Agua bendita en los rincones
para que no haya brujas ni sapalandrones.
Las brujas ya tenían su sitio en mi cabeza. Las había visto en los cuentos de las escuelas del Ave María, encorvadas sobre una olla o volando por encima de los tejados. Pero el sapalandrón era nuevo. Repetí su nombre varias veces, procurando que no se me escapara ninguna sílaba. Había algo en aquella palabra que parecía arrastrarse al pronunciarla.
Mi madre me dijo que se lo había oído a la suya. Así llegué aquel verano de 1970 a Fuentes de Nava con una pregunta para la abuela Teodora.
La casa de mis abuelos tenía, como ya comenté en "El ciclista nocturno" un pasillo de baldosas rojas y un patio estrecho con macetas una cocina con fogón y un corral. Durante el día todo era familiar. Al acostarme, los mismos muebles parecían haberse apartado unos de otros y dejaban entre ellos huecos que antes no estaban.
Fue junto a mi cama donde Teodora me habló del ensalmo. Se había quedado un momento después de arroparme. Llevaba un delantal gris sobre la ropa negra que vestía desde que murió su hijo Rafael. Le pregunté qué era un sapalandrón y ella repitió despacio los dos versos, con una naturalidad que me inquietó más que cualquier voz de misterio.
—Eso se decía antes, cuando se abría una casa que llevaba mucho tiempo cerrada.
Había que echar agua bendita en los rincones. También en las casas abandonadas, si alguien iba a entrar en ellas a vivir. La abuela lo contaba como quien explica dónde se guarda una llave o cómo se prende el fogón. Yo la escuchaba mirando el espacio entre la pared y el armario.
—¿Y qué hacía ese animal?
—Andar por donde no daba la luz.
Con lo que me contó y lo que puse yo, fui dándole cuerpo: mitad sapo, mitad salamandra, bajo y alargado, con las patas abiertas y la barriga rozando el suelo. Lo imaginé húmedo, aunque saliera de un rincón seco. Se deslizaba pegado a las paredes y se recogía en las esquinas, allí donde la escoba apenas alcanzaba.
Según ella, su aparición anunciaba algo malo. Una desgracia, quizá, o la cercanía de algún espíritu que aún no se había dejado ver. Quise saber si aquel espíritu entraba detrás del animal.
Teodora se acomodó el delantal antes de contestar.
—Tú no te preocupes. Esta casa está habitada.
Aquello me tranquilizó mientras estuvo junto a la cama.
Cuando salió de la habitación, empecé a escuchar.
Llegaban voces de la cocina, algún golpe de cacharros, el crujido de una puerta. Me gustaba reconocerlos. Cada ruido tenía a alguien detrás: mi madre, el abuelo, la propia Teodora. Después fueron apagándose y quedó ese silencio de las casas del pueblo que nunca acaba de estar vacío.
No sé cuánto tardé en oír el roce.
Fue breve. Algo que pasaba por el suelo, cerca del armario. Saqué una mano por encima de la sábana y encendí la luz, con la pera. El rincón estaba desierto. Desde la cama solo alcanzaba a ver el comienzo del hueco bajo el mueble.
Llamé a la abuela.
Teodora vino sin hacer preguntas. Le señalé el armario y me dio vergüenza explicarle lo demás. Se agachó, miró por debajo y permaneció así unos segundos. Yo esperaba que sacara un ratón, una zapatilla, cualquier cosa que explicara el roce.
Se levantó y salió al pasillo.
Regresó con un vaso. Hundió los dedos en el agua y dejó caer unas gotas en el rincón. Mientras lo hacía, murmuró el ensalmo. Luego pasó junto a la puerta y repitió el gesto.
—Ahora duerme.
Le pedí que se quedara un poco. Acercó una silla y se sentó a mi lado, con las manos descansando sobre el delantal. Todavía me parece sentir la cama cuando se inclinó para subirme la sábana. Me dormí oyendo su respiración.
A la mañana siguiente entraba luz en el cuarto. El armario había vuelto a ser un armario y por debajo solo se veía polvo. La abuela estaba en la cocina, ocupada en las cosas de siempre. No hablamos de lo ocurrido.
Todavía hay un detalle que me hace detenerme: yo había señalado el armario. La abuela echó agua también junto a la puerta.
Nunca llegué a preguntarle por qué.
