La primera vez que la vi, la estación del Empalme todavía estaba en pie. Era un jueves de finales de agosto de 1979 y yo volvía a casa por el camino del Plazaola, después de dar uno de esos paseos a los que entonces era tan aficionado. A veces lo hacía en solitario hasta Berriozar, siguiendo la senda del viejo ferrocarril o subiendo por un sendero hasta el pinar cercano al mencionado pueblo. Vivía, como ahora, en la Travesía del Ave María. Tenía la cena a unos minutos y ninguna prisa por llegar.
Desde nuestra ventana había visto pasar trenes durante toda mi vida. Su ruido había acompañado despertares, conversaciones y tardes de estudio. A veces levantaba la cabeza de un libro sin saber por qué, unos segundos antes de que apareciera la locomotora.
El Plazaola, en cambio, pertenecía a los recuerdos de los mayores del barrio. Quedaban el camino, los edificios y aquel nombre, el Empalme, una palabra que de adolescentes nos hacía reír por razones que no hace falta explicar. Y es que allí, en aquella estación o, mejor dicho, un poco antes de llegar a ella, había existido una derivación hacia la Estación del Norte. Para nosotros, hasta hacía tan solo unos pocos años, el campo del Gure, el de la Diputación o los restos de la estación del Plazaola habían sido, sobre todo, lugares donde jugar.
La estación conservaba sus dos alturas, la piedra gris y los ladrillos rojizos alrededor de las ventanas. Cerca quedaban el almacén de mercancías, que había servido temporalmente para el carbón cuando ya no hubo viajeros, y unos barriles de brea, algunos en pie y otros desbordando su contenido. Al otro lado del camino estaban el barracón de camineros y, detrás, el campo de Diputación con sus montículos de grava gris.
La mujer esperaba junto al antiguo andén. Llevaba un abrigo oscuro, demasiado grueso para agosto, y una maleta pequeña de cartón endurecido. No parecía anciana. Tendría la edad de algunas madres de mis amigos, aunque había algo en su peinado que me recordó a las fotografías de los años 50.
—Perdona. ¿Ha pasado ya el tren de San Sebastián? —me preguntó.
Miré en dirección a las vías de Renfe.
—¿El de San Sebastián? —pregunté, un tanto perplejo.
—El pequeño. El que sale de aquí.
Pensé que estaría enferma. En el barrio conocíamos personas que se desorientaban, vecinos que acababan preguntando por alguien que llevaba años muerto.
—Por aquí ya no pasan trenes —dije, señalando el camino—. Desde hace muchos años.
Ella volvió la cabeza hacia la estación.
—Será por el agua.
Había llovido la víspera. No supe qué responder.
—¿Quieres que avise a alguien?
Negó suavemente.
—Gracias. Él vendrá.
El jueves siguiente, la mujer estaba en el mismo sitio.
Esta vez me quedé un rato. Se llamaba Adela y cosía para una tienda del centro. Hablaba de una encargada que revisaba los ojales acercándose la tela a los ojos, de una habitación alquilada en la calle San Francisco y del frío que entraba por una ventana mal encajada.
—En invierno duermo con las medias puestas. No se lo digas a nadie.
Se rio. Tenía una risa corriente, agradable. Me avergoncé de haber pensado que estaba loca.
El hombre al que esperaba se llamaba Simón. Había encontrado trabajo en San Sebastián. Me contó que pensaban instalarse primero en casa de una hermana suya y que después buscarían algo para ellos.
—Una cocina con ventana —dijo—. Con eso me conformo.
Yo le conté que aquel año habíamos estrenado alcalde, el primer alcalde de la democracia, que la peña Rotxapea había salido por primera vez en Sanfermines y que tenía su sede en nuestra travesía, en el número diez. Todavía recordábamos demasiado bien las fiestas brutalmente interrumpidas del año anterior. Ella me escuchaba con una atención que no solían prestarnos los adultos.
—Hablas como si todo fuera a cambiar —comentó.
—Va a cambiar, está cambiando —repetí.
Adela acarició el asa de la maleta.
—Eso dice Simón. Pero él lo dice por nosotros.
Durante las semanas siguientes me acostumbré a buscarla los jueves. No se lo conté a mis amigos. Me habrían acompañado, seguramente para reírse de ella, y, por alguna razón, la idea me molestaba profundamente.
Una tarde vi a Adela sacudirse la falda antes de sentarse en el borde del andén. Donde ella había pasado la mano quedó una franja limpia, libre de polvo.
Recuerdo ese detalle porque después necesité volver a él muchas veces.
La certeza llegó a primeros de octubre.
Adela llevaba un periódico doblado bajo el brazo. Mientras hablaba, lo dejó junto a la maleta. Alcancé a leer la fecha: octubre de 1953.
—¿Dónde has encontrado eso?
Me miró sin comprender.
—En la casa donde vivo.
—Pero es muy viejo.
Alisó una esquina del papel.
