Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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jueves, 6 de noviembre de 2025

Sonaba en el patio “Aline”

En 3º de BUP el amor entró en mi vida con la discreción ruidosa de un rumor de pasillo. Fue tan simple como decirle a un amigo—“me gusta esa chica”—y tan irreversible como ver su nombre escrito junto al mio en la pizarra, junto a un corazón, escrito a todo correr. A los tres días ya era un secreto a voces: miradas que no se disimulan, codos que empujan, sonrisas de medio lado, comentarios con risita al pasar junto a mi pupitre.

Era espectacular. Más alta que la media para nuestra edad, de curvas generosas que, en la timidez confusa de los dieciséis, imponían tanto como deslumbraban. Ojos verdes almendrados, pelo castaño oscuro a media melena con la raya al centro, esa mezcla de serenidad y alegría que hace parecer fácil y llevadero hasta el lunes. Llevaba una parka marrón con forro y, debajo, un suéter blanco que yo habría podido reconocer a diez metros. Siempre con la sonrisa a punto. A veces imitaba un acento francés deliciosamente falso; otras jugaba a ser Nadiuska, con una impostación de diva que nos hacía llorar de risa.

Ese año, por alguna razón que desconozco, sonaban en las ondas dos canciones francesas "La quiero a morir" de Francis Cabrel y “Aline” de Christophe, una vieja y exitosa balada romántica de los años 60; cada vez que la ponían en el bar de enfrente, yo la miraba como si la canción la hubieran puesto por ella.

Al principio se sentaba delante de mí. Yo aprendí sus gestos mínimos: el mechón que se apartaba con el índice, el círculo que trazaba con la uña en la mesa cuando se aburría, la forma en que respiraba antes de contestar en voz alta o la de moverse en el asiento.

Mi cobardía estaba hecha de cosas pequeñas: tragaba saliva cuando la veía venir, ensayaba frases que se me deshacían en la lengua…, un miedo ilógico y absurdo a quedar ante ella en mal lugar. Yo me agarraba a cualquier excusa: “¿Me pasas los apuntes?” o “¿me pasas la goma?” que se alternaba con el juego del frio y el calor “¡Qué frío hace aquí!” decía cuando abría yo el ventanal en invierno o ¡Qué calor!—y se abría un poco el cuello del jersey para reír—; “¿Adónde vas tan rápido?”—me interpelaba cuando yo, cobarde, enrojecía y huía hacia el pasillo antes de decir nada que me comprometiera. Mis miradas indiscretas me delataban. Y de ellas eran conscientes tanto ella como sus amigas. 


En casa, viví una comedia paralela. El día que me crucé con ella cerca de la plaza de toros y la saludé, mi padre me miró con esa sonrisa de adulto que cree que no sabes que te está observando: 


—¿Y esa compañera quién es? Vaya… bombón. 


Yo me encogí de hombros como si hablara del parte del tiempo. Mi hermano, en cuanto olió cuitas sentimentales, me taladró un montón de días con la canción de “La mochila azul” de Pedrito Fernández, aquella canción que arrancaba con el “¿qué te pasa, chiquillo?” y me dejaba vendido antes del desayuno, demostrándome una vez más que no hay tortura más fina que la de los que te quieren. 


En clase, el juego seguía. Ella tenía ese don de hacer grupo: éramos tres chicas y yo, el chico, junto a veces el amigo indiscreto. Muchos días no salíamos al recreo; nos quedábamos charlando en el interior del aula. Hablábamos de canciones, de exámenes, de películas que no habíamos visto, de la vez que el bedel le dijo a un repetidor que ya tenía edad para votar. Ella reía; y cuando reía, se reía todo el grupo con ella.

Los corazones también aparecían en la mesa, trazados por el amigo indiscreto mientras hablábamos. Yo procuraba seguir la conversación, aunque aquellos dibujos me devolvían a la pizarra y a los dos nombres que alguien había escrito juntos. 


Un día, mientras el grupo charlaba, se comió mi bocadillo. Fue un gesto sencillo, hecho con la confianza de quien está entre amigos. Yo la miraba llevarse el pan a la boca y perdía el hilo de la conversación. Alguien decía algo, los demás se reían, y yo llegaba tarde a la risa porque aún estaba pendiente de sus labios. 


Dos veces se le cayó el bolígrafo o lo tiró a propósito y las dos fui a recogerlo. Al incorporarme, las sonrisas de ella y de sus amigas me hacían pensar que me había perdido algo. 


—¿Qué pasa? —pregunté. 


—Si digo algo, me mata —contestó una de ellas. 


La amiga volvió a mirarla. Ella sonreía, y yo me quedé esperando una explicación que no llegó. Después le daba vueltas a aquella respuesta, sin saber qué pensar. 


Hubo también una mañana de nieve. Salimos al patio y acabamos en una batalla de bolas blancas, entre gritos y carreras. Yo la buscaba entre las voces; en cuanto la encontraba, tardaba en lanzar la mía. Ella se reía, se escapaba, y yo seguía mirándola. Aquel patio era el mundo entero, y durante un rato no tuve que pensar en qué decirle. 


