I. La ciudad de los hombres sin rostro
Durante los treinta y cinco años de mi vida despierta fui un
hombre débil. No empleo la palabra en sentido figurado. Mi debilidad no
era una cobardía del ánimo, aunque con frecuencia acabara produciéndola, sino
una insuficiencia de la carne. Tenía los pulmones estrechos, las articulaciones
doloridas y un corazón propenso a desbocarse ante esfuerzos que otros hombres
realizaban sin advertirlos. Subir dos pisos me obligaba a detenerme. Una
carrera de cien pasos podía hacerme perder el conocimiento.
Los médicos pronunciaban palabras largas para encubrir su
impotencia. Mis amigos evitaban invitarme a excursiones. Las mujeres me
trataban con esa ternura cuidadosa que está más cerca de la compasión que del
deseo.
Por eso vivía entre libros. Leía sobre imperios extinguidos,
monarcas que habían gobernado desde tronos de basalto, sacerdotes que
interpretaban el movimiento de estrellas ya desaparecidas y viajeros que se
internaban en tierras donde los mapas se volvían blancos. Los libros eran mis
piernas y mis armas. Gracias a ellos había cabalgado por estepas
imposibles y escalado montañas que ningún hombre de mi condición habría podido
contemplar siquiera desde su falda.
Mi abuelo materno, que había sido anticuario, me dejó al
morir una caja de madera sin cerradura. Durante años la conservé sin descubrir
el modo de abrirla. Era un objeto oscuro, veteado por líneas rojizas, y en su
tapa aparecía grabado un arco rodeado por siete estrellas.
La noche en que comenzó todo, una tormenta cubría la ciudad.
Yo estaba enfermo. Una fiebre tenaz me había retenido tres días en la cama y
aquella madrugada, incapaz de dormir, bajé al gabinete donde guardaba la caja.
No sabría explicar por qué lo hice. Tal vez escuché una llamada. Tal vez la
fiebre había debilitado las paredes que separan unas realidades de otras.
Apoyé la mano sobre el arco grabado. La caja se abrió sin esfuerzo. Dentro
descansaba una llave. Era larga, de un metal negro que parecía absorber la luz. Su
empuñadura reproducía una figura humana encogida sobre sí misma, mientras que
el diente tenía la forma de una torre quebrada. Bajo la llave había una tira de
pergamino, escrita con la caligrafía de mi abuelo.
Solo decía: "La primera puerta no está en ningún muro". Nada más.
Sostuve la llave entre los dedos. Estaba tibia. A medida que
la observaba, el rumor de la tormenta fue alejándose y las sombras del gabinete
comenzaron a espesarse. Las paredes parecieron retroceder. Los muebles se
hundieron en una penumbra aceitosa. Frente a mí apareció una puerta. No había estado allí un
instante antes. Era alta y estrecha, construida con una madera tan blanca
como los huesos pulidos. No tenía goznes ni cerradura. Sin embargo, cuando
acerqué la llave, surgió en su superficie una abertura negra.
Introduje el metal. Al otro lado de la puerta alguien respiró.
Tuve miedo. Un miedo verdadero, físico, semejante a una mano
cerrándose alrededor del corazón. Pero también sentí algo que nunca había
conocido: la certeza de que, tras aquella hoja blanca, me aguardaba una vida
que no estaría limitada por mi cuerpo.
Giré la llave. La puerta se abrió hacia abajo. No hacia
delante. Hacia abajo.
Ante mis pies se extendía una escalera que descendía por un
cielo nocturno. Los peldaños flotaban sobre constelaciones desconocidas. A
ambos lados, enormes lunas pasaban lentamente, tan próximas que habría podido
tocar sus cráteres. Di un paso. Después otro.
