Sombras tras los visillos

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Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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martes, 18 de agosto de 2026

El huésped

Llegué a aquella mansión el mismo treinta y uno de octubre, al caer la tarde de un día grisáceo. La aureola de leyendas que envolvía aquel lóbrego y apartado lugar, unida a un cierto deseo de descanso y meditación, me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad, inherente a mi extraño carácter, fue el detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía de ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles y se respiraba en él una atmósfera de recogimiento que desprendían tanto aquella mole de piedra como sus taciturnos habitantes: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos, y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su casa en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña temporada. Tal fue mi caso. Así pues, yo me encontraba allí en calidad de huésped.

Fue el criado quien salió a recibirme. Me llamó por mi nombre antes de que yo se lo hubiera dicho y, sin preguntarme nada, tomó mi equipaje y me condujo al piso principal.

—La habitación del señor está dispuesta —dijo solamente.

Apenas cené. El dueño me recibió un instante en el vestíbulo, embutido en una levita oscura y pasada de moda, me deseó una buena noche con una voz apagada y grave, y no volví a verlo. Temprano me retiré a mi cuarto.

Mas el sueño, inexplicablemente, no me llegaba, y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu, el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oír vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. En la oscura tiniebla de la habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, los murmullos, o el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos.

Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche. Con suavidad la abrí, y el chirrido de los goznes se escapó apenas, debido tal vez a su poco uso, como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frío golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los árboles y un fugaz resplandor. Luego nada: silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana. Me quedé inmóvil durante un rato, hasta que comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche; doce campanadas lentas, sordas… Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por aquellos lugares a propósito de aquel día.

Fue entonces cuando empezó a oírse el gotear. Un sonido pausado y monótono, en algún punto del techo, que atribuí a la lluvia y que ya no cesó en toda la noche.

De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, pues de lo contrario iba a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme y el corazón encogido por el miedo, me encaminé hacia la biblioteca. Un sudor frío recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. Los anaqueles estaban casi vacíos y sobre una mesa, solo, como si alguien lo hubiera dejado allí para mí, había un grueso volumen amarillento por el paso del tiempo.

De nuevo en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a hojearlo entre nervioso y preocupado. No era lo que yo esperaba. Las páginas no contenían relato alguno, sino una larga relación de nombres escritos a mano, cada uno con su fecha al margen, en tintas y caligrafías distintas, unas muy antiguas y otras no tanto. Pensé que se trataba del registro de huéspedes de la casa y que el anciano lo llevaría desde hacía muchos años. Aquella sucesión monótona de nombres ajenos acabó por adormecerme. Sin darme cuenta, mis ojos se cerraron y entré en un profundo sueño. Las horas pasaron lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin, las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron que me despertase. Abrí los ojos. Durante unos instantes no recordé dónde me encontraba. La vela se había consumido y el libro amarillento yacía abierto a los pies del lecho.

El silencio, sin embargo, seguía roto por aquel pausado gotear. Cloc. Cloc. Cloc… Instintivamente alcé los ojos y vi una mancha oscura entre las junturas de los pesados tablones del techo. Una gota se desprendió, cayó junto a mis pies y quedó allí, redonda y brillante. Me incliné y la toqué con la punta de los dedos. No era agua. Era sangre.

Sentí que el corazón se me detenía. Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando aquella gota roja. Después me incorporé y salí al corredor. Llamé al criado, primero en voz baja y luego con mayor fuerza, pero nadie respondió. La casa entera parecía deshabitada.

Al fondo del pasillo encontré la escalera que conducía al piso superior. Subí lentamente. Cada peldaño crujía bajo mis pies con el mismo sonido que tanto me había atormentado durante la noche. Al llegar al rellano comprendí que la habitación situada sobre la mía era la última del corredor. Su puerta estaba entreabierta. Empujé con suavidad.

El anciano se encontraba sentado ante un escritorio, con la cabeza caída sobre un hombro. Vestía la misma levita oscura con la que me había recibido unas horas antes. Pero aquel cuerpo no era el de un hombre muerto aquella noche. La piel se le había apergaminado sobre los huesos hasta adquirir el color de la cera vieja; el polvo se había asentado en los pliegues de la ropa y una tela de araña unía su hombro al respaldo del sillón. Le tomé una mano. Estaba helada y rígida, y no cedió.

Y sin embargo, junto a su sien se abría una herida estrecha de la que aún manaba la sangre, gota a gota, formando bajo el sillón un charco que se filtraba lentamente entre los tablones.

Sobre el escritorio había un libro abierto. Al reconocerlo retrocedí horrorizado: era el mismo volumen que yo había llevado a mi habitación y que, apenas unos minutos antes, había visto a los pies de mi cama. Estaba abierto por la última página, y solo entonces reparé en lo que la noche anterior no había sabido ver. Las fechas escritas al margen de cada nombre, todas ellas, sin una sola excepción, eran treinta y uno de octubre. La relación descendía año tras año, década tras década, hasta el final de la columna.

Al pie, con tinta todavía fresca, alguien había escrito mi nombre.

En aquel momento oí una voz en el piso inferior. Era la del criado.

—Señor, nuestro huésped ya se ha levantado.

Otra voz le respondió. Una voz apagada y grave que reconocí de inmediato.

—Muy bien. Dígale que lo espero.

Escuché entonces el golpe de un bastón contra el suelo y unas pisadas que comenzaban a subir lentamente por la escalera. Una… otra… otra más… Me volví hacia la puerta y aguardé, sin atreverme a respirar, mientras los pasos atravesaban el corredor y se detenían al otro lado.

—¿Ha descansado usted bien? —preguntó la voz del anciano.

La puerta permaneció cerrada. La voz no había llegado desde el corredor. Había sonado a mis espaldas.

Pamplona. Abril de 1982. Revisado en 2026