Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Los territorios de Sombras

Últimos Relatos

lunes, 6 de julio de 2026

Relampagos. Dean R. Koontz

Entretenida "time opera" del escritor de "best sellers" Dean R. Koontz, no exenta de algunos defectos. Publicada originalmente en 1988, -la leí en la edición de bolsillo de Plaza y Janes-, la novela parte de una interesante premisa: Laura Shane nace en 1955, durante una tormenta excepcional, y desde ese instante su vida queda vinculada a la aparición de un misterioso desconocido que parece surgir de la nada cada vez que la tragedia se acerca a su vida. Su vida está marcada por pérdidas, amenazas y accidentes que no parecen casuales de los que se libra gracias a su valor y a la casi milagrosa intervención del citado desconocido. Esa idea inicial, cargada de misterio y fatalidad, permite a Koontz desplegar una historia que mezcla suspense, ciencia ficción, aventura romántica y thriller histórico. En un instituto científico secreto de la Alemania nazi se hacen asombrosos experimentos con el control del tiempo, viajando al pasado y al futuro. En uno de esos viajes, un científico llamado Stefan conoce a Laura. el terror y al muerte perseguirán a ambos.

Koontz maneja bien esa atmósfera de amenaza constante, casi sobrenatural, y consigue que el lector avance con curiosidad.  La pregunta que late debajo de la trama es sencilla y enorme: si alguien pudiera cambiar los momentos decisivos de una vida, ¿seguiría siendo esa vida la misma? Koontz convierte esa cuestión en motor narrativo, pero también en dilema moral. Salvar a alguien no siempre significa liberarlo del dolor; a veces implica trasladar el peso de la tragedia a otro lugar.

Hay escenas de peligro, persecuciones, revelaciones dosificadas y un sentido muy cinematográfico del ritmo.  Koontz tiende a subrayar demasiado las emociones, a forzar ciertos golpes dramáticos y a construir personajes que, en ocasiones, parecen más al servicio de la trama que de una verdadera complejidad psicológica.  La novela gana cuando se mueve en el terreno de la intriga y pierde algo de fuerza cuando intenta cargar cada escena de trascendencia emocional. No es una novela perfecta, sutil ni pretende serlo, puede resultar exagerada, incluso ingenua en algunos tramos, pero también posee ese tipo de impulso narrativo que hace difícil abandonarla. Una novela imperfecta, irregular por momentos, pero con una premisa potente y un ritmo suficientemente eficaz como para mantener vivo el interés hasta el final.

domingo, 5 de julio de 2026

Las ratas

En una populosa ciudad de la costa, en un lugar indeterminado del planeta. 

Los meses transcurrían más cálidos y  agobiantes que nunca. Los edificios parecían resquebrajarse, resecos como estaban; las calles, malolientes; y el puerto se había convertido en una negra cloaca. El agua potable estaba a punto de acabarse por lo que las autoridades locales habían impuesto fuertes restricciones.

A pesar de ser las doce del mediodía, las calles principales observaban un tráfico muy fluido y los transeúntes eran más bien escasos. Las gentes preferían permanecer en sus casas, algo más frescas, antes que andar sobre el abrasador asfalto, bajo aquel sol terrible. En tales circunstancias no era extraño ver algún pequeño roedor, un ratón o tal vez alguna rata, sobre los gigantescos montones de basura que se habían empezado a formar delante de los portales de todas las casas de la ciudad.

Pasaron algunos días y cada vez se hacía sentir más la presencia de esos pequeños y repugnantes animales, que en gran número empezaban a salir de los lugares más inesperados.

La noche cae sobre la gran urbe y las ratas se agolpan y amontonan por entre las alcantarillas, subiendo y bajando, pugnando por salir en la oscuridad nocturna a la superficie del asfalto. En el sanguíneo firmamento surge la silueta de una gigantesca rata que, con un chillido gutural, abriendo sus agudas fauces, se sostiene sobre sus patas traseras y parece querer abalanzarse sobre la ciudad.

Y al amanecer, las ratas han invadido los barrios periféricos, los más pobres de la ciudad. Por las calles, ya casi desiertas, pululan centenares de roedores que se arrastran pesadamente sobre la suciedad del pavimento. Las gentes, aterrorizadas, permanecen encerradas en sus casas, mirando sigilosas por entre las ventanas la macabra procesión, a la espera de no se sabe qué.

Y de nuevo llega la noche. Las ratas cubren las calles y penetran en las casas, royendo todas las puertas por cerradas que estén, rompiendo los cristales de las ventanas con sus hocicos y sus patas, que se cubren de sangre; y aunque algunas mueren, abren paso a las que vienen detrás. El terror se extiende como una gigantesca telaraña sobre la ciudad.

Los hombres y mujeres intentan ingenuamente matarlas por todos los medios posibles, mas las hambrientas ratas comen los cadáveres de sus congéneres y avanzan irresistibles, arrasando todo lo que encuentran a su paso. Devoran vivas a las personas sobre las que se ceban. Espeluznante escena: algunos se lanzan desde las ventanas de sus casas y se estrellan contra el suelo; masas de gente llevadas por el pánico corren de aquí para allá huyendo a ningún sitio, subiendo a los áticos y terrazas de las casas, buscando su salvación.

Y llegan a los limpios y deslumbrantes barrios residenciales y, haciendo caso omiso de la clase social, devoran con igual voracidad a aquellos gentlemen, hijos de papá, y a sus hermosas y bien adornadas mujeres. Gritos de horror indescriptibles, como si del más profundo de los avernos surgieran los gemidos de los condenados.

La ciudad de las ratas duerme.

Y los días pasan interminables, y los que sobreviven, en su lucha por la vida, son capaces de cometer las mayores atrocidades. En tal estado los ha sumido aquella cruenta y desigual guerra. Pasadas las primeras jornadas de terror, los hombres empiezan a organizarse en grupos que controlan sus respectivas zonas de influencia —calles, manzanas, avenidas— luchando unos contra otros para conseguir algo de comida o de agua. Si en un principio era de por sí escasa, más tarde, desaprovechada, se hizo prácticamente inexistente.

A causa de todo ello empezaron a surgir con fuerza enfermedades infecciosas que diezmaron la población aún más que las propias ratas. Con el paso del tiempo la ciudad se convirtió en un gigantesco cementerio de cadáveres; un fétido olor cubría la atmósfera de la urbe y sus inmediaciones.

El sol se ocultó de nuevo, fúlgidamente oscurecido por la sombra del hombre de la guadaña, que parecía estar sentado allá, justo sobre aquellas rocas al otro lado del puerto, contemplando su obra: la ciudad, o quizás el mar, pensando tal vez en emigrar a otras tierras.

Al día siguiente un rayo de esperanza penetró en la ciudad. Se hizo más frecuente la presencia de gran cantidad de cadáveres de ratas, encogidos, con las patas hacia arriba y el hocico cubierto de sangre. Primero decenas; más tarde, centenares y miles, hasta formar mullidas alfombras de negros cadáveres sobre las calles. Las que no murieron huyeron despavoridas ante la presencia del hombre.

Los grupos y bandas rivales empezaron a unirse para trabajar en la limpieza de la ciudad. Como no parecía conveniente arrojar las ratas al mar, las amontonaron en inmensas pilas y las quemaron; lo mismo hicieron, por doloroso que fuera, con los cadáveres de las personas.

Pero el peligro de enfermedad seguía latente y, aunque ahora a menor ritmo, seguían muriendo personas. Era pues necesario quemar toda la ciudad. A pesar de lo drástico de la decisión, la labor se llevó a cabo: se rociaron cada uno de los edificios con gasolina y se les prendió fuego.

Dantesca era la imagen de la ciudad que podía presenciarse. En la oscuridad de la noche, lenguas de fuego se alzaban temblorosas sobre el firmamento, y la ciudad sucumbía bajo las llamas mientras sus habitantes marchaban huyendo entre la penumbra rojiza del fuego, de lo que, aun siendo real, había tenido toda la apariencia de una pesadilla.

Al día siguiente, sobre el horizonte, se divisaban entre los escombros algunas nubes de humo. Todo había terminado al fin.
 
