Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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jueves, 20 de agosto de 2026

La segunda noche

...Volví.

Durante muchos años, cuando alguna vez me decidía a contar una parte de esta historia, adornaba ese regreso con dudas que no tuve. Decía que pasé el día debatiéndome entre el miedo y la sensatez; que estuve a punto de confiarme a mi madre, a mi tio, que al caer la noche me prometí no acercarme al número 1 de la calle Compañía. Mentía. Tal vez lo hacía para concederle al muchacho que fui una prudencia que nunca tuvo.

Yo tenía dieciséis años. Claro que volví.

No había dormido desde que regresé de París un día antes. Había permanecido tumbado, con los ojos abiertos, mientras mi habitación recuperaba sus formas a la luz de la mañana: el póster de Miguel Induráin no, todavía faltaban años para eso; uno de Cruyff con la camiseta del Barcelona, una estantería torcida, la cazadora vaquera sobre una silla. Recuerdo bien este detalle porque ahora, al reconstruirlo, me asalta la tentación de llenar aquel cuarto con cosas que llegaron después. La memoria también abre puertas equivocadas.

A mediodía, mientras comíamos, mi madre me preguntó por qué no tocaba las albóndigas.

—No tengo hambre.

 —Pues fiebre no tienes.

Me puso la palma en la frente. Ese gesto, la aspereza suave de sus dedos, fue una de las cosas que intenté memorizar para la noche. También su lunar junto a la nariz, la hebilla marrón de su bata y el modo en que pronunciaba mi nombre cuando empezaba a impacientarse: las tres sílabas, una por una, como si bajara una persiana.

Después fui a trabajar a la zapatería de mi tío. Debían ser las cuatro y media cuando llegué. Limpié el escaparate, llevé dos pares de sandalias a una clienta de la calle Mayor y clavé medias suelas hasta que me dolieron los dedos. Hice todo prestando una atención feroz. Conté las baldosas desde la puerta hasta el mostrador. Leí varias veces el rótulo pintado sobre el cristal: **CALZADOS OCHOA. COMPOSTURAS**. Ochoa. Mi tío no se apellidaba Ochoa; el negocio conservaba el nombre de su anterior dueño, como conservaba una horma de nogal que nadie utilizaba y un calendario de 1968 detrás de un armario. Pero se llamaba así. Estoy seguro de que se llamaba así.

O lo estaba entonces.

En un papel de envolver apunté:

*Ama: lunar a la izquierda.*

*Mi casa: tercero B.*

*Zapatería: Ochoa.*

*Pamplona. 16 de julio de 1979.*

Doblé el papel cuatro veces y lo metí en el calcetín. En el bolsillo derecho guardé una caja de cerillas, veinte duros, una navaja que no habría sabido usar y el pañuelo de San Fermín. Lo había lavado mi madre aquella misma mañana. Ya no olía a sudor ni a vino ni a pólvora. Olía a jabón Chimbo y al sol de la cuerda del patio. Me preocupó que, limpio, hubiese perdido su fuerza, de modo que lo llevé puesto durante todo el día, anudado al cuello bajo la camisa, para devolverle algo de mí. Mi tío me miró varias veces.

—Estás alelado, chaval.

—He dormido mal.

—A tu edad se duerme hasta dentro de un bombo.

A las siete y media cerramos. Fui a casa, cené, fingí acostarme y esperé a que cesaran los ruidos. A las once y media salí con cuidado, sin hacer ruido, por la puerta de casa y  recuperé la Orbea, que había dejado en el descansillo. Pamplona estaba todavía despierta, pero cansada. Algunos grupos  terminaban su txikiteo diario, alguna pareja buscaba una sombra. La libertad reciente de aquellos años tenía mucho de eso: gente probando hasta qué hora podía permanecer en la calle sin que nadie le pidiera explicaciones. Nosotros creíamos que bastaba con acostarse más tarde para que el pasado no pudiera alcanzarnos.

