Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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lunes, 17 de agosto de 2026

La cinta roja

¡Qué infinita tristeza la de aquella gélida tarde de diciembre! El día había discurrido, como casi siempre, con una monotonía parda, sin suceso ni color. Al caer la tarde encendí el fuego de la chimenea y, a ciegas, elegí un volumen cualquiera de entre los muchos que coronaban la vasta biblioteca del salón. Abajo, junto a la escalera, el viejo reloj de pared marcaba con testaruda puntualidad su tic-tac, tic-tac; solo ese latido de madera y bronce rompía el silencio de la casa. El fuego crepitaba con un gozo que no contagiaba a nadie.

La luna, redonda como una moneda de cal, dejaba entrever su blancura tras el paso errante de unas nubecillas de relieve extraño, que cruzaban su faz y se perdían, a intervalos, en la bóveda tenebrosa de donde habían surgido. El aire, abochornado en los recodos, crujía de pronto con ráfagas frías, como si un gigante invisible soplara contra los postigos.

¿Dónde estaba? ¡Qué desolado paraje! Ni una estrella, ni un canto, ni un rescoldo de vida. Silencio. Todo parecía envuelto en un halo de irreal fantasía. ¿Era un sueño? Llevé la mano a mis ropas: las sentí, sí; pero entonces…

Sin saber cómo me vi andando por un camino retorcido que hendía un bosque espeso, tan solitario como aquel trozo de luna, tan callado como una tumba. El ruido seco de mis pasos, el vaivén mismo de mi respiración, despertaron en mí un nerviosismo primero, una ansiedad después, una angustia inenarrable al cabo. Me detuve. Quise detener asimismo los latidos del corazón para escuchar el absoluto, el silencio sin grietas. Fue entonces cuando creí percibir, a mi espalda, un rumor extraño. No quise volver la cabeza; mas una fuerza, súbita y arrebatadora, me obligó a hacerlo. Respiré, aliviado: nada. El camino se perdía a lo lejos, como si se borrara solo.

Y, sin embargo, ante mí me aguardaba otra sorpresa. El sendero desembocaba en un claro abierto sobre una colina. En la cumbre, erguida con orgullosa desolación, una construcción dibujaba su oscura silueta contra el cielo más negro aún. Un murmullo, sofocado, me rozó el oído. Sentí un sudor frío, y el corazón se me contrajo como en puño. La angustia dio paso al miedo, y mis piernas, ya sin voluntad, temblaron como espigas al capricho del viento. Aquella mole de piedra, horadada por agujeros que querían parecer ventanas, agrandaba mi pavor con solo existir. El ansia de lo desconocido me empujó a acercarme a aquel torreón; mas, extrañamente, no hallé puerta alguna. Los vanos, dispuestos sin concierto, se abrían muy por encima del suelo.

De pronto el cielo se encendió. Una claridad breve, lechosa, iluminó cuanto alcanzaban mis ojos, y, tras ella, el más hondo de los silencios. Otra vez la blancura de tormenta sin descarga barrió el páramo. Permanecí inmóvil, mirando cómo la piedra verdinegra parecía encenderse por un instante. Juraría que vi, fugaz, una silueta asomarse a uno de aquellos vanos. ¿Fantasmagorías de mi imaginación? Dudaba aún cuando, de súbito, entre el hueco de una de esas oquedades, brillaron los dientes afilados del más feroz de los perros. Forcejeaba por ensanchar el agujero; metía sus patas negras entre las piedras como si la roca, por compasión o por horror, fuera a ceder.

Se me heló la sangre. Quedé clavado, testigo impotente de los nerviosos movimientos de aquel ser gigantesco y siniestro que luchaba por liberarse, por precipitarse sobre mí. En sus pupilas —dos carbones húmedos— se reflejaba la pálida luna. ¿Cómo decir lo que sentí? Un terror sin nombre me habitó de pronto, y con todo no había salido del estupor cuando mis ojos asistieron a la visión más fantasmal que jamás han visto ojos humanos. De otros vanos, en contraste luminoso con la profundidad oscura de la piedra, comenzaron a escurrirse unos brazos amarillentos, cadavéricos. Venían de lo profundo, de los avernos que no figuran en los mapas. No pude más. Quise correr, pero mis piernas no me obedecían. El animal, al fin, consiguió desclavarse del hueco y se lanzó como una sombra. No sé de dónde saqué bríos, pero eché a correr sin rumbo, con la torpeza del pánico.

Sobre unos riscos —en el horizonte, tenebroso— emergió la figura del perseguidor. Dondequiera que volviera la vista, allí estaba: lóbrego y fiel a su condena, guardián de infiernos y de insomnios. Torné al bosque, que me tragó con sus sombras, y entonces, por un instante, una visión tan dulce que parecía mentira me lavó de espanto.

Entre los troncos añosos apareció una joven hermosísima. Llevaba un vestido blanco, finísimo, casi un susurro. Sus cabellos, dorados, parecían luciérnagas; sus ojos, verdes, daban luz a su rostro. Una cinta rojiza ceñía uno de sus pies desnudos y humedecidos por la hierba. La delicadeza de su talle contrastaba con el tronco rugoso al que se apoyaba. Caminé hacia ella con prisa de náufrago, y cuando casi rozaban mis manos el aire que la envolvía, se desvaneció como niebla al sol. Quedé solo.

Mas volvió a aparecer, allá, sobre las agudas crestas de los riscos. Su mirada parecía llamarme. De perseguido me vi hecho perseguidor. En mi cabeza brotaron pensamientos que no eran míos, maquinaciones, deseos sin nombre. De pronto, sin saber cómo ni por qué, la vi nítida como nunca, sentada en el brocal de un pozo, silenciosamente hermosa.

Mis pies, por fin seguros, se encaminaron hacia ella como la alimaña a su presa cuando ya no hay escapatoria. No era un fantasma: el palpitar de sus pechos delataba la carrera reciente. Llegué. Mis manos, mansas, se extendieron. Una sonrisa, entre ingenua y maligna, se dibujó en su rostro, y entonces sentí cómo su talle se quebraba con brusca decisión; se dejó caer en el pozo y, en su caída, arrastró mis manos. Perdí el equilibrio. Caí en un abismo sin fin.