Otro día la batalla fue de tizas, dentro del aula. Los trozos cruzaban entre los pupitres y dejaban polvo en la ropa. Entre las risas y el alboroto, yo seguía pendiente de dónde estaba ella, de si me miraba, de si iba a lanzar hacia mi sitio. 


Llegó la fiesta de fin de curso en la Ciudad Deportiva Amaya. Me repetí hasta creérmelo que esa tarde iba a sacarla a bailar. Dos palabras y media: “¿Bailas conmigo?” La vi entrar—la parka en el brazo, el suéter blanco, el pelo más suelto—y sentí el cuerpo darme ese permiso raro que dan las grandes ocasiones. Di un paso. Otro. La música bajó a un lento de los que ponen a prueba la respiración, y entonces ocurrió lo previsible: él, un chico de nuestro curso con el que ella nunca había hablado, se acercó por su lado, dijo algo breve, hizo un gesto natural; ella asintió. Bailaron. Yo sostuve todo el tiempo un vaso con hielo como si se me fuera a derretir el corazón dentro. 


No pasó nada dramático. Pasó lo que tenía que pasar cuando el miedo gana por la mínima. Ella volvió al corro de las amigas, la bola siguió repartiendo pedacitos de luz, y la vida se me llenó de condicionales: si hubiéramos hablado claramente, si habría sido más decidido, si. 


En COU la coreografía cambió y fue peor: ahora yo me sentaba delante y ella detrás. La sentía reírme en la nuca, apoyarse con suavidad en el respaldo, arrastrar la silla medio centímetro hacia mí cuando empezábamos a hablar y, sin embargo, el mundo seguía sin moverse del sitio. La escuchaba respirar antes que hablar, y a veces me giraba para encontrarme con su mirada directa. A veces con un roce era suficiente: un contacto leve que me dejaba pendiente de ella durante el resto de la clase. Yo miraba al frente, pero toda mi vida estaba a mis espaldas. 


El mundo, con su ironía perfecta, puso a medio metro lo que yo no sabía alcanzar. El invierno olía a tiza y a radiador, y nosotros dos, en el hueco que dejaban los que bajaban al patio, hablábamos bajito, aprovechando que el aula se había quedado vacía. 


A veces, de espaldas a mí, soplaba bromeando hacia mi nuca y decía: “Frío polar”, y yo, sin girarme, contestaba: “Calor ecuatorial”, y los dos reíamos, cómplices de un idioma que no pasaba por la palabra te quiero. 


Otras, cuando yo me levantaba sin decidirme, volvía a dejar caer aquella frase de: “¿Adónde vas tan rápido?”, y ese tirón suave me sentaba otra vez, prometiéndome a mí mismo que sería la próxima vez.
Un jueves, justo al timbre, me dijo en ese acento francés inventado: 


—Mon ami, ¿vendrás a la soirée del viernes? 


—Si vas tú —respondí, creyendo ser osado. 


—Alors voy —se rió, y la erre sonó a promesa pequeña.


Las frases con segunda intención nos sostenían: eran nuestros puentes levadizos. Había tardes en que me miraba como se mira a alguien que te cae bien; otras, como se mira a alguien que podría caerte aún mejor. Yo sobrevivía en ese intermedio: el país del casi.

Había recados, insinuaciones, frases que pasaban de una amiga a otra y terminaban llegando hasta mí. Por la noche las repetía, intentaba recordar cómo las habían dicho, qué cara había puesto ella al escucharlas. Les buscaba otro sentido, una promesa que quizá no hubiera sabido entender. A la mañana siguiente volvía a verla y ya no estaba seguro de nada.


A veces pienso que aquel primer amor no se frustró; simplemente eligió su forma. Fue una religión sin milagro, un verano que se quedó en primavera, una lengua que dominamos en el modo subjuntivo. En los últimos meses del curso, las palabras equívocas vinieron de su entorno: ella quiere hablar contigo. Pero no me atreví a dar el paso. Preferí alimentar ese amor en secreto por miedo al rechazo.


Hoy daría los años por una de aquellas mañanas: la puerta a medio abrir, su silla junto a mí, su voz tan baja. Entre su mano y la mía quedaba apenas aire, una distancia que se podía cruzar sin levantarse. Yo la llenaba de cosas que jamás le dije.

Hay días—lo confieso—en que vuelvo a esa clase de 3º. Ella delante, yo detrás. O ella detrás, yo delante. No salimos al recreo. Nos quedamos hablando. Ella junta los dedos sobre el borde del pupitre, inclina la cabeza, y juega a ser francesa: 


—Dime, mon ami, ¿qué te pasa, chiquillo? 


A veces vuelvo al aula en la cabeza. En la ventana entra una luz que tiembla; se oye, de fondo, un bote de balón en las pistas; alguien discute en el aparcamiento por una plaza. Ella está delante y luego detrás. Y cuando yo “me abro” pretendiendo salir de una situación incomoda suelta una risita y dice: “¿Adónde vas tan rápido?”. Y yo, que entonces no me atreví, ahora me doy la vuelta y digo, por fin, lo que siempre quise decir, en el idioma que hablábamos: 


—Me quedo. Y si quieres… bailamos.