Dejé la bicicleta en la esquina de Curia. Antes de acercarme al portal miré hacia la calle Zapatería. Desde allí no se veía el letrero de Calzados Ochoa, solo se veía el cruce donde estaba el carrico de Lucio pero por si acaso repetí el nombre en voz baja.

—Ochoa. Ochoa. Ochoa.

A medianoche, la puerta del número 1 estaba entreabierta.

Esta vez no me sorprendió el olor. Era el mismo tabaco rubio, el mismo perfume caro. Quizá por eso entré con una confianza estúpida, como quien vuelve a una sala de cine para ver por segunda vez una película y cree saber cuándo llegará cada sobresalto.

El zaguán conservaba la bombilla amarilla, los buzones abollados y las baldosas geométricas. Toqué la muesca en forma de media luna que mi bicicleta había dejado en la puerta. Luego apreté el pañuelo contra el pecho y subí los dos escalones.

El suelo se alargó. No duró más que un parpadeo. Sin embargo, mientras sucedía tuve la impresión de que algo me registraba por dentro. No mis bolsillos, sino los recuerdos: la voz de mi madre, el camino a las piscinas, el olor del cuero mojado. Como unos dedos que pasaran las hojas de un libro con demasiada prisa.

Al otro lado me esperaba la misma esquina de París. Y no era la misma.

La noche anterior —veinte años antes, aunque yo aún no lo sabía— la ciudad había brillado como una fiesta. Ahora estaba a oscuras. Los faroles parecían enfermos detrás de unas pantallas azules. En las ventanas había cortinas gruesas y tiras de papel pegadas a los cristales. Faltaban los vestidos, la música, los automóviles lustrosos. Un camión militar pasó despacio por la avenida; los cascos de los soldados se recortaron bajo la lona, idénticos a los de las películas de la segunda guerra mundial que había visto en las películas del cine y la tele.

No necesité ver la bandera colgada de un edificio para comprenderlo. Pero la vi. Una bandera roja, un círculo blanco, una cruz negra.

París estaba ocupada por los nazis.

En algún lugar sonó un silbato. Después, unas voces breves, autoritarias. Me refugié junto al escaparate del café. Las letras doradas continuaban en el cristal, aunque dos estaban descascarilladas. Dentro no cantaba ninguna mujer. Apenas había luz y las mesas vacías se amontonaban contra la pared.

Un hombre viejo abrió la puerta y me agarró del brazo.

—Entra, imbécil. El toque de queda no es un juego.

Tardé unos segundos en reconocer al camarero. El pelo, antes oscuro, se le había vuelto blanco. Tenía la espalda vencida y la piel de las mejillas llena de venas finas. Ya no llevaba chaleco, sino una chaqueta gris demasiado grande. Sin embargo, sus ojos eran los mismos: cansados y atentos, los ojos de alguien que había visto llegar a demasiados viajeros.

Él sí me reconoció al instante.

—Tardaste —dijo.

—Volví al día siguiente.

El anciano miró el reloj de la pared. Era el mismo reloj del café, pero el péndulo ya no se movía.

—Para ti.

—¿Qué año es?

No quería preguntarlo. Lo supe al oírme.

—Mil novecientos cuarenta.

El número cayó entre los dos como un objeto de hierro.

—Pero ayer era 1920.

—Ayer para ti —repitió—. Aquí hemos tenido veinte años para esperarte.

Me senté porque las rodillas dejaron de sostenerme. El camarero echó el cerrojo, bajó una cortina y sirvió en una taza un líquido oscuro que no olía a café.

—Achicoria —explicó—. El café de verdad se acabó antes que casi todo lo demás.

—Usted dijo que siempre me soltaría en esta esquina.

—En esta esquina, sí. No dije que en la misma noche.

—También dijo que podía volver.

—Y has vuelto.

Lo dijo sin crueldad. Eso era lo peor.