Escrito en Pamplona. Septiembre de 1982

La galería de las horas. Tres voces del internado de Santa Eulalia

I. Amaia

La galería de las horas mira al norte, y de noche, cuando apagan la luz, la niebla se queda pegada al cristal como si esperase a que alguien la dejara entrar. Las demás no la miran. Yo sí. Pienso que ojalá alguien me esperase a mí de esa manera —sin prisa, sin cansarse, toda la noche contra un vidrio frío— y por la mañana la niebla sigue ahí, fiel, la única cosa que no se ha ido.

Somos cuarenta y una y hay cuarenta y dos camas. La del fondo no la ocupa nadie. Las mayores dicen que es de una que se marchó un verano y no volvió, y que no se toca, y que cuando cruje por la noche hacemos como que es la madera vieja. Yo, la primera noche, conté las camas dos veces y me salió mal las dos. Después aprendí a no contar hacia el fondo. Aquí se aprende enseguida hacia dónde no hay que mirar.

Soy de las que se quedan.

Lo digo sin pena, como se dice el tiempo que hace. Mi madre murió cuando yo era muy pequeña y de mi padre no guardo más que una fotografía en la que sale serio, con un abrigo que le queda grande. Me cría una tía en Deba, la hermana de mi madre, que no es mala pero tiene su vida y su casa y una manera de mirarme, cuando llego en verano, que dura justo lo que tarda en acordarse de que soy yo. A ella le escribo. Las monjas leen las cartas antes de enviarlas —lo hacen delante de una, sin disimulo, como quien comprueba una cuenta—, así que escribo cosas de las que se pueden leer: que estudio, que estoy bien, que hace frío. Nunca escribo lo otro. Que la casa de Deba es lo único que tengo y que, aun así, cuando llega septiembre y me devuelven al internado, siento un alivio que me da vergüenza, porque significa que no quiero del todo el único sitio adonde puedo ir.

Se nota cuando alguien está esperando a una. Yo lo noto en las otras: en la que cuenta los días hasta Navidad, en la que corre al locutorio cuando la avisan. A mí no me avisan casi nunca. Por eso lo sé mirar tan bien: como se conoce bien lo que a una le falta.

Una tarde escribo a mi tía y la mano se me va. No me doy cuenta hasta que levanto los ojos y veo que he llenado media página de una ciudad que no conozco. Un paseo de árboles junto a un foso, un foso lleno de cesped, con una acequia cruzándolo. Y un hombre. Un hombre joven que lleva bajo el brazo una carpeta de cartón atada con una goma —que lleva, que llevará, que llevaba— y que está de pie, muy quieto, esperando a alguien que no llega. Escribo que se nota que está esperando. Escribo que se le nota tanto que da pena. Y entonces me asusto, porque no sé de dónde ha salido eso, y lo tacho hasta que el papel se rompe, y sor Encarnación me quita la hoja rota sin decir nada y anota algo en su cuaderno con esa letra apretada suya que parece coser.

Esa noche sueño con el foso verde. El hombre sigue allí. Ahora sé que me espera a mí, aunque todavía no me conoce y quizá no me conozca nunca. Me despierto con la certeza rarísima de que le he echado de menos toda la vida, y tengo doce años, y no he querido a nadie, y no me ha querido nadie, y me digo que una no puede echar de menos lo que no ha tenido. Y sin embargo...

Empiezo a recordar cosas que todavía no me han pasado.

Salimos los domingos, de dos en dos. A mí me toca casi siempre con Maite, que va dos camas más allá y tiene las manos llenas de sabañones de dormir sin calefacción, y que en cuanto puede se pega al radiador del pasillo y estira los dedos hacia el calor como quien se concede un lujo que no le corresponde. Maite es buena y calla mucho. La otra, Arantxa, no sale nunca de pareja porque nunca sobra nadie para ella; se queda en el patio, contra el muro, mirando la tapia como si al otro lado hubiera algo. A las tres nos une lo mismo, aunque no lo hablamos: que fuera de aquí no nos espera nadie. Somos hijas de nadie en una casa de nadie, encomendadas a unas monjas que nos quieren de una manera administrativa, racionada, sin cariño de sobra porque el cariño aquí también está tasado. No hay crueldad. Es peor. Hay una amabilidad cansada que no llega para todas.

Yo, en el paseo, me separo. Le suelto la mano a Maite en cuanto doblamos la esquina y me voy sola hasta donde la niebla se cierra sobre los tejos del jardín. Sé que está mal. Lo hago igual. En la niebla soy otra: una que camina hacia alguien.

Cuando llega la fiesta de Santa Eulalia bajamos todas a la capilla. En el retablo hay una niña pintada con una palma en la mano, una niña de trece años que murió por no callar lo que creía, y las monjas nos cuentan su historia cada año como quien nos cuenta un ejemplo. Patrona de las doncellas, dicen. Patrona de las que se van demasiado pronto, pienso yo, aunque no lo digo. La miro y me reconozco un poco, no sé por qué, con ese frío en la espalda de cuando una se ve en un espejo que no esperaba. Una interna mayor, encendiendo velas, me dice bajito que este colegio ha perdido chicas antes. En el mar, dice. En la carretera. «Y no volvieron —dice—, o volvieron de otra manera.» Y se santigua deprisa, como si hubiera hablado de más.

Enciendo una vela. Y por un segundo —lo juro— me veo desde fuera: de pie junto a un muro de piedra, con el uniforme puesto, en una niebla que no es esta, mientras un desconocido afloja el paso para mirarme. No para verme. Para mirarme. Y comprendo, con una alegría que no debería tener, que voy a ser mirada. Alguna vez. Por alguien. Aunque sea tarde. Aunque sea después.

El presente se me cierra encima como una puerta y vuelvo a ser la de la vela, la de doce años, la de la cama que no es del fondo todavía.

Se acaba el curso. A las de familia lejana nos llevan a la costa, y a mí me toca Deba, que es mi tía y es el mar. El mar de Deba golpea de noche contra las rocas como si quisiera entrar en la casa, y yo me duermo oyéndolo y sueño que ya lo he oído antes, encerrada tierra adentro, en el refectorio, entre el silencio de las meriendas, cuando creía que eran los radiadores. Recuerdo el mar antes de haberlo oído. Recuerdo la sal en un abrigo verde que todavía no tengo. Recuerdo a un hombre diciéndome que me ha querido de una forma que le ha estropeado para todo lo demás, y yo contestándole que la verdad no siempre necesita decirse entera, y no sé quién es ese hombre, ni por qué le contesto así, ni por qué al recordarlo me duele el pecho de una ternura vieja.

La última tarde, antes de que venga a buscarme mi tía, bajo sola a la orilla. Hay niebla, una niebla que sube del agua y se come los acantilados. Me quedo en el borde, donde la arena se hace roca. Y la niebla viene hacia mí, despacio, y esta vez no espera contra ningún cristal: me envuelve, me toca la cara con esa humedad de lana mojada que ya conozco, y entiendo, por fin, del todo, sin poder decírmelo con palabras, que soy yo. Que soy yo la que va a levantar la mano en la niebla de una ciudad que aún no piso. La que dirá, dentro de muchos años que para mí son ahora mismo, me perdí antes. La que buscará durante media vida ajena a alguien que la mire y diga su nombre.

Doy un paso hacia la niebla, como se da un paso hacia quien nos espera.

Dirán que me ahogué. Que hubo temporal, que el mar estaba bravo, que se me llevó entre las rocas. Saldrá en un periódico, pequeño, a una columna, con una foto en la que salgo seria, como mi padre, con algo que me queda grande.

No estoy segura de haberme ahogado.

Solo sé que entré en la niebla, y que la niebla, por una vez, me estaba esperando a mí.

II. Maite

A mí me devuelven.

Es la palabra exacta y no me molesta usarla. Tengo una tía en un pueblo de la carretera de San Sebastián que me recoge algún domingo, por deber, y que a media tarde ya está mirando el reloj. No es que no me quiera. Es que no sabe dónde ponerme. Su casa es pequeña, su marido habla poco, y yo, de visita, soy un mueble que no encaja. Antes de que anochezca me dice que va siendo hora, y me lleva a la parada, o me busca a alguien que suba hacia el puerto, y me devuelve al colegio, que es el único sitio donde tengo una cama con mi nombre, aunque el nombre lo hayan escrito ellas.