La oscuridad de la estancia era casi absoluta, rota tan solo por las brasas agonizantes de la chimenea. El libro yacía en el suelo. En mi mente confusa giraba un pensamiento único: ¿había sido un sueño? Las llamas ya no proyectaban mi sombra en las paredes. En la oscuridad habría querido sentir una presencia… ¡Deseo inútil! Al fin y al cabo, un sueño, me dije. Me incliné para recoger el volumen y, cuando iba a cerrarlo, vi —entre sus páginas amarillentas, oxidadas de tiempo— brillar, con la suavidad de la seda, una cinta de color rojizo.

Un escalofrío me recorrió entero. Era la primera vez que veía aquella cinta. Se me anudó la garganta; un sudor frío me perló la frente. El reloj de la escalera, con la dureza de un juez, dio tres campanadas: sonoras, secas, frías, eternas.

No quise mirar la ventana. Me pareció —o quise creerlo— que un resplandor blanquecino, parecido al de la luna cuando decide no marcharse, cruzó el cristal. Cerré el libro, y la cinta, obediente, quedó aprisionada dentro. El tic-tac volvió a erguir su pobre consuelo. En el hogar, una brasa se quebró con un gemido.

Aún hoy no sé si aquella noche viví o soñé. Pero cuando, días después, bajé al jardín y me detuve frente al viejo brocal, vi, en el verdín húmedo de la piedra, el rastro leve de unos pies descalzos… y, en el borde, como olvidada por una mano ausente, otra cinta igual, rojiza, que el viento no se atrevía a llevarse.
 
Pamplona. 1980-81. (1ª edición en 1993. 2ª edición o revisión en Octubre de 2025)

domingo, 16 de agosto de 2026

La casa deshabitada

Ya se oyen en el silencio nocturno, sobre el asfalto, 

los pasos del eterno caminante. 

Encorvada figura anónima. 

Eres uno y todos los hombres que en la tierra, cada día, 

bajo las estrellas, cada noche, 

viven y sienten el latir de la tierra madre bajo sus pies. 

 

Desconocido en todos los lugares por los que pasas, 

extranjero en ninguno, 

tu patria es la Tierra, 

tu pueblo la Humanidad. 

 

Ignoro tu destino, 

también tu procedencia. 

 

Yo soy ese desconocido caminante, 

que llega incluso a desconocerse a sí mismo. 

¡Extraña paradoja! 

 

Tiemblan en mi mente algunos pensamientos.

La carretera larga se pierde en el horizonte sin fin. 

Algún día llegaré, pienso. 

¿A dónde? 

Largo silencio.

Tiemblan cada una de las ramas 

de cada uno de los árboles, 

de cada uno de los montes de esta tierra; 

tiembla la tierra como un corazón gigante, inmenso.

 

El alba.

Un pueblo. 

Desordenado conjunto de casas ocre, 

alcázares de miseria, 

palacetes de cristal. 

 

Sobre las calles crece la hierba; 

en medio, una zarza roja; 

junto a esta, un ramo de flores azules… 

 

Y la gente?. 

Duerme, quizás. 

 

Los portones están cerrados: madera y hierro enmohecidos. 

Cubiertas de polvo, las ventanas cerradas. 

Silencio. 

 

Triste tañir de campanas. ¿Dónde? 

Al otro lado del valle, una pequeña ermita. 

Mortuorio sonido. 

 

La luz blanquecina del amanecer ilumina una vez más aquellas fantasmales casas. 

El pueblo se pierde atrás.

Sobre una loma, un cerro suavemente dibujado, 

a un lado de la carretera, 

a cierta distancia de aquella desolada aldea, 

una gran casa, una mansión. 

Paredes de piedra, sobriedad en las líneas, recortadas sobre el contorno.

 

He abierto con facilidad, con solo un leve empujón, la carcomida puerta que jalona el umbral y que todavía parece guardar antiguas reminiscencias señoriales. 

Un suave chirrido ha estremecido la quietud de la mañana: 

goznes crujientes, dormidos en su herrumbre por el abandono de este extraño lugar. 

Un tufillo a humedad y polvo, y a otros olores que no acierto a desentrañar, puebla el ambiente. 

Oscuridad rota de repente por la blanquecina luz que entra por el hueco de la puerta que acabo de abrir. 

Una telaraña sorprende con su cosquilleo al golpear mi rostro. 

Poco a poco la penumbra se diluye, permitiendo la visión, al menos superficial, de lo que en el interior de aquella mansión ha dormitado por los siglos de los siglos. 

 

Alguna silla caída sobre el suelo de madera. 

Las desnudas paredes, sin ornamento alguno. 

¡Qué sensación de soledad, de vacío, de desolación!

Nada.

La casa deshabitada.

 

He vuelto a cerrar la puerta con triste sonido, 

como quien cierra un sepulcro, 

como no queriendo romper el sueño de aquellos muros, 

que volverán a dormir en la oscuridad, de nuevo, por tiempo inmemorial, 

hasta que llegue un día otro caminante, 

algún curioso, 

unos niños 

—¡quién sabe quién!, ¡quién sabe cuándo!— 

a este lugar olvidado del mundo, inexistente.

 

La luz del alba ilumina un poco más aquel sombrío y solitario paraje… 

el caminante se pierde de pronto, 

desaparece en la nada, 

como si en realidad nunca hubiese existido.

 

Silencio.

Pamplona. Mayo 1982

viernes, 14 de agosto de 2026

Sugerencias y sensaciones

Este no es un relato convencional. Es un poema en prosa, sin rima, de 1983, sincopado o fragmentario, casi vanguardista, construido por ráfagas nominales, por una acumulación de sensaciones sueltas sin verbo, sin conectores, puro impresionismo escrito.  El texto es deliberadamente críptico. No cuenta, sugiere, da pinceladas —una tos, una concha, el sonido de seda rasgada, mil ojos que vigilan, el hielo que quema— y deja que el lector imagine y  componga la historia entre los huecos.
 
En una mañana oscurecida por nubes grises que corren empujadas por un viento frío, sale a las afueras de la diminuta y casi abandonada aldea —a la que ya no llega nadie— un viejo. Su pelo gris, sus pupilas cansadas miran al interior de un viejo bosque; un bosque cerrado, poco transitado, oscuro en su fondo, refugio cálido de silenciosos secretos antiguos, recuerdos teñidos de un agrio poso de amargura. 

