Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Últimos Relatos

lunes, 12 de octubre de 2026

La última sesión del Amaya

Hay lugares que no desaparecen cuando se cierran sus puertas. Permanecen ahí, silenciosos, acumulando los días, las voces y los recuerdos de quienes alguna vez los habitaron. Lugares que el tiempo parece haber olvidado, pero que, por alguna extraña razón, se resisten a olvidar el tiempo. A veces pienso que ciertos edificios son como heridas mal cicatrizadas en la piel de una ciudad. Basta atravesar su umbral para que vuelvan a sangrar.

El cine Amaya era uno de esos lugares.

Se levantaba en la avenida de Marcelo Celayeta, entre la calderería Aranguren y la sucursal del Banco Central, con su fachada de otro tiempo, sus molduras deslucidas y aquellas tres puertas que llevaban once años cerradas. Había inaugurado sus sesiones en abril de 1951, cuando la Rochapea todavía conservaba mucho de aquel barrio de huertas, pequeños talleres artesanales y caminos que había sido durante generaciones. Sus últimos espectadores habían salido de allí en julio de 1970. Desde entonces, nadie había vuelto a encender el proyector.

O eso creíamos.


I. EL VERANO DE 1981  
 
Aquel verano teníamos diecisiete años y unas ganas enormes de vivir. La dictadura había quedado atrás hacía casi seis años, aunque quedaban sombras en las conversaciones de nuestros padres y en las miradas de algunos vecinos. Faltaba poco más de un año para las elecciones de octubre de 1982, que darían la victoria a los socialistas,  y que pondrían fin a una transición que no había estado exenta de tensiones, violencia, muertos en las calles por la policía o por atentados terroristas y hasta un intento de golpe de Estado, ese mismo año, apenas cinco meses antes. 


Escuchábamos música en radiocasetes, discutíamos sobre las películas de política o de adultos que habíamos visto el fin de semana anterior colándonos en las sesiones de 18 y hablábamos de sexo entre risas. A los jóvenes de aquellos años nos gustaba probar cosas y probarnos a menudo  a nosotros mismos; creíamos que todo o casi todo estaba permitido, sobre todo aquello que hasta hacía poco había estado prohibido por el régimen.

Pamplona, después de los Sanfermines, parecía quedarse adormecida bajo una especie de resaca interminable. Las tardes se alargaban entre el polvo y el calor. Por Marcelo Celayeta pasaban los camiones de las fábricas, los autobuses, los Seat 127 y las motocicletas que dejaban tras de sí una estela de gasolina quemada. En las inmediaciones del Porrón y de Casa Feliciano, los hombres tomaban el fresco a la puerta de los bares. Más allá de los bloques de viviendas sobrevivían todavía descampados, algunas huertas y viejas construcciones que parecían aguardar resignadamente su desaparición. La Rochapea olía a humedad cerca del río, al humo de los coches y de las fábricas que salpicaban aquí y allí el barrio y, en algunas calles, a aquella hora de la tarde-noche, a las cenas que preparaban las mujeres detrás de las ventanas abiertas de las casas.

Fue una de aquellas noches cuando se nos ocurrió entrar en el antiguo cine Amaya. Éramos cinco: Iñaki, Nuria, Begoña, Fermín y yo. Iñaki y Nuria salían juntos; Begoña era entonces mi medio novia, todavía no lo habíamos formalizado, lo haríamos a la vuelta del año.

Iñaki era el más atrevido. Tenía una habilidad especial para meternos casi siempre en situaciones comprometidas y luego encontrar alguna explicación convincente con la que salir del paso. Begoña era más reflexiva, de esas personas que siempre buscaban una explicación racional para cualquier acontecimiento. Nuria era descarada, divertida y poco dispuesta a soportar las fanfarronadas de nadie. Tenía un humor irreverente y una facilidad extraordinaria para imitar voces, inventar historias y burlarse de todo aquello que los demás nos tomábamos demasiado en serio.

Fermín era diferente.

Le apasionaban las películas de terror. Había visto casi todas las que llegaban a Pamplona y conocía de memoria los nombres de actores, directores y monstruos cinematográficos. Leía revistas especializadas, coleccionaba programas de mano y estaba convencido de que existían fenómenos que la ciencia todavía no había conseguido explicar.

Aquel verano habíamos pasado muchas noches juntos, dando vueltas por el barrio, jugando al futbolín en La Cabaña o al flipper en Cuatro Vientos, hablando de nuestros primeros escarceos amorosos y de lo que haríamos tras haber dejado el instituto atrás, qué camino tomar. La vida parecía extenderse delante de nosotros como una carretera sin final.

Aquella noche estábamos sentados en un banco de piedra, cerca del Camino de los Enamorados, con la campa de la Compasión  a nuestras espaldas. Habíamos compartido unas cervezas tibias, fumado varios cigarrillos y discutido sobre una película de terror que Fermín había visto días antes, "Posesión infernal". Nuria se había acomodado junto a Iñaki y Begoña tenía su mano entre las mías. De vez en cuando me miraba de reojo y sonreía, como si supiera algo que yo estaba a punto de descubrir.