Vuelvo siempre tarde y siempre bajo la lluvia. Parece que lo hubieran arreglado así. Las visitas que no salen bien se acaban de noche.

En el internado tengo las manos deshechas de sabañones. El dormitorio no tiene calefacción y el frío se me mete en los dedos y no se va hasta junio. Mi lujo, el único, es el radiador del pasillo: me pego a él cuando las monjas no miran y estiro las manos hacia el calor hasta que me pican, y ese picor casi feliz es lo más parecido a que alguien me abrace que tengo en todo el invierno. Guardo también, en el fondo de la caja de los tesoros, un frasquito de colonia que era de una hermana joven que murió, colonia de las de antes, y algunas noches me pongo una gota en la muñeca y me huele a que soy alguien.

Cuento esto sin queja. No sé quejarme. En Santa Eulalia la que se queja molesta, y la que molesta se queda más sola todavía, así que aprendes a decir las desgracias como quien dice la hora.

Con Amaia salíamos de dos en dos y ella se soltaba en cada esquina y se iba a la niebla. Yo la dejaba. Le brillaban los ojos de una manera que a mí me daba un poco de miedo, como si mirara cosas que estaban más allá del muro, más allá del domingo. Cuando se fue al mar y no volvió, a nadie le extrañó demasiado; borraron su nombre de la lista, le quitaron la percha del ropero, y yo por la noche miraba su cama vacía y pensaba que ahora había dos al fondo. Una vez soñé el mar por ella, un mar que yo no conozco porque nunca me han llevado a la costa, un mar que golpeaba de noche como si quisiera entrar. Me desperté con sal en la boca. No se lo conté a nadie.

Lo mío es la carretera.

Hay una noche —está lloviendo, cómo no— en que vuelvo del pueblo de mi tía más tarde que nunca. La visita ha ido mal, no importa por qué, esas cosas no se cuentan. Mi tía no puede acercarme y me deja en el cruce, bajo el agua, con la promesa de que enseguida pasará alguien que suba hacia el colegio. Llevo el abrigo bueno , una gota de la colonia de la muerta en la muñeca y una diadema que me compró ella hace años, de arco, la única cosa de niña bonita que tengo. Paro un coche. O el coche para. Es un hombre solo, amable, que va hacia el puerto y me dice que me lleva. Subo. Le digo que voy al colegio. No pregunta cuál.

La carretera sube hacia el puerto de Azpiroz entre curvas, y la niebla, arriba, se cierra igual que se cerraba sobre los tejos del jardín. En una curva —hay una que dicen que se resiste, que se lleva a la gente— siento algo raro, un desencaje, como si el coche ya no fuera del todo por la carretera sino por dentro de un recuerdo. Miro por la ventanilla y no veo el arcén: veo unos faros que vienen, y una mano que se levanta hacia ellos pidiendo que paren. La mano es la mía. Voy dentro del coche y estoy fuera, en la cuneta, levantando la mano hacia mí misma, con la ropa seca aunque llueve, y no entiendo cómo puedo estar en los dos sitios, y tengo las manos, por una vez, calientes.

Después no hay después.

Dirán que hubo un accidente. Que el coche se salió en la curva mala, que la calzada estaba mojada, que a esas horas y con esa niebla. Con los años dirán también cosas que no son verdad: que conducía yo, que fue en el sesenta y tantos, que era de un internado de San Sebastián. No importa. Las carreteras cuentan a sus muertos como pueden, y una aprende pronto a no corregir a los vivos. Pondrán una cruz clavada en el quitamiedos, de esas que va plantando el luto en las carreteras.

Y yo seguiré volviendo. Levantaré la mano en la niebla, con la ropa apenas mojada, y diré que voy a Pamplona y que vengo de San Sebastián, porque el nombre del pueblo de mi tía no le dice nada a nadie. Estiraré las manos hacia las rejillas de la calefacción como quien se concede un lujo que no le corresponde. Pediré, en la curva, que vayan despacio, porque esa curva siempre se me resiste. Y alguna noche, antes de irme, diré la única verdad entera que tengo, como quien deja una dirección: aquí me maté yo.

Una de esas noches, un hombre que vuelve tarde me pondrá sobre los hombros su americana seca. Se la devolveré doblada en el asiento y, en el bolsillo, sin saber del todo que al dejarla le estoy pidiendo algo, mi diadema, todavía húmeda. Él lo entenderá esa misma noche: volverá bajo la lluvia, la colgará de la cruz con torpeza, sin rezar, y al colgarla me hará, sin querer, el único bien que puede hacérsele a una de nosotras: dejar algo mío donde se vea.

Pero yo, cuando pienso en aquella noche, no me acuerdo del golpe. Me acuerdo de la mano levantada hacia los faros. Y de que las manos, por fin, no me dolían de frío.
 
III. Arantxa

A mí no me devuelve nadie, porque a mí no me recoge nadie.

No tengo tía, ni casa de verano, ni pueblo en la carretera, ni siquiera un frasco de colonia de una muerta. Tengo la lista, y en la lista un nombre, y una percha en el ropero, y una cama. Cuando cierran el colegio por vacaciones y las otras se van —unas a su casa, otras a la costa—, yo soy de las poquísimas que se quedan del todo, las que no reclama nadie, las que hacen bulto en el pasillo mientras las monjas deciden qué se hace con nosotras. A las de familia lejana las llevan en verano a una casa junto al mar, y algunas no vuelven de allí, y a ésas no se las nombra nunca más, se hace como si no hubieran existido. A mí ni siquiera me llevan: para ir a la costa hace falta una familia a la que avisar si no vuelves, y yo paso los veranos enteros en el colegio vacío, oyendo mis propios pasos por la galería como si fueran de otra. Yo miraba a Amaia irse al mar con una envidia que me daba asco de mí misma: envidia de que a ella la esperase, aunque fuera mal, aunque fuera una tía distraída, alguien.

Aprendí pronto a no mirar hacia el fondo del dormitorio. Aprendí a no contar las camas. Aprendí, sobre todo, a no esperar el locutorio, porque a mí no me avisaban jamás, y la que aprende a no esperar se ahorra un dolor pequeño trescientas veces al año.

Una sola vez pedí algo. Fue a una de la galería, la única a la que su familia, arruinada pero viva, reclamó a tiempo, justo antes de un verano. Hacía la maleta llorando de alivio y de culpa, y yo la ayudé a cerrarla, porque alguien tenía que hacerlo y porque cerrar la maleta de otra es lo más cerca que he estado nunca de irme. Le dije: cuando salgas, acuérdate de mi nombre. Aunque no vuelvas. Acuérdate. Porque yo no le voy a quedar a nadie más. Me lo prometió. Las promesas de despedida pesan poco, y no la creí. En eso, por una vez, me equivoqué. Tardaría media vida en saberlo, pero las que aprendemos a no esperar tenemos, para esperar, todo el tiempo del mundo.

Lo raro es esto: nada me ha mirado nunca, y la niebla sí.

Empezó en la ventana, de noche. Yo, que no le importo a nadie, notaba que la niebla del cristal me devolvía la mirada. No a las otras. A mí. Se quedaba ahí, contra el vidrio, y yo tenía la sensación clarísima —ridícula, lo sé— de que me veía, de que era lo único en el mundo que sabía dónde estaba yo exactamente. Empecé a esperar la noche por eso. A ponerme al lado de la ventana. A apoyar la frente en el frío. La niebla me miraba y yo me dejaba mirar, y era casi como ser querida.

Un domingo de niebla salimos, y como siempre no sobra nadie para hacer pareja conmigo, así que voy sola detrás de la fila. Nadie lo nota, que es la costumbre de todo lo mío. Doblamos junto a los tejos, la niebla baja del monte y se cierra sobre el camino, y yo, en vez de apretar el paso para no perder a las demás, hago lo que Amaia hacía: me quedo. Dejo que la fila se aleje. Las oigo contar, de dos en dos, cada vez más lejos —una, dos, tres, cuatro— y noto que en la cuenta falto yo, y que ni siquiera se dan cuenta de que faltan.

