Sombras tras los visillos

Sombras tras los visillos

Entre la memoria y lo imposible

Carlos Albillo Torres

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Los territorios de Sombras

Últimos Relatos

domingo, 4 de enero de 2026

La nevadona y el pastor de dos pieles

En Fuentes de Nava, febrero de 1888 había empezado seco, con heladas finas que dejaban la tierra dura como pan viejo. Pero el día 14, San Valentín, el cielo se cerró de golpe al norte y empezó a nevar con una textura distinta a la de otras veces: nieve espesa, pesada, que no caía en copos sueltos sino en una cortina continua que parecía no tener fondo. Aquel temporal, y otros que se encadenaron durante semanas hasta comienzos de marzo, incomunicaron la meseta, borraron caminos y mataron ganado en muchas comarcas del norte y del interior.

El primer día aún hubo bromas.

—Esto no es nada —decía el tío Quiterio en la puerta del bar de Rosa—. Mañana escampa.

Pero al tercer día ya nadie bromeaba. La nieve había tapado las cunetas, había levantado paredes blancas contra las tapias y se había comido la raya de los caminos. Los palomares redondos, tan altos y seguros en verano, parecían ahora cascos de barcos hundidos en una mar inmóvil. La laguna —el Mar de Campos, como la llamaban los viejos— se adivinaba bajo un manto sin orillas, y el viento, cuando empezó a soplar, levantó remolinos que cegaban los ojos y te dejaban los pensamientos helados.

La gente se encerró como pudo. Se hacían turnos para abrir paso a golpes de pala entre una casa y otra. Los hombres más fuertes salían de madrugada a buscar leña o a rescatar animales atrapados en los corrales. Las mujeres racionaban el pan y calentaban sopas con lo que quedaba. La iglesia tocaba a oración, pero también a aviso: aquello no era una nevada cualquiera.

En las afueras del pueblo, Águeda y su hijo Santos tenían unas ciento cincuenta ovejas. Viuda desde hacía dos años, Águeda había aprendido a llevar la hacienda con manos de piedra y cabeza fría. Santos tenía dieciocho, era alto y delgado, y llevaba el campo metido en los huesos. Aquella nevada les cogió con la paridera a medias y el redil lleno.

—No salgas al raso ni aunque oigas aullar el infierno —le dijo Águeda el segundo día, cuando el blanco era ya un muro.

—¿Y las ovejas? —protestó él—. Si no limpio el tejado, se hunde.

—Te acompaño yo. Pero no te me separes.

Salieron juntos con el amanecer en el lomo. El frío mordía como si tuviera dientes. Santos abría huella con una pala grande; Águeda iba detrás con un haz de cuerdas y un candil tapado, porque la luz atrae a las cosas que no tienen casa.

Llegaron al aprisco. El techo de ramaje se abombaba bajo la nieve. Entre los balidos sonaba algún golpe de pezuña contra la madera. Lo primero fue quitar peso. Trabajaron una hora larga, el sudor volviéndose hielo en la espalda.

Cuando acabaron, Santos vio el rastro.

—Madre.

Ella se acercó. En el borde del redil, donde antes había un portillo, había huellas grandes, redondas, hondas. No de oveja. No de perro doméstico. Eran huellas de lobo, pero de lobo enorme, como si la tierra se hubiera abierto para dejarlo pasar.

Águeda apretó la mandíbula.

—Han bajado del monte.

Santos no dijo nada. En Tierra de Campos no hay montes, pero hay inviernos que inventan distancias. Cuando el hambre te guía, cualquier alto es sierra y cualquier sombra es bosque.

En los días siguientes los lobos empezaron a rondar. No se les veía, pero se los oía: aullidos lejanos que el viento traía desde la blancura. Los perros del pueblo respondían desde las tenadas, tensos en las cadenas. Las ovejas se arracimaban como si tuvieran un presentimiento que los humanos no alcanzaban.

La cuarta noche una oveja desapareció.

Estaba allí al cierre. A la mañana siguiente, no. No había rastro de sangre ni pelo. Solo un hueco limpio en la nieve y una línea de huellas que se perdía hacia la laguna.

—La han llevado viva —dijo Santos.