Fue Fermín quien mencionó el cine.

—Dicen que todavía está todo dentro.

—¿Todo qué? —preguntó Nuria.

—Todo. Las butacas, la pantalla, la cabina de proyección...

—¿Y las películas? —intervino Begoña.

Fermín se encogió de hombros.

—Quién sabe.

Iñaki sonrió.

—Pues vamos a comprobarlo.

La propuesta nos entusiasmó por motivos muy distintos.

Fermín quería explorar un edificio abandonado. Begoña sentía curiosidad por comprobar el estado de unas instalaciones cerradas desde hacía once años. Iñaki buscaba una aventura que poder contar al día siguiente, adornada convenientemente con detalles inventados.

Yo compartía con ellos el placer de transgredir una prohibición, pero pensaba también en Begoña. En la posibilidad de encontrar un rincón oscuro donde pudiéramos estar a solas, lejos de los vecinos, de las preguntas indiscretas y de aquella vigilancia invisible que seguía pesando sobre las relaciones entre chicos y chicas.

Teníamos diecisiete años. A esa edad, entrar en un edificio clausurado equivalía a conquistar un territorio desconocido. Lo que ignorábamos era que aquella noche íbamos a descubrir un territorio que no figuraba en ningún mapa.

II. LAS TRES PUERTAS


El cine Amaya tenía un aspecto extraño bajo la luz amarillenta de las farolas. La fachada parecía más pequeña de noche. Las molduras estaban oscurecidas por la suciedad y la humedad. Sobre las puertas quedaban las marcas de antiguos anuncios, manchas rectangulares de un color más claro que recordaban la presencia de las carteleras. Durante años había pasado por delante de aquel edificio sin prestarle demasiada atención. Aquella noche, sin embargo, tuve la impresión de que nos estaba esperando.

Rodeamos la construcción buscando algún acceso. Junto a uno de los laterales descubrimos una puerta de servicio, medio oculta por unas tablas y unos hierros abandonados. La madera estaba podrida.

Iñaki empujó con el hombro. La puerta cedió con un crujido.

—Bienvenidos al cine Amaya —anunció Nuria, imitando la voz engolada de un locutor de los años cincuenta—. Les recordamos que está terminantemente prohibido fumar durante la proyección.

—Pues empezamos bien —dijo Begoña, señalando el cigarrillo que Iñaki llevaba entre los labios.

Nos reímos. Entramos uno detrás de otro. El primer olor que percibimos fue el de la humedad. Después llegó otro, más difícil de identificar: una mezcla de madera envejecida, polvo, tejidos podridos y algo ligeramente dulce, como el perfume desvanecido de una mujer muerta.

Fermín encendió su linterna. Estábamos en una dependencia lateral. Había restos de papeles por el suelo, un armario sin puertas y varias sillas amontonadas. En una pared distinguimos el rectángulo más claro que había dejado un calendario al ser retirado.

Una araña enorme avanzó entre las baldosas. Begoña me agarró del brazo y se acercó a mí. No dije nada, pero me gustó sentir su mano y reconocer, en medio de aquel olor a humedad, el perfume de su pelo.

—Tiene pinta de llevar aquí desde la inauguración —comentó Begoña.

Atravesamos una puerta y llegamos al vestíbulo.

Allí el aire era todavía más frío. A un lado se adivinaba el pequeño hueco de la antigua taquilla. Frente a nosotros, unas puertas interiores conducían a la sala de proyección. Sobre el suelo encontramos algunos pedazos de cristal y un programa de mano descolorido.

Fermín lo recogió.

—Mirad.

La linterna iluminó el rostro de una mujer de otra época. Llevaba el cabello recogido y una expresión dramática. El papel estaba tan deteriorado que apenas se distinguía el título de la película.

—Parece mi abuela cuando se enfadaba —dijo Iñaki.

Pero nadie llegó a reírse.

Porque, en aquel preciso instante, escuchamos un ruido. Un golpe seco. Procedía del interior de la sala. Nos quedamos inmóviles. Después llegó otro sonido. Un crujido de madera. El mismo que produce una butaca cuando alguien se sienta.

—Habrá ratas —murmuró Begoña.

Pero las ratas no se sientan.

III. CUATROCIENTAS BUTACAS VACÍAS


Empujamos las puertas. El haz de la linterna avanzó lentamente por la oscuridad. Y allí estaba.

El cine Amaya.