La niebla viene hacia mí. Por primera vez no está detrás de un cristal. Me toca. Y yo entro en ella no como quien se pierde, sino como quien acude, por fin, a lo único que la ha mirado en toda su vida.

De mí no dirán nada. No habrá mar, ni curva, ni cruz, ni columna en el periódico. En el libro del colegio, sor Encarnación escribirá con su letra de coser: «salida definitiva» o «trasladada a otro centro» o «reclamada por la familia» —una fórmula de contable, de esas que se ponen para no poner la verdad—, y quitarán mi percha, y rascarán mi nombre del pupitre, y me borrarán con el mismo cuidado con que se borra una cuenta saldada. Sin cuerpo. Sin ausencia siquiera, porque para que haya ausencia alguien tiene que echarte de menos.

Seré la cama nueva del fondo. La que cruje. La que las que lleguen aprenderán a no mirar.

Y esperaré, con las otras, de dos en dos por los caminos de la niebla, con el uniforme azul y la bufanda húmeda, esto que hemos venido a esperar todas desde el principio y que ninguna supo pedir a tiempo: que alguien cuente la cabeza que falta. Que alguien nos mire sin querer explicarnos del todo. Que alguien, una noche cualquiera, entre Pamplona y San Sebastián, con la niebla cerrándose en la carretera, deje —sin saber para quién— una luz encendida.

Algunas no volvemos a casa. Pero se agradece.

sábado, 27 de junio de 2026

La última luz

Nos habíamos acostumbrado a creer que la luz formaba parte indisoluble de nuestra existencia, hasta el punto de no concebir la vida sin ella. Estaba ahí, como el aire, como el agua, y teníamos esa confianza infantil de que el mundo, con todas sus grietas y miserias, seguiría funcionando mañana sencillamente porque había funcionado ayer.

El 28 de abril de 2025 ya habíamos recibido un primer aviso. Durante unas horas, España entera se apagó: Pamplona se quedó sin luces, sin semáforos, sin datáfonos ni ascensores, y la gente salió a la calle con una mezcla de susto y de aventura, como si le hubieran regalado una tarde libre. Luego volvió la luz, y precisamente porque volvió, no nos tomamos aquel primer aviso en serio. Hablamos del apagón durante unos días. Circularon memes por WhatsApp, los expertos explicaron la fragilidad del sistema energético con palabras y gráficos —sobretensión, frecuencia, interconexión, oscilación, caída en cascada— y los políticos prometieron explicaciones que casi nadie esperó de verdad, y que cuando finalmente se dieron no resultaron convincentes. Pronto los congeladores volvieron a zumbar, los semáforos recuperaron su rutina y las pantallas regresaron a iluminarnos la cara. Hicimos entonces lo que siempre hacemos cuando el miedo pasa de largo: convencernos de que había sido tan solo un susto y que todo tiene siempre un final feliz.
 
Así fue hasta la segunda vez. Y la segunda vez no fue una avería, aunque eso lo supimos tarde, cuando ya no quedaban periódicos ni boletines digitales ni ruedas de prensa que pudieran seguirse en directo. Lo supimos por fragmentos: una frase oída en una radio de onda corta, una nota escrita por un técnico en la puerta de una subestación, la explicación temblorosa de un profesor de Física que hablaba en una asamblea de barrio. Había sido una llamarada solar, una fulguración monstruosa. Primero llegó la radiación —rayos X y ultravioleta extremo golpeando la parte alta de la atmósfera, cerrando durante horas las comunicaciones de alta frecuencia en la cara iluminada del planeta—; después llegaron las partículas, protones y electrones acelerados casi a la velocidad de la luz, una pedrada invisible contra satélites, sensores y sistemas de navegación; y por último, más lenta pero mucho más pesada, llegó la nube: una eyección de masa coronal, o varias seguidas, como si el Sol hubiera escupido hacia la Tierra una cordillera de plasma imantado.

Aquello tenía precedentes con nombre propio, como el evento Carrington de 1859, cuando las auroras se vieron en latitudes imposibles y las líneas de telégrafo chisporrotearon como si llevaran dentro una tormenta; o el evento Miyake, mucho más violento, ocurrido hace cerca de diez mil años, que dejó su firma en los anillos de los árboles y en el hielo, rastros de una radiación cósmica difícil de imaginar. Nosotros, sin embargo, no entendimos nada de eso el primer día: solo vimos apagarse los escaparates.

Día 1

Fue a media mañana. No hubo trueno ni explosión remota, ningún hongo de fuego sobre el horizonte, ninguna señal digna de una película. Pero el cielo cambió de color, del azul de siempre a un verde que oscilaba entre pliegues rojizos y morados en el cielo.

Al poco tiempo empezaron a sonar chasquidos aquí y allá, secos, en las cajas eléctricas de las fachadas, y un olor a plástico quemado salió de algún portal. En la plaza del Castillo, bajo el quiosco, ardió la subestación; en las casas se sucedían los cortocircuitos y los aparatos morían tras pequeñas explosiones. Yo estaba en la calle Mercaderes, junto a la esquina de la plaza Consistorial, cuando se apagaron los escaparates. Los cables que cruzaban algunas calles en la ciudad empezaron a iluminarse hasta ponerse casi incandescentes; las torres metálicas de los extrarradios parecían rodeadas de una corona violeta, los aisladores brillaban con halos breves y algunos cables, tensos entre poste y poste, vibraban como cuerdas enormes antes de incendiarse, romperse y caer al suelo con estrépito, como un latigazo gigante. En las subestaciones del extrarradio los fogonazos blancos se convertían en llamaradas anaranjadas, y luego se levantaban columnas de humo oscuro y aceitoso por todas partes.

Algunos creyeron estar ante el ataque de una guerra desconocida, declarada sin previo aviso; los más se acordaron del último apagón y supusieron, ingenuamente, que también esta vez habría técnicos trabajando para restablecer el servicio cuanto antes. Los comercios quedaron a medias. Una dependienta se asomó a la puerta con el datáfono en la mano, como si el aparato pudiera explicarle su propia muerte. En una tienda de recuerdos, apagadas las luces, los toros de peluche, los pañuelos rojos, las postales de San Fermín y las camisetas para turistas adquirieron de pronto un aire de almacén abandonado.

Alguien dijo: «Otra vez como en 2025». Y todos entendimos. El antecedente. La tarde en que un país entero descubrió su vulnerabilidad. La diferencia fue que aquella vez los móviles aún conservaban algo de cobertura, y esta no, o muy poca. Un mensaje de WhatsApp entraba con retraso, y luego ya ninguno; las llamadas se cortaban; los grupos familiares se llenaban de preguntas idénticas, enviadas a destiempo, como voces que se llaman desde habitaciones distintas de una casa que se hunde: «¿Tenéis luz?», «¿Sabéis algo?», «¿Funciona internet?», «Papá, contesta».

Algunos teléfonos perdieron la señal antes que la batería; otros mostraban barras falsas, una promesa ridícula. Más tarde supimos que varias constelaciones de satélites habían empezado a fallar casi a la vez: unos entraron en modo seguro, otros perdieron la orientación, otros quedaron mudos. El GPS, tan discreto que nadie pensaba en él, comenzó a mentir. Un repartidor enseñaba su pantalla y el punto azul saltaba de la plaza del Castillo a Burlada, de Burlada al monte San Cristóbal, del monte al río. Parecía una broma macabra. Todavía reíamos.

En la plaza del Castillo, las terrazas siguieron funcionando con relativa  normalidad. Los camareros seguían moviéndose por reflejo, anotando consumiciones en papel. Un turista preguntó si podía pagar con tarjeta y el camarero lo miró sin enfado, casi con ternura: «Ahora mismo la tarjeta es un trozo de plástico», le dijo. La frase hizo reír a algunos.