—Es de ayer.
Pasó un tren por la línea del Norte. Su estruendo me permitió apartar la cara unos segundos. Cuando volví a mirarla, Adela tenía el periódico sobre las rodillas y esperaba que yo continuara la conversación.
—¿Qué día es hoy? —pregunté.
—Jueves, hijo. Quince.
Noté un frío repentino en las muñecas.
—¿De qué mes?
Esta vez pareció preocupada por mí.
—De octubre.
Aquella noche, desde mi ventana, busqué el tejado de la estación entre las sombras. Recordé lo que me había respondido cuando le hablé del alcalde y de las fiestas: «Hablas como si todo fuera a cambiar». Para ella, nada de aquello había ocurrido todavía. Me acosté tarde. Cada ruido del ferrocarril me hacía incorporarme.
Mi padre conocía a un compañero de la fábrica que había trabajado muy joven en el Plazaola, en la estación del Empalme. Conseguí que me dijera dónde vivía y fui a verlo con la excusa de que nos habían encargado en el instituto un trabajo sobre la línea ferroviaria desaparecida.
Me habló de las inundaciones de octubre del 53, de los desperfectos en la línea, de los viajes que dejaron de hacerse. Cuando describí a Adela, sus dedos se quedaron quietos sobre el mantel.
—¿Quién te ha hablado de esa mujer?
—La he visto.
El hombre me sostuvo la mirada. Luego se levantó a cerrar la ventana, aunque no hacía frío.
—Ella estuvo allí —dijo, de espaldas—. Y él también.
Me contó que aquel jueves una muchacha había esperado con su maleta. Un hombre había llegado después preguntando por ella. Los dos llevaban semanas preparando el viaje; él los conocía de verlos pasear junto al camino.
—¿Y no se encontraron?
Tardó en sentarse.
—Yo había hablado con ella junto al edificio. Cuando fui a buscarla para avisarle de que él estaba en el otro andén, ya no la vi. Volví con el muchacho y tampoco estaba. Di la vuelta al almacén. Miré dentro. Nada.
—Se marcharían.
—Eso pensé.
Se frotó las manos.
—Hasta que volví a verlos otro jueves. Cada uno por su lado. Preguntando lo mismo.
No quiso contarme más. Al despedirme me sujetó un instante por el brazo.
—Si los ves, no les digas que el otro no vino.
Encontré a Simón la semana siguiente, junto al almacén. Tenía las botas mojadas y un paquete envuelto en papel de estraza.
—¿Has visto a una mujer con una maleta?
Venía buscando a Adela. Di una vuelta alrededor de la estación antes de contestarle. No estaba.
—El jueves pasado estuve con ella.
Se separó de la pared.
—¿Te dijo adónde iba?
—A San Sebastián. Contigo.
El alivio le cambió la cara. Me preguntó si estaba bien, si llevaba abrigo, si parecía enfadada. Mientras hablábamos desenvolvió su paquete. Contenía dos tazas blancas, encajadas una dentro de otra.
—Para la casa —dijo, al sorprenderme mirándolas.
Quise explicarle que habían pasado veintiséis años. Pero miré aquellas tazas nuevas, el cuidado con que volvió a envolverlas, y no fui capaz.
El jueves siguiente regresó Adela. Le hablé de Simón, de las botas mojadas, del paquete. Al mencionar las tazas se llevó una mano a la boca.
—Las vimos en un escaparate de la calle Zapatería. Yo le dije que eran demasiado caras.
Se sentó despacio en el borde del andén.
—Entonces sí que vino.
Asentí. Me acordé de la advertencia del ferroviario. No había tenido que mentirle: Simón había venido.
Durante las semanas siguientes los encontré por separado. Un jueves hablaba con ella; otro, con él. Me llevé una libreta para apuntar a qué hora llegaban, pero las horas no aclararon nada. A veces esperaba hasta que las ventanas de mi casa se iluminaban y mi madre empezaba a inquietarse. Nunca conseguía verlos juntos.
Me convertí en su recadero. Les llevaba preguntas pequeñas, noticias que para cualquier otro habrían carecido de importancia. Que él había guardado el dinero del alquiler en el bolsillo interior de la chaqueta. Que ella había metido en la maleta un mantel bordado, aunque no sabía si llegarían a tener mesa.
Una tarde Adela me pidió un lápiz. Apoyó una hoja de mi libreta sobre la maleta y escribió unas líneas. No las leí. El jueves siguiente, cuando Simón desdobló el papel, sus dedos comenzaron a temblar.
—Es su letra —murmuró.
Después se volvió de espaldas. Le dejé un rato solo.
Nunca averigüé dónde habían vivido después de aquel octubre de 1953, ni siquiera si habían llegado a salir de allí. El antiguo ferroviario no había vuelto a saber de ellos. Yo miraba las botas de Simón, que nunca terminaban de secarse, y el abrigo de Adela, siempre seco, con un poco de polvo en el bajo, y no encontraba nada que me permitiera hacerles la pregunta que empezaba a darme miedo.