Corría ocioso un joven del lugar por las verdes laderas del monte Rojo. Su nombre le venía por ser aquel el lugar por donde cada tarde se ocultaba el sol, dejando esa débil estela roja que cubría las verdes laderas de las montañas. Corría alegre, despreocupado. Se tumbó a la entrada del frondoso bosque. Cerró los ojos. Escuchó el silbido del aire mover las ramas y las hojas, el canto de los pájaros. Imaginó... fantasías, gozos inconfesables compartidos en aquel marco idílico con la más bella de las criaturas. Imágenes, fantasías en un pueblo olvidado, donde la prosaica realidad ofrecía pocas —por no decir ninguna— capacidad de plasmación. Volvió al pueblo más cansado que antes, más entristecido y ansioso. Transcurrieron días, tal vez semanas… 

Una mañana surgió la noticia. Había llegado a la aldea para pasar el verano, había llegado a aquel perdido rincón del universo. Impaciencia. Nerviosismo… Solía ella caminar todos los días, al atardecer y al mediodía, por un estrecho sendero que desde el pueblo llegaba y penetraba en el bosque; luego torcía a la derecha y se abría hacia un camino semiborrado por la vegetación, que descendía entre piedras al río, un río estrecho pero profundo que pocos metros antes se rompía en una bellísima cascada. Paseaba con un libro entre las manos. Solía leerlo bajo la agradable sombra de un árbol, en lo más profundo e intrincado del bosque. Nadie la interrumpía. Solo el difuso rumor de la vida que hervía entre los árboles. Refugio tranquilo. Seguridad. Placidez. Nadie le molestaba. Estaba sola. O al menos eso era lo que pensaba. 

En una de aquellas mañanas de verano él logró descubrir el exótico tesoro que hasta entonces le había sido vedado al azar. Aquella visión paradisíaca. Éxtasis. Bañaba su desnudez bajo la fría agua de la cascada, ajena a la indiscreta mirada del curioso que contemplaba gozoso sus secretos más hermosos y escondidos. Prosiguió sus paseos solitarios, sin saberse espiada, sin sentirse vigilada, pero al fin se produjo el descubrimiento. Descubrimiento casual en una de esas lecturas, bajo la filtrada luz del sol, entre las copas de los árboles. Rumores de hojas, rotos por el estallido de una tos que descubrió la presencia del intruso.  

Vergüenza. Reproches. Huida. Llamada. Preguntas. Silencio en la luz. Oscuridad entre las hojas. Conversación tenue. Amistad. Ya no pasea sola. Andan y charlan juntos hasta bien entrada la tarde. Tumbados, ríen cada palabra y callan. Solo se oye el rumor de los pájaros, el crepitar de la yerba que cruje.  

Regresó a la ciudad, y el tiempo pasó lánguidamente lento. Otoño. Las hojas caen, el bosque se desnuda lastimero, dejando ver a través de sus afiladas y secas ramas un cielo gris, monótono y tristísimo. Invierno frío. Recuerdo cálido del verano, ilusionado de que retornaría un año más tarde.  

Tarde anochecida. Sonido de seda rasgada. Ojos cerrados. Azul oscuro. Azul blanquecino en la tarde calurosa. Seda sobre la yerba verde humeante, humo del agua caída a la mañana. Cristalina lluvia del rocío en la alborada. 

Vigilan mil ojos en la tarde que oscurece. Tierra y cielo se unen en la oscuridad de esa noche. Frescura. Viento suave. De nuevo azul oscuro. Lágrimas. Un tronco cruje en el silencio de la noche estival y se rompe, cayendo al suelo con gran estrépito. Extraña, desconocido. Aurora. Ocaso. Pueblo en la noche. 

Un gato solitario pasea por la cornisa de un tejado, salta a la calle y se aleja del pueblo, se pierde, internándose en el bosque. Verano. Noche. Luna llena. Mirada larga y profunda. Calor tibio. Presagio de tormenta amanecida. 

El bosque recita un concierto de voces, gritos extraños, sonidos repentinos. Una hoguera sin apagar en un calvero. Crepitar de las llamas que se rompen en mil chispas sobre el negro trozo que se abre sobre los árboles, volando hacia lo alto. Iluminación tenue. El gato se mueve nervioso de un lado a otro de la temblorosa luz rojiza. Humo. Calor. Oscuridad. Humedad en la noche. Se escucha el ruido del torrente que corre tras los árboles, de la cascada que se desborda en el río. 

«Penumbra incierta en la esperanza de la noche.» Junto al oído se escucha el rumor de las hojas sacudidas por la brisa nocturna y el crepitar de las llamas. Calor. Las culebras se arrastran silenciosas, escurriéndose por entre las rendijas de las rocas, buscando su refugio oscuro. Agua. El agua se estremece en ondulaciones vibrantes por el contacto de las yemas de los dedos. Pez brillante, multicolor. Pececillos blancos, rosados, coloreados en la luz crepuscular, luchan, juegan escurridizos en el seno de las aguas. Juegos de amor entre las piedras blancas. 

 Llueve con fuerza. El agua resbala. Crujen las ramas. Se enredan. Se quiebran las raíces. Tormenta. Vendaval. Sed. Calor. La selva del bosque, crecida, enmarañada, se ha transformado. No se escucha el silencio de la noche. Sigue crepitando, sigue lloviendo, pero la hoguera no se apaga. La brisa fresca sigue soplando en la montaña, mas cuanto más cerca de la cumbre… Cerca de la cima se erige una cueva, escondida entre abundante vegetación. Una roca a la entrada se alza como un monolito majestuoso. Santuario. Hechizo mágico: rozando la piedra, la tierra tiembla y un relámpago ilumina el universo cósmico. 

Los días pasan. Curvas deshechas en cascadas doradas del atardecer apagan su sed en el agua fría del manantial. Lentas, ciñen su perfección en la aurora; desnudas, florecen. Tiembla el aroma de la flor abierta en la aurora. Nieve dorada, modelada por expertas, sabias manos. La nieve se endurece en el frío de la madrugada. Hielo caliente que quema las manos. Tormenta. Relámpagos sobre el agua, iluminando el espejo que fluye y siempre cambia. 

Se abre, se cierra la concha que un día arrojaste al fondo del río. Agua roja del ocaso, esmeralda de sus ojos reflejados, negra se convierte en la noche de sus pestañas. Ramas, troncos quebrados, rotos, flotan ondulando bajo la transparente luz de las aguas. El río seca. Hollando la tierra, apartando las ramas, bebiendo la fría agua en el hueco donde la culebra duerme. Suave y brillante palidez enrojecida. Cansancio. Abandono. Mira el cielo gris. Acércate a la luz. Mira. No disimules. 