A la altura del séptimo peldaño dejé de escuchar la
tormenta. En el decimotercero desapareció el dolor de mis rodillas. Al alcanzar
el vigesimoprimero, respiré profundamente y mis pulmones se llenaron sin
esfuerzo. Miré mis manos. Ya no eran las manos delgadas y pálidas que
conocía. Eran fuertes, de dedos largos y nudillos firmes. Bajo la piel cobriza
se marcaban los tendones. Toqué mi rostro y descubrí una mandíbula vigorosa,
una barba corta y unas facciones que, aunque reconocibles, parecían la versión
de mí mismo que algún escultor generoso habría tallado para satisfacer a un
dios.
Mi cuerpo había cambiado. Los hombros se me habían
ensanchado. El pecho respiraba con una potencia casi animal. Sentía los
músculos de las piernas contraerse bajo la ropa, preparados para saltar, correr
o combatir. Reí. Creo que fue la primera vez que reí de aquella manera.
Entonces uno de los peldaños desapareció. Caí. Atravesé nubes rojas, una bandada de aves transparentes y
una lluvia que ascendía desde un mar invisible. Durante la caída vi torres,
desiertos, ejércitos petrificados y mujeres que dormían dentro de grandes
flores de cristal.
Finalmente me precipité sobre el tejado de una casa. Las
tejas se rompieron bajo mi peso. Atravesé una estancia donde una familia de piel azul cenaba
alrededor de una lámpara verde, hundí una mesa, rodé por unas escaleras y salí
despedido a una calle empedrada.
Quedé tendido boca arriba. Sobre mí se alzaba una ciudad. Al principio creí que sus torres se movían por efecto del
mareo. Después comprendí que el movimiento era real. Los edificios cambiaban. Una vivienda de ventanas redondas
se alargó hasta convertirse en una torre. Una plaza se plegó sobre sí misma y
desapareció detrás de una hilera de columnas. Un palacio de cúpulas doradas se
disolvió como humo y reapareció mucho más lejos, suspendido sobre cuatro arcos
gigantescos.
La ciudad respiraba. Sus calles se estrechaban y ensanchaban. Las escaleras
cambiaban de dirección. Los puentes se curvaban como lomos de animales
dormidos. Hombres y mujeres me observaban desde las puertas. Vestían
túnicas de vivos colores, chalecos de escamas metálicas y velos adornados con
pequeñas campanas. Algunos poseían ojos completamente negros; otros llevaban
tatuadas en el rostro constelaciones que se desplazaban lentamente sobre la
piel.
Nadie hablaba.
Me incorporé. El silencio se quebró.
—Un caído —susurró una anciana.
—No —respondió un mercader gordo—. Mirad sus ojos. Conserva
la luz exterior.
Una niña dejó caer un cuenco.
—Es un Despierto.
La palabra corrió de boca en boca.
Despierto.
Los habitantes retrocedieron.
Una campana comenzó a sonar en algún lugar de la ciudad. Era
un sonido grave, desacompasado, como si el bronce tuviera un corazón propio.
Un hombre señaló mi mano. Aún sostenía la llave negra.
—¡La llave de Ildhúr!
La multitud huyó. No tuve tiempo de preguntar.
Las sombras salieron de las paredes.
Primero fueron simples manchas. Luego adquirieron volumen y
forma. Criaturas altas y encorvadas, envueltas en jirones oscuros, se
desprendieron de las fachadas. No tenían rostro. En el lugar de la cabeza solo
había un hueco por el que podía verse un cielo sin estrellas. Una de ellas extendió los brazos hacia mí. Sus dedos eran agujas.
Me aparté de un salto.
El movimiento me sorprendió tanto como a la criatura.
Recorrí varios pasos de una sola zancada, choqué contra un puesto de frutas
plateadas y arranqué de su soporte una barra de madera.
La primera criatura se abalanzó sobre mí. Golpeé.
La barra le atravesó el pecho. No encontré carne ni huesos,
solo una resistencia fría, como agua convertida en noche. El ser emitió un
gemido y su cuerpo se deshizo en una nube de ceniza.
Otros tres acudieron.
Me moví por instinto. Mi cuerpo conocía capacidades que mi
mente ignoraba. Esquivé un brazo, giré sobre mí mismo y derribé a una criatura.