En vez de eso, escribí en dos hojas la misma fecha: jueves, 22 de noviembre de 1979. Debajo añadí: «Al anochecer, delante de la puerta de la estación».
Entregué una a Adela y guardé la otra para Simón.
Ella se detuvo al leer el año. Abrió la boca, pero tardó en hablar.
—¿Vas a estar tú?
—Sí.
El jueves siguiente le llevé su papel a Simón. Lo leyó dos veces, deteniéndose también en el año, y se pasó por la frente una mano todavía húmeda. Me hizo la misma pregunta que Adela y, cuando le dije que sí, añadió:
—¿Y ella?
—También. Se lo he prometido.
El veintidós de noviembre regresé antes de que anocheciera. San Cristóbal empezaba a oscurecerse y el aire olía a tierra húmeda.
Adela estaba junto a la puerta. Me enseñó el papel, doblado en cuatro. Tenía los bordes gastados, como si lo hubiera abierto y cerrado muchas veces.
Esperamos. De vez en cuando me miraba y yo fingía prestar atención a algo que se movía junto al almacén. Estaba empezando a pensar qué le diría si él no aparecía cuando oí unos pasos detrás de nosotros.
Simón venía por el otro lado del edificio. Llevaba el paquete contra el pecho y buscaba algo entre las sombras.
—Adela —dije—. Simón.
Los dos levantaron la cabeza. Por primera vez parecieron oírme al mismo tiempo.
Él se quedó inmóvil. Adela dio un paso, luego otro. Al bajar del andén tropezó y Simón extendió el brazo para sostenerla. El paquete cayó entre los dos.
—Pensaba que no habías venido —dijo ella.
Simón negó con la cabeza. Quiso hablar, pero no pudo. Se arrodilló a recoger el paquete y Adela se agachó con él. Una de las tazas se había roto. Ella pasó el pulgar por el borde desportillado y soltó una risa pequeña, casi avergonzada.
Nos quedamos unos instantes delante de la estación. Empezaba a llover. Las ventanas de mi casa me parecían que estaban tan cerca que podía reconocer una luz encendida en una de las habitaciones exteriores, aquella en la que como tantas tardes mi madre habría dejado de tejer junto a la ventana y estaría a punto de poner la mesa.
Entonces se oyó un silbido.
Miré hacia las vías del Norte, pero el sonido había llegado de otro sitio. Del camino. De donde ya no podía venir ningún tren.
Adela recogió la maleta.
—Ahora sí —dijo.
Recuerdo el golpeteo de unas ruedas cada vez más próximas y un olor a carbón que me llenó la garganta. Junto al andén apareció una ventanilla iluminada. Después distinguí una puerta abierta y el brillo de un pasamanos. No sabría decir qué había al otro lado del vagón; la oscuridad me impedía ver el resto.
Simón subió primero. Se volvió para recoger la maleta y le tendió la mano a Adela. Ella me miró antes de subir.
—Gracias por quedarte.
Quise preguntarles algo. Adónde habían ido todos aquellos años. Qué lugar era aquel del que solo se podía salir un jueves. Pero Adela ya estaba al otro lado de la ventanilla, junto a Simón, y ambos sonreían. Ella acercó la cara para despedirse y el cristal se empañó.
El traqueteo comenzó a alejarse.
Me quedé viendo disminuir aquella luz hasta que la lluvia la borró. Cuando bajé los ojos, el camino estaba vacío. No había raíles. Solo tierra mojada y unos charcos que reflejaban las primeras luces del barrio.
Llegué a casa con las manos heladas. Mi madre me riñó por haber salido sin chaqueta en un día de Noviembre. Me quedé mirándola tanto rato que acabó preguntándome qué me pasaba.
—Nada. Tenía hambre.
El jueves siguiente volví a la estación. Y el otro. Nunca encontré a nadie. Nunca supe adónde los llevó aquel tren. No supe si estaban muertos o si alguna
parte de sus vidas se había quedado perdida en aquella tarde de 1953, en una especie de bucle interminable.
En 1982 derribaron el edificio. Me acerqué a ver los escombros y reconocí, entre la piedra y los ladrillos, una parte del marco de la puerta. Pensé en Adela sacudiendo el polvo del andén, en aquella franja limpia que durante todo ese tiempo había sido la única prueba de que no lo había soñado. Pensé en las dos tazas envueltas con tanto cuidado. En aquella cocina con ventana.
Esa noche pasó un tren mientras cenábamos. Los cristales vibraron ligeramente. Mi madre siguió hablando y yo levanté la cabeza, como había hecho tantas veces desde niño.
Por un instante tuve la impresión de que iba a oír a Adela preguntar si había pasado ya el tren a San Sebastián.
Pero el tren pasó. Y nadie preguntó nada.
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Carlos Albillo Torres
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