Ha pasado el tiempo. Es otoño otra vez. Anochecer soñado. Ojos cerrados. Trigo dorado, movido dulcemente por el viento que mece sus espigas recién florecidas. El valle se oculta a tus ojos en el recuerdo. La lluvia del otoño cierra las grietas del estío reseco y árido. Amanece. Escalofrío de temor, de angustia. La hoguera está apagada. Invierno. Nevada. Los lobos aúllan. Sigue nevando. Se derrite la nieve. El torrente del río vuelve a sonar. Las flores se abren… y regresa el verano. Frío. Tormenta triste. Silencio. Nada. Abandono. Mies. Pajar. Sábanas blancas, frías en otoño.  

El otoño, último estertor del verano, esperó a octubre para el regreso definitivo. El tiempo corrió. Un año más. Otro verano. Desapareció. Viajó el joven a la ciudad en busca del recuerdo. El pueblo, el bosque, quedó solitario, quedó frío. Miraba los escaparates, los rótulos luminosos con atónitos ojos, las personas. Subía ascensores. Bajaba largos y profundos toboganes, escaleras mecánicas. Era fiesta. Subía en la noria, bajaba por las calles, artificialmente alegre, triste en su corazón. Sentía en su estómago esa mala sensación de bajar desde las alturas y de volver a subir a ellas. Y sentía un escalofrío recorrerle las espaldas. 

 Recordaba los largos paseos, la lenta humareda de la hoguera, la luna que alumbraba el espejo del agua e iluminaba los rostros en la noche, la conversación breve, el aire limpio, el silencio y también, tristemente, la huida sin previo aviso y la soledad. Los veranos, los tres últimos veranos. El tiempo borraba en el recuerdo. Ya no regresaría jamás. Se fue sin despedirse. Búsqueda inútil. Recuerdo dolorido. Miedo. Cuando volvía a la realidad se encontraba en un lugar cerrado, entre humo, ruido y extrañas caras. El verano acabó. Otoño. Invierno. Y así transcurrió largo tiempo, años. 

El viejo comprendía que fue solo un bonito sueño, un recuerdo que le marcó toda la vida. Imaginó el sueño que se convirtió en realidad, pero que como tal se desvaneció al despertarse ya en los umbrales de la muerte. 

El último otoño. Las hojas caían como siempre, pero aquel día cayó una hoja distinta: una hoja roja sobre un agua azul; el cielo estaba azul. Una hoja verde, sin palidecer por la amarillenta agonía de lo temporal, se hundió pesada en el seno profundo de las aguas. La hoja roja, quebradiza, desapareció volatilizada, mientras que sobre aquella hoja verde apareció una concha que se abría y se cerraba todos los veranos...

(En el mecanografiado original, los pasajes que aquí van en rojo estaban escritos con cinta roja: son los dos veranos del encuentro y del fuego. El resto —la soledad, la distancia, el tiempo— iba en negro. Se ha respetado esa arquitectura de color y el fraseo sincopado del original; solo se han corregido las erratas de máquina.).

Diciembre 1983

Larga espera

Hoy me sentía mal. Por eso decidí visitar el siempre incómodo y exasperante consultorio de la Seguridad Social. Me han asignado un frío número que me ha hecho presagiar una larga espera. Una seria y circunspecta señorita cumple, paciente, con su monótona labor. El papelillo ha ido directamente a guarecerse bajo el viejo plástico que protege la ya arrugada y amarillenta cartilla de asegurado.

Miro el reloj y empiezo a hacerme a la idea de que perderé allí toda la mañana. Doy unos pasos y atravieso largos pasillos hasta que doy con una puerta blanca en la que no aparece más que un número. Un pequeño rótulo debiera indicar el nombre del titular, pero nada de nada, y la pregunta se hace inevitable, necesaria: ¿es aquí el doctor X? —Sí, aquí es—, me contesta la desconocida persona a la que de improviso he interrumpido en sus pensamientos. Por un segundo, el resto de la concurrencia me ha escrutado; luego ha proseguido su habitual compostura.

Las sillas de la sala de espera están medio llenas. Me siento. Pasa el tiempo. He agotado todas las posturas posibles que uno puede adoptar. La vista ha recorrido una y otra vez las caras de los allí presentes. El panorama es variado, diferente y hasta divertido: una mujer de avanzada edad, arrugada y fea como pocas, escuálida y medio paralítica. A su lado, y en grotesco contraste, una señora voluminosa, exageradamente gorda, oronda en su mantecosa presencia. El anciano que está sentado junto a mí no carraspea; parece querer echar la bilis: a cada momento enrojece su rostro y su cuerpo se sacude en brutales espasmos, tales y con tanta frecuencia que llega a ponerme nervioso. A su lado, charlando con él en los intervalos que la tos frenética le permite, una mujer de mirada bovina y con un pronunciado tic nervioso en los ojos y la boca. Un poco más lejos está sentada una mujer con varios críos jugueteando a su alrededor. Su rostro ha perdido ya las no tan lejanas huellas de la juventud. Expresión cansada e irritada. Los chavalillos chillan y corren de un lado a otro, tropezando con las piernas de los allí sentados. Su madre les reprende a cada momento, si bien es cierto que con poco éxito. El más pequeño de los dos, un rubito pecoso y saltarín, se acerca a la puerta blanca y, agachado, mira por debajo de ella con el inocente objetivo de satisfacer su curiosidad. Aquel gesto espontáneo y atrevido sorprende a algunos, mientras que nos hace sonreír a la mayoría. Dos mujeres de mediana edad parlotean como cotorras; la conversación que mantienen —cotilleos e indiscreciones vecinales y familiares— es compartida por todos, tal es el tono de sus voces, entrecortadas además por las sucesivas y atropelladas intervenciones de ambas contertulias. Una joven de mi edad acaba de atravesar ante la concurrencia, y ha sido escudriñada por decenas de ojos, más si cabe por la nutrida representación masculina, pues la moza estaba verdaderamente de buen ver. ¿Qué extraño mal le aquejaría?, me he preguntado morbosamente. He seguido sus reacciones durante un rato y he comprobado parecido comportamiento al mío: cansancio y un cierto aire de incomodidad y «cuelgue».