No recuerdo haber sentido nunca una emoción semejante. La sala se extendía ante nosotros como el vientre de un animal gigantesco que llevara muchos años dormido. Había filas y filas de butacas de madera, alineadas a ambos lados de un pasillo central. Algunas estaban rotas. Otras permanecían perfectamente colocadas, como si sus ocupantes acabaran de levantarse para salir a comprar unas golosinas. El techo, dividido en grandes casetones geométricos, se perdía en las sombras. En las paredes distinguíamos todavía las molduras decorativas y las huellas oscuras que habían dejado los años. Al fondo, enmarcada por una embocadura ornamentada, permanecía la pantalla.

Era más pequeña de lo que yo imaginaba. Una superficie grisácea, cubierta de manchas, con los bordes ligeramente vencidos. Sobre nosotros, en la parte posterior de la sala, se encontraba la cabina del proyector.

Todo estaba inmóvil. Y, sin embargo, tuve la impresión de que acabábamos de interrumpir algo. Algo que sucedía allí dentro desde mucho antes de nuestra llegada.

—Es increíble —susurró Fermín.

Avanzamos por el pasillo central. Cada vez que rozábamos una butaca, la madera protestaba con un chirrido prolongado que recorría toda la sala. Nos sentamos en una de las filas centrales.

Iñaki sacó una cajetilla de tabaco y repartió cigarrillos. Begoña protestó por el riesgo de incendio, pero terminó aceptando uno.

Fermín dejó la linterna encendida sobre el respaldo de un asiento. La luz apuntaba hacia arriba, proyectando sombras grotescas sobre el techo.

—Bueno, ¿qué? —preguntó Nuria—. ¿Dónde están los fantasmas?

—A lo mejor están esperando a que te calles —respondió Fermín.

Nos reímos.

Durante unos minutos olvidamos dónde estábamos.

Iñaki y Nuria empezaron a besarse en el extremo de la fila. Él había dejado de contar historias y ella de burlarse de todo. Fermín los miró un instante y sacudió la cabeza con una sonrisa.

Después recogió la linterna y se levantó para explorar las primeras filas, moviéndose de un lado a otro.

Yo permanecí sentado junto a Begoña, contemplando la pantalla. Había algo fascinante en aquella superficie silenciosa. Pensé en todas las personas que la habían mirado antes que nosotros. En los niños que habían gritado de emoción ante las aventuras de Tarzán. En los hombres que se habían emocionado con las películas del Oeste. En las parejas que habían buscado la oscuridad de las últimas filas para robarse un beso. Durante casi veinte años, cientos de vidas habían pasado por aquella sala.

Y ahora no quedaba nadie.

O eso creíamos.

Begoña se volvió hacia mí. Su rostro estaba muy cerca del mío y sonreía de aquella manera que yo conocía tan bien.

—¿Tienes miedo? —le pregunté.

—Un poco.

—Podemos irnos.

—No quiero irme.

Me besó. Fue un beso largo, con aquella torpeza de la adolescencia y los primeros besos. Begoña me rodeó el cuello con los brazos y dejó una mano en mi nuca, acercándome a ella. La abracé. Durante unos segundos desaparecieron el cine, mis amigos y el mundo entero. Cuando nos separamos, seguimos tan cerca que nuestras frentes se rozaban; después apoyó la cabeza sobre mi hombro y me apretó la mano.

—Podríamos volver otro día —murmuró.

Entonces se oyó un chasquido. Metálico. Breve. Procedía de la cabina de proyección. Después llegó un zumbido.

Y, sobre nuestras cabezas, una máquina comenzó a girar.

IV. LA PELÍCULA


La oscuridad se rasgó.

Un haz de luz blanca atravesó la sala desde la cabina hasta la pantalla, levantando del aire una multitud de partículas de polvo.

Nadie dijo una palabra. La pantalla parpadeó. Aparecieron unas líneas verticales, manchas negras, números que desfilaron rápidamente y, finalmente, una imagen. Una mujer vestida con ropas antiguas corría entre soldados. Detrás de ella ardía una ciudad. Escuchamos el estruendo de unos cañones.

—¿Quién ha encendido eso? —preguntó Nuria.

Fermín estaba junto a la pantalla.

Había levantado la cabeza hacia la cabina.

—No puede funcionar —respondió—. No hay electricidad. He visto los cables cortados al entrar.

En la pantalla, la mujer se volvió.

Llevaba el cabello recogido, el rostro ennegrecido por el humo y una expresión de feroz determinación.

—Es Agustina de Aragón —dije.

Recordaba haber oído que había sido la primera película proyectada en aquel cine, treinta años atrás.

La imagen tembló. La mujer miró directamente hacia nosotros. No hacia algún personaje situado fuera de campo. Hacia nosotros. Sus labios se movieron. Al principio no entendimos lo que decía. Después su voz llenó la sala.

—¡No dejéis que entren!

Un cañonazo sacudió el edificio.

La pantalla se abombó como una vela hinchada por el viento. Del tejido brotó una nube de humo. Humo auténtico. Lo vimos deslizarse por el suelo, entre las primeras filas, trayendo consigo un olor acre a pólvora y madera quemada.

Iñaki se levantó de golpe.