Los semáforos dejaron de funcionar. En los cruces los coches avanzaban a trompicones, con la prudencia  de quien no se fía de nadie; en la avenida de Baja Navarra se formó un denso atasco, al principio sin bocinas. Luego llegaron las bocinas,  los insultos. Casi nadie creía que no fuera una avería como la otra vez, casi nadie pensaba, y eso a pesar de la señales que habíamos visto en el cielo, que aquella estrella familiar que nos daba luz y vida cada día pudiera ser  la causa de la desgracia que cambiaría nuestras vidas, nuestro mundo, nuestra civilización.

La Policía Municipal regulaba el tráfico con gestos  casi teatrales. Pamplona es una ciudad pequeña, pero basta apagarle el pulso para que se convierta en una especie de laberinto. Los ascensores dejaron atrapada a gente en  comunidades del Ensanche,  San Juan, Mendebaldea. Las puertas automáticas de algunos supermercados se bloquearon, y las alarmas sonaron un rato antes de morir como animales pequeños. Los trenes se detuvieron donde pudieron; los aviones aún en vuelo recibieron instrucciones confusas, con ventanas de comunicación que se abrían y cerraban a cada momento; en las carreteras, los paneles dejaron de anunciar de nada. Ya no había tráfico inteligente: solo tráfico.

En los hospitales, el apagón se convirtió en una cuenta atrás. El Hospital Universitario de Navarra entró en modo de emergencia, y con él la Clínica Universidad de Navarra, los centros de salud, las residencias de mayores, las farmacias con sus neveras llenas de medicamentos sensibles al frío. Arrancaron los generadores, y aquel ruido diésel, estruendoso, feo y maravilloso, se convirtió durante unas horas en el sonido de la esperanza. Pero los generadores no son eternos, y eso nadie lo decía en voz alta. Necesitan combustible, y el combustible necesita camiones, y los camiones surtidores, y los surtidores electricidad; las carreteras necesitan orden, y el orden comunicaciones, y las comunicaciones antenas, baterías, centros de datos y técnicos capaces de llegar a donde deben llegar. La civilización no era una pirámide: era una hilera de fichas de dominó. Y acabábamos de tocar la primera.

Día 2

La luz no volvió durante la noche, y ese fue el momento en que el miedo empezó a adquirir forma. Hasta entonces la gente había esperado, y esperar implica esperanza. Pero cuando amaneció y los interruptores seguían haciendo aquel clic inútil, la esperanza  empezó a difuminarse.

Pamplona despertó sin despertadores; o, mejor dicho, despertó con los despertadores antiguos de algunos vecinos, con golpes en las puertas, con perros inquietos, con niños que preguntaban por qué no había dibujos en la tele, con ancianos que no podían cargar el audífono, con diabéticos que miraban la nevera como se mira un reloj de arena. En las pocas radios a pilas rescatadas de cajones olvidados se escuchaban mensajes confusos de  alguna emisora que aun mantenía activos los equipos de emergencia: un fallo masivo, una incidencia grave, la red colapsada, una restauración demasiado compleja. Se pedía calma y colaboración, no usar el vehículo privado, no acudir a urgencias salvo necesidad real. La palabra «real» adquirió un nuevo sentido, porque ¿qué es una necesidad real cuando todo empieza a fallar?. Poco después escuchamos a trompicones un comunicado oficial. Hablaba de una tormenta geomagnética extrema,  un evento solar de enorme magnitud que había dañado los satélites, de perturbaciones severas en la ionosfera, de corrientes inducidas en las redes de alta tensión,  de transformadores afectados, de protocolos de desconexión y  sobre todo de una recuperación lenta, extremadamente lenta. No era un sabotaje ni una guerra convencional; no había un enemigo al que imaginar con uniforme. Eso debería haber tranquilizado a la gente, pero no lo hizo: la idea de que el Sol pudiera arrodillar a la humanidad resultaba demasiado grande, demasiado absurda. Preferíamos un culpable humano —unos hackers, una potencia extranjera, alguien a quien echar la culpa—.

En los supermercados se formaron colas antes de la apertura, y muchos abrieron solo a medias, con la entrada controlada, admitiendo únicamente el pago en efectivo y dos botellas de agua por persona. Las conservas quedaron  arrasadas en minutos. No quedaban pilas, ni velas, ni mecheros, y los congelados empezaban a sudar tras los cristales apagados. Vi a una mujer discutir por un paquete de arroz. No era una mala mujer; tenía los ojos rojos y un niño agarrado a la manga. Frente a ella, un hombre mayor sostenía el paquete contra el pecho. «Tengo a mi mujer enferma», decía él. «Y yo tengo críos», contestaba ella. Ninguno mentía, y ese fue el primer descubrimiento moral del apagón, la compra de un vulgar producto cotidiano podía derivar en una lucha cuerpo a cuerpo.

Día 3


Las fake news habian llegado antes que las explicaciones oficiales. Que si había sido un ciberataque ruso en represalia por el apoyo europeo a Ucrania; que si Marruecos había saboteado a España en una de sus crisis intermitentes; que si Francia había cerrado la interconexión con la península; que el Gobierno lo sabía; que los ricos ya estaban en refugios; que en Madrid y en Bilbao había vuelto la luz; que en Portugal estaban peor; que en Zaragoza habían asaltado un centro logístico; que el ejército tomaba las estaciones. Nadie sabía nada, pero todos conocían a alguien con un primo «en un sitio importante». Y cuando las baterías murieron quedó algo más inquietante: la transmisión oral. La ciudad regresó al rumor.

En el Casco Antiguo la gente caminaba más despacio, no por calma sino por desorientación. Sin pantallas, sin horarios exactos, sin el ruido constante de las notificaciones, el tiempo se transformó: las campanas recuperaron su autoridad y el cielo volvió a marcar las horas. Las tiendas escribían carteles a mano —«SOLO EFECTIVO», «NO HAY PAN», «CERRADO HASTA NUEVO AVISO»— y a la puerta de una farmacia una fila de personas esperaba bajo un sol de justicia para conseguir medicamentos para la tensión, insulina, antibióticos. Menudeaban los ataques de ansiedad. La farmacéutica salió a explicar que algunas neveras seguían frías gracias a un pequeño generador, que habría que priorizar, que no podía dispensar tres meses de tratamiento a cada persona, y que por favor, por favor, por favor. Ese tercer «por favor» fue el que la quebró. No lloró mucho, solo lo justo para que todos entendiéramos que ya no nos atendía un establecimiento, sino una persona.

Día 4

Las fábricas se detuvieron: Volkswagen Landaben, los polígonos de Orcoyen, Noáin, Mutilva y Esquíroz, los talleres, las naves de logística, las cadenas de montaje.  Los trabajadores recibían instrucciones contradictorias —acudan, no acudan, permanezcan localizables, vuelvan a casa, esperen comunicación—, aunque nadie sabía ya por qué vía iba a llegar esa comunicación.

Fue entonces cuando empezamos a comprender, apenas, cómo se había producido la caída. Las líneas de muy alta tensión, esas costuras metálicas que atraviesan países enteros, se habían comportado como antenas tendidas sobre la corteza terrestre. La tormenta geomagnética alteró el campo magnético de la Tierra con una violencia para la que no estaban pensados los sistemas ordinarios, e indujo corrientes lentas, casi continuas, en redes diseñadas para corriente alterna. Los núcleos de algunos transformadores se saturaron, saltaron las protecciones, unas zonas se aislaron para defenderse y otras se hundieron al perder de golpe su apoyo. La frecuencia se desvió, los automatismos desconectaron centrales y algunas subestaciones quedaron físicamente dañadas. No fue una sola ficha cayendo, sino todas las fichas cayendo casi al mismo tiempo. La red eléctrica no se apaga como una lámpara: se defiende, se parte, intenta salvar trozos de sí misma. Pero cuanto más se partía, más difícil resultaba volver a unirla, porque para arrancar una red muerta hace falta otra red viva, aunque sea pequeña —una referencia, una frecuencia estable, comunicaciones, operadores coordinados, centrales capaces de arrancar en negro, combustible, datos—, y faltaba todo a la vez. Y allí donde algunos técnicos lograron levantar islas de electricidad, la segunda oleada geomagnética volvió a golpearlas. El Sol no había dado un solo puñetazo: había seguido empujando.