Partí la barra contra el hombro de otra. La tercera me arañó el costado y sentí
que la herida absorbía el calor de mi sangre.
Entonces sonaron cascos. Una docena de jinetes apareció al final de la calle.
Montaban animales semejantes a grandes felinos sin pelo, cubiertos por
armaduras de bronce. Los soldados empuñaban lanzas rematadas por medias lunas.
Delante de ellos cabalgaba una mujer.
No llevaba yelmo. Su cabello, negro y espeso, caía en una
trenza hasta la cintura. Vestía una coraza de escamas rojas que se ceñía a su
torso y dejaba desnudos los hombros. Bajo una falda abierta de cuero oscuro
asomaban unas piernas poderosas protegidas por grebas de plata.
Era hermosa. No con la belleza delicada de las figuras pintadas, sino con
la belleza peligrosa de una espada recién desenvainada.
Sus ojos eran dorados.
La mujer se incorporó sobre la silla, tensó un arco y
disparó tres flechas con tal rapidez que parecieron una sola. Cada proyectil
atravesó la cabeza vacía de una criatura.
Los seres se deshicieron.
La amazona desmontó. Al llegar ante mí, desenvainó una espada curva y apoyó la
punta bajo mi barbilla.
—Arrodíllate.
Su voz no era alta. No necesitaba serlo.
Miré a los soldados que nos rodeaban. Después contemplé el
filo.
—No.
La sorpresa iluminó fugazmente sus ojos. Presionó la espada. Una gota de sangre descendió por mi
cuello.
—En esta ciudad —dijo—, todos se arrodillan ante Zaelira,
hija de Arkhavel.
—Entonces será una experiencia nueva para los dos. Contesté ufano.
Uno de los soldados soltó una carcajada, pero la reprimió de
inmediato. Zaelira sonrió. Fue una sonrisa lenta, sin alegría.
—Atadlo.
II. El rey de la Barba Roja
Me condujeron por una ciudad que no permanecía quieta el
tiempo suficiente para ser recordada. Névar-Dhal, la ciudad de las formas inciertas, como supe que se llamaba,
estaba edificada sobre siete colinas que cambiaban de lugar cada noche.
Sus barrios se desplazaban siguiendo mareas invisibles. Había casas que
envejecían durante el día y amanecían nuevas; torres que solo existían mientras
alguien las contemplaba; calles que desembocaban en el mismo punto del que
partían.
En el centro de aquel caos se alzaba el Palacio de las
Mandíbulas, imagino que por su forma y es que . sus murallas estaban formadas por enormes dientes de piedra. Dos
estatuas decapitadas sostenían el arco de entrada. Más allá se extendían patios
donde crecían árboles cargados de frutos con forma de ojos.
Zaelira cabalgaba delante de mí. En varias ocasiones volvió
la cabeza. No sabía si vigilaba mis movimientos o estudiaba mi rostro. Su
mirada descendía desde mis ojos hasta el torso desnudo, pues los arañazos de
las criaturas habían destrozado mi camisa. No era pudor lo que veía en ella. Tampoco ternura. Era una
curiosidad posesiva, semejante a la de alguien que contempla un animal extraño que acaba de capturar y calcula cuánto tardará en someterlo.
El salón del trono era una nave inmensa. Centenares de
lámparas pendían del techo, aunque ninguna proyectaba luz sobre el centro de la
estancia. Allí aguardaba el rey.
Arkhavel IX era un hombre gigantesco. Su barba roja estaba trenzada
con huesos de pequeños animales. Llevaba una corona de hierro clavada
directamente en el cráneo, y unos regueros de sangre seca descendían por sus
sienes. A su alrededor se amontonaban armas, pieles y cráneos convertidos en
copas.
A los pies del trono había un hombre encadenado. El rey
bebió de una copa y señaló al prisionero.
—Este hombre soñó que yo moría.
Levantó una maza. El golpe fue seco. El cuerpo cayó de lado. Arkhavel me observó.