Me llevé la mano al cuello. El pañuelo seguía bajo la camisa. Notar el nudo me tranquilizó.

—¿Cómo se llama usted?

El viejo sonrió apenas.

—Armand. Supongo que después de veinte años ya podemos presentarnos.

—Iñaki.

—Lo sé. Te lo oí murmurar la primera noche.

—No recuerdo haberlo dicho.

—Por eso.

Me quedé mirándolo. Armand retiró la taza sin que yo la hubiera probado.

—No hagas preguntas cuya respuesta no puedas llevar contigo —murmuró—. Ya te advertí que cada salto hace más difícil recordar la primera puerta.

Saqué el papel del calcetín. Estaba húmedo de sudor, pero las palabras seguían allí. Se lo enseñé como si fuera una prueba ante un tribunal.

—Pamplona. Mi madre tiene un lunar junto a la nariz. Vivo en el tercero B. Trabajo en Calzados Ochoa.

Armand no leyó el papel.

—Eso no es recordar. Eso es consultar una lista.

—Da igual mientras pueda volver.

—No, muchacho. A las puertas les importan esas diferencias.

Se oyó un motor en la calle. Los dos callamos hasta que se alejó. Luego, desde el fondo del local, llegó el chasquido de una cerilla. Un hombre estaba sentado en la mesa donde la noche anterior —para mí— se habían reunido los muchachos. Fumaba inclinado sobre sus manos. Tendría treinta y tantos años. Vestía una gabardina mojada y una corbata torcida; llevaba el cabello peinado hacia atrás, con dos entradas profundas, y una cicatriz pequeña junto a la boca. Solo cuando levantó la cabeza reconocí la manera burlona de entrecerrar los ojos.

Era el chico de la moneda. El del cigarro.

—Aquí todos fumamos —dije sin pensar.

El hombre se quedó inmóvil. Después expulsó el humo muy despacio.

—Excepto tú.

Armand cerró los ojos. No sé si de alivio o de resignación.

El hombre se levantó. Era más bajo de lo que yo recordaba, o tal vez la juventud lo había hecho parecer más alto.

—El español —dijo—. El muchacho de Pamplona.

—Me llamo Iñaki.

—Lucien Lévy.

Nos estrechamos la mano. La suya estaba fría.

—No has cambiado nada —añadió.

—Para mí fue anoche.

Lucien soltó una risa que no contenía alegría.

—Para mí fue antes de casarme, antes de tener una hija, antes de que los alemanes desfilaran por los Campos Elíseos. Llevo veinte años preguntándome si te inventé.

Sacó del bolsillo una moneda ennegrecida y la puso sobre la mesa. Era la misma que había rodado hasta mis zapatos. No podía saberlo, claro. Todas las monedas se parecen cuando han pasado por demasiadas manos. Pero los dos decidimos que era aquella.

—La guardé —dijo—. Pensé que quizá funcionaba como tu pañuelo.

—¿Armand te lo contó?

—Armand cuenta poco. Lo suficiente para que uno cometa sus propios errores.

El viejo fingió no oír.

Lucien me preguntó por España. No por el sol ni por los toros, como el muchacho de 1920, sino por la postguerra. Quiso saber si continuaban las ejecuciones en el país, si era posible cruzar la frontera por los Pirineos. Yo respondí como pude. Como era sabido Franco gobernaba España, y le expliqué que el dictador seguiría vivo muchos años más, muriendo como quien dice  de viejo, en la cama. Al decirlo me dio vértigo. Para Lucien, la dictadura española apenas había comenzado. Para mí, llevaba toda la vida y acababa de terminar hacía cuatro años.

—¿Acabará esta? —preguntó, señalando con la barbilla la bandera de la calle.

Sabía a qué se refería.

Miré a Armand. El camarero negaba muy despacio.

—No le digas nada —ordenó.

—¿Por qué?

—Porque no sabes qué estás diciendo.

