en la esperanza de la noche.» Junto al oído se escucha el rumor de las hojas sacudidas por la brisa nocturna y el crepitar de las llamas. Calor. Las culebras se arrastran silenciosas, escurriéndose por entre las rendijas de las rocas, buscando su refugio oscuro. Agua. El agua se estremece en ondulaciones vibrantes por el contacto de las yemas de los dedos. Pez brillante, multicolor. Pececillos blancos, rosados, coloreados en la luz crepuscular, luchan, juegan escurridizos en el seno de las aguas. Juegos de amor entre las piedras blancas. 

 Llueve con fuerza. El agua resbala. Crujen las ramas. Se enredan. Se quiebran las raíces. Tormenta. Vendaval. Sed. Calor. La selva del bosque, crecida, enmarañada, se ha transformado. No se escucha el silencio de la noche. Sigue crepitando, sigue lloviendo, pero la hoguera no se apaga. La brisa fresca sigue soplando en la montaña, mas cuanto más cerca de la cumbre… Cerca de la cima se erige una cueva, escondida entre abundante vegetación. Una roca a la entrada se alza como un monolito majestuoso. Santuario. Hechizo mágico: rozando la piedra, la tierra tiembla y un relámpago ilumina el universo cósmico. 

Los días pasan. Curvas deshechas en cascadas doradas del atardecer apagan su sed en el agua fría del manantial. Lentas, ciñen su perfección en la aurora; desnudas, florecen. Tiembla el aroma de la flor abierta en la aurora. Nieve dorada, modelada por expertas, sabias manos. La nieve se endurece en el frío de la madrugada. Hielo caliente que quema las manos. Tormenta. Relámpagos sobre el agua, iluminando el espejo que fluye y siempre cambia. 

Se abre, se cierra la concha que un día arrojaste al fondo del río. Agua roja del ocaso, esmeralda de sus ojos reflejados, negra se convierte en la noche de sus pestañas. Ramas, troncos quebrados, rotos, flotan ondulando bajo la transparente luz de las aguas. El río seca. Hollando la tierra, apartando las ramas, bebiendo la fría agua en el hueco donde la culebra duerme. Suave y brillante palidez enrojecida. Cansancio. Abandono. Mira el cielo gris. Acércate a la luz. Mira. No disimules. 

Ha pasado el tiempo. Es otoño otra vez. Anochecer soñado. Ojos cerrados. Trigo dorado, movido dulcemente por el viento que mece sus espigas recién florecidas. El valle se oculta a tus ojos en el recuerdo. La lluvia del otoño cierra las grietas del estío reseco y árido. Amanece. Escalofrío de temor, de angustia. La hoguera está apagada. Invierno. Nevada. Los lobos aúllan. Sigue nevando. Se derrite la nieve. El torrente del río vuelve a sonar. Las flores se abren… y regresa el verano. Frío. Tormenta triste. Silencio. Nada. Abandono. Mies. Pajar. Sábanas blancas, frías en otoño.  

El otoño, último estertor del verano, esperó a octubre para el regreso definitivo. El tiempo corrió. Un año más. Otro verano. Desapareció. Viajó el joven a la ciudad en busca del recuerdo. El pueblo, el bosque, quedó solitario, quedó frío. Miraba los escaparates, los rótulos luminosos con atónitos ojos, las personas. Subía ascensores. Bajaba largos y profundos toboganes, escaleras mecánicas. Era fiesta. Subía en la noria, bajaba por las calles, artificialmente alegre, triste en su corazón. Sentía en su estómago esa mala sensación de bajar desde las alturas y de volver a subir a ellas. Y sentía un escalofrío recorrerle las espaldas. 

 Recordaba los largos paseos, la lenta humareda de la hoguera, la luna que alumbraba el espejo del agua e iluminaba los rostros en la noche, la conversación breve, el aire limpio, el silencio y también, tristemente, la huida sin previo aviso y la soledad. Los veranos, los tres últimos veranos. El tiempo borraba en el recuerdo. Ya no regresaría jamás. Se fue sin despedirse. Búsqueda inútil. Recuerdo dolorido. Miedo. Cuando volvía a la realidad se encontraba en un lugar cerrado, entre humo, ruido y extrañas caras. El verano acabó. Otoño. Invierno. Y así transcurrió largo tiempo, años. 

El viejo comprendía que fue solo un bonito sueño, un recuerdo que le marcó toda la vida. Imaginó el sueño que se convirtió en realidad, pero que como tal se desvaneció al despertarse ya en los umbrales de la muerte. 

El último otoño. Las hojas caían como siempre, pero aquel día cayó una hoja distinta: una hoja roja sobre un agua azul; el cielo estaba azul. Una hoja verde, sin palidecer por la amarillenta agonía de lo temporal, se hundió pesada en el seno profundo de las aguas. La hoja roja, quebradiza, desapareció volatilizada, mientras que sobre aquella hoja verde apareció una concha que se abría y se cerraba todos los veranos...

(En el mecanografiado original, los pasajes que aquí van en rojo estaban escritos con cinta roja: son los dos veranos del encuentro y del fuego. El resto —la soledad, la distancia, el tiempo— iba en negro. Se ha respetado esa arquitectura de color y el fraseo sincopado del original; solo se han corregido las erratas de máquina.).

Diciembre 1983

Larga espera

Hoy me sentía mal. Por eso decidí visitar el siempre incómodo y exasperante consultorio de la Seguridad Social. Me han asignado un frío número que me ha hecho presagiar una larga espera. Una seria y circunspecta señorita cumple, paciente, con su monótona labor. El papelillo ha ido directamente a guarecerse bajo el viejo plástico que protege la ya arrugada y amarillenta cartilla de asegurado.