Águeda no contestó. Se santiguó por costumbre, pero con una rabia sorda. Si los lobos venían, el invierno sería doble.

La quinta noche desaparecieron tres.

La sexta, siete.

Y el aullido cambió. Ya no sonaba como de lobo de manada, sino como de algo solitario. Un lamento grueso, casi humano, que subía desde la llanura como si la nevada tuviera garganta.

En el pueblo empezó el miedo de verdad. No el miedo a la nieve —que era grande, sí, pero era cosa de Dios—; el miedo a lo que la nieve traía a ras de suelo.

En la casa de los Castro, a la salida hacia Castromocho, faltó el niño pequeño al amanecer. Había salido con el padre a buscar un saco de harina a casa del cuñado y nunca volvieron a encontrarlos. Más tarde supieron que un grupo de hombres que intentaba cruzar hacia Paredes se perdió y murió enterrado en la ventisca. Era lo que pasaba aquellos días: la nieve no solo tapaba caminos, también se tragaba gente.

Pero a Fuentes le quedaba otro miedo, más bajo y más pegajoso.

La séptima noche, Santos se despertó con los perros ladrando como locos.

Se asomó a la ventana de la casa. La luna apenas podía contra el cielo lechoso. Vio movimiento junto al aprisco: una sombra grande, encorvada, que iba y venía sin prisa. No era animal a cuatro patas. Caminaba erguida, pero no como un hombre.

Santos sintió el mismo frío de fuera subirle por dentro.

Cogió la escopeta de su padre. Águeda ya estaba en pie, con un candil en la mano.

—Te dije que no salieras solo.

—No voy solo.

Salieron los dos. La nieve les llegaba a media pierna. El aire olía a pelo mojado y a hierro.

Cuando estaban a veinte pasos del aprisco, la sombra se volvió hacia ellos. Y Santos vio, a la luz del candil, una cara que no sabía nombrar: hocico largo, orejas altas, ojos amarillos. El cuerpo era de hombre grande con la espalda vencida, pero los brazos terminaban en garras. Llevaba algo colgando de una muñeca: un jirón de lana.

Santos apuntó sin pensarlo.

—¡Eh!

La criatura no retrocedió. Dio un paso hacia ellos, lento. En sus ojos había hambre, sí, pero también otra cosa que parecía pena vieja.

Águeda puso el candil en alto.

—No dispares —susurró.

—¿Madre…?

—No dispares todavía.

La criatura olfateó el aire. Emitió un gruñido bajo, como si quisiera hablar y no pudiera. Luego, de golpe, se volvió y se perdió hacia la laguna con una velocidad imposible, dejando un rastro de huellas profundas que no eran del todo de lobo ni del todo de hombre.

Santos se quedó temblando, no de frío.

—¿Qué era eso?

Águeda miró la blancura a lo lejos.

—Lo que el hambre hace cuando no encuentra carne bastante —dijo, y la voz le salió más vieja de lo que era—. Lo que la nieve desata.

No añadió más. Pero Santos recordó entonces algo que había oído de niño: historias de un pastor de Mazuecos de Valdeginate que hacía décadas desapareció una noche de ventisca. Decían que los lobos lo cercaron, que volvió al pueblo distinto, que no dormía dentro, que se iba aullar a las eras en luna llena. La historia acababa siempre con un “bah, cuentos”. Pero aquella noche el “bah” se le quedó a Santos muerto en la boca.

—Tenemos que avisar al pueblo.

—¿Y qué les dices? —replicó Águeda—. ¿Que hay un hombre lobo? Nos van a tomar por locos.

—Pero las ovejas…

Águeda apretó los labios.

—Al pueblo le dices lo de las huellas. Lo demás… lo guardas aquí. Porque si eso es lo que creo, no se mata con pólvora.

Santos quiso protestar, pero no supo cómo.

Volvieron a casa sin hablar. Esa noche no pegaron ojo.


El octavo día de nevadona llegó con calma rara. No nevaba, pero el blanco era tan vasto que daba vértigo. La vida quedaba reducida a lo inmediato: fuego, pan duro, un balido aislado, una tos en la otra habitación.

A media tarde, Santos se ofreció para hacer ronda.

—No puedes —dijo Águeda.

—Si no vigilo, nos quedamos sin ganado.