—Sé quién gana la guerra.

—Sabes quién ganó la tuya.

Lucien golpeó la mesa con dos dedos.

—¿Qué significa eso?

—Que no sé qué significa *volver* para esas puertas —respondió Armand—. Uno cree que ha regresado porque encuentra su calle, su casa, la cara de su madre. Pero una puerta puede llevarte a un lugar casi idéntico y dejarte convencido de que es el mismo. A veces basta una diferencia tan pequeña que nadie, salvo tú, podría verla.

Yo no entendí entonces todo lo que quiso decir. O quizá lo entendí y llevo casi medio siglo tratando de olvidarlo.

—Los alemanes perderán —le dije a Lucien.

Armand dio un puñetazo sobre la barra. Las tazas tintinearon.

—¡Cállate!

Pero ya había empezado. Y saber, descubrí aquella noche, produce una impaciencia parecida a la fiebre. Quien posee el futuro cree que callar lo convierte en cómplice.

—Perderán, pero faltan cinco años. París será liberado. Habrá otra Francia después de esta.

Lucien no sonrió. Se limitó a apretar la moneda.

—¿Y nosotros?

—¿Quiénes?

—Los Lévy.

Entonces comprendí. No llevaba estrella amarilla. En 1940 todavía no se las habían impuesto en Francia; eso lo aprendí mucho después. Pero no hacía falta. Su apellido estaba allí, entre nosotros, de una forma que lo llenaba todo. Recordé fotografías de hombres y mujeres detrás de una alambrada, montones de zapatos, niños con abrigos grandes. Recordé una palabra que, en mi tiempo, ya pertenecía a los libros, los documentales y las conversaciones dichas en voz baja: Auschwitz.

Pero yo no sabía qué iba a ser de Lucien ni de su familia. No podía saberlo. Solo conocía lo que muy pronto empezaría a ocurrirles a miles de familias como la suya.

Lucien vio la respuesta antes de que yo hablara.

—Tengo una hija —dijo—. Madeleine. Nueve años.

Hay preguntas que envejecen a quien las escucha.

—Tienes que marcharte de París.

—¿Cuándo?

—Ahora.

—¿Adónde?

—Al sur. Cruza la frontera. Escóndete. No deis vuestros nombres. No obedezcáis cuando os digan que es solo un registro, un traslado, un trabajo.

—¿Nos detendrán?

—No lo sé. No sé qué os ocurrirá a vosotros.

—¿Y si nos encuentran?

No contesté.

—¿Se llevarán también a Madeleine?

—Sí —dije—. También a los niños.

Yo tenía dieciséis años. Hasta entonces el futuro había sido para mí una promesa: terminar el verano, comprar una moto, besar a una chica, largarme de la zapatería. Aquella noche descubrí que el futuro también puede ser un arma y que no hay manera limpia de entregársela a otro.

Lucien se llevó ambas manos a la cara. El cigarro cayó al suelo y quedó ardiendo sobre las baldosas. Armand lo aplastó con el zapato.

Durante un rato solo oímos el reloj detenido. Después Lucien preguntó:

—¿Tu portal puede llevarnos contigo?

Armand se volvió de golpe.

—No.

—A él lo ha traído.

—Él pertenece al otro lado.

—Tiene el pañuelo.

Los dos miraron mi cuello. Sentí el trozo de tela como si se hubiera vuelto incandescente.

—Podría prestártelo —dije.

—Iñaki, no —advirtió Armand.

Pero yo ya lo había desanudado. El rojo parecía imposible en aquel café sin colores. Lucien extendió la mano. Cuando deposité el pañuelo en su palma, sucedió algo que ninguno esperaba.

Lucien cerró los ojos.

—Campanas —susurró.

—¿Qué?

—Oigo campanas. Y una música… unas flautas muy agudas.

—Gaitas.

—Hay gigantes bailando.