—Y tú —dijo— has entrado en mi ciudad llevando una de las Llaves
de Ildhúr.
No respondí.
—¿Sabes qué abre?
—Una puerta.
El rey rio. Los cortesanos lo imitaron.
—Todas las llaves abren puertas. Esa abre la única que
importa.
Descendió del trono. Al acercarse advertí cicatrices en su
rostro y brazos. Algunas eran recientes; otras parecían antiguas como
inscripciones.
—La Puerta del Sueño —continuó— separa este mundo del tuyo.
Durante milenios, los hombres de Névar-Dhal hemos vivido bajo el capricho de aquellos
que duermen. Vuestras pesadillas engendran nuestras guerras. Vuestros deseos
levantan nuestras ciudades. Vuestros temores crean monstruos que nosotros
debemos matar.
Me tomó del mentón. Su aliento olía a carne y vino agrio.
—Cuando reúna las siete llaves, abriré la puerta. Entonces
mis ejércitos cruzarán al mundo de los despiertos. Y vosotros aprenderéis a
temer los sueños.
Lo miré sin bajar los ojos.
—Solo tienes una llave.
—Ahora tengo una.
Intentó arrebatármela. La llave quemó su mano. Arkhavel
rugió y retrocedió. Una ampolla negra apareció en su palma. En el salón se hizo
el silencio.
Un anciano de rostro cubierto por una venda se adelantó
entre los sacerdotes.
—La llave lo ha elegido —dijo—. No puede ser tomada. Debe
ser entregada voluntariamente o arrancada después de que el portador haya
perdido su nombre.
El rey volvió hacia mí una mirada homicida.
—Todos los hombres entregan algo cuando se encuentra el
instrumento adecuado.
Hizo un gesto a su hija.
—Zaelira, descubre cuál es el suyo.
La princesa inclinó la cabeza.
—Será un placer.
III. La cámara sin puertas
Me encerraron en una estancia circular. No había puerta.
Tampoco ventanas. Las paredes, cubiertas de espejos oscuros, reflejaban figuras
que no correspondían a mis movimientos. En uno aparecía anciano; en otro, niño;
en un tercero, mi cuerpo colgaba de una horca.
Zaelira entró atravesando un espejo. Llevaba una túnica
negra abierta desde el cuello hasta el vientre y ceñida por un cinturón de
placas doradas. Había dejado la armadura, pero conservaba una daga en cada
muslo.
—¿Es necesario el disfraz? —pregunté.
—No es un disfraz.
Se acercó.
—Mi padre ha quebrado a generales, sacerdotes y reyes. Yo
prefiero métodos más limpios.
—¿La seducción?
—La verdad.
Rodeó mi cuerpo lentamente. Sus dedos rozaron la herida de
mi costado. El contacto produjo un dolor súbito, pero no me aparté.
—Tienes carne de guerrero —murmuró—, pero no cicatrices. Manos
fuertes, aunque jamás han sostenido una espada. Tu cuerpo es una mentira.
—En mi mundo es diferente.
—¿Débil?
Asentí.
Zaelira se detuvo ante mí.
—Aquí podrías ser cualquier cosa.
—También tú.
Por primera vez, su seguridad vaciló.
—Yo soy la heredera de Névar-Dhal.
—Eres lo que tu padre ha decidido que seas.
Su mano se cerró alrededor de mi garganta. Me empujó contra
uno de los espejos. Noté su cuerpo pegado al mío: el calor de su vientre, la
presión de sus muslos, el leve temblor de una respiración que ya no era tan
serena.
—Podría abrirte desde el pecho hasta la cadera.
—Pero no lo harás.
—¿Por qué?
—Porque quieres saber si puedo dominarte.
Sus ojos dorados se estrecharon. La daga apareció en su
mano. La hoja se apoyó sobre mi abdomen.
Sujetándola por la muñeca, giré con una fuerza que aún me
resultaba desconocida. Zaelira intentó resistir. Era poderosa, más de lo que
podía esperarse incluso de una guerrera, pero la sorpresa estaba de mi parte.