Águeda lo miró fijo. En su cara había miedo, pero también una decisión hecha de siglos.

—Vale. Pero te llevo algo.

Del arcón sacó una campanilla de bronce pequeña. Era de su abuela.

—¿Esto? —preguntó Santos.

—Dicen que el bronce despierta a quien queda atrapado en piel ajena. Y si no despierta, al menos avisa.

Santos tragó saliva. Se colgó la campanilla al cinturón, como si fuese un talismán inútil.

—No tardes.

—No tardaré.

Fue al redil con el sol muriéndose. Las ovejas estaban inquietas. Santos se metió dentro, comprobó cierres, echó paja seca, revisó el techo. El silencio de fuera era una cosa viva, tan espesa que oías la propia sangre.

Cuando ya iba a salir, oyó un gemido detrás del redil.

No era balido. Era voz humana, muy baja.

—…Santos…

Se quedó helado.

—¿Quién anda ahí?

Otro gemido. Más claro.

—…Santos, hijo…

Era la voz de Eutimio, el vecino que había desaparecido dos noches antes camino de los Huerta. Santos salió corriendo hacia el sonido.

Junto a una tapia enterrada en nieve, vio una figura arrodillada. No era lobo. Era hombre. Tenía la cara hinchada de frío, los labios morados, la barba llena de escarcha. Pero estaba vivo.

—¡Eutimio!

El hombre levantó la mirada como quien vuelve de una cueva.

—Me… me llevó… —balbuceó—. No sé dónde estuve. Era como andar dentro de la nieve. Me soltó aquí al amanecer.

Santos lo agarró por los hombros.

—¿Quién te llevó?

Eutimio tembló entero.

—Un perro grande… No. Un hombre… No sé. —Sus ojos se llenaron de terror infantil—. Tenía ojos de lobo y… y lloraba.

Santos sintió un golpe de confirmación.

Le hizo caminar hacia la casa a trompicones. A mitad de camino, Eutimio se paró.

—No lo mates, chico —dijo, respirando a bocanadas—. No es malo… es como si estuviera preso.

Santos no supo qué contestar.

Cuando llegaron, Águeda los metió dentro sin preguntas. Tendió a Eutimio junto al fuego. Le dio caldo. Lo cubrió con mantas. Santos no se quitaba del pecho la imagen de aquellos ojos amarillos con pena.

Esa noche, mientras Eutimio deliraba y el viento —ahora sí— volvía a pegar golpes en la ventana, Águeda habló con su hijo como se hablan las cosas graves.

—Si lo que ronda es el pastor perdido… no es un monstruo. Es un hombre atrapado en hambre de lobo. Y ese hambre lo manda.

—¿Y qué hacemos?

Águeda miró la campanilla en el cinturón de Santos.

—Mañana, antes de que anochezca, vamos a las eras con carne. Y con la campana.

Santos la miró sin entender.

—¿Para atraerlo?

—Para recordarle.


Al noveno día, la nevadona arreció otra vez. El cielo cerró y el mundo se volvió blanco puro. Pero Águeda y Santos salieron igual. Llevaban una pieza de oveja muerta de frío envuelta en saco y una cuerda larga. Andaron hasta las eras del alto, donde el viento solía repuntar.

La ventisca les azotaba la cara como harina de piedra.

Clavaron la carne en un madero, lejos de ellos. Águeda ató un extremo de la cuerda a su cintura.

—Si se te olvida que eres hombre —dijo mirando a la nieve —, que esta cuerda te lo recuerde.

Santos quiso hablar, pero solo le salió vapor.

Se pusieron a esperar.

Pasó un cuarto de hora, quizá más. De pronto, el aire se quedó quieto un instante imposible. Y en ese hueco, se oyó el aullido, pero tan cerca que parecía dentro de la cabeza.

La figura apareció como una sombra que se despega del temporal. Caminaba erguida entre remolinos. Se paró a diez pasos. Olfateó la carne.

Santos levantó la campanilla con mano temblorosa. La hizo sonar.

El tintineo era pequeño, pero cortó el aire como tijera.

La criatura se quedó rígida. Dio un paso atrás. Otro. Se llevó las manos a la cabeza como si algo le doliera muy dentro.