Los productos perecederos comenzaron a echarse a perder en las cámaras frigoríficas —carne, pescado, lácteos, vacunas, muestras de laboratorio, comidas preparadas para colegios y residencias—, y la cadena de frío, aquella expresión técnica que antes sonaba a asunto de inspectores, se convirtió en una línea de vida quebrada. En Mercairuña, se decía, hubo discusiones duras sobre qué repartir primero, a quién y con qué escolta; nadie quería llamar saqueo a lo que todavía podía llamarse redistribución de emergencia. Las palabras importaban, y durante unos días nos agarramos a ellas como a barandillas. El Ayuntamiento habilitó puntos de información en plazas y centros cívicos, con bandos impresos, megafonía sobre vehículos y listas clavadas con cinta adhesiva: hervir el agua si era posible, no acumular basura en casa, ayudar a los mayores, no bloquear los accesos sanitarios, evitar los desplazamientos innecesarios. La administración, sin pantallas, recuperó el papel, y el papel parecía poca cosa frente al tamaño de la noche.

Día 5

Entonces empezó el problema del agua, y no de golpe, porque casi nada importante se rompe de golpe. Primero bajó la presión, luego salió un hilo, luego el hilo se volvió marrón y luego, en algunos pisos altos, no salió nada. Habíamos pensado en la luz, en el móvil, en la nevera, pero no en las bombas, ni en los depósitos, ni en las depuradoras, ni en ese circuito oculto que lleva el agua limpia hasta la boca y se lleva la sucia lejos de casa.

Los baños se convirtieron en un tema público, y la basura también. En pocos días las bolsas se acumularon junto a los contenedores, primero cerradas y después rotas. Pamplona, tan limpia siempre, empezó a oler a fruta podrida, a combustible mal guardado, a sudor, a leche cortada, a humanidad sin filtros. Las calles estrechas del Casco Antiguo lo amplificaban todo: un llanto en Jarauta, una discusión en la Mañueta, una radio a pilas en la calle Mayor, una oración en voz baja junto a San Saturnino, una persiana metálica golpeada por alguien que exigía comida a un comercio ya vacío.

Esa noche, desde mi ventana, vi a un vecino bajar con una garrafa. Era un hombre discreto, de los que saludan siempre igual, con dos palabras y media sonrisa, y lo vi mirar a ambos lados antes de salir, como si llevar agua se hubiera convertido en una ostentación indecente. Ahí entendí que la riqueza había cambiado de forma. Ya no era dinero: era agua, comida, una bicicleta, una radio, un mechero; era conocer a alguien con huerta, tener familia en un pueblo, vivir en un primero y no en un séptimo, saber arreglar algo con las manos. También era tener animales, y eso tardamos poco en comprenderlo: una gallina dejó de ser una estampa rural para convertirse en una promesa diaria, un conejo era proteína, una cabra leche, un huerto futuro, y una tierra de labranza, por pequeña y descuidada que estuviese, empezó a verse como una cuenta corriente que no necesitaba banco. Los pisos habían sido cómodos; la tierra era poder.

Día 7

La primera semana terminó sin luz. No hubo comunicado triunfal ni fecha de reposición, solo una comparecencia escuchada a medias por las radios, repetida luego en las plazas y deformada en cada boca: un fallo estructural en la red europea, daños en nodos críticos, imposibilidad de sincronización, pérdidas irreversibles en los sistemas de control, necesidad de una reconstrucción parcial. Pero la frase que quedó, la que todos repetimos, fue otra: «No se puede garantizar el restablecimiento a corto plazo». A corto plazo. La expresión era una puerta cerrada con educación.

En los hospitales, los generadores empezaron a fallar por turnos. No todos, no siempre, pero fallaban, y el combustible se racionaba con escolta. Se cancelaron las intervenciones programadas, las urgencias se volvieron un embudo y las máquinas más complejas, esas que parecían prometer una pequeña victoria contra la muerte, dependían de cables, baterías, filtros, repuestos, software y climatización. La medicina moderna descubrió su fragilidad eléctrica; o quizá la descubrimos nosotros, que habíamos confundido la tecnología con la invulnerabilidad.

Los profesionales sanitarios hicieron lo imposible, y aquí esa frase, tantas veces gastada, era literal: médicos, enfermeras, celadores, técnicos, personal de limpieza, administrativos sin sistema informático, todos empujando contra un muro que crecía cada día. Pero lo imposible no alcanza siempre. El triaje, una palabra que antes pertenecía a  los manuales de emergencia, entró en las conversaciones de pasillo: ¿a quién se enchufa al generador?, ¿qué quirófano se mantiene?, ¿qué incubadora?, ¿qué diálisis se retrasa?, ¿qué traslado es viable si las ambulancias no tienen comunicaciones fiables y el combustible se defiende como el oro?

Las residencias sufrieron primero en silencio, y luego ya no hubo silencio posible: ancianos deshidratados, medicación mal conservada, oxígeno limitado, caídas en escaleras oscuras, infecciones que antes se habrían contenido, fiebres que subían mientras una familia buscaba un coche, una garrafa, una noticia. Una conocida tenía a su padre ingresado, y me dijo: «No se ha muerto por el apagón. Se ha muerto porque todo lo que lo mantenía vivo necesitaba un mundo que ya no está». No supe qué contestar. Hay frases que no admiten consuelo.

Día 9

Los supermercados cerraron. Sin reposición, sin frío, sin seguridad, sin sistema de cobro ni garantías para los trabajadores, los supermercados se habían convertido en almacenes codiciados. Algunos establecimientos entregaron productos bajo control municipal, otros fueron asaltados, otros pactaron con los vecinos y otros bajaron la persiana y rezaron para que la persiana siguiera significando algo.

El dinero en efectivo circuló unos días con una autoridad sorprendente, y luego empezó a perder sentido. ¿Cuánto vale un billete de cincuenta euros si no hay pan?, ¿cuánto una transferencia que nadie puede ejecutar?, ¿cuánto una cuenta bancaria guardada en servidores inaccesibles? Una mujer ofreció un anillo por dos cajas de leche infantil; un hombre, clases de inglés por garbanzos; un chaval cambió una batería externa, ya inútil, por un paquete de tabaco. El trueque regresó sin romanticismo: no era una feria medieval, sino una humillación práctica. El desabastecimiento mostró una verdad obscena: no vivíamos rodeados de abundancia, sino de entregas puntuales. Los lineales llenos no eran almacenes, sino el escaparate de una coreografía diaria de camiones, plataformas, códigos de barras, pedidos automáticos, cámaras, rutas y turnos; cuando la coreografía se detuvo, la abundancia duró menos que una fiesta. Los que antes hablaban de «resiliencia» en los congresos descubrieron que la resiliencia verdadera era una anciana del segundo izquierda organizando la escalera para cocinar entre todos lo que quedaba en los congeladores antes de que se pudriera.

Día 14

La noche se hizo dueña. Durante los primeros días la oscuridad tuvo algo de novedad: se veían más estrellas, y alguien lo dijo incluso con belleza, «mira qué cielo», y era verdad, porque sobre Pamplona apareció un firmamento que la ciudad había olvidado. La Vuelta del Castillo parecía más grande, las murallas más hondas, el monte Ezkaba se recortaba como una presencia antigua. Pero después la noche dejó de ser poética y se convirtió en miedo: miedo a bajar al portal, a que llamaran a la puerta, a una tos, a una fiebre, a perder la linterna, a dormir demasiado profundo, a no volver a dormir nunca.

Se organizaron patrullas vecinales, al principio con buena voluntad y después con brazaletes improvisados, palos, linternas y listas de turnos. En algunos barrios funcionaron; en otros se convirtieron en pequeños poderes, porque la frontera entre proteger y mandar es delgada incluso con luz, y a oscuras desaparece enseguida. En la plaza del Castillo hubo una pelea grande que nadie supo explicar del todo: comida, un rumor, una acusación de robo, un empujón, una navaja, el pánico. Al día siguiente quedaban manchas oscuras cerca de un banco y muchas versiones, y cada cual contaba la que confirmaba su miedo.

