No granate ni carmesí ni del color oscuro de la sangre seca, como le sugirieron alguna vez quienes escucharon la historia y quisieron enriquecerla con palabras que no le pertenecían. Rojo. Sencillamente rojo. Un rojo vivo que se encendía cuando las luces de la verbena pasaban sobre ella y se apagaba, un instante después, al quedar el cuerpo de la muchacha bajo la sombra de los plataneros y acacias de la plaza.
De otras cosas no estaba tan seguro.
No recordaba el día exacto de aquellas fiestas, aunque debía de ser el diez o el once de julio de 1984. Tampoco habría podido precisar qué orquesta tocaba en la plaza del Castillo, ni cuál fue la canción que estaban interpretando cuando la vio aparecer entre la multitud. Durante un tiempo creyó que era una de Mecano. Después estuvo convencido de que se trataba de una balada italiana. Años más tarde, al escuchar en la radio una canción de la que ya se había olvidado, sintió un golpe dentro del pecho y decidió que tenía que ser aquella. Pero la certeza apenas le duró hasta que terminó el estribillo.
Solo el vestido permanecía. Y las manos. Sobre todo, las manos.
Él tenía 21 años y llevaba un pañuelo rojo mal anudado al cuello. Había bebido más de lo que acostumbraba, aunque menos de lo que admitiría al día siguiente. Sus amigos se habían dispersado por la plaza. Uno bailaba con una mujer bastante mayor que él; otro discutía cerca del quiosco con dos franceses acerca de una botella que ninguno recordaba haber comprado. El resto habría bajado a Jarauta o estaría intentando entrar en algún bar de San Nicolás. A esas horas, la ciudad era una sucesión de rostros sudorosos, camisas blancas convertidas en mapas de manchas y voces que trataban de imponerse a la música sin conseguirlo.
Él se había quedado solo junto a uno de los jardines, sosteniendo un vaso de plástico en el que ya no quedaba más que un dedo de cerveza tibia.
Entonces la vio.
No fue una aparición. Nunca empleaba esa palabra al contarlo. Las apariciones surgen de la nada, atraviesan paredes o se presentan en mitad de una habitación cerrada. Ella, en cambio, tuvo que abrirse paso entre la gente. Avanzó de costado, protegiéndose con los brazos, mientras un hombre con sombrero de paja daba vueltas delante de ella y una cuadrilla intentaba bailar formando un corro. Primero vio su hombro desnudo. Luego una parte del vestido. Finalmente, el rostro.
Era morena. O eso creyó durante algún tiempo.
Quizá tuviera el pelo castaño.
Quizá fuese rubia y la luz de las bombillas lo oscureciera.
Lo miró. Él apartó los ojos. Cuando volvió a buscarlos, ella seguía observándolo.
Nunca supo quién dio el primer paso.
En algunas versiones, las más antiguas, decía que había sido él quien se acercó. En otras, ella apareció de pronto delante de su vaso vacío y extendió una mano. Con los años terminó por aceptar que no recordaba ese momento. Entre verla a varios metros de distancia y sentir su cuerpo junto al suyo había un hueco, un pequeño corte en la película de la memoria.
Bailaron.
La plaza estaba abarrotada, pero alrededor de ellos pareció abrirse un espacio suficiente. No era cierto, por supuesto. Tropezaron varias veces con otras parejas. Alguien derramó una bebida sobre los zapatos de ella. Un joven los empujó al pasar y él tuvo que sujetarla por la cintura para evitar que cayera. Sin embargo, cuando recordaba aquella noche, todo eso ocurría lejos, al otro lado de un círculo invisible.
Ella apoyó una mano en su hombro.
Él puso la suya en su cintura.
Con la otra mano se buscaron torpemente, entrelazando los dedos durante unos segundos y separándolos después porque aquel gesto resultaba demasiado íntimo para dos desconocidos.
Intentaron hablar.
Ella acercó la boca a su oído y dijo algo.
Él oyó únicamente el estrépito de la batería, el metal de los instrumentos y las voces de centenares de personas cantando a destiempo. Le pareció entender una pregunta y respondió que sí, aunque no sabía a qué. La muchacha sonrió. Volvió a decir algo y esta vez señaló hacia uno de los extremos de la plaza.
Él negó con la cabeza para indicar que no la había comprendido.
Ella se puso de puntillas, acercó de nuevo los labios a su oído y gritó. El aliento le rozó el cuello. Tampoco entonces entendió las palabras.
