lunes, 17 de agosto de 2026

Silencio en la noche

Había llegado a aquella mansión pocos antes del 1 de noviembre, en los sombríos días del mes de octubre. La aureola de leyendas que escondía aquel lóbrego y apartado lugar, unido a un cierto deseo de descanso y meditación me había llevado a tomar aquella decisión. No oculto que una cierta morbosidad inherente a mi extraño carácter había sido el detonante para que abandonara, sin pensarlo mucho, las comodidades y lujos de la ciudad, su mundanal ruido y el monótono quehacer diario.

La mansión, al verla, me pareció sólidamente construida. Debía ser de finales del siglo XVIII, pues guardaba algunas reminiscencias clásicas, sobre todo en el portal de entrada, flanqueado por sendas columnas de inspiración jónica. Las ventanas eran grandes. El interior del edificio estaba sobriamente decorado por algunos escasos muebles. Se respiraba una atmósfera de recogimiento, que desprendían tanto aquella mole de piedra como  sus taciturnos y escasos habitantes, con los cuales  apenas hable: el dueño, un viejo y solitario aristócrata venido a menos y su criado. El anciano había accedido, por consejo de algunos amigos, a convertir su mansión en una especie de residencia para quien deseara encontrar un lugar de descanso por una pequeña  temporada. Tal fue mi caso. Así pues yo me encontraba allí en calidad de huésped. Y en estos días otoñales yo era el único huésped de la lóbrega mansión, o al menos eso creía.

Había llegado al caer la tarde de un grisáceo día. Apenas cené y temprano me retiré a mi habitación. Más el sueño inexplicablemente no me llegaba y el tiempo transcurría lenta, muy lentamente. Por más que quería tranquilizar mi espíritu,  el temor a algo desconocido se acrecentaba y creía oir vagos sonidos, como de pisadas, ora en el piso de arriba, ora en el de abajo; o de pronto el silencio de la noche, afuera, quebrado por el pisar de alguien sobre la hojarasca. Quería pensar que lo que sentía en aquellos momentos era fruto del ambiente de aquella casa, pero mis esfuerzos por tranquilizarme eran inútiles. En la oscura tiniebla de mi habitación aplicaba cada uno de mis sentidos, como queriendo corroborar la inexistencia de motivos de preocupación, pero cuando a punto estaba de convencerme volvían los sonidos, las voces, murmullos o  el mismo silencio, todavía más mortificante si cabe. Mi corazón latía con violencia, por momentos. Y el silencio estaba lleno de extraños rumores. Tembloroso me incorporé sobre el lecho y me asomé por entre la cortinilla de la ventana. Oscuridad profunda en la medianoche.

Con suavidad abrí  la ventana y el chirrido de los goznes se escapó suavemente, debido tal vez a su poco uso como la mayoría de las cosas que había en aquella casa. Un halo de aire frio golpeó de improviso mi cara. Atisbé una luna roja entre los arboles y un fugaz resplandor. Luego nada, silencio de otoño en las hojas secas, caídas. Más tranquilo cerré la ventana, Me quedé inmóvil  durante un rato cuando comenzaron a sonar, allá en la lejanía, en el campanario de la iglesia del pueblo, las doce de la noche, doce campanadas lentas, sordas...Y entre ellas, de nuevo, el vago y confuso sonido de la noche de difuntos. Terribles leyendas corrían por estos lugares a propósito de este día. De pronto, en mi enfebrecida mente surgió la idea de leer algún libro, ya que de lo contrario, iba  a ser difícil que pudiera conciliar el sueño. Y así, con paso no muy firme, me encaminé hacia la biblioteca, con el corazón encogido por el miedo. Un sudor frio recorría mi frente. La mansión dormía en el más sepulcral de los silencios. De nuevo, en mis aposentos, bajo la temblorosa luz de una vela, sentado sobre el lecho, comencé a leer, entre nervioso y  y preocupado las páginas de aquel  libro amarillento por el paso del tiempo. Sin darme cuenta, mis ojos se  cerraron y  entré en un profundo sueño. Las horas habían pasado lánguidas, pesadas, lentas en la noche.

Por fin las primeras luces del alba comenzaron a alumbrar la oscura estancia e hicieron  que me despertase. Abrí los ojos. Durante unos instantes no recordé dónde me encontraba. La vela se había consumido y el libro amarillento yacía abierto a los pies del lecho. La noche había felizmente pasado...Todo cuanto había oído no debía de haber sido más que una fantasía de mi espíritu excitado...o tal vez no?. El silencio inquietante, entre los rayos de la aurora, me hizo recordar, de nuevo, los temores de la pasada noche. 
 
Un silencio que sin embargo, ahora, era  roto por un pausado gotear, lento y monótono. Cloc, Cloc, Cloc...Instintivamente alcé los ojos y vi una mancha oscura entre las junturas de los pesados tablones del techo. Una gota se desprendió, cayó junto a mis pies y quedó allí, redonda y brillante. Me incliné y la toqué con la punta de los dedos. No era agua. Era sangre.

Sentí que el corazón se me detenía. Durante unos segundos permanecí inmóvil, mirando aquella gota roja. Después me incorporé y salí al corredor. Llamé al criado, primero en voz baja y luego con mayor fuerza, pero nadie respondió. La casa entera parecía deshabitada.

Al fondo del pasillo encontré la escalera que conducía al piso superior. Subí lentamente. Cada peldaño crujía bajo mis pies con el mismo sonido que tanto me había atormentado durante la noche. Al llegar al rellano comprendí que la habitación situada sobre la mía era la última del corredor. Su puerta estaba entreabierta. Empujé con suavidad.

El anciano propietario de la mansión se encontraba sentado ante un escritorio, con la cabeza caída sobre un hombro. Vestía la misma levita oscura con la que me había recibido la tarde anterior. Una estrecha herida se abría junto a su sien y, bajo el sillón, la sangre había formado un pequeño charco que se filtraba lentamente entre los tablones. Me acerqué y le tomé una mano. Estaba helada.

Sobre el escritorio había un libro abierto. Al reconocerlo, retrocedí horrorizado: era el mismo libro que yo había llevado a mi habitación y que, apenas unos minutos antes, había visto a los pies de mi cama. En la última página, bajo una larga relación de nombres y fechas, alguien había escrito con tinta todavía fresca: 31 de octubre. Ha llegado otro huésped.

En aquel momento oí una voz en el piso inferior. Era la del criado.

—Señor, nuestro huésped ya se ha levantado.

Otra voz le respondió. Una voz apagada y grave que reconocí de inmediato.

—Muy bien. Dígale que lo espero.

Escuché entonces el golpe de un bastón contra el suelo y unas pisadas que comenzaban a subir lentamente por la escalera. Una… otra… otra más… Los pasos atravesaron el corredor y se detuvieron ante la puerta.

—¿Ha descansado usted bien? —preguntó la voz del anciano.

Quise volverme hacia el cadáver, pero no pude hacerlo. La voz no había llegado desde el corredor. Había sonado a mis espaldas.

Pamplona. Abril de 1982. Revisado en 2026

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