Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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jueves, 15 de octubre de 2026

La frecuencia alternativa

La tarde en que la radio anunció que la República había ganado la guerra, el abuelo Máximo pensó que había entendido mal. Acercó la silla al aparato y esperó, con los dedos aún sobre el mando, a que regresara la voz entre chasquidos e interferencias. Era julio de 1969 y estaba solo en el cuarto de estar. Por la ventana entraba el olor de la panadería de Sevilla, que estaba pegada a la derecha de su casa, y desde el taller de maquinaria agrícola situado a su izquierda llegaban los últimos golpes de la tarde. Todo estaba en su sitio. Incluso aquella mosca que llevaba un rato revoloteando, obstinada en salir por el cristal cerrado.

—Con motivo de conmemorarse el aniversario de la batalla del Ebro —dijo el locutor—, el presidente de la República ha recibido esta mañana a una representación de los combatientes…

Máximo soltó la ruleta del dial. La radio era de aquellas antiguas, de válvulas, con la caja de madera oscurecida y una tela sobre el altavoz que la abuela Fili (Felicitas) limpiaba con cuidado,  de vez en cuando. Algunas noches, buscando "La Pirenaica", sacaba de sus entrañas silbidos, canciones extranjeras y palabras a las que había que acercar mucho el oído para entenderlas. El locutor hablaba de una recepción y a continuación desgranaba cómo habían sucedido los hechos que condujeron a la victoria republicana.

Gandesa había caído en las primeras jornadas de la ofensiva, concretamente el 27 de julio de 1938,  antes de que llegaran los refuerzos de Franco. Un cargamento de cazas y artillería, retenido durante semanas al otro lado de los Pirineos, había atravesado a tiempo una frontera que Francia decidió reabrir, contra pronóstico. La aviación pudo proteger los puentes; los hombres que habían cruzado el río recibieron munición y relevo. En vez de consumirse durante meses en aquellas sierras, el ejército republicano había roto el frente del ejército nacional y había  avanzado hacia el sur hasta restablecer la comunicación entre Cataluña y Valencia.

Máximo había conocido el desenlace de la batalla del Ebro por las noticias del "parte", el "parte de guerra" desde el cuartel general del Generalísimo, en Burgos, ese parte que asociaríamos durante muchas décadas al noticiario de Radio Nacional de España  y en la historia que él conocía los soldados republicanos habían vuelto a cruzar el río derrotados. Según aquella voz, en cambio, las cosas sucedieron de otra forma; tras la batalla del Ebro, a  finales de septiembre,  fracasaron las negociaciones de Munich y en los primeros días de octubre Hitler atacaba Checoslovaquia, Francia intervenía e Inglaterra decidía acompañarla. La segunda guerra mundial se había adelantado un año respecto a la historia oficial, los aliados rompieron el pacto de neutralidad y apoyaron al gobierno de la República que tenía su sede en Valencia. El resto de España se mantuvo bajo control de Franco hasta el final de la guerra, de forma que, durante el período bélico europeo,  hubo dos  Españas con dos legitimidades diametralmente opuestas. La implicación activa de Franco apoyando  a las potencias del Eje hicieron que, tras la guerra mundial,  tuviese que abandonar España  y exiliarse  en la Argentina.

Máximo se quedó sentado. Tenía miedo de perder una sola palabra de aquella sorprendente y extraña emisión. El locutor pasó a recordar el regreso de los escritores que habían vivido en el exilio durante la guerra. Nombres como los de Salvador de Madariaga y María Zambrano figuraban entre la larga lista de intelectuales que, de manera más activa,  habían participado en la reconstrucción de la vida pública española. La República, sostenida por los aliados occidentales, había quedado fuera del reparto soviético que como en nuestra historia, alcanzó a los países del este de Europa, al término de la guerra. En los últimos treinta años habían gobernado el país coaliciones de centro y de  republicanos moderados; con elecciones y periódicos libres. En el Congreso se discutía en ese momento una reforma de los arrendamientos rústicos. Un diputado conservador protestaba por las interrupciones de la bancada socialista.

Después dieron el parte meteorológico, hablaron del precio del trigo y de una huelga de ferroviarios. La fecha era la de aquel día. También en aquella emisora unos hombres acababan de llegar a la Luna. Eso terminó de desconcertarlo. En aquel país se compraban miles de seiscientos, la gente veraneaba en el pueblo, como nosotros, se anunciaban remedios para la tos y los trenes llegaban tan  tarde como lo habían hecho siempre.

Había entendido cada palabra y, sin embargo, esperó a que dijeran algo que le permitiera reírse de su propia confusión. Entonces la voz se estiró en un silbido y desapareció. Durante unos segundos solo se oyó el golpeteo del taller cercano. Máximo marcó el punto del dial con una rayita de lápiz. Al mover un poco el mando del dial encontró un anuncio del jabón Chimbo en escamas; después, la voz de un conocido locutor empezó a hablar de la visita del Caudillo para inaugurar no sé qué pantano, ante la pertinaz sequía.