No importaba.
Durante aquella canción no importó nada.
El cuerpo de la muchacha se acomodó al suyo con una naturalidad que lo desconcertó. Él sintió el roce del vestido contra las piernas, la presión leve de los dedos sobre su nuca, el calor de su palma. Olía a colonia y a fiesta. También a lluvia, aunque aquella noche no había llovido. Tal vez ese olor procediera de los jardines recién regados o de la tierra húmeda de los parterres. Tal vez lo añadió después, cuando necesitó que aquel recuerdo poseyera un aroma propio.
Ella cerró los ojos.
Él tuvo entonces la sensación absurda de que llevaba toda la vida esperando aquel gesto.
No pensó que estuviera enamorado. A los veintidós años todavía sabía distinguir el deseo del amor, o al menos creía saberlo. Lo que sintió fue algo menos solemne y más perturbador: la certeza de que aquella mujer no era del todo desconocida. No porque la hubiera visto antes, sino porque parecía pertenecer a una parte de su vida que aún no había sucedido.
Quizá por eso tuvo miedo.
Cuando terminó la canción, la muchacha no se apartó. La orquesta enlazó con una pieza más rápida y durante unos instantes intentaron continuar juntos, pero el ritmo rompió la intimidad del baile. Ella se echó a reír. Él también. Ahora se movían de cualquier manera, chocando las rodillas y levantando los brazos. Alrededor, la multitud saltaba.
Volvieron a hablar sin oírse.
Él le preguntó cómo se llamaba.
Ella respondió.
Durante el resto de su vida creyó que el nombre empezaba por ele. Laura, quizá. O Lucía. A veces, sin saber por qué, pensaba en Leonor. Pero también podía haber dicho que era Lola, o que venía de Logroño, o que deseaba marcharse de allí.
Él se señaló el pecho y pronunció su propio nombre.
—Andrés.
Ella inclinó la cabeza, sin entenderlo.
Lo repitió.
Entonces asintió y dijo algo parecido, aunque pudo haberlo llamado Ángel. La música había borrado las palabras antes de que llegaran a existir entre ellos.
Aparecieron dos muchachas. Una de ellas agarró a la desconocida por el brazo y le habló con urgencia. La del vestido rojo protestó. Hubo una discusión breve, compuesta de gestos que Andrés no supo interpretar. La amiga señaló hacia Chapitela. Después se volvió hacia él y lo examinó con manifiesta desconfianza.
La muchacha le tocó el pecho con la punta de los dedos.
—Tengo que… —alcanzó a oír Andrés.
El resto se perdió bajo un golpe de trompeta.
Ella señaló otra vez en dirección a la calle Chapitela. Luego se acercó y le dio un beso. No en la boca, como afirmaría alguna vez después de beber demasiado, sino muy cerca, en la comisura de los labios. Un beso rápido y húmedo que podía ser una promesa o una despedida.
Las dos muchachas se alejaron.
La del vestido rojo se volvió una vez.
Andrés levantó la mano.
Ella hizo un gesto que él no comprendió. Tal vez le pidió que la siguiera. Tal vez solo volvió a despedirse.
Y él se quedó quieto.
Nunca supo por qué.
Podría culpar a la cerveza, al desconcierto o a la cobardía. Podría decir que esperó a que regresara, que pensó que iba a acompañar a su amiga hasta algún portal cercano. La verdad era más sencilla: no supo si tenía derecho a seguirla. Temió equivocarse, irrumpir en una historia a la que no había sido invitado. Se dijo que, si ella quería volver, volvería. Se dijo que la ciudad era pequeña. Se dijo muchas cosas que parecían razonables mientras veía desaparecer el vestido entre una masa abigarrada de figuras vestidas de blanco y rojo.
Pasaron cinco minutos.
Después, diez.
La orquesta empezó otra canción.
Andrés dejó el vaso en el suelo y fue hacia Chapitela, pero ya no la encontró. Bajó hasta Mercaderes, regresó por la plaza, se asomó luego a Espoz y Mina y recorrió dos veces San Nicolás. Buscaba una mancha roja en una ciudad que había adoptado precisamente esos dos colores: el blanco de las camisas y pantalones y el rojo de los pañuelos, las fajas, y las chaquetas anudadas a la cintura.
La vio una docena de veces.
Ninguna era ella.
Al amanecer regresó a casa con el beso todavía húmedo en el recuerdo y los dedos cerrados alrededor de una mano que ya no estaba.