Águeda avanzó despacio, sin arma. Solo con el candil y la voz.

—Mateo.

Santos la miró de reojo. ¿Mateo? Ese era el nombre del pastor desaparecido en la historia.

La criatura levantó la cabeza. Los ojos amarillos vacilaron como si en ellos hubiera otra luz.

Águeda repitió más fuerte, contra el viento:

—Mateo de Mazuecos, hijo de  la Brígida. ¿Te acuerdas?

La criatura soltó un gruñido que fue, por primera vez, casi palabra.

—…Brí…gida…

Santos sintió que algo se le quebraba en el pecho.

Águeda se acercó otro paso. La cuerda tensó.

—No venimos a matarte. Venimos a devolverte. Esta nieve es vieja maldición, pero tú eres más viejo que ella. Eres hombre.

La criatura temblaba entera. Sus uñas rascaron la nieve como queriendo excavar una salida. Luego, de golpe, cayó de rodillas. El hocico bajó. Los hombros se encogieron.

Sonó un sollozo… humano.

El viento volvió de golpe, con furia. La cortina blanca se cerró un segundo. Cuando se abrió, la criatura ya no estaba.

Solo quedaba la carne intacta y una línea de huellas que se perdía hacia el norte.

Santos miró a Águeda.

—¿Lo hemos… perdido?

Águeda sacudió la cabeza.

—No. Lo hemos despertado un poco. A veces basta con eso para que una bestia deje de serlo.

Volvieron a casa con el alma revuelta.


La nevadona se fue agotando como se agotan las cosas gigantes: tarde y sin pedir permiso. A principios de marzo, el cielo abrió y el sol empezó a domeñar el manto. Luego vino el deshielo, traicionero, con ríos crecidos y barro hasta la rodilla. En otros lugares hubo inundaciones y más desgracias, pero en Fuentes, cuando el agua por fin corrió, la gente sintió que salía de una casa cerrada demasiado tiempo. 

Se contaron pérdidas: ovejas muertas, carros enterrados, dos hombres del pueblo que jamás volvieron. Se rezó por ellos sin saber dónde dejaba Dios a los que no tienen tumba.

Los lobos dejaron de oírse.

Pero una mañana, cuando ya las cunetas eran barro, Santos encontró algo junto al aprisco: un rosario viejo, ennegrecido, colgado del portillo como una despedida. No era suyo. No era de Águeda. Tenía iniciales en el crucifijo: “M.M.”

Mateo de Mazuecos.

Santos lo llevó a su madre.

Águeda lo sostuvo en la palma sin decir nada. Luego alzó la vista hacia la llanura.

—Se ha ido a morir donde debía —murmuró.

—¿Y si no se ha muerto?

Águeda sonrió con tristeza pequeña.

—Entonces habrá encontrado el camino de vuelta a sí mismo. Y eso es casi lo mismo.

Eutimio, ya repuesto, volvió a su casa. Antes de irse, se acercó a Santos.

—No lo cuentes mucho —le dijo, con esa seriedad que no viene de la edad sino del espanto—. Ya sabes cómo es la gente. Pero acuérdate.

Santos asintió.

Se acordaría.

Porque en Tierra de Campos, cuando la nieve baja de verdad, no solo trae frío. Trae las cosas viejas que el mundo escondía en los bordes: lobos hambrientos, caminos perdidos, hombres atrapados en su propio hambre. Y también trae algo bueno, aunque cueste verlo: la posibilidad de recordar quién eres cuando el aire pretende borrarte.

Cuando la primavera salió del todo y el trigo empezó a verdear otra vez, Santos subió al alto del molino sin aspas y miró la llanura limpia. El sol brillaba como si no hubiera pasado nada.

Pero él sabía.

Bajó la cabeza y oyó, no lejos, un aullido muy suave. No de amenaza. De despedida.