—¡Joder! ¿Qué es esto?

Pero antes de que pudiéramos movernos, algo atravesó la pantalla.

Fue un caballo. Un enorme caballo negro que irrumpió en la sala entre un estrépito de cascos, relinchos y butacas astilladas. Sobre su lomo cabalgaba un soldado con uniforme francés. El animal avanzó por el pasillo central, golpeando con sus patas las baldosas cubiertas de polvo. Nos agachamos instintivamente. El soldado pasó a nuestro lado. Vi su rostro. Era gris. No tenía la palidez de un cadáver, sino la textura granulada de una fotografía antigua. Su piel estaba formada por diminutos puntos de luz y sombra que se movían continuamente.

El caballo alcanzó el vestíbulo. Escuchamos el ruido de las puertas al abrirse. Después, nada.

En la pantalla, la batalla continuaba.

—¿Habéis visto...? —balbuceó Begoña.

Nadie contestó. Nuria, a pesar de su habitual osadía, se había quedado completamente inmóvil.

—No tiene ninguna explicación —murmuró Begoña.

Fermín retrocedió lentamente desde las primeras filas.

—Esto no es una película.

Entonces la imagen cambió. La ciudad desapareció. Una selva inmensa ocupó la pantalla. Se escuchó un grito prolongado. El grito de Tarzán. Una figura musculosa se balanceó entre los árboles, sujetándose a una liana. Saltó de una rama, avanzó hacia la cámara y, con un movimiento imposible, atravesó la superficie de la pantalla. Cayó sobre las butacas. El impacto hizo saltar varios respaldos. Detrás de él comenzaron a surgir ramas, hojas y una vegetación húmeda que se extendió por el escenario y las primeras filas. Un mono chilló desde algún lugar cercano al techo. El suelo se cubrió de barro. Podíamos sentir el calor de una selva africana en aquella sala cerrada de la Rochapea.

—¡A la puerta! —gritó Iñaki.

Corrimos hacia la salida. Pero las puertas habían desaparecido.

Donde antes se abría el acceso al vestíbulo había ahora un muro de piedra cubierto de enredaderas.

Begoña golpeó la pared.

—¡Esto es una broma! ¡Tiene que ser una broma!

A nuestra espalda se escuchó una carcajada infantil. Nos volvimos.

Una niña rubia, vestida con un traje de los años sesenta, estaba sentada en la tercera fila. Sonreía. Comenzó a cantar. Su voz era dulce, pero estaba ligeramente desafinada, como la de un disco viejo que girara a una velocidad incorrecta. Reconocí a Marisol. O, mejor dicho, reconocí a la muchacha que había visto tantas veces en aquellas películas que emitían por televisión. Solo que aquella no era exactamente Marisol.

Sus ojos eran dos agujeros negros.

Y cuando abrió la boca para alcanzar una nota aguda, vimos que en su interior no había dientes ni lengua. Solo oscuridad. Una oscuridad atravesada por el traqueteo de un proyector.

V. LOS ESPECTADORES


El cine comenzó a llenarse. No vimos entrar a nadie. Simplemente estaban allí. Primero unas pocas figuras dispersas entre las butacas. Después varias filas completas. Hombres con chaquetas oscuras y camisas blancas. Mujeres con vestidos estampados, chaquetas de punto y bolsos sujetos sobre las rodillas. Niños vestidos de domingo. Un anciano con boina. Una muchacha que sostenía un pañuelo entre las manos.

Todos miraban hacia la pantalla. Todos permanecían inmóviles. Y todos eran grises. Como personajes atrapados dentro de una fotografía en blanco y negro.

El olor de la sala también había cambiado. Ahora se mezclaban el tabaco negro, la colonia, los caramelos de menta y la ropa húmeda de una tarde de invierno.

Ya no estábamos en el verano de 1981. O no del todo.

Un hombre situado dos filas por delante se volvió lentamente hacia nosotros. Tenía el rostro hundido y unos ojos muy claros. Me resultó familiar. Tardé varios segundos en reconocerlo. Era el señor Pedro, un vecino de la Travesía que había muerto cuando yo era niño. Llevaba el mismo abrigo que recordaba de su entierro.

Me miró con tristeza. Después levantó un dedo y se lo llevó a los labios.

Silencio.

En la pantalla apareció una nueva película. Un niño subía por unas escaleras oscuras llevando un pedazo de pan. Marcelino, pan y vino. Lo reconocimos inmediatamente.

El niño llegó hasta el último escalón, pero no encontró la habitación que esperaba. Encontró el cine. Descendió de la pantalla y avanzó entre las primeras filas, mirando con curiosidad a los espectadores.

Se detuvo delante de Fermín.

—¿Tú también tienes hambre? —le preguntó.

Fermín retrocedió. El niño le ofreció el pan.

Tenía las manos negras, manchadas como si hubiera estado jugando con carbón.