Durante los primeros días esperó encontrarla de nuevo.
Volvió a la verbena la noche siguiente. Y la otra. Recorrió los bares de la calle San Nicolás y permaneció largas horas en la plaza, atento a cualquier vestido rojo. Miró incluso las fotografías que publicaron los periódicos después de las fiestas. En una de ellas creyó distinguirla al fondo, parcialmente oculta tras un hombre que levantaba una botella. Guardó el recorte durante años, hasta que la tinta se borró y el rostro de la muchacha se convirtió en una sombra.
Después dejó de buscarla en la ciudad y empezó a buscarla en su imaginación.
Al principio reconstruía únicamente lo que debería haber hecho aquella noche.
La veía alejarse por Chapitela. En esta segunda versión, Andrés no levantaba la mano ni esperaba. La seguía. Alcanzaba a las dos amigas a la altura de Mercaderes y tocaba a la muchacha en el hombro. Ella se volvía sin sorpresa, como si hubiese sabido que él aparecería.
Caminaban juntos.
Las amigas se adelantaban y acababan por desaparecer. La música de la plaza quedaba atrás. Bajaban por Curia o se perdían por Calderería, en unas calles estrechas que la madrugada iba vaciando poco a poco. Podían hablar al fin, aunque Andrés jamás consiguió imaginar la voz de ella. En sus reconstrucciones, las palabras existían, pero carecían de sonido.
Ella le decía su nombre.
Él lo entendía.
Luego llegaban hasta algún portal. A veces era un piso compartido con estudiantes. Otras, una buhardilla pequeña, con un colchón en el suelo y un balcón desde el que se veían los tejados. En las versiones más pudorosas no sucedía nada. Se quedaban sentados en la cocina, bebiendo agua y fumando hasta que el cielo clareaba. En otras se besaban contra la puerta antes incluso de encender la luz.
A la mañana siguiente desayunaban juntos.
Ese desayuno fue creciendo con los años hasta adquirir una precisión que nunca tuvo el baile. Había dos tazas desparejadas, una cafetera quemada y un plato con churros que alguien había comprado al amanecer. Ella se sentaba frente a él todavía con el vestido rojo, descalza, con el maquillaje corrido y el pelo recogido de cualquier manera. Se reían de la noche anterior. Bebían café en silencio. Compartían una resaca llevadera, casi feliz.
Durante una temporada la historia terminaba ahí.
Luego Andrés empezó a prolongarla.
Imaginó que se daban sus números de teléfono, aunque ninguno de los dos tenía teléfono propio y él debía llamar al de la casa de sus padres. Imaginó las primeras conversaciones, vigiladas desde el pasillo por una madre indiscreta. Las citas de los domingos. Los cines. Las tardes de lluvia. Las discusiones inútiles. Una separación de tres semanas y una reconciliación en la estación de autobuses.
Cuando cumplió treinta años ya había vivido con ella una relación completa.
La desconocida se instaló en un piso sin ascensor que Andrés situaba unas veces en la Rochapea y otras cerca de la avenida de Zaragoza. Compraron muebles baratos. Pintaron juntos las paredes. Ella quiso dejar una habitación de color amarillo y él protestó, aunque terminó aceptando. Tuvieron un hijo, o dos, dependiendo del momento en que Andrés retomara la historia. Atravesaron épocas de escasez, enfermedades, domingos aburridos, vacaciones breves en campings de la costa. Perdieron a sus padres. Cambiaron de trabajo. Se fueron haciendo mayores.
La vida imaginada no era perfecta.
Discutían.
Ella le reprochaba su silencio. Andrés se quejaba de que nunca terminaba las frases. A veces dormían de espaldas. Una vez estuvieron a punto de separarse por una infidelidad que él nunca llegó a precisar cuál de los dos había cometido. En otra versión, era ella quien enfermaba y él quien aprendía a cuidarla. También podía ocurrir al revés.
Mientras tanto, Andrés vivió su vida verdadera.
Trabajó en una gestoría. Se casó con una mujer llamada Marisa, a la que quiso de una forma serena y desapasionada, sin música de orquesta ni vestidos encendidos bajo las bombillas. Tuvieron una hija. Compraron un piso. Viajaron poco. Discutieron por dinero, por los horarios y por el carácter de la niña. Hubo años buenos y otros que pasaron sin dejar apenas huella.
Nunca habló a Marisa de la desconocida.