La sala está llena y sigue llegando más gente. El silencio de los primeros momentos ha sido sustituido por un barullo de voces, risas, lloros y toses, conformando una extraña y a veces desagradable sinfonía. En todo aquel ambiente se percibe un fuerte olor a desinfectante, a humedad, a calentura y algunos otros indescriptibles. Por fin ha venido el flamante facultativo, trajeado y con su rimbombante compostura, y ha atravesado sin saludar la sala hasta llegar a la puerta blanca. Al rato ha salido otro doctor, que al parecer había finalizado su consulta y ha abandonado a toda prisa el edificio. Al poco han comenzado a desfilar los concurridos: enfermizos, débiles, hipocondríacos, maniáticos y demás fauna abundantísima, por otra parte, que poblamos este planeta. La puerta se abre y se cierra con cierta rapidez. Los números —que no personas— son despachados con un automatismo desprovisto de todo tinte humano. Mero trámite. La mayor parte sale de aquella inmaculada puerta provista de uno o varios papeles que serán canjeados en la farmacia más próxima por extrañas pócimas, jarabes, píldoras con las cuales curar los males de esa inmensa legión de enfermos que invade, un día sí y otro también, los consultorios de la Seguridad Social. Algunos sonríen satisfechos, porque confían en que la nueva curandería, los brujos modernos, pongan fin a sus dolencias más o menos reales o imaginarias; otros temen, están casi seguros de que dentro de muy poco volverán a visitar esas frías salas, perdiendo mañanas, consumiéndose en la larga agonía de una enfermedad más o menos grave.

La sala se ha quedado casi vacía cuando he salido de mi fugaz encuentro con el doctor X. El tiempo justo para entrar, saludar y relatar breve, sucintamente, mi cuadro clínico. Unos segundos, y el señor vestido de blanco ha empezado a tirar de talonario —de recetas, que no de cheques—, comentándome a la par que mi sintomatología es de lo más normal, una simple afección gripal, cito sus palabras, que desaparecerá en el plazo de dos o, a lo sumo, tres días. He salido con la sensación de ser una mera pieza en una larguísima cadena, una pieza con un número que se revisa superficial y automáticamente, como en una cadena de montaje de una fábrica cualquiera, y que se expide, se almacena, se maneja o se tira a la basura.

Abandono el consultorio y a esas pocas personas que permanecen resignadas desde primeras horas de la mañana, soportando una interminable espera. Abandono el sudor y el cansancio almacenado durante horas y me dirijo al fresco ambiente de la calle. Sigo sintiéndome mal, peor, pero tranquilo: no es nada, no es por esa afección —afectada terminología de facultativos que nos hablan en jerga incomprensible, cuando a un dolor de cabeza le llaman cefalea, a una diarrea veraniega, colitis, y a algunas averías funcionales, síndrome de tal—. Se debe, con toda seguridad, a esta larga espera.

Pamplona. julio 1984

miércoles, 12 de agosto de 2026

Las llaves de la puerta del sueño. (I)


I. La ciudad de los hombres sin rostro
 
Durante los treinta y cinco años de mi vida despierta fui un hombre débil. No empleo la palabra en sentido figurado. Mi debilidad no era una cobardía del ánimo, aunque con frecuencia acabara produciéndola, sino una insuficiencia de la carne. Tenía los pulmones estrechos, las articulaciones doloridas y un corazón propenso a desbocarse ante esfuerzos que otros hombres realizaban sin advertirlos. Subir dos pisos me obligaba a detenerme. Una carrera de cien pasos podía hacerme perder el conocimiento.

Los médicos pronunciaban palabras largas para encubrir su impotencia. Mis amigos evitaban invitarme a excursiones. Las mujeres me trataban con esa ternura cuidadosa que está más cerca de la compasión que del deseo.

Por eso vivía entre libros. Leía sobre imperios extinguidos, monarcas que habían gobernado desde tronos de basalto, sacerdotes que interpretaban el movimiento de estrellas ya desaparecidas y viajeros que se internaban en tierras donde los mapas se volvían blancos. Los libros eran mis piernas y  mis armas. Gracias a ellos había cabalgado por estepas imposibles y escalado montañas que ningún hombre de mi condición habría podido contemplar siquiera desde su falda.

Mi abuelo materno, que había sido anticuario, me dejó al morir una caja de madera sin cerradura. Durante años la conservé sin descubrir el modo de abrirla. Era un objeto oscuro, veteado por líneas rojizas, y en su tapa aparecía grabado un arco rodeado por siete estrellas.

La noche en que comenzó todo, una tormenta cubría la ciudad. Yo estaba enfermo. Una fiebre tenaz me había retenido tres días en la cama y aquella madrugada, incapaz de dormir, bajé al gabinete donde guardaba la caja. No sabría explicar por qué lo hice. Tal vez escuché una llamada. Tal vez la fiebre había debilitado las paredes que separan unas realidades de otras.

Apoyé la mano sobre el arco grabado. La caja se abrió sin esfuerzo. Dentro descansaba una llave. Era larga, de un metal negro que parecía absorber la luz. Su empuñadura reproducía una figura humana encogida sobre sí misma, mientras que el diente tenía la forma de una torre quebrada. Bajo la llave había una tira de pergamino, escrita con la caligrafía de mi abuelo.

Solo decía: "La primera puerta no está en ningún muro".  Nada más.

Sostuve la llave entre los dedos. Estaba tibia. A medida que la observaba, el rumor de la tormenta fue alejándose y las sombras del gabinete comenzaron a espesarse. Las paredes parecieron retroceder. Los muebles se hundieron en una penumbra aceitosa. Frente a mí apareció una puerta. No había estado allí un instante antes. Era alta y estrecha, construida con una madera tan blanca como los huesos pulidos. No tenía goznes ni cerradura. Sin embargo, cuando acerqué la llave, surgió en su superficie una abertura negra.

Introduje el metal. Al otro lado de la puerta alguien respiró.

Tuve miedo. Un miedo verdadero, físico, semejante a una mano cerrándose alrededor del corazón. Pero también sentí algo que nunca había conocido: la certeza de que, tras aquella hoja blanca, me aguardaba una vida que no estaría limitada por mi cuerpo.

Giré la llave. La puerta se abrió hacia abajo. No hacia delante. Hacia abajo.

Ante mis pies se extendía una escalera que descendía por un cielo nocturno. Los peldaños flotaban sobre constelaciones desconocidas. A ambos lados, enormes lunas pasaban lentamente, tan próximas que habría podido tocar sus cráteres. Di un paso. Después otro.