La respiración se me cortó. No le había hablado de la Comparsa. Lucien sonrió por primera vez, con una alegría infantil que le devolvió durante un segundo el rostro de 1920.

—Huele a piedra mojada —continuó—. Hay una mujer asomada a una ventana. Te llama para que subas a cenar.

Quise decir *mi madre*, pero la palabra no acudió. Vi una silueta en la ventana de casa y no supe de quién era. Busqué su cara: el lunar, la bata, los dedos ásperos. El lunar cambió de lado. La bata se volvió azul. Luego no hubo ventana.

Agarré el borde del pañuelo.

—Devuélvemelo.

Lucien abrió los ojos. Tiró sin querer hacia sí. Durante un instante los dos sujetamos la tela.

—¿Cómo se llama tu madre? —preguntó Armand.

No pude responder.

—¿En qué piso vives?

—En el…

Imaginé una escalera. Tres rellanos. O cuatro. Una puerta con mirilla. ¿Tercero B? Eso decía el papel, pero el papel era solo tinta. No podía oír a mi madre detrás de aquella puerta.

Armand se abalanzó sobre nosotros.

—¡Suéltalo, Lucien! Un ancla no se presta. Se presta la orilla.

Lucien abrió la mano.

Recuperé el pañuelo y, con él, un golpe de imágenes: la cuesta de Santo Domingo, los balcones de Mercaderes, mi Orbea apoyada junto a la puerta, en el descansillo, las uñas de mi tío teñidas de betún. Me doblé sobre la mesa, mareado.

—Lo siento —dijo Lucien.

—Puedes llevártelo —respondí cuando volví a respirar—. Si os salva, puedes llevártelo.

—¿Y tú?

—Encontraré otra forma.

Armand se inclinó hasta colocar su rostro frente al mío.

—Escúchame, muchacho. Sin eso quizá encuentres Pamplona, tu calle, el número de tu casa. Quizá una mujer que se parece a tu madre te abra la puerta y te llame por tu nombre. Pero nunca sabrás si es ella. Nunca.

—Tampoco puedo dejar que mueran.

Lucien volvió a sentarse. Parecía más cansado que antes.

—No puedo cruzar solo —dijo—. Claire y Madeleine están escondidas en casa de mi cuñada. Si voy contigo ahora, las abandono. Si espero a mañana, tu puerta quizá ya no esté. Y aunque pudiera llevarlas, ¿qué sería de nosotros en 1979? ¿Una familia sin papeles, llegada de una guerra que terminó hace más de treinta años?

—Estaríais vivos.

—No es una respuesta pequeña.

Fuera sonaron pasos. Un grupo de soldados pasó hablando en alemán. Uno de ellos probó el picaporte. Armand apagó la única lámpara y los tres contuvimos la respiración. El pomo giró contra el cerrojo. Hubo una risa, un golpe en el cristal y después los pasos siguieron calle abajo.

En la oscuridad, Lucien habló:

—Me iré al sur.

—Tienes que hacerlo ya.

—Mañana buscaré a Claire y a la niña. Tenemos amigos cerca de Limoges. Desde allí intentaremos llegar a España.

—No os registréis. No confiéis en la policía francesa. No esperéis a ver si las cosas empeoran.

—Te creo.

Esa frase debería haberme aliviado. Me produjo más miedo que ninguna otra. Porque hasta entonces yo solo había contado el futuro. A partir de ese momento, quizá lo había cambiado.

Armand volvió a encender la lámpara. Miró el reloj parado.

—Debéis iros. Falta menos de una hora para el amanecer.

El portal estaba junto al café, donde lo recordaba, pero la calle se había llenado de puertas. No tres, como la primera vez. Había seis o siete, todas de madera oscura, todas con un cristal esmerilado, todas marcadas con un número 1. Algunas ocupaban lugares donde un momento antes solo había paredes.

El cielo comenzaba a aclararse sobre los tejados. Un resplandor sin color. París parecía contener el aliento antes de que regresaran los motores y las órdenes.