No porque se sintiera culpable, sino porque ignoraba qué lugar ocupaba aquella mujer. No era un antiguo amor. Ni siquiera podía asegurar que hubiese existido tal como la recordaba. Era más bien una puerta que no había abierto, y nadie cuenta en la mesa familiar las habitaciones que imagina al otro lado de las puertas cerradas.
Sin embargo, algunas noches, mientras Marisa dormía a su lado, Andrés regresaba a la plaza del Castillo.
No lo hacía para corregir su vida. Tampoco para sustituir a su mujer. Simplemente volvía al instante en que el vestido rojo se alejaba hacia Chapitela y se preguntaba qué habría ocurrido si hubiera echado a andar. Entonces la existencia imaginaria retomaba su curso exactamente donde la había abandonado.
La desconocida envejeció con él.
Fue perdiendo la cintura, se cortó el pelo, necesitó gafas para leer. En las últimas versiones llevaba una pequeña cicatriz junto a la ceja, consecuencia de una caída que Andrés inventó una noche de insomnio. Solo sus manos permanecieron intactas. Cada vez que trataba de recordar su rostro, los rasgos se volvían imprecisos; en cambio, aún sentía los dedos cerrándose sobre los suyos y aquella palma caliente apoyada en su nuca.
Marisa murió poco después de cumplir 52 años.
Durante los meses siguientes, Andrés no imaginó a la mujer del vestido rojo. El dolor verdadero ocupaba demasiado espacio. Comprendió entonces que una vida inventada puede acompañarnos, consolarnos incluso, pero no sabe preparar una habitación de hospital, recoger la ropa de un armario ni decidir qué hacer con un cepillo de dientes que nadie volverá a utilizar.
Pasaron tres años.
Una noche de julio, Andrés regresó a la verbena.
No había vuelto desde hacía mucho tiempo. La música era distinta y también lo era la gente, aunque la plaza seguía oliendo a cerveza, a sudor y a tierra húmeda. Se quedó junto a los jardines, en un lugar que creyó reconocer. No sabía si era exactamente el mismo. A su edad, los escenarios de la juventud encogían o cambiaban de sitio.
La multitud se abrió por un instante.
Vio un vestido rojo.
Su corazón dio un golpe ridículo, impropio de un hombre de 56 años. La mujer caminaba hacia Chapitela. Solo alcanzó a ver su espalda, el pelo oscuro y una mano que apartaba a la gente.
Andrés empezó a seguirla.
Esta vez no dudó.
Avanzó con dificultad, disculpándose cuando empujaba a alguien. La perdió cerca de la salida de la plaza y volvió a encontrarla unos metros más abajo. Ella caminaba deprisa. Andrés también, aunque enseguida le faltó el aire.
La alcanzó en Mercaderes.
—Perdone —dijo, tocándole el hombro.
La mujer se volvió.
Tendría poco más de veinte años.
Lo miró con sorpresa. Luego con prevención.
Andrés bajó la mano.
—Discúlpame —murmuró—. Te he confundido con alguien.
La joven sonrió por cortesía y siguió su camino.
Él permaneció quieto en mitad de la calle, viendo cómo se alejaba. No sintió decepción. Tampoco tristeza. Solo un cansancio muy antiguo que, por alguna razón, resultaba dulce.
Comprendió que nunca había conservado el recuerdo de una mujer, sino el de una decisión. El vestido, el beso, el nombre ahogado por la música: todo había servido para dar cuerpo a aquel instante en que pudo seguirla y no lo hizo.
Sin embargo, mientras regresaba a la plaza, pensó que quizá se había equivocado también en eso.
Porque la había seguido.
No por Chapitela ni por Mercaderes, no aquella madrugada de 1984, sino a través de los años. La había acompañado hasta un piso inexistente, había desayunado con ella, había compartido su cama, sus hijos posibles, sus enfados y su vejez. Habían vivido juntos una vida entera que no había ocupado un solo día del calendario.
La orquesta comenzó a tocar una canción lenta.
Andrés se detuvo.
A su alrededor, las parejas se buscaban. Unas se abrazaban con torpeza; otras bailaban separadas, riéndose. Cerró los ojos y extendió ligeramente la mano, como si alguien pudiera tomarla entre la multitud.
Entonces volvió a sentir aquellos dedos.
La presión leve.
La palma caliente.
El cuerpo de una desconocida acomodándose al suyo mientras las bombillas de colores giraban sobre la plaza.
No oyó ninguna palabra.
Solo la música.
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