Y en ese sonido, aunque nadie más lo notara, el invierno de los tres ochos terminó por fin de irse.

sábado, 3 de enero de 2026

Los señores de la guerra. Gerard Klein

Otra novela de Gerard Klein sobre los viajes en el tiempo, pero que va mucho más allá de la simple aventura, la evasión y el divertimento propio de muchas novelas de ciencia ficción. La novela fue publicada en 1971. Yo la leí hace años en la colección Acervo. El teniente Corson resulta proyectado junto con un terrible monstruo a la superficie del planeta Uria, tras producirse una gran explosión en su nave. Allí conocerá A Floria, una humana que tiene el poder de la presciencia y también a Antonella, una viajera temporal de la que se enamorará. Corson se verá inmerso en una misión de la que dependerá la paz durante más de 6.000 años, iniciando así un fantástico periplo a través del tiempo: visita el planeta mausoleo Aergistal, oye la voz de los dioses y sabe que tiene que volver sobre sus pasos con el fin de rehacer la historia para poder preservar un segmento de realidad que debe conducir hasta el fin de los tiempos. Los urianos, Cid, los hipronos monstruos capaces de servir como cabalgaduras para atravesar las corrientes espaciotemporales....son algunos de los personajes que pueblan esta apasionante time opera donde se plantean múltiples paradojas y mundos posibles. Klein vuelve a incidir en esta obra, una vez más, como lo hiciera en "Los asesinos del tiempo" o como también Asimov en "El fin de la eternidad" o Pohl en "La llegada de los gatos cuánticos", todas ellas revisadas en este blog, en los vericuetos y peligros de la dimensión temporal y en su uso por parte de la humanidad.


A Gerard Klein siempre le asociaré con estas novelas de viajes en el tiempo, grandes epopeyas con guerras cósmicas entre planetas y civilizaciones que comienzan con un estilo de space opera para evolucionar hacia temas más transcendentes como son los que surgen de las eternas dudas sobre la naturaleza humana y su incardinación en el continuum espacio temporal: que somos, quienes somos, de donde venimos y adonde vamos. Klein nos habla de la realidad, el tiempo y el espacio hasta hacernos dudar de nuestra propia existencia. ¿Somos las mismas personas que nos acostamos la noche anterior?. ¿Es el sueño una forma de reconstruirnos cada día?. Los mundos alternativos abren la posibilidad de existir simultáneamente en varias líneas temporales alternativas. Series como Fringe, Doctor Who, Continuum y tantas otras deben mucho a obras como la referenciada y a escritores como Gerard Klein o Philip K. Dick, escritores que hablan sobre aspectos que hasta anteayer nos parecían inmutables como el tiempo, las dimensiones y los universos alternativos que con los avances teóricos de la mecánica cuántica empiezan a dejar de ser cosas de locos para servir de inspiración a nuevas formulaciones sobre el origen y la naturaleza del universo.

jueves, 1 de enero de 2026

Los asesinos del tiempo. Gilles D´Argyre

El navío interestelar "Vasco" surca el espacio cósmico desde hace siglos, camino de la Nube de Magallanes (que está a unos 150.000 años luz de la Tierra) cuando, de pronto, choca con una mina que le lanza 230 millones de años hacia el pasado.  Su capitán Varun Sangrin intentará provocar la atención de "los amos del tiempo" para que estos le retornen a su tiempo de origen y finalmente lo consigue, pero él no podrá llegar a gozar de ese final feliz, porque morirá a sus puertas.

Y es que en un futuro lejanísimo respecto del "Vasco" los Axelianos y los Nirvanos libran una inconmensurable guerra en la que utilizan, como peones, civilizaciones estelares que lanzan al laberinto del tiempo y sobre estos jugadores hay además una especie no humana, extraña y sabia: los Runi. Una magnífica time-opera en la que destaca el singular carácter o personalidad de su protagonista, el capitán Sangrin y en la que se nos plantean muchas preguntas ¿De dónde surgió la humanidad? ¿Fue creada por los mismos humanos del futuro que regresaron al pasado?. ¿Estamos ante un tiempo circular en el que el origen y el destino de la humanidad se entrecruzan?

martes, 30 de diciembre de 2025

Universo de locos. Fredric Brown

Keith Winton es redactor jefe de una revista de ciencia ficción, una de esas revistas pulp que proliferaron en la América de los años 50, una de esas revistas donde publicaban sus obras algunos de los escritores de ciencia ficción que tantos y tan buenos relatos y novelas nos han dado a lo largo del pasado siglo. Pues bien un buen día y en una reunión en una mansión con su jefe y otras personas un cohete experimental lanzado a la Luna estalla y provoca la muerte de todos los asistentes. El cuerpo de Keith no aparece y todo el mundo piensa que su cuerpo ha sido volatilizado por la explosión. Sin embargo, Keith ha sido proyectado a un universo paralelo, un universo muy parecido al nuestro, pero con algunas importantes diferencias.