—No lo cojas —susurró Nuria.

El pequeño sonrió. Y entonces comprendí algo espantoso. Los personajes no estaban representando las películas. Las estaban abandonando. Llevaban años atrapados en aquellas historias, obligados a repetir eternamente los mismos diálogos, los mismos gestos, las mismas muertes. Ahora caminaban entre nosotros, confundidos, libres por primera vez.

Pero no eran los únicos. También los espectadores habían regresado. Los hombres y mujeres que durante casi veinte años habían ocupado aquellas butacas parecían haber dejado algo de sí mismos en aquel edificio. Sus risas. Sus lágrimas. El miedo que habían sentido ante determinadas escenas. Los besos robados en la oscuridad. Sus deseos. Las tardes perdidas mientras fuera, en las calles del barrio, la vida seguía su curso.

Y ahora todo aquello había despertado.

—Mirad —dijo Begoña con una voz que apenas reconocí.

Señalaba la última fila. Allí había cinco jóvenes. Vestían ropas de otra época. Los chicos llevaban chaquetas oscuras, pantalones de pinzas y camisas abotonadas hasta el cuello; las chicas, vestidos que parecían de los años cincuenta. Estaban sentados juntos. Uno fumaba. Otro sostenía una linterna. Una de las parejas se estaba besando. La muchacha tenía una pequeña flor prendida en el vestido. Entonces los cinco levantaron la cabeza. Éramos nosotros. Iñaki, Nuria, Fermín, Begoña y yo. La muchacha de la flor era Begoña. El joven sentado a su lado tenía mi cara. Pero parecían pertenecer a otra generación. A otro tiempo. Como si el cine nos hubiera estado esperando desde mucho antes de que naciéramos. El joven que tenía mi rostro se incorporó lentamente. Sonrió. Después levantó un brazo y señaló la pantalla.

VI. EL FUTURO


La proyección volvió a cambiar. Desaparecieron los árboles, los soldados, los niños y las ciudades antiguas. La pantalla mostró ahora una calle. Una calle que conocíamos perfectamente. Marcelo Celayeta. Pero había algo extraño. Los edificios parecían diferentes. Algunas casas habían desaparecido. Donde recordábamos una construcción antigua había un espacio vacío. Una enorme excavadora avanzaba lentamente sobre un montón de escombros.

—Es aquí —dijo Nuria—. Es el cine.

La máquina hundió su pala en una pared. El edificio se estremeció. Una nube de polvo cubrió la imagen. Después apareció una fecha: SEPTIEMBRE DE 1992.

Recordé el grito de Agustina. «¡No dejéis que entren!». No nos estaba amenazando. Nos estaba pidiendo ayuda.

Nos quedamos paralizados. Estábamos viendo algo que todavía no había sucedido. Once años en el futuro. La excavadora volvió a golpear. Esta vez sentimos el impacto dentro de la sala. Un trozo del techo cayó sobre las primeras butacas. Gritamos. Las paredes comenzaron a resquebrajarse. En la pantalla, el cine Amaya estaba siendo demolido. Dentro del cine, cada golpe parecía repetirse con idéntica violencia. Los espectadores grises permanecían sentados. No se movían. Algunos tenían los ojos cerrados. Otros contemplaban su propia destrucción con una serenidad espantosa.

—¡Tenemos que parar la película! —gritó Iñaki.

Pero entonces la pantalla mostró otra imagen. Ya no aparecía la excavadora. Era el interior del cine. Nuestro cine. Nos vimos a nosotros mismos sentados en la fila central, tal como habíamos estado unos minutos antes.

Iñaki y Nuria se besaban en el extremo de la fila. Fermín sostenía la linterna. Begoña apoyaba la cabeza sobre mi hombro y yo tenía su mano entre las mías.

La escena se repitió. Después otra vez. Y otra. Hasta que apareció algo diferente. En la película, una sexta persona estaba sentada detrás de nosotros. Un hombre. Muy anciano. Llevaba un abrigo oscuro y una boina que proyectaba una sombra sobre sus ojos. Del cuello le colgaba un pequeño manojo de llaves. Se inclinaba lentamente hacia Fermín. Y le susurraba algo al oído.

Fermín, el verdadero Fermín, se llevó una mano a la oreja.

—¿Qué pasa? —le pregunté.

No respondió. Su rostro había perdido todo el color.

—Es mi abuelo —murmuró finalmente.

Recordé que había muerto algunos meses antes.

—Me está llamando.

Antes de que pudiéramos sujetarlo, comenzó a caminar hacia la pantalla.

—¡Fermín, vuelve aquí! —gritó Begoña.

Pero no nos escuchaba. Avanzaba lentamente por el pasillo central, entre aquellas figuras inmóviles que parecían apartarse para dejarle pasar. En la pantalla apareció un paisaje distinto. Una calle de la Rochapea de muchos años atrás. Había barro junto a las aceras, bicicletas apoyadas contra una pared y hombres que charlaban delante de una antigua tienda.