Cuando entró su hija Socorro, lo encontró inclinado perplejo sobre el aparato de radio. Socorro había dejado recogida “La Ponderosa”, venía cansada, con una bolsita cargada de monedas en el bolsillo del mandil. La cantina existía desde antes de la guerra, aunque su padre le había puesto aquel nombre muchos años después, por la serie "Bonanza" que echaban aquellos años por televisión. Socorro atendía el negocio situado  cerca de la plaza de Calvo Sotelo y de la tienda de la Jita. Se quedó en la puerta al ver la cara de su padre.

—¿Qué te pasa?

—Que han dicho que la República ganó la guerra.

Socorro lo miró sin entender. Él se explicó como pudo y acabaron llamando a la Fili, que vino desde la cocina secándose las manos en el delantal. Las dos oyeron solamente la programación de siempre en la radio. Le preguntaron si habría sido una obra de teatro de alguna emisora de esas que el abuelo  se empeñaba en buscar. Máximo repitió que habían dado la fecha de aquel mismo día y que los ministros eran de la República. Cuanto más insistía, más cara de incredulidad ponían su hija y su esposa.

Durante la cena intentó volver sobre el asunto. Fili le acercó el plato y le dijo que comiera antes de que se enfriara. Más tarde oyó hablar a las dos, a la Fili y a Socorro,  en la cocina. Le atribuyeron aquello a la edad, a que pasaba demasiadas horas delante de la radio, mezclando noticias con recuerdos. Vamos, que estaba empezando a chochear. Lo decían bajo, procurando que no se enterase. Máximo se apartó de la puerta y fue a sentarse al zaguán.

Felicitas se acostó en una de las dos camas de la recámara interior, pero él permaneció en su silla baja. Por entre las tablas de la puerta principal claveteada  entraba una raya de luz. Miró los cantos rodados del zaguán y le volvió a la memoria aquel aciago día de San Agustín de 1936. Un gesto de tristeza y amargura atravesó su rostro.

Se levantó, abrió el portón y salió al corro del Cuartel. Enfrente estaba la enorme casa de la Martina, tan oscura a aquellas horas que parecía deshabitada. Un viejo conocido del abuelo venía despacio, por la calle, con la chaqueta sobre el hombro. Se saludaron y hablaron un momento del tremendo calor que había hecho ese día. Máximo esperó a que un hombre que cruzaba el corro se alejara y se acercó un poco más a su interlocutor.

—Parece que en Madrid vuelven a mandar los del treinta y uno—, dijo en un susurro.

El otro dejó de abanicarse con la chaqueta. Miró hacia el taller, luego a las ventanas de la casa de la Martina.

—Lo he oído esta tarde por la radio—añadió Máximo, con un tono de voz más bajo todavía—. Lo daban como una noticia de hoy.

El hombre tardó en responder.

—Máximo, ten cuidado con lo que dices por ahí…ya sabes...

Y dejó en el aire el resto de la frase. Se lo dijo con cariño, como cuando se reconviene a un amigo por su propio bien. A lo lejos se oyó una motocicleta. Cambiaron un par de frases más y se despidieron. Máximo volvió a entrar  y echó la tranca al portón. Sabía perfectamente en qué año estaba y quién seguía mandando. Precisamente por eso necesitaba entender lo que había escuchado.

La emisión no volvió. En las tardes siguientes esperó a que se calentaran las válvulas y recorrió despacio la zona que había señalado con el lápiz. A veces encontraba una canción francesa; otras se quedaba una hora escuchando interferencias. Si alguien entraba, fingía buscar el parte. Terminó por guardar para sí lo que recordaba de aquella voz. En casa habían dejado de llevarle la contraria y eso le molestaba más que las preguntas del primer día. Él les decía que le  daban la razón, como a los locos.

Aquel agosto en que nuevamente fuimos al pueblo,  sólo mi hermano Luis Ángel le creyó. Tenía once años. Era su nieto preferido. Le dejaba quedarse a su lado cuando los mayores hablaban; entre los dos había una familiaridad hecha de gestos y de asuntos que no necesitaban explicarse. Cuando el muchacho se enteró de lo ocurrido, fue a buscar al abuelo al cuarto de estar. El abuelo le contó toda la emisión, procurando repetir las palabras exactas. Luis Ángel escuchó hasta el final. Conocía aquellas manos temblorosas y la forma de hablar de su abuelo cuando bromeaba que no era precisamente muy a menudo, pues. Aquella vez estaba hablando en serio, muy en serio.

—Yo te creo, abuelo.

Máximo lo miró un momento y apartó un poco la silla para que acercase la suya. No le pidió que intentara convencer a nadie. Después le enseñó la rayita del dial. Luis Ángel tampoco llegó a oír aquella voz, aunque algunas tardes se quedara con él esperando.