Lucien nos acompañó. En la esquina me abrazó con una fuerza inesperada.

—Si consigo pasar a España, buscaré Pamplona.

—No me encontrarás. En 1940 todavía no he nacido.

—Entonces tendré que esperar.

—En 1979 serás un viejo.

—Tú también llegarás a serlo.

—Yo tardaré más.

—Eso crees ahora.

Metió una mano en el bolsillo y me ofreció la moneda que había guardado durante veinte años.

—Llévatela.

—Es tu ancla.

—No. Mi ancla son mi mujer y mi hija.

No acepté la moneda. Lucien la cerró en el puño.

Saqué el pañuelo. Al tocarlo, las puertas parecieron moverse. Una mostraba la muesca de mi bicicleta; en otra, la muesca estaba al lado contrario. Una olía a coliflor hervida. Otra, a cera de iglesia. Detrás de una creí escuchar a mi madre llamándome, pero pronunció mi nombre con una entonación que no era la suya.

—No sé cuál es —dije.

—Aún sí —respondió Armand—. No mires las puertas. Recuerda por qué quieres volver.

Cerré los ojos. Busqué mi habitación, el póster de Cruyff, la hebilla marrón de la bata. Busqué Calzados Ochoa. El nombre se resistió. Ochoa. Ochoa. O quizá Ollo.

Noté que Lucien agarraba el extremo del pañuelo.

—Solo un momento —dijo—. Quiero recordar la dirección. Si llegamos a Pamplona algún día…

No llegó a terminar. El portal tiró de mí.

Fue una fuerza brutal, distinta de la suavidad del primer viaje. Yo caí hacia una puerta mientras Lucien permanecía en la acera. La tela se tensó entre los dos. Escuché un desgarrón. Durante una fracción de segundo vi dos amaneceres: el de París, pálido y ocupado, y otro sobre los tejados de Pamplona.

Lucien se quedó con una esquina roja en la mano. Yo atravesé la puerta con el resto.

El zaguán me recibió de rodillas. La bombilla amarilla parpadeaba. Olía a humedad, a lejía y a una verdura cocida que podía ser coliflor o repollo. Permanecí allí un buen rato, abrazado al pañuelo roto, repasando los nombres del papel.

Pamplona. Tercero B. Calzados Ochoa.

Salí a la calle. Mi Orbea estaba en la esquina de Curia. El cielo tenía el mismo azul sucio de la madrugada anterior. Un camión de limpieza avanzaba hacia la plaza y el conductor era el mismo hombre, o se le parecía mucho. Toqué las piedras, el sillín de la bicicleta, el pañuelo. Todo estaba donde debía.

Entonces fuí corriendo hacia la calle Zapatería.

El escaparate de mi tío estaba a oscuras. Tras el cristal se distinguían las sandalias que yo había colocado unas horas antes, la horma de nogal, el cartel de rebajas. Todo idéntico.

Salvo el nombre. Sobre el cristal, en letras doradas, se leía:

**CALZADOS OLLO. COMPOSTURAS**

Me acerqué hasta empañar el vidrio con la respiración. Ollo. Cuatro letras. No Ochoa. Saqué el papel del calcetín. La tinta se había corrido con el sudor y el viaje. En la tercera línea ponía:

*Zapatería: O…o.*

Entre la primera y la última letra había una mancha azul. Podía decir Ochoa. Podía decir Ollo. Podía decir cualquier cosa que yo necesitara que dijese.

Golpeé el cristal hasta que el vecino del segundo abrió una ventana y me mandó callar. Mi tío llegó a las ocho de la mañana. Le pregunté cuándo había cambiado el rótulo.

—¿Qué rótulo?

—Antes ponía Ochoa.

—Aquí nunca ha puesto Ochoa.

Se rio, pero dejó de hacerlo cuando vio mi cara.