Parece que es el mismo año, la misma ciudad, el sigue siendo redactor jefe, de la revista pero hay unas sustanciales diferencias. Los dólares han sido sustituidos por los créditos y el pagar con los dólares de su universo  le traerá muchísimos problemas al confundirle la gente con un espía arturiano, teniendo que trabajar en secreto para averiguar como volver a su universo. Todo el mundo le quiere matar (se nota en algunos aspectos de la novela la influencia de la paranoia de aquellos años de  guerra fría que el autor pone hasta cierto punto en solfa).  Las ciudades están envueltas en una extraña niebla que le sirve para protegerse de unos horribles alienígenas,  los arturianos. Los humanos tienen, como mascotas,  una especie de reptiles gigantes y los viajes espaciales son muy frecuentes en ese universo. La teletransportación de las maquinas de coser abrieron a comienzos del siglo XX el paso a los viajes espaciales. En algunos aspectos están muy avanzados y en otro no tanto (no se ve un ordenador por ningún sitio). Después de innumerables aventuras comprenderá que hay infinitos universos paralelos y él fue a caer al que estaba pensando en ese momento. Así es que cuando logra regresar se cuida de caer en uno en el que todo sea igual que el suyo salvo que el será el editor de la revista y su coqueta compañera Betty este locamente enamorada de él.

Universo de locos es  una novela de ciencia ficción escrita en 1949 por Fredric Brown, una novela muy entretenida, bien escrita, llena de intriga,  humor y aventuras  con  situaciones increíbles, alucinantes, donde llama poderosamente la atención el choque cultural que siente el protagonista al conocer e intentar sobrevivir  en este universo paralelo tan igual y tan diferente al suyo. Es todo un clásico que ningún buen aficionado a la ciencia ficción se debería  perder.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Ojo en el cielo. Philip K.Dick

Hamilton es el protagonista de esta entretenida novela de Philip K. Dick. Acaba de perder su empleo en plena época del Macarthismo porque piensan que su esposa puede ser una peligrosa comunista. Durante la visita a unas instalaciones militares se produce un accidente en un desviador de radiaciones protónicas llamado Bevatron, y los visitantes que había junto al desviador, entre los que se encuentra Hamilton, caen al suelo desde una plataforma de observación quedando malheridos e inconscientes por la lluvia de protones. Al despertarse comprobarán que no están en su mundo real sino en el universo mental de uno de ellos y conforme van siendo neutralizados los creadores de cada mundo en sueños irán pasando del mundo de uno a otro. Una variante de creación mental de mundos paralelos.

Visitaremos cuatro mundos, dependiendo de la mente despierta en cada momento: el primero es el  mundo de Tillingford, un mundo regido por un dios cuyo profeta dicto normas recogidas en el Zunan del Segundo Nabí que son consultadas por la gente piadosa para tomar decisiones, es el mundo de un típico fanático religioso, un mundo asfixiante. Luego caerán en el mundo de la señora Pritchet, un mundo mojigato en el que el sexo no existe. El tercer mundo  es el de una solterona  llena de miedos, Joan Reiss, una enferma paranoica y angustiada donde puede surgir el peligro mayor desde el sitio mas inesperado y el cuarto aunque  parece que es mundo de la esposa de Hamilton, Marsha, una burguesa con veleidades izquierdistas  es  en realidad es el mundo de un  comunista no declarado, McFeyffe que proyecta sus deseos de una revolución obrera en plenos Estados Unidos.