Yo tenía apenas cinco años. Me detenía un rato junto a ellos, atraído por la luz del aparato, y después me iba a buscar a la tía o a la abuela o salía al corral. Lo que hablaban mi hermano y el abuelo pertenecía a las conversaciones de los mayores y se me escapaba.  De aquellas tardes conservaría el olor de la casa y el rumor de la radio. Luis Ángel guardaría también durante años lo que el abuelo le había confiado.

Al año siguiente volvimos  al pueblo y volvimos a comer a casa de los abuelos paternos durante las vacaciones, como hacíamos todos los veranos. Luis Ángel subía a la panera, donde estaban las garrafas redondas de cristal y las viejas monedas de cobre. Yo le seguía por la escalera y Luis regresaba con una moneda tan apretada en el puño que tenía que pedirle que abriera la mano para verla. A mediodía nos sentábamos todos a la mesa; Felicitas había pasado la mañana en la cocina y Socorro entraba y salía, con ese andar pizpireto que tenía,  de casa,  pendiente también de atender en  la cantina. Antes de que sirvieran la comida, Luis Ángel señaló con los ojos el cuarto de estar. El abuelo hizo un ademán negativo con la cabeza. Después hablaron de otras cosas, y Máximo consiguió comer con apetito, como no lo había tenido desde hacía tiempo.

Dicen que la grieta de la bodega apareció antes del invierno de ese año. Empezaba cerca del arranque de la escalera, a la derecha del zaguán, y se perdía donde no llegaba la bombilla. Máximo la examinó con la mano abierta contra la pared. Había sido albañil de joven, como su padre Santiago, y sabía distinguir una fisura del revoco de algo que venía de más adentro. Durante días bajó a comprobarla. Apartaba el polvo, palpaba la junta y subía procurando que no lo vieran resoplar. Felicitas le preguntó una tarde si aquello tenía arreglo.

—Todo tiene arreglo en esta vida, menos la muerte—murmuró.

Pero no dijo cuánto podía costar aquello. Parecía un daño estructural considerable.

La bodega se hundió en 1971. Primero hubo un ruido profundo, como si hubieran arrastrado un mueble enorme bajo las piedras del zaguán. Después temblaron las puertas y una bocanada de polvo salió por la escalera. Máximo tuvo que agarrarse a la pared. Felicitas apareció gritando su nombre, y él, todavía sin soltar el muro, le preguntó dónde estaba Socorro. Desde el corral, junto a los restos de la antigua cuadra y del pesebre, se veía el polvo salir hacia el cielo por el espacio descubierto. Nadie había resultado herido. Se lo repitieron varias veces, mientras él volvía la cabeza hacia la entrada de la bodega.

El derrumbe amenazaba la casa entera. Hacía falta asegurar, retirar escombros, reconstruir. Máximo escuchó las explicaciones del albañil sin preguntar apenas. Él mismo habría dado aquel diagnóstico. Luego se sentó a hacer cuentas en un papel, lo dobló y lo guardó debajo de una taza. Los días siguientes volvió muchas veces sobre las mismas cifras. Por la noche se levantaba de la cama para mirar el suelo, más allá del zaguán y, si Felicitas lo llamaba, decía que había ido a beber agua a la cocina. Empezó a dejar comida en el plato. La casa seguía en pie, pero a él le costaba confiarle el sueño de los suyos.

Una tarde de junio volvió a encender la radio. Llevaba semanas sin hacerlo. Esperó a que se calentaran las válvulas y giró el mando hacia la señal de lápiz. Encontró la retransmisión de una inauguración. Nombraron a Franco y él siguió moviendo el mando, muy despacio, hasta que solo quedó el ruido de fondo. Entró Felicitas y le puso una mano en el hombro.  Permanecieron así un momento, sin hablar de la bodega ni de ninguna otra cosa. Después él apagó el aparato. Afuera en la panadería de Sevilla sacaban otra hornada de pan.

Máximo murió aquel mes de junio, de una parada cardiaca. En casa siempre se pensó que la preocupación por el derrumbe de la bodega y el miedoa que se le cayese la casa había tenido mucho que ver. Durante sus últimos días, cuando alguien se acercaba a la escalera, levantaba la cabeza y escuchaba hasta oírlo regresar.

Tras su fallecimiento hubo que recoger sus cosas. Socorro encontró el papel de las cuentas de las obras de arreglo de la casa y lo estuvo mirando antes de doblarlo otra vez. La radio seguía en el cuarto de estar, junto a la ventana del corro. Cuando Luis Ángel volvió a sentarse delante de ella, reconoció la rayita de lápiz  del abuelo y apoyó un dedo debajo, sin tocarla. Encendió el aparato, dejó calentarse las válvulas y buscó con cuidado. Encontró música, una conversación a medias, anuncios. Al cabo de un rato lo llamaron desde la cocina. Antes de levantarse, movió el dial al lugar donde lo dejaba su abuelo...pero esa es otra historia.