La empujé contra la pared.
Su daga cayó al suelo.
Durante unos instantes permanecimos inmóviles. Yo retenía
sus muñecas por encima de la cabeza. Ella respiraba con rapidez. Su túnica se
había abierto y la curva de uno de sus senos asomaba bajo la tela negra. No
apartó la mirada. Tampoco pidió que la soltara.
—Ahora —susurró— podrías matarme.
—No.
—Podrías obligarme a obedecer.
—No necesito que me obedezcas.
Aquello pareció enfurecerla más que cualquier amenaza.
Intentó golpearme con la rodilla. Me aparté y la solté. Zaelira recogió la
daga. Durante un momento pensé que atacaría. En cambio, se ajustó la túnica.
—Eres un necio.
—En mi mundo me lo han dicho muchas veces.
—Aquí los necios mueren deprisa.
Atravesó el espejo. Antes de desaparecer, volvió el rostro
hacia mí.
—Y quienes me humillan mueren más despacio.
Quedé solo. No sé cuánto tiempo transcurrió. En Névar-Dhal
las horas carecían de una duración constante. A veces escuchaba el rugido del
rey. Otras, gritos lejanos. En los espejos aparecían paisajes que jamás había
visto: un mar negro, un desierto cubierto de estatuas arrodilladas, una
fortaleza suspendida boca abajo sobre un abismo.
Finalmente, uno de los reflejos habló. Era el anciano de los
ojos vendados.
—No mires hacia atrás cuando atravieses el espejo.
—¿Quién eres?
—Mael Aruun, último guardián de la Puerta del Sueño. O lo
fui antes de que Arkhavel arrojara mis ojos al Pozo de las Almas Perdidas.
—¿Por qué me ayudas?
—Porque llevas la primera llave. Porque la ciudad ha
comenzado a recordarte.
Un espejo se volvió líquido.
—Cruza.
—¿Adónde conduce?
—A un lugar peor que esta prisión.
—Eso no parece una gran ayuda.
—En Névar-Dhal, la ayuda rara vez lo parece.
Atravesé el espejo.
IV. La cacería
Salí a una terraza situada sobre los tejados. La noche había
caído, aunque tres lunas iluminaban la ciudad. Una era blanca, otra roja y la
tercera parecía una esfera llena de agua.
Mael Aruun me aguardaba junto a una escalera.
—Debemos llegar al Pozo.
—Creía que queríamos alejarnos de él.
—El pozo guarda las almas de quienes murieron soñando.
También guarda aquello que el rey más teme.
Un clamor de trompetas recorrió la ciudad. En las torres
aparecieron estandartes rojos.
—Ya sabe que has escapado —dijo el anciano—. Zaelira vendrá.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque no ha permitido que nadie te mate.
Descendimos. Névar-Dhal se transformaba a nuestro paso. Las calles se inclinaban.
Las casas desplazaban sus fachadas. En una plaza, los arcos se cerraron detrás
de nosotros como mandíbulas. En otra, el suelo se convirtió en una superficie
de agua sobre la que corrimos sin hundirnos.
Los soldados aparecieron en el mercado de los perfumes. Mael
Aruun pronunció una palabra y cientos de frascos estallaron. Nubes amarillas y
violetas llenaron la calle. Los hombres tosieron, cegados.
Seguimos corriendo. Yo no me cansaba. Aquello era una embriaguez. Saltaba sobre
puestos, trepaba por muros y recorría cornisas estrechas con una agilidad
imposible en mi cuerpo despierto. Cada movimiento era una revancha contra los
años de limitación.
Llegamos al Puente de las Viudas. Zaelira nos esperaba en el
centro. Llevaba de nuevo la armadura roja. Sostenía una espada en cada mano.
—Continúa —dije a Mael Aruun.
El anciano dudó.
—Ella no es tu enemiga principal.
—En este momento me basta con que sea la más cercana.
Zaelira avanzó.
—Entrégate.