«El hombre es un lobo para el hombre», dijo alguien en una cola, como quien cita una sentencia definitiva. Yo no estaba tan seguro. Había visto lobos, sí, pero también había visto manos: una vecina repartiendo agua a una mujer que no podía bajar las escaleras, un panadero trabajando de noche para cocer lo poco que quedaba de harina, dos chavales escoltando a un anciano hasta su portal. La especie humana era capaz de lo  peor y lo mejor, y esa era a la vez nuestra desgracia y nuestra posibilidad. Los periódicos ya no salían, y sin periódicos, sin internet, sin televisión, la verdad se volvió local, frágil, tribal.

Día 20

Pamplona empezó a dividirse, no oficialmente ni sobre ningún mapa, pero se notaba. Estaban los que tenían recursos y los que no; los que podían marcharse a pueblos cercanos y los que no tenían adónde ir; los que contaban con familia en casas con chimenea, huerta, pozo o placas solares aisladas, y los que vivían en pisos dependientes de todo; los que sabían cocinar con fuego y los que solo habían usado la vitrocerámica; los que guardaban medicamentos y los que iban de farmacia en farmacia con recetas arrugadas; los que tenían el coche con el depósito lleno y los que descubrieron que un coche sin gasolina es un mueble caro.

La modernidad había sido muy cómoda, pero también nos había especializado hasta la indefensión. Cada uno sabía hacer una cosa diminuta dentro de una maquinaria inmensa —gestionar nóminas, diseñar campañas, reparar software, vender seguros, servir cafés con una máquina italiana, redactar informes, conducir carretillas, programar citas, editar vídeos, validar facturas, escanear códigos—, y de pronto hacían falta otras habilidades muy distintas: filtrar agua, curar una herida, guardar semillas, coser, orientarse, negociar sin policía, encender fuego bajo la lluvia, callar cuando conviene. La civilización no desapareció de golpe; se fue desnudando, y daba vergüenza mirarla.

El Estado seguía existiendo en los sellos, en los uniformes, en los edificios, en las palabras grandes, pero empezó a deshacerse por los bordes, no porque nadie lo derogara, sino porque no podía llegar. Un Estado sin comunicaciones es una voluntad encerrada en habitaciones separadas: un ministro puede ordenar, una consejera firmar, un alcalde decidir, pero si la orden no viaja, si nadie sabe qué ocurre diez kilómetros más allá, si las prioridades cambian antes de imprimirse, el poder se vuelve lento, casi artesanal. Los bandos municipales sustituyeron a las notificaciones, los mensajeros en bicicleta a los correos electrónicos, los campanarios y las paredes a las aplicaciones, y la autoridad pasó a depender menos del cargo que de la presencia: mandaba quien estaba allí, quien traía agua, quien tenía llaves, quien conocía a los panaderos, quien podía reunir a veinte personas sin que aquello terminara a golpes. Y eso no siempre era tranquilizador.

Día 30

Al mes, ya nadie hablaba de «apagón»: la palabra se quedaba corta. Un apagón es una interrupción, y aquello era otra cosa, un cambio de época sin ceremonia, un antes y un después marcados no por una guerra, ni por una invasión, ni por un meteorito, sino por la ausencia de aquel zumbido de fondo que había acompañado nuestras vidas desde antes de nacer.

El éxodo empezó sin anuncio. Primero fueron salidas discretas, familias que cargaban mochilas al amanecer, ancianos llevados a casa de unos primos en un pueblo, padres empujando carritos con mantas, latas, documentos y fotos; después fueron grupos más grandes, caravanas sin épica por las carreteras de  la Cuenca, hacia valles donde alguien decía que había agua, patatas, leña y animales. Muchos no sabían caminar veinte kilómetros; algunos arrastraban maletas de ruedas que se rompían en la primera cuneta, y otros, bolsas de supermercado, como si aún fueran a volver en una hora. Los pueblos se convirtieron en promesa, y también en frontera. Quien tenía una casa familiar en un pueblo la nombraba con pudor, como antes se nombraba una herencia; quien tenía una huerta se descubrió rico; quien sabía ordeñar, injertar, podar, salar carne o guardar patatas en la oscuridad recibió de pronto un respeto que nunca había pedido. Los viejos, durante tantos años considerados lentos, molestos o fuera de época, resultaron saber cosas imprescindibles en esos momentos.

Los niños se adaptaron antes que los adultos. Jugaban en las plazas con una libertad peligrosa, inventaban normas, cambiaban cromos por nueces, preguntaban menos por internet y se aburrían de una manera fértil; a veces reían con una limpieza casi ofensiva, como si el mundo no se estuviera derrumbando, sino transformándose en un campamento interminable. Los adultos, en cambio, seguíamos consultando móviles muertos, y el gesto era patético: sacar el aparato del bolsillo, pulsar un botón, mirar una pantalla negra, una pequeña ceremonia de duelo. No echábamos de menos solo la comunicación, sino el ser localizables, importantes, distraídos; echábamos de menos no estar a solas con nuestra cabeza. Vi a un hombre sentado en un portal, pasando el dedo por la pantalla apagada del teléfono. «Aquí tengo las fotos de mi hija», me dijo sin que yo preguntara, y no supe si la hija estaba muerta, lejos o simplemente inaccesible. En aquel momento daba igual: la distancia había vuelto a ser distancia.

Día 45

Llegó el hambre, el hambre de verdad. No el apetito, no la incomodidad de cenar poco: hambre. El cuerpo se vuelve humilde con el hambre; primero protesta, luego negocia, luego se calla y empieza a ahorrar energía. La gente caminaba más despacio, las caras se afilaron, los niños dejaron de correr tanto y los ancianos parecían volverse transparentes. Se habilitaron comedores colectivos en colegios, parroquias, sociedades y bajeras —todo lo que podía alimentar a muchos se convirtió en infraestructura crítica—, y la palabra «cocina» recuperó una grandeza olvidada.

El reparto de alimentos destruyó amistades y creó otras. Había listas, porque siempre hay listas cuando algo falta: listas de familias con menores, de enfermos, de mayores solos, de voluntarios, de sancionados por intentar colarse, de ausentes. Una lista parece orden, pero también es una forma de violencia, porque alguien queda dentro y alguien queda fuera. Las discusiones ya no eran ideológicas, sino calóricas: un saco de harina podía enemistar a una calle entera y una caja de antibióticos convertir a una persona prudente en un animal. En los primeros días nos habíamos escandalizado con facilidad; al día cuarenta y cinco, el juicio moral pesaba menos, porque el hambre no lo justifica todo, pero lo explica.

Día 60

Hubo intentos de reconstrucción, y conviene decirlo, porque no todo fue caída, violencia, suciedad y miedo. También hubo una obstinación admirable: técnicos eléctricos trabajando sin descanso en las subestaciones dañadas, ingenieros dibujando mapas a mano, radioaficionados tejiendo redes de comunicación, bomberos repartiendo agua, agricultores entrando con sus productos bajo escolta, panaderos adaptando hornos, profesores improvisando clases sin libros suficientes, médicos visitando casas, vecinos cuidando a vecinos que antes apenas se saludaban. La especie humana es desesperante y contradictoria: puede romper un escaparate por una lata y, al día siguiente, compartir esa lata con un desconocido.

En Pamplona se formaron asambleas de barrio, algunas ejemplares y otras insoportables, pero en todas se discutía lo mismo con palabras distintas: quién recibe, quién espera, quién decide y quién vigila al que decide. La democracia, sin electricidad, se volvió más física. Había que estar allí, dar la cara, aguantar gritos, escuchar al que olía mal, al que lloraba, al que mentía y al que tenía razón; ya no bastaba con pulsar «me gusta» ni con indignarse desde el sofá. El mundo pequeño exigía presencia, y la presencia cansaba.