Miro el reloj y empiezo a hacerme a la idea de que perderé allí toda la mañana. Doy unos pasos y atravieso largos pasillos hasta que doy con una puerta blanca en la que no aparece más que un número. Un pequeño rótulo debiera indicar el nombre del titular, pero nada de nada, y la pregunta se hace inevitable, necesaria: ¿es aquí el doctor X? —Sí, aquí es—, me contesta la desconocida persona a la que de improviso he interrumpido en sus pensamientos. Por un segundo, el resto de la concurrencia me ha escrutado; luego ha proseguido su habitual compostura.

Las sillas de la sala de espera están medio llenas. Me siento. Pasa el tiempo. He agotado todas las posturas posibles que uno puede adoptar. La vista ha recorrido una y otra vez las caras de los allí presentes. El panorama es variado, diferente y hasta divertido: una mujer de avanzada edad, arrugada y fea como pocas, escuálida y medio paralítica. A su lado, y en grotesco contraste, una señora voluminosa, exageradamente gorda, oronda en su mantecosa presencia. El anciano que está sentado junto a mí no carraspea; parece querer echar la bilis: a cada momento enrojece su rostro y su cuerpo se sacude en brutales espasmos, tales y con tanta frecuencia que llega a ponerme nervioso. A su lado, charlando con él en los intervalos que la tos frenética le permite, una mujer de mirada bovina y con un pronunciado tic nervioso en los ojos y la boca. Un poco más lejos está sentada una mujer con varios críos jugueteando a su alrededor. Su rostro ha perdido ya las no tan lejanas huellas de la juventud. Expresión cansada e irritada. Los chavalillos chillan y corren de un lado a otro, tropezando con las piernas de los allí sentados. Su madre les reprende a cada momento, si bien es cierto que con poco éxito. El más pequeño de los dos, un rubito pecoso y saltarín, se acerca a la puerta blanca y, agachado, mira por debajo de ella con el inocente objetivo de satisfacer su curiosidad. Aquel gesto espontáneo y atrevido sorprende a algunos, mientras que nos hace sonreír a la mayoría. Dos mujeres de mediana edad parlotean como cotorras; la conversación que mantienen —cotilleos e indiscreciones vecinales y familiares— es compartida por todos, tal es el tono de sus voces, entrecortadas además por las sucesivas y atropelladas intervenciones de ambas contertulias. Una joven de mi edad acaba de atravesar ante la concurrencia, y ha sido escudriñada por decenas de ojos, más si cabe por la nutrida representación masculina, pues la moza estaba verdaderamente de buen ver. ¿Qué extraño mal le aquejaría?, me he preguntado morbosamente. He seguido sus reacciones durante un rato y he comprobado parecido comportamiento al mío: cansancio y un cierto aire de incomodidad y «cuelgue».

La sala está llena y sigue llegando más gente. El silencio de los primeros momentos ha sido sustituido por un barullo de voces, risas, lloros y toses, conformando una extraña y a veces desagradable sinfonía. En todo aquel ambiente se percibe un fuerte olor a desinfectante, a humedad, a calentura y algunos otros indescriptibles. Por fin ha venido el flamante facultativo, trajeado y con su rimbombante compostura, y ha atravesado sin saludar la sala hasta llegar a la puerta blanca. Al rato ha salido otro doctor, que al parecer había finalizado su consulta y ha abandonado a toda prisa el edificio. Al poco han comenzado a desfilar los concurridos: enfermizos, débiles, hipocondríacos, maniáticos y demás fauna abundantísima, por otra parte, que poblamos este planeta. La puerta se abre y se cierra con cierta rapidez. Los números —que no personas— son despachados con un automatismo desprovisto de todo tinte humano. Mero trámite. La mayor parte sale de aquella inmaculada puerta provista de uno o varios papeles que serán canjeados en la farmacia más próxima por extrañas pócimas, jarabes, píldoras con las cuales curar los males de esa inmensa legión de enfermos que invade, un día sí y otro también, los consultorios de la Seguridad Social. Algunos sonríen satisfechos, porque confían en que la nueva curandería, los brujos modernos, pongan fin a sus dolencias más o menos reales o imaginarias; otros temen, están casi seguros de que dentro de muy poco volverán a visitar esas frías salas, perdiendo mañanas, consumiéndose en la larga agonía de una enfermedad más o menos grave.

La sala se ha quedado casi vacía cuando he salido de mi fugaz encuentro con el doctor X. El tiempo justo para entrar, saludar y relatar breve, sucintamente, mi cuadro clínico. Unos segundos, y el señor vestido de blanco ha empezado a tirar de talonario —de recetas, que no de cheques—, comentándome a la par que mi sintomatología es de lo más normal, una simple afección gripal, cito sus palabras, que desaparecerá en el plazo de dos o, a lo sumo, tres días. He salido con la sensación de ser una mera pieza en una larguísima cadena, una pieza con un número que se revisa superficial y automáticamente, como en una cadena de montaje de una fábrica cualquiera, y que se expide, se almacena, se maneja o se tira a la basura.

Abandono el consultorio y a esas pocas personas que permanecen resignadas desde primeras horas de la mañana, soportando una interminable espera. Abandono el sudor y el cansancio almacenado durante horas y me dirijo al fresco ambiente de la calle. Sigo sintiéndome mal, peor, pero tranquilo: no es nada, no es por esa afección —afectada terminología de facultativos que nos hablan en jerga incomprensible, cuando a un dolor de cabeza le llaman cefalea, a una diarrea veraniega, colitis, y a algunas averías funcionales, síndrome de tal—. Se debe, con toda seguridad, a esta larga espera.

Pamplona. julio 1984