—Se llama Ollo por don Fermín Ollo, el hombre que me traspasó el negocio. Tú lo conociste, Iñaki. Te regalaba cordones para jugar.

Yo recordaba a un don Fermín. Un hombre con guardapolvo azul y aliento a anís. ¿Se apellidaba Ollo? ¿Ochoa? Cuanto más intentaba fijarlo, más se alejaba.

En casa, mi madre llevaba la bata marrón. El lunar estaba a la izquierda. Vivíamos en el tercero B. Me abrazó, me dio una bofetada y volvió a abrazarme. Era ella. Quise creerlo. Quiero creerlo todavía.

No le hablé de París.

Esa noche, al acercarse la medianoche, regresé a la esquina de Curia y Compañía. Digo que regresé, aunque me quedé al otro lado de la calle. El número 1 parecía cerrado. A las doce en punto la puerta se abrió unos centímetros y del zaguán salió olor a tabaco. También oí una música lejana. O tal vez era una radio encendida en algún balcón.

Tenía el pañuelo anudado al cuello. Le faltaba una esquina. Si entraba, podía averiguar si Lucien había escapado. Podía llevarle fechas, nombres, rutas. Podía advertir a otros. En 1979 conocíamos el final de muchas desgracias y yo, durante unos minutos, me vi cruzando una y otra vez, repartiendo el porvenir como quien distribuye octavillas clandestinas.

Luego miré hacia la calle Zapatería. Calzados Ollo.

Pensé en lo que podía cambiar en el siguiente regreso. El color de una bata. El lado de un lunar. Una puerta distinta en el tercer piso. Pensé en una mujer idéntica a mi madre que me abriría y me llamaría hijo, y en que yo tendría que besarla sin saber si había perdido a la otra para siempre.

La puerta permaneció entreabierta hasta las doce y cinco.

No crucé.

He tardado cuarenta y siete años en contar la segunda noche. Durante ese tiempo busqué a Lucien Lévy. Al principio en bibliotecas, periódicos viejos y listas que no sabía consultar; después, cuando el mundo entero cupo dentro de un ordenador, en archivos franceses. Encontré demasiados. Un Lucien Lévy fue detenido con su mujer y una hija en 1942. Otro se incorporó a la Resistencia cerca de Limoges. Otro atravesó los Pirineos y llegó a Lisboa. Las edades no coinciden del todo. Los nombres de las niñas tampoco. En un registro aparece una Madeleine; en otro, una Madeline sin segunda *e*. No sé cuál de ellos fumaba en aquel café. No sé si alguno era él.

La zapatería cerró hace muchos años. Sobre el antiguo escaparate hay ahora una tienda de recuerdos. Busqué fotografías, facturas, anuncios en la prensa. En unas imágenes el rótulo queda oculto por un toldo. En otras la luz borra las letras. Un recibo que conserva mi primo lleva el nombre de Calzados Ollo, pero está fechado en 1983. Mi tío murió convencido de que siempre se había llamado así.

Yo ya no estoy convencido de casi nada.

Conservo el pañuelo. El rojo se ha apagado y los bordes se deshacen. Le falta una esquina triangular, pequeña, como si alguien hubiese querido arrancar una muestra. Algunas noches lo acerco a la cara. Huele a armario, a polvo, a una fiesta lejanísima. De vez en cuando creo notar también tabaco rubio.

No volví una tercera vez porque comprendí que el precio de aquellos portales no era perderse en otra ciudad ni quedar atrapado en otro tiempo. Eso habría sido más sencillo. El precio era saber: saber lo que iba a ocurrir y tener que decidir a quién se lo contabas; saber que cualquier vida salvada podía apartarte un poco de la vida a la que querías regresar; saber que, al otro lado, siempre habría una puerta casi igual esperándote.

Y porque aquella madrugada regresé a Pamplona, sí. Pero desde entonces no ha pasado un solo día en que no me pregunte a cuál.