Un tren. Había subido a un tren, en apariencia ni mejor ni peor que otro, lleno de gente diversa, caras desconocidas que escrutaban mi rostro con desinterés, con aburrida ceremoniosidad, mientras el convoy traqueteaba y agitaba levemente nuestros cuerpos. Cuando el grupo de caras extrañas hubo advertido mi presencia, cada uno regresó a su ocupación: leían, hablaban o miraban por la ventana.
Llevábamos demasiado tiempo... cuántas horas, tantas que me había quedado dormido. Al despertar, comprobé que mis acompañantes habían desaparecido. El tren acababa de cruzar un oscuro y larguísimo túnel. Me levanté, salí al pasillo. El largo corredor estaba vacío. Pasé a otro vagón y me encontré con un ambiente distinto, transfigurado por el lujo y la magnificencia. Miré hacia atrás: la puerta se había cerrado. Intenté levantar el picaporte para regresar, pero lo pensé mejor y decidí ver algo más.
En este vagón no había corredor. Era todo una pieza: en un extremo, una barra; y, bien ordenadas a lo largo y ancho de la estancia, dos docenas de mesas, frente a las cuales estaban sentadas buen número de personas. Nadie reparó en mí. Cada cual siguió su conversación o su solitaria meditación. La curiosidad me empujaba a seguir adelante. Creía que mi presencia no había interesado a nadie cuando, de repente, de entre el anónimo grupo partió un gesto, un ademán. No lo vi: lo intuí. Me encontraba al final del vagón. Instintivamente abrí la puerta y eché a andar deprisa. Temía. ¿Qué temía?
Alguien, un desconocido, había advertido mi presencia. Sentía como si me persiguieran, pero ¿por qué?, ¿para qué? Lo ignoraba, y esa ignorancia hacía más absurdo y más inquietante mi temor. Ante mí se abría ahora un largo corredor. Seguí andando, casi corriendo, atravesando más corredores, más vagones, más puertas y entrepuertas que se abrían y se cerraban en medio de los pasillos. No deseaba mirar atrás —a menudo queremos desconocer la verdadera cara de lo que nos aterra—, pero lo hice.
Volví el rostro y no logré reconocer a mi perseguidor: una silueta anónima, sin identidad, que andaba tras mis pasos. O tal vez eran más. Alguien de aquel vagón. Me pareció reconocer a una persona. Pero ¿a quién? La persecución se eternizaba en el tiempo y en el espacio.
Mi único deseo, en ese momento, era saltar del tren. Huir, saltar aunque fuera en plena marcha. Ellos lo sabían, y por eso me vigilaban, me perseguían. Puertas y más puertas, de cristal, de madera, de todos los tipos y colores. Penetré en uno de los compartimentos. Se acercaban demasiado. Me escondí tras la puerta, en una esquina, conteniendo la respiración. Ellos se detuvieron de repente, en plena carrera, justo delante de donde yo estaba. Se alejaron. Reemprendí la huida por un largo pasillo, como un túnel sin fin.
A medida que transcurría el tiempo, el espacio se transformaba, y ahora, a un lado del corredor, se veía una bellísima vidriera con motivos diversos, grabados en distintos colores: rojos, negros, blancos, verdes... No recordaba su significado, pero la golpeé con tal rabia que el cristal saltó en mil pedazos. Fue inútil. Detrás había más vidrio dibujado, y la luz que se traslucía del exterior me parecía un objetivo inalcanzable.
Continué mi larga, mi eterna huida. Sentía su presencia cada vez más cercana, sus fétidos alientos, su acompasada carrera. Ante mí se alzó entonces una puerta grande y maciza, de hierro. La abrí y la cerré con gran esfuerzo y con la mayor rapidez, pues ya sentía sus voces y el ruido de sus botas. Empujaban. Todavía no había logrado cerrarla del todo. Me temblaban las piernas. Dos grandes cerrojos: los eché, y respiré aliviado. Su esfuerzo sería ya inútil. Una especie de hall, y al fondo otra puerta. No me había dado cuenta de que en aquel hall había algunas personas que me miraban con curiosidad y que callaban, tal vez por no importunarme. Mi vista regresó a la puerta de los cerrojos, que parecía ceder ante los insistentes golpes.
Abrí la pequeña puerta del fondo cuando creí que mi seguridad corría inminente peligro. Asombrado, descubrí tras ella una espaciosa sala de cine en la que me esperaban, tranquilas, ajenas a todo, decenas de personas sentadas en cómodas butacas. Las luces estaban encendidas. La gente charlaba. Reconocí a C. B. y M. E., dos amigas, y me acerqué a ellas ocupando un asiento libre. Tal vez pudiera perderme entre la multitud. Pasaría desapercibido, confundido entre los demás. Con disimulo, y con temor, volví la vista hacia la entrada. Dos individuos, tres, cuatro, uniformados, buscaban en el lugar donde sabían que se había introducido su presa. No tenían prisa. Sabían que no escaparía. Tenían todo el tiempo.
No había otra puerta de salida. ¿Qué iba a hacer? El pánico se apoderó de mí. Me levanté de entre la multitud. Me habían visto. Los demás ignoraban —o fingían ignorar— lo que sucedía. Subí por el corredor entre butacas hacia un pequeño estrado, frente al cual se alzaba una gran pantalla blanca. Desde allí se dominaba toda la sala. Todos me miraban. La película acababa de comenzar. Ellos avanzaban con lentitud hacia mí. Había que decidir. No me gustaba esta película. Acorralado, choqué contra la pantalla, que se elevaba del suelo al techo. Parecía tan frágil. Lo pensé un solo segundo y me lancé contra la blanca superficie como en una huida hacia adelante. Solo oí un sonido: el del rasgamiento de la frontera entre lo onírico y lo real. Las luces de la sala se habían apagado. Las de la mañana anunciaban que eran ya las nueve.
Sueño personal transcrito y escrito en octubre de 1983

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