Un anciano esperaba junto a una puerta. Le tendía los brazos. Fermín aceleró el paso.

—¡Abuelo!

Extendí la mano para detenerlo. Llegué a tocarle el hombro. Pero sus dedos ya rozaban la pantalla. El tejido se abrió alrededor de su cuerpo como la superficie de un estanque. Vi cómo desaparecía. Primero los brazos. Después la cabeza. Finalmente, sus zapatos.

La pantalla recuperó su forma. Y Fermín apareció al otro lado. De pie, en aquella calle antigua. Junto a su abuelo. Se volvió hacia nosotros. Golpeó desesperadamente la superficie que lo separaba de la sala. Su boca se abrió en un grito que no pudimos escuchar.

Detrás de él, el anciano comenzó a sonreír.

Su sonrisa se ensanchó hasta alcanzar una dimensión imposible. Y comprendimos que aquel hombre no era su abuelo. No era nadie. Era algo que había aprendido a utilizar los recuerdos de los vivos.

VII. LA CABINA


Begoña reaccionó antes que ninguno.

—¡Arriba! ¡Tenemos que llegar al proyector!

Corrimos hacia la parte posterior de la sala. Las figuras sentadas comenzaron a moverse. Primero giraron sus cabezas. Después se levantaron. Escuchamos cientos de butacas que crujían al mismo tiempo. Un ruido de madera seca que se propagó por el cine como una oleada. Los espectadores avanzaron hacia nosotros. No corrían. No parecía que quisieran hacernos daño. Simplemente levantaban los brazos y nos llamaban con voces muy bajas, casi tiernas.

—Quedaos...

—Todavía no ha terminado...

—Una sesión más...

Begoña encontró una pequeña escalera que conducía a la cabina. Subimos atropelladamente. Nuria iba delante. Yo cerraba la marcha, mientras aquellos seres ascendían lentamente tras nosotros. La puerta de la cabina estaba entreabierta. Entramos. El proyector giraba a toda velocidad. Era una máquina enorme, oscura, cubierta de grasa y polvo. Dos bobinas metálicas daban vueltas mientras una cinta interminable atravesaba sus engranajes. No había ningún operador. Tampoco se veía una conexión eléctrica que pudiera alimentar el mecanismo. Sin embargo, la lámpara ardía con una claridad insoportable.

En una mesa encontramos varias cajas de películas, una lata oxidada y un cenicero lleno de colillas tan antiguas que parecían pequeñas piezas de carbón.

Begoña comenzó a examinar la máquina.

—Esto no tiene sentido —murmuró—. No debería estar funcionando.

Iñaki buscó algún interruptor. Nuria trató de detener una de las bobinas. No consiguió moverla. La película siguió corriendo.

En la pequeña ventana de proyección vimos la pantalla. Ahora mostraba nuestras caras. Una detrás de otra. Fotogramas de nosotros mismos. De niños. De adolescentes. De adultos.

Vi mi rostro envejeciendo a una velocidad vertiginosa. Mi cabello se volvió gris. Aparecieron arrugas alrededor de mis ojos. Después mi expresión cambió y me vi tendido en una cama, inmóvil, mientras varias figuras se inclinaban sobre mí.

Aparté la mirada. No quería saber más.

—¡Hay que romper la cinta! —gritó Begoña.

Cogió unas tijeras oxidadas que había sobre la mesa. Se acercó al mecanismo. La máquina comenzó a emitir un zumbido agudo. Como si estuviera viva. Como si comprendiera lo que íbamos a hacer.

En la pantalla, Fermín apareció de nuevo. Estaba sentado en una de las butacas. Miraba directamente hacia nosotros. Movió los labios. Esta vez pudimos escuchar sus palabras.

—No lo hagáis.

Begoña vaciló. Fermín volvió a hablar.

—Si apagáis el proyector, me quedaré aquí para siempre.

Detrás de él aparecieron cientos de rostros. Hombres. Mujeres. Niños. Todos los que alguna vez habían sido proyectados sobre aquella pantalla. Todos los que habían dejado allí una parte de su existencia.

—Por favor —suplicó Fermín.

Iñaki miró a Begoña. Después me miró a mí. Nadie dijo nada. Sabíamos que debíamos elegir. Dejar la película funcionando y permanecer atrapados en aquel edificio, o destruirla y abandonar a nuestro amigo al otro lado. Fue Nuria quien tomó la decisión. Le arrebató las tijeras a Begoña.

—¡Tenemos que salir de aquí!

Recuerdo el ruido. Un golpe metálico. Un chillido. Y el sonido de la cinta al romperse.

VIII. EL DESCANSO


La luz desapareció. Durante un instante no existió nada. Ni el cine. Ni nuestros cuerpos. Ni siquiera el suelo bajo nuestros pies. Después escuchamos una voz. Una voz masculina, antigua, ligeramente distorsionada. Como las que anunciaban los descansos en las viejas salas de barrio.