La autoridad se reorganizó como pudo. En algunas zonas, concejales, policías, técnicos municipales y voluntarios formaron comités de emergencia que funcionaban con listas, silbatos, pizarras y bicicletas; en otras mandaron los más fuertes, o los más armados, o los que tenían comida. Hubo comunidades que eligieron turnos de vigilancia y reparto, parroquias convertidas en ayuntamientos de hecho y sociedades gastronómicas que administraban lentejas con más solemnidad que un ministerio. No había una autoridad, sino muchas autoridades pequeñas, provisionales, discutidas, necesarias y peligrosas. El Estado no desapareció con una bandera arriada, sino que se fue volviendo intermitente: aparecía en un convoy escoltado, en una vacuna conservada de milagro, en un bando leído a voz en grito, en una patrulla que separaba a dos hombres antes de que uno matara al otro, y luego volvía a marcharse. La gente aprendió a obedecer menos la ley escrita que el acuerdo inmediato: «hoy toca a este portal», «mañana subimos al depósito», «nadie sale después de la campana», «los niños comen primero». Algunos de aquellos acuerdos salvaron vidas; otros las condenaron.

Día 75

La ciudad perdió su borde. Antes Pamplona terminaba donde empezaban sus rondas, sus polígonos, sus barrios nuevos y sus carreteras iluminadas; ahora los límites eran otros: hasta donde se podía caminar y volver antes de la noche, hasta donde llegaba una noticia fiable, hasta donde alguien te conocía lo suficiente para dejarte entrar. Los pueblos cercanos se volvieron promesa y amenaza a la vez: algunos acogieron y otros cerraron los caminos, no por pura maldad, sino por cálculo, por miedo, quizá por memoria histórica, porque Navarra estaba llena de casas con abuelos que aún recordaban otra escasez, otro frío, otro tiempo en que las cosas se guardaban «por si acaso». Y ese «por si acaso» resultó ser una sabiduría que habíamos despreciado.

En la ciudad, los pisos altos se vaciaron antes, porque subir agua ocho plantas era una condena, y las casas con patio, con bajera, con estufa o con acceso a la tierra se convirtieron en fortalezas domésticas. Hubo ocupaciones y hubo pactos; familias enteras se mudaron a lonjas, colegios y pabellones; hubo mascotas abandonadas y mascotas protegidas como hijos; hubo bibliotecas usadas como refugio, al principio no por los libros sino por el espacio. Y luego, curiosamente, por los libros, porque cuando las pantallas murieron del todo la gente volvió a leer. No todos, no idealicemos —muchos solo querían sobrevivir—, pero algunos buscaban novelas, manuales, enciclopedias, libros de agricultura, de medicina básica, de mecánica, de plantas silvestres. La cultura dejó de ser adorno y volvió a ser herramienta, y también consuelo. Recuerdo a una niña leyendo en voz alta junto a una ventana, aprovechando la última luz de la tarde. Era un libro de animales, y pronunciaba despacio, como si cada palabra tuviera que atravesar una frontera. A su alrededor, varios adultos escuchaban; no creo que les importaran los animales, sino que una voz ordenada, una frase detrás de otra, era todavía una forma de mundo.

Día 90

Los muertos empezaron a pesar más que los vivos. No en número, aunque eran muchos, sino en la conciencia, en la logística, en las conversaciones, en los silencios. Al principio se intentó mantener el rito —funeral, esquela escrita a mano, campana, despedida—, y después, cuando ya no se pudo, se hicieron entierros rápidos, comunes, prácticos. La muerte perdió papeles y ganó presencia. Los cementerios no estaban preparados para una civilización detenida; nada lo estaba, tampoco nosotros.

Me pregunté muchas veces si aquello era el fin del mundo, pero el mundo seguía. El Arga seguía bajando, las hierbas crecían entre las aceras, las palomas insolentes continuaban picoteando, los gatos se hicieron más visibles y las ratas también, la lluvia caía sin consultar a ninguna administración y el sol salía cada mañana con una puntualidad ofensiva. No era el fin del mundo: era el fin de nuestro mundo, y esa precisión no me consolaba demasiado. La Tierra no parecía vengarse —y eso habría sido más fácil de soportar, porque la venganza al menos reconoce a un culpable—, sino que simplemente continuaba: el musgo avanzaba por las juntas de las piedras, las semillas encontraban grietas, los pájaros gritaban al amanecer con la insolencia de siempre. Habíamos confundido nuestra red eléctrica con el esqueleto del planeta, y no lo era: era solo una capa, brillante, prodigiosa y arrogante, pero apenas una capa.

Día 100

A los cien días, alguien escribió en una pared de la calle Compañía: «LA LUZ NO VA A VOLVER». Durante una mañana entera la frase reunió gente; algunos se enfadaron, otros la tacharon y otros la fotografiaron con cámaras analógicas rescatadas de los cajones, como si aún existiera un futuro donde revelar el carrete. Un hombre añadió debajo: «VOLVEREMOS NOSOTROS». La segunda frase era más hermosa, y también más dudosa.

Me quedé un rato mirándolas, la pared, las letras, la pintura corrida. Antes, algo así habría sido una pintada más, una exageración juvenil o política; ahora era casi una tesis filosófica. ¿Qué significa volver cuando no hay regreso posible? ¿Volver a qué? ¿A pagar con tarjeta, a quejarnos porque internet va lento, a tirar comida caducada sin pensar, a vivir solos rodeados de miles de mensajes? ¿A creer que la calefacción, la cirugía, el agua caliente, el ascensor, el pan de cada mañana y la luz del pasillo eran derechos naturales y no acuerdos frágiles con una complejidad inmensa?

Aquel día subí hasta las murallas, no por épica sino por costumbre, por la necesidad de mirar la ciudad desde un lugar donde todavía parecía ciudad. Pamplona se extendía abajo, sin el brillo de los escaparates, sin el tráfico de siempre, sin los paneles luminosos, sin las pantallas de las marquesinas, sin el rumor eléctrico de los locales. Pero no estaba muerta: había humo de cocinas improvisadas, colas ordenadas junto a un punto de reparto, ropa tendida en los balcones, gente cruzando las plazas con cubos, un grupo de niños jugando cerca de la Taconera, una mujer cantando en una ventana. La ciudad había perdido velocidad, no alma.

Pensé en el 28 de abril de 2025, en aquel primer apagón que se resolvió a tiempo para que pudiéramos convertirlo en anécdota. Recordé la ligereza con que dijimos «menos mal», «qué susto», «habrá que tener velas en casa», y recordé cómo volvió la luz y cómo, con ella, volvió también nuestra soberbia.

Esta vez no había regreso, o al menos no al mismo lugar. Quizá el hombre pueda pasar; quizá pueda volver a las cavernas, a la intemperie, a la hoguera, a mirar con miedo la boca negra del bosque. Quizá toda nuestra historia no sea más que eso: una salida provisional de la cueva, un paseo arrogante bajo los cables, las torres, las antenas y los satélites, antes de regresar a la sombra con menos inocencia y más memoria.

Pero la Tierra permanece, sin aplaudirnos y sin castigarnos, permanece mientras alumbramos ciudades enteras y no somos capaces de encender un hornillo, permanece bajo nuestros asfaltos, bajo nuestros nombres, bajo nuestras facturas y bajo nuestras ruinas. El Arga no necesitaba cobertura; los árboles no necesitaban contraseña; y el sol, aquel mismo sol que nos había herido, seguiría saliendo sobre los tejados mientras hubiera tejados, y también después.

Y, sin embargo, allí abajo, entre calles viejas y tejados conocidos, algo seguía empeñado en continuar. No la civilización moderna, quizá; no aquella maquinaria brillante, arrogante y exacta que nos hizo creer que vivir consistía en delegar todos los milagros. Otra cosa: más pobre, más lenta, más cruel también, pero nuestra.

Esa noche, cuando bajé de las murallas, la oscuridad no me pareció menos oscura —sería mentira decirlo—: seguía dando miedo, seguía llena de peligros, seguía recordándonos a cada paso que habíamos sido expulsados de una comodidad que confundimos con destino. Pero en una esquina de la calle Mayor vi una luz pequeña, una vela detrás de un cristal. Nada más. Una llama ridícula, temblorosa, insuficiente. Y, aun así, varias personas caminaban hacia ella: no porque iluminara mucho, sino porque alguien la había puesto allí.