A la altura del séptimo peldaño dejé de escuchar la tormenta. En el decimotercero desapareció el dolor de mis rodillas. Al alcanzar el vigesimoprimero, respiré profundamente y mis pulmones se llenaron sin esfuerzo. Miré mis manos. Ya no eran las manos delgadas y pálidas que conocía. Eran fuertes, de dedos largos y nudillos firmes. Bajo la piel cobriza se marcaban los tendones. Toqué mi rostro y descubrí una mandíbula vigorosa, una barba corta y unas facciones que, aunque reconocibles, parecían la versión de mí mismo que algún escultor generoso habría tallado para satisfacer a un dios.

Mi cuerpo había cambiado. Los hombros se me habían ensanchado. El pecho respiraba con una potencia casi animal. Sentía los músculos de las piernas contraerse bajo la ropa, preparados para saltar, correr o combatir. Reí. Creo que fue la primera vez que reí de aquella manera.

Entonces uno de los peldaños desapareció. Caí. Atravesé nubes rojas, una bandada de aves transparentes y una lluvia que ascendía desde un mar invisible. Durante la caída vi torres, desiertos, ejércitos petrificados y mujeres que dormían dentro de grandes flores de cristal.

Finalmente me precipité sobre el tejado de una casa. Las tejas se rompieron bajo mi peso. Atravesé una estancia donde una familia de piel azul cenaba alrededor de una lámpara verde, hundí una mesa, rodé por unas escaleras y salí despedido a una calle empedrada.

Quedé tendido boca arriba. Sobre mí se alzaba una ciudad. Al principio creí que sus torres se movían por efecto del mareo. Después comprendí que el movimiento era real. Los edificios cambiaban. Una vivienda de ventanas redondas se alargó hasta convertirse en una torre. Una plaza se plegó sobre sí misma y desapareció detrás de una hilera de columnas. Un palacio de cúpulas doradas se disolvió como humo y reapareció mucho más lejos, suspendido sobre cuatro arcos gigantescos.

La ciudad respiraba. Sus calles se estrechaban y ensanchaban. Las escaleras cambiaban de dirección. Los puentes se curvaban como lomos de animales dormidos. Hombres y mujeres me observaban desde las puertas. Vestían túnicas de vivos colores, chalecos de escamas metálicas y velos adornados con pequeñas campanas. Algunos poseían ojos completamente negros; otros llevaban tatuadas en el rostro constelaciones que se desplazaban lentamente sobre la piel.

Nadie hablaba.

Me incorporé. El silencio se quebró.

—Un caído —susurró una anciana.

—No —respondió un mercader gordo—. Mirad sus ojos. Conserva la luz exterior.

Una niña dejó caer un cuenco.

—Es un Despierto.

La palabra corrió de boca en boca.

Despierto.

Los habitantes retrocedieron.

Una campana comenzó a sonar en algún lugar de la ciudad. Era un sonido grave, desacompasado, como si el bronce tuviera un corazón propio.

Un hombre señaló mi mano. Aún sostenía la llave negra.

—¡La llave de Ildhúr!

La multitud huyó. No tuve tiempo de preguntar.

Las sombras salieron de las paredes.

Primero fueron simples manchas. Luego adquirieron volumen y forma. Criaturas altas y encorvadas, envueltas en jirones oscuros, se desprendieron de las fachadas. No tenían rostro. En el lugar de la cabeza solo había un hueco por el que podía verse un cielo sin estrellas. Una de ellas extendió los brazos hacia mí. Sus dedos eran agujas.

Me aparté de un salto.

El movimiento me sorprendió tanto como a la criatura. Recorrí varios pasos de una sola zancada, choqué contra un puesto de frutas plateadas y arranqué de su soporte una barra de madera.

La primera criatura se abalanzó sobre mí. Golpeé.

La barra le atravesó el pecho. No encontré carne ni huesos, solo una resistencia fría, como agua convertida en noche. El ser emitió un gemido y su cuerpo se deshizo en una nube de ceniza.

Otros tres acudieron.

Me moví por instinto. Mi cuerpo conocía capacidades que mi mente ignoraba. Esquivé un brazo, giré sobre mí mismo y derribé a una criatura. Partí la barra contra el hombro de otra. La tercera me arañó el costado y sentí que la herida absorbía el calor de mi sangre.

Entonces sonaron cascos. Una docena de jinetes apareció al final de la calle. Montaban animales semejantes a grandes felinos sin pelo, cubiertos por armaduras de bronce. Los soldados empuñaban lanzas rematadas por medias lunas.

Delante de ellos cabalgaba una mujer.

No llevaba yelmo. Su cabello, negro y espeso, caía en una trenza hasta la cintura. Vestía una coraza de escamas rojas que se ceñía a su torso y dejaba desnudos los hombros. Bajo una falda abierta de cuero oscuro asomaban unas piernas poderosas protegidas por grebas de plata.

Era hermosa. No con la belleza delicada de las figuras pintadas, sino con la belleza peligrosa de una espada recién desenvainada.

Sus ojos eran dorados.

La mujer se incorporó sobre la silla, tensó un arco y disparó tres flechas con tal rapidez que parecieron una sola. Cada proyectil atravesó la cabeza vacía de una criatura.

Los seres se deshicieron.

La amazona desmontó. Al llegar ante mí, desenvainó una espada curva y apoyó la punta bajo mi barbilla.

—Arrodíllate.

Su voz no era alta. No necesitaba serlo.

Miré a los soldados que nos rodeaban. Después contemplé el filo.

—No.

La sorpresa iluminó fugazmente sus ojos. Presionó la espada. Una gota de sangre descendió por mi cuello.

—En esta ciudad —dijo—, todos se arrodillan ante Zaelira, hija de Arkhavel.

—Entonces será una experiencia nueva para los dos. Contesté ufano.

Uno de los soldados soltó una carcajada, pero la reprimió de inmediato. Zaelira sonrió. Fue una sonrisa lenta, sin alegría.

—Atadlo.

II. El rey de la Barba Roja

Me condujeron por una ciudad que no permanecía quieta el tiempo suficiente para ser recordada. Névar-Dhal, la ciudad de las formas inciertas, como supe que se llamaba, estaba edificada sobre siete colinas que cambiaban de lugar cada noche.  Sus barrios se desplazaban siguiendo mareas invisibles. Había casas que envejecían durante el día y amanecían nuevas; torres que solo existían mientras alguien las contemplaba; calles que desembocaban en el mismo punto del que partían.

En el centro de aquel caos se alzaba el Palacio de las Mandíbulas, imagino que por su forma y es que . sus murallas estaban formadas por enormes dientes de piedra. Dos estatuas decapitadas sostenían el arco de entrada. Más allá se extendían patios donde crecían árboles cargados de frutos con forma de ojos.