—Señoras y señores, la sesión continuará dentro de unos minutos.

Un timbre sonó tres veces. Las puertas se abrieron. Y nos encontramos en la calle.

Era de noche.

Marcelo Celayeta estaba desierta. A lo lejos pasó un coche, dejando un breve resplandor sobre el asfalto. El aire olía a verano. Se oían los grillos en un campo cercano. Nuria se dejó caer sobre la acera. Tenía la cara cubierta de sudor. Iñaki permanecía apoyado contra una pared, intentando encender un cigarrillo con unas manos que no dejaban de temblarle. Begoña me abrazó con tanta fuerza que apenas podía respirar. Después volvió la cabeza hacia las tres puertas del cine. Por primera vez desde que la conocía, no tenía nada que decir. Yo también miré hacia el edificio.

Estaba cerrado. Como siempre.

Conté nuestras sombras bajo la farola. Cuatro. Habíamos entrado cinco.

Nadie pronunció el nombre de Fermín. No aquella noche. Tardamos mucho tiempo en atrevernos a hacerlo.

La policía no creyó nuestra historia. Naturalmente. Fermín desapareció durante aquel verano sin dejar ninguna pista.

Sus padres recorrieron hospitales, comisarías y estaciones. Hubo rumores de todo tipo. Algunos decían que había huido a Francia. Otros aseguraban que se había marchado a Barcelona, como tantos jóvenes que entonces buscaban lejos de Pamplona una vida diferente.

Nosotros contamos una versión más sencilla. Dijimos que habíamos estado juntos aquella noche, que nos habíamos separado cerca de Marcelo Celayeta y que no lo habíamos vuelto a ver. Era verdad.

Pero no toda la verdad.

Durante los meses siguientes, evité pasar por delante del Amaya. A veces tenía que hacerlo para ir a algún recado, y entonces aceleraba el paso.

Una tarde de noviembre, al regresar a casa, creí escuchar música procedente del interior. Era una canción antigua. La voz de una niña. Me detuve. La música cesó. Sobre una de las puertas alguien había escrito una frase con tiza blanca: PROHIBIDO ENTRAR DURANTE LA PROYECCIÓN.

No volví a acercarme.

IX. SEPTIEMBRE DE 1992


Once años después derribaron el cine Amaya. Para entonces ya no éramos aquellos adolescentes que habían entrado en el edificio una noche de verano. Iñaki se había casado y tenía dos hijos. Nuria trabajaba fuera de Pamplona. Begoña y yo habíamos seguido caminos diferentes. Durante algún tiempo estuvimos juntos, pero nuestra relación no sobrevivió mucho: no llegó a dos años. Había cosas de las que ninguno de los dos podía hablar. Y otras que solo podíamos recordar cuando estábamos separados.

Hacía seis años que había terminado mis estudios y comenzaba a descubrir que la vida adulta se parecía bastante menos de lo que imaginábamos a aquella libertad sin límites con la que soñábamos en 1981.

Durante años, los que nos quedamos en Pamplona apenas hablamos de lo sucedido. Cuando coincidíamos, bastaba una mirada o una referencia casual al viejo cine para que la conversación cambiara de rumbo.

Un día de septiembre me enteré de que las excavadoras habían comenzado a trabajar junto al viejo cine. Acudí por la tarde. La fachada había desaparecido. Entre montones de ladrillos y vigas rotas todavía podían distinguirse algunas paredes interiores. Una parte del techo permanecía en pie, mostrando los viejos casetones de escayola. Las butacas habían sido arrancadas.

El lugar parecía mucho más pequeño. Unos obreros retiraban escombros mientras una excavadora esperaba junto a la calderería. Me quedé mirando aquel espacio. Recordé el verano de 1981. El perfume de Begoña, su mano en mi nuca. Los cigarrillos y las risas de Iñaki. Las imitaciones de Nuria. La linterna de Fermín. Y aquella pantalla sobre la que habían desfilado imágenes que nunca deberían haber existido.

Fue entonces cuando vi algo entre los escombros. Una caja metálica, pequeña, oxidada.

Me acerqué. Dentro había un trozo de película cinematográfica. Lo levanté con cuidado. La cinta estaba deteriorada, pero todavía conservaba algunos fotogramas.

En el primero aparecía una calle antigua. En el segundo, un grupo de personas sentadas en una sala de cine. En el tercero reconocí un rostro: Fermín. Seguía teniendo diecisiete años. Estaba sentado en una de aquellas butacas de madera, con la linterna apoyada sobre las rodillas. Miraba hacia la cámara. Sonreía.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme. Examiné el siguiente fotograma. Era el mismo plano. Pero Fermín había girado ligeramente la cabeza. En el siguiente aparecía incorporándose. Y en el último se encontraba de pie, al principio del pasillo central. Llevaba algo en la mano. Un pequeño rectángulo de cartón. Una entrada. Levanté la película hacia la luz del atardecer.