—¿Para que tu padre me torture?
—Para que yo lo haga.
—Pensaba que preferías métodos limpios.
—He cambiado de opinión.
Atacó. Sus espadas trazaron dos arcos brillantes. Evité el
primero, pero el segundo cortó mi antebrazo. Retrocedí. Ella volvió a lanzarse
contra mí.
No tenía arma. Detuve una estocada con el brazal de un
soldado caído, sujeté su muñeca y golpeé su hombro. Zaelira giró, me barrió las
piernas y caí sobre el puente. Una hoja se detuvo a un dedo de mi ojo.
—La cacería ha terminado —dijo.
Entonces el puente cambió. Las piedras se separaron. La
estructura entera se retorció como una serpiente. Zaelira perdió el equilibrio.
Cayó por el borde. La sujeté por la muñeca. Debajo de nosotros no había calles.
Solo una oscuridad profunda en cuyo fondo se movían formas enormes.
—Suéltame —ordenó.
—Podrías decir gracias.
—Antes me arrancaría la lengua.
—Tendré que conformarme con tu gratitud silenciosa.
Tiré de ella y la subí.
Zaelira me golpeó en cuanto puso los pies sobre el puente. Caí
de espaldas. Antes de que pudiera incorporarme, se sentó a horcajadas sobre mi
cintura y apoyó una daga en mi garganta.
—Ahora somos dos necios —dijo.
Su rostro estaba muy cerca del mío. Un mechón de cabello se
había soltado de la trenza y rozaba mi mejilla. Sentí la tensión de sus piernas
alrededor de mi cuerpo.
—Parece que disfrutas cazándome.
—Disfrutaré cuando te vea encadenado.
—No pareces tener prisa.
Su mirada descendió hasta mis labios. Durante un instante
brevísimo creí que iba a besarme. En lugar de hacerlo, me golpeó con la
empuñadura. La visión se me nubló.
Un chillido surgió de los extremos del puente. Los seres sin
rostro trepaban por las piedras. Decenas de ellos. Zaelira se incorporó.
—Los Velados —murmuró—. No deberían poder entrar en la
ciudad.
—Tal vez alguien les haya abierto la puerta.
Combatimos espalda contra espalda. Ella me entregó una de
sus espadas. El arma era ligera y curva, pero al sostenerla tuve la extraña
impresión de haberla empuñado muchas veces.
Los Velados atacaron. Corté un brazo, atravesé un torso,
desvié unas garras dirigidas al rostro de Zaelira. Ella giraba con una
ferocidad magnífica. Su cabello se soltó y ondeó alrededor de su cuerpo como
una bandera negra.
Uno de los seres la derribó. Salté sobre él y le hundí la
espada en la cabeza vacía.
Zaelira me miró desde el suelo.
—Dos veces —dijo.
—¿Qué?
—Me has salvado dos veces.
—Procura no acostumbrarte.
Una sombra gigantesca se elevó al final del puente. Tenía seis
brazos y una corona de huesos.
Mael Aruun apareció detrás de ella.
—¡La llave! —gritó—. ¡Alza la llave!
Obedecí. El metal negro emitió una luz blanca. Los Velados
se detuvieron. En el hueco de sus rostros surgieron centenares de ojos humanos.
Algunos lloraban. Otros nos contemplaban con desesperación. La criatura coronada habló con muchas voces.
—El Despierto ha regresado.
No dijo «ha llegado». Dijo «ha regresado». Después las
sombras desaparecieron.
Zaelira se volvió hacia mí.
—¿Has estado antes en Névar-Dhal?
—No.
—Mientes.
—No recuerdo haberlo hecho.
La princesa levantó su espada.
—Vendrás conmigo.
—No.
—Mi padre debe saberlo.
Mael Aruun se interpuso.
—Tu padre ya lo sabe. Por eso mató a la reina Selmara.
Zaelira palideció.
—Mi madre murió al darme a luz.
—Tu madre vive en el Pozo de las Almas Perdidas.
(continuará)