Zaelira cabalgaba delante de mí. En varias ocasiones volvió la cabeza. No sabía si vigilaba mis movimientos o estudiaba mi rostro. Su mirada descendía desde mis ojos hasta el torso desnudo, pues los arañazos de las criaturas habían destrozado mi camisa. No era pudor lo que veía en ella. Tampoco ternura. Era una curiosidad posesiva, semejante a la de alguien que contempla un animal extraño que acaba de capturar y calcula cuánto tardará en someterlo.

El salón del trono era una nave inmensa. Centenares de lámparas pendían del techo, aunque ninguna proyectaba luz sobre el centro de la estancia. Allí aguardaba el rey.

Arkhavel IX era un hombre gigantesco. Su barba roja estaba trenzada con huesos de pequeños animales. Llevaba una corona de hierro clavada directamente en el cráneo, y unos regueros de sangre seca descendían por sus sienes. A su alrededor se amontonaban armas, pieles y cráneos convertidos en copas.

A los pies del trono había un hombre encadenado. El rey bebió de una copa y señaló al prisionero.

—Este hombre soñó que yo moría.

Levantó una maza. El golpe fue seco. El cuerpo cayó de lado. Arkhavel me observó.

—Y tú —dijo— has entrado en mi ciudad llevando una de las Llaves de Ildhúr.

No respondí.

—¿Sabes qué abre?

—Una puerta.

El rey rio. Los cortesanos lo imitaron.

—Todas las llaves abren puertas. Esa abre la única que importa.

Descendió del trono. Al acercarse advertí cicatrices en su rostro y brazos. Algunas eran recientes; otras parecían antiguas como inscripciones.

—La Puerta del Sueño —continuó— separa este mundo del tuyo. Durante milenios, los hombres de Névar-Dhal hemos vivido bajo el capricho de aquellos que duermen. Vuestras pesadillas engendran nuestras guerras. Vuestros deseos levantan nuestras ciudades. Vuestros temores crean monstruos que nosotros debemos matar.

Me tomó del mentón. Su aliento olía a carne y vino agrio.

—Cuando reúna las siete llaves, abriré la puerta. Entonces mis ejércitos cruzarán al mundo de los despiertos. Y vosotros aprenderéis a temer los sueños.

Lo miré sin bajar los ojos.

—Solo tienes una llave.

—Ahora tengo una.

Intentó arrebatármela. La llave quemó su mano. Arkhavel rugió y retrocedió. Una ampolla negra apareció en su palma. En el salón se hizo el silencio.

Un anciano de rostro cubierto por una venda se adelantó entre los sacerdotes.

—La llave lo ha elegido —dijo—. No puede ser tomada. Debe ser entregada voluntariamente o arrancada después de que el portador haya perdido su nombre.

El rey volvió hacia mí una mirada homicida.

—Todos los hombres entregan algo cuando se encuentra el instrumento adecuado.

Hizo un gesto a su hija.

—Zaelira, descubre cuál es el suyo.

La princesa inclinó la cabeza.

—Será un placer.

III. La cámara sin puertas

Me encerraron en una estancia circular. No había puerta. Tampoco ventanas. Las paredes, cubiertas de espejos oscuros, reflejaban figuras que no correspondían a mis movimientos. En uno aparecía anciano; en otro, niño; en un tercero, mi cuerpo colgaba de una horca.

Zaelira entró atravesando un espejo. Llevaba una túnica negra abierta desde el cuello hasta el vientre y ceñida por un cinturón de placas doradas. Había dejado la armadura, pero conservaba una daga en cada muslo.

—¿Es necesario el disfraz? —pregunté.

—No es un disfraz.

Se acercó.

—Mi padre ha quebrado a generales, sacerdotes y reyes. Yo prefiero métodos más limpios.

—¿La seducción?

—La verdad.

Rodeó mi cuerpo lentamente. Sus dedos rozaron la herida de mi costado. El contacto produjo un dolor súbito, pero no me aparté.

—Tienes carne de guerrero —murmuró—, pero no cicatrices. Manos fuertes, aunque jamás han sostenido una espada. Tu cuerpo es una mentira.

—En mi mundo es diferente.

—¿Débil?

Asentí.

Zaelira se detuvo ante mí.

—Aquí podrías ser cualquier cosa.

—También tú.

Por primera vez, su seguridad vaciló.

—Yo soy la heredera de Névar-Dhal.

—Eres lo que tu padre ha decidido que seas.

Su mano se cerró alrededor de mi garganta. Me empujó contra uno de los espejos. Noté su cuerpo pegado al mío: el calor de su vientre, la presión de sus muslos, el leve temblor de una respiración que ya no era tan serena.

—Podría abrirte desde el pecho hasta la cadera.

—Pero no lo harás.

—¿Por qué?

—Porque quieres saber si puedo dominarte.

Sus ojos dorados se estrecharon. La daga apareció en su mano. La hoja se apoyó sobre mi abdomen.

Sujetándola por la muñeca, giré con una fuerza que aún me resultaba desconocida. Zaelira intentó resistir. Era poderosa, más de lo que podía esperarse incluso de una guerrera, pero la sorpresa estaba de mi parte. La empujé contra la pared.

Su daga cayó al suelo.

Durante unos instantes permanecimos inmóviles. Yo retenía sus muñecas por encima de la cabeza. Ella respiraba con rapidez. Su túnica se había abierto y la curva de uno de sus senos asomaba bajo la tela negra. No apartó la mirada. Tampoco pidió que la soltara.

—Ahora —susurró— podrías matarme.

—No.

—Podrías obligarme a obedecer.

—No necesito que me obedezcas.

Aquello pareció enfurecerla más que cualquier amenaza. Intentó golpearme con la rodilla. Me aparté y la solté. Zaelira recogió la daga. Durante un momento pensé que atacaría. En cambio, se ajustó la túnica.

—Eres un necio.

—En mi mundo me lo han dicho muchas veces.

—Aquí los necios mueren deprisa.

Atravesó el espejo. Antes de desaparecer, volvió el rostro hacia mí.

—Y quienes me humillan mueren más despacio.

Quedé solo. No sé cuánto tiempo transcurrió. En Névar-Dhal las horas carecían de una duración constante. A veces escuchaba el rugido del rey. Otras, gritos lejanos. En los espejos aparecían paisajes que jamás había visto: un mar negro, un desierto cubierto de estatuas arrodilladas, una fortaleza suspendida boca abajo sobre un abismo.