Entonces lo vi. En la entrada había un nombre escrito. Mi nombre. Y debajo, una fecha. La de aquel día.

Durante muchos años intenté convencerme de que había imaginado todo aquello. De que nuestra excursión al cine abandonado había terminado de una manera mucho más sencilla.

Quizá Fermín se había marchado sin avisarnos.

Quizá habíamos bebido demasiado. Quizá el miedo y la oscuridad habían fabricado recuerdos que jamás ocurrieron.

El problema es que todavía conservo aquel trozo de película. Lo guardo dentro de un sobre, en el último cajón de mi escritorio.

Nunca he permitido que nadie lo vea. Hace unos días lo saqué por primera vez en muchos años. Quería comprobar si el tiempo había terminado por destruir sus imágenes. No había sido así. La película permanecía intacta. Pero algo había cambiado. Fermín ya no aparecía en el último fotograma. La butaca estaba vacía.

Examiné uno por uno los pequeños rectángulos de celuloide. Nada. Ni rastro de él. Solo entonces reparé en un detalle que nunca había observado. Al fondo de la sala, detrás de las últimas filas, había una puerta entreabierta. La puerta de la cabina de proyección. En el penúltimo fotograma no había nadie.

En el último se distinguía una figura. Un hombre. Parecía de mi edad. Permanecía inmóvil en el umbral, con una mano apoyada en el marco de la puerta. Acercando la película a la luz, descubrí que llevaba algo colgado del cuello. Un pequeño manojo de llaves. Y que su rostro, aunque envejecido, resultaba inconfundible.

Era Fermín.

A veces me pregunto qué fue realmente lo que encontramos aquella noche.

Quizá los cines no son simples edificios donde se proyectan historias. Quizá, durante las horas en que permanecen a oscuras, se establece una comunicación secreta entre las imágenes y quienes las contemplan. Una especie de pasadizo. Una grieta diminuta en la realidad.

Durante décadas, cientos de personas habían entrado en el Amaya para olvidar sus vidas durante un par de horas. Habían reído, llorado, sentido miedo y deseado otros destinos. Habían amado a personajes que no existían y vivido aventuras que jamás podrían experimentar.

¿Adónde fue a parar toda aquella emoción? ¿Desapareció cuando encendieron las luces? ¿O quedó suspendida entre las paredes, alimentando algo que continuó creciendo después de que el cine cerrase sus puertas?

Hay lugares que acumulan recuerdos como otros acumulan polvo. Lugares donde el pasado permanece tan cerca de nosotros que basta un gesto, una palabra o una determinada inclinación de la luz para volver a tocarlo.

El cine Amaya desapareció de Marcelo Celayeta en septiembre de 1992. Pero yo sé que no fue destruido. No completamente. Porque, desde hace algún tiempo, sueño con una sala antigua. Hay cuatrocientas butacas de madera. Un techo dividido en grandes casetones. Una pantalla pequeña, enmarcada por molduras. Y cinco jóvenes de diecisiete años sentados en una de las filas centrales.

Iñaki fuma mientras Nuria se inclina hacia él. Fermín examina una linterna. Begoña apoya la cabeza sobre mi hombro y yo contemplo la pantalla. Los reconozco. Somos Iñaki, Nuria, Fermín, Begoña y yo. Entonces uno de ellos levanta la cabeza. Me mira directamente. Es el muchacho que yo era en aquel verano de 1981. Sonríe. Y comprendo, con un espanto que no consigo explicar, que no está mirándome desde el pasado. Está mirándome desde el futuro.

La imagen empieza a temblar. El proyector se detiene. Y desde algún lugar situado a mi espalda escucho una voz que conozco demasiado bien. La voz de Fermín.

—Todavía no te vayas. Falta la última película.

Quiero despertar. Pero algo cruje bajo mi cuerpo. Es una butaca de madera. Y cuando levanto la cabeza descubro que estoy sentado en la última fila del cine Amaya. En la misma butaca donde, aquella noche, vi al muchacho que tenía mi rostro. A mi alrededor, cientos de espectadores permanecen inmóviles. Todos miran hacia la pantalla. En ella aparece una calle de la Rochapea: Marcelo Celayeta.

Es de noche. Cinco adolescentes caminan riendo por la acera. Uno de ellos lleva una linterna. Se detienen ante un cine abandonado. Rodean el edificio. Encuentran una puerta. Y entran. Entonces, desde la oscuridad de la sala, alguien comienza a aplaudir. Primero una persona. Después otra. Hasta que las cuatrocientas butacas se llenan de un estruendo ensordecedor. En la cabina se enciende una pequeña luz roja. Y la voz de Fermín anuncia, con la solemnidad de un viejo acomodador:

—Señoras y señores, comienza la última sesión.

La pantalla se ilumina. Y las puertas se cierran.