Finalmente, uno de los reflejos habló. Era el anciano de los ojos vendados.

—No mires hacia atrás cuando atravieses el espejo.

—¿Quién eres?

—Mael Aruun, último guardián de la Puerta del Sueño. O lo fui antes de que Arkhavel arrojara mis ojos al Pozo de las Almas Perdidas.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque llevas la primera llave. Porque la ciudad ha comenzado a recordarte.

Un espejo se volvió líquido.

—Cruza.

—¿Adónde conduce?

—A un lugar peor que esta prisión.

—Eso no parece una gran ayuda.

—En Névar-Dhal, la ayuda rara vez lo parece.

Atravesé el espejo.

IV. La cacería

Salí a una terraza situada sobre los tejados. La noche había caído, aunque tres lunas iluminaban la ciudad. Una era blanca, otra roja y la tercera parecía una esfera llena de agua.

Mael Aruun me aguardaba junto a una escalera.

—Debemos llegar al Pozo.

—Creía que queríamos alejarnos de él.

—El pozo guarda las almas de quienes murieron soñando. También guarda aquello que el rey más teme.

Un clamor de trompetas recorrió la ciudad. En las torres aparecieron estandartes rojos.

—Ya sabe que has escapado —dijo el anciano—. Zaelira vendrá.

—¿Cómo puedes estar seguro?

—Porque no ha permitido que nadie te mate.

Descendimos. Névar-Dhal se transformaba a nuestro paso. Las calles se inclinaban. Las casas desplazaban sus fachadas. En una plaza, los arcos se cerraron detrás de nosotros como mandíbulas. En otra, el suelo se convirtió en una superficie de agua sobre la que corrimos sin hundirnos.

Los soldados aparecieron en el mercado de los perfumes. Mael Aruun pronunció una palabra y cientos de frascos estallaron. Nubes amarillas y violetas llenaron la calle. Los hombres tosieron, cegados.

Seguimos corriendo. Yo no me cansaba. Aquello era una embriaguez. Saltaba sobre puestos, trepaba por muros y recorría cornisas estrechas con una agilidad imposible en mi cuerpo despierto. Cada movimiento era una revancha contra los años de limitación.

Llegamos al Puente de las Viudas. Zaelira nos esperaba en el centro. Llevaba de nuevo la armadura roja. Sostenía una espada en cada mano.

—Continúa —dije a Mael Aruun.

El anciano dudó.

—Ella no es tu enemiga principal.

—En este momento me basta con que sea la más cercana.

Zaelira avanzó.

—Entrégate.

—¿Para que tu padre me torture?

—Para que yo lo haga.

—Pensaba que preferías métodos limpios.

—He cambiado de opinión.

Atacó. Sus espadas trazaron dos arcos brillantes. Evité el primero, pero el segundo cortó mi antebrazo. Retrocedí. Ella volvió a lanzarse contra mí.

No tenía arma. Detuve una estocada con el brazal de un soldado caído, sujeté su muñeca y golpeé su hombro. Zaelira giró, me barrió las piernas y caí sobre el puente. Una hoja se detuvo a un dedo de mi ojo.

—La cacería ha terminado —dijo.

Entonces el puente cambió. Las piedras se separaron. La estructura entera se retorció como una serpiente. Zaelira perdió el equilibrio. Cayó por el borde. La sujeté por la muñeca. Debajo de nosotros no había calles. Solo una oscuridad profunda en cuyo fondo se movían formas enormes.

—Suéltame —ordenó.

—Podrías decir gracias.

—Antes me arrancaría la lengua.

—Tendré que conformarme con tu gratitud silenciosa.

Tiré de ella y la subí.

Zaelira me golpeó en cuanto puso los pies sobre el puente. Caí de espaldas. Antes de que pudiera incorporarme, se sentó a horcajadas sobre mi cintura y apoyó una daga en mi garganta.

—Ahora somos dos necios —dijo.

Su rostro estaba muy cerca del mío. Un mechón de cabello se había soltado de la trenza y rozaba mi mejilla. Sentí la tensión de sus piernas alrededor de mi cuerpo.

—Parece que disfrutas cazándome.

—Disfrutaré cuando te vea encadenado.

—No pareces tener prisa.

Su mirada descendió hasta mis labios. Durante un instante brevísimo creí que iba a besarme. En lugar de hacerlo, me golpeó con la empuñadura. La visión se me nubló. 

Un chillido surgió de los extremos del puente. Los seres sin rostro trepaban por las piedras. Decenas de ellos. Zaelira se incorporó.

—Los Velados —murmuró—. No deberían poder entrar en la ciudad.

—Tal vez alguien les haya abierto la puerta.

Combatimos espalda contra espalda. Ella me entregó una de sus espadas. El arma era ligera y curva, pero al sostenerla tuve la extraña impresión de haberla empuñado muchas veces.

Los Velados atacaron. Corté un brazo, atravesé un torso, desvié unas garras dirigidas al rostro de Zaelira. Ella giraba con una ferocidad magnífica. Su cabello se soltó y ondeó alrededor de su cuerpo como una bandera negra.

Uno de los seres la derribó. Salté sobre él y le hundí la espada en la cabeza vacía.

Zaelira me miró desde el suelo.

—Dos veces —dijo.

—¿Qué?

—Me has salvado dos veces.

—Procura no acostumbrarte.

Una sombra gigantesca se elevó al final del puente. Tenía seis brazos y una corona de huesos.

Mael Aruun apareció detrás de ella.

—¡La llave! —gritó—. ¡Alza la llave!

Obedecí. El metal negro emitió una luz blanca. Los Velados se detuvieron. En el hueco de sus rostros surgieron centenares de ojos humanos. Algunos lloraban. Otros nos contemplaban con desesperación. La criatura coronada habló con muchas voces.

—El Despierto ha regresado.

No dijo «ha llegado». Dijo «ha regresado». Después las sombras desaparecieron.

Zaelira se volvió hacia mí.

—¿Has estado antes en Névar-Dhal?

—No.

—Mientes.

—No recuerdo haberlo hecho.

La princesa levantó su espada.

—Vendrás conmigo.

—No.

—Mi padre debe saberlo.

Mael Aruun se interpuso.

—Tu padre ya lo sabe. Por eso mató a la reina Selmara.

Zaelira palideció.

—Mi madre murió al darme a luz.

—Tu madre vive en el Pozo de las Almas Perdidas.

(continuará)