Una entretenida novela no exenta de humor e ironía en la que se critica el pensamiento único, sea del tipo que sea. Considerada una obra menor de Dick su lectura resulta extremadamente fácil. Sus poco más de 180 páginas, en la edición de Orbis, se leen sin problema en unas pocas horas. Recomiendo vivamente su lectura.

domingo, 28 de diciembre de 2025

El piso de estudiantes de la calle Jarauta

En la calle Jarauta de mediados de los 70 los inviernos se filtraban por  las paredes. Aquella casa vieja —tercera planta sin ascensor, escalera de baldosa, portal con olor a col y a lejía los lunes— atesoraba un frío que no era simplemente meteorológico, sino histórico. Un frío guardado durante siglos entre aquellas paredes. Una  humedad que venía de los sótanos que abundan bajo las casas del Casco Viejo. Aquí las corrientes se colaban por las rendijas como si fuesen vecinas con derecho de paso.

Nosotros lo combatíamos como podíamos: con la estufa de gas en el cuarto comunitario, con jerséis prestados, con cafés recalentados tres veces en la misma cazuela y con ese heroísmo de los veinte años que cree que casi todo se puede arreglar tras una canción y una asamblea.

Éramos cuatro. No hacía falta decir “compañeros” para saberlo. En aquel piso, “compañeros” no era una palabra de carteles: era una forma de mantenerte a flote.

Mikel dormía en la habitación que daba a la calle. Tenía el pelo rizado y las manos siempre manchadas de tinta de la imprenta clandestina,  la llamada "vietnamita". Había entrado en Filosofía, pero lo suyo eran las palabras con destino. Las escribía en octavillas, en pancartas, en márgenes de apuntes, y a veces también en cartas que nunca enviaba. Llamaba “el Régimen” a todo lo que oliera a orden impuesto: desde la policía hasta el horario del comedor universitario.

Rosa era de Iturrama, hija de ferroviario. Estudiaba Magisterio y llevaba una libreta con dibujos minuciosos de ojos, manos, pañuelos. Hablaba poco en público, pero cuando hablaba se hacía silencio. Tenía una manera de mirar que parecía haber nacido con veinte años de memoria por dentro, como si la vida ya le hubiera pasado antes y ahora la estuviera repasando para darle sentido.

Iñaki venía de la Sakana; el único que no decía “Pamplona” sino “Iruña” y lo decía con naturalidad, sin que se le notara que lo hacía a propósito. Estudiaba Derecho y caminaba siempre con un libro bajo el brazo que no abría. Su verdadero banderín era una radio de onda corta que captaba todo tipo de emisoras y en la que escuchaba todas las noches las transmisiones de emisoras como Radio Francia Internacional, Radio España Independiente más conocida como la Pirenaica o la BBC. Lo hacía  como quien oye los partidos de los domingos. Tenía algo de notario del futuro: le obsesionaba poner nombre exacto a las cosas que estaban naciendo.

Y luego estaba yo. O, mejor dicho, estábamos yo y el miedo que intentaba esconder. Estudiaba Periodismo. Esa carrera entonces era una mezcla de ilusión y trinchera: queríamos contar el mundo, sí, pero sobre todo queríamos que el mundo nos dejara contarlo. Mi pasión era la cámara de Super-8 que me había prestado mi tío, un aparato negro con brillo de novedad extranjera. Era mi herramienta de salvación: si yo grababa algo, existía; si existía, era más difícil que lo borrasen.

A las tardes, la casa era un hervidero de cosas pequeñas: Mikel cortando cartones con tijeras de colegio para hacer plantillas; Rosa cosiendo un parche en una chaqueta vaquera mientras escuchaba a Aute o Serrat; Iñaki revisando listas de firmas para una asociación vecinal que aún no tenía local; yo escribiendo en la Olivetti de segunda mano que sonaba como una lluvia seca que empieza a caer.

A veces venía Jon, el novio de Rosa, con una guitarra. A veces se acercaban algunos compañeros de la Facultad con la excusa de “hablar un rato” y nos llenaba el piso de humo, consignas y risas nerviosas. En Jarauta  todo estaba cerca: las tabernas, las plazas, el pulso de la ciudad. A la noche, cuando el Casco Viejo se recogía temprano, aún había luz en nuestra cocina.

Las paredes estaban cubiertas de carteles: uno pidiendo la amnistía, con letras grandes y feas; otro del Aberri Eguna; otro de una obra de teatro universitario que nunca llegó a representarse porque “no era el momento”. Teníamos también un póster donde George Harrison sonreía como si supiera algo que nosotros aún no.

De vez en cuando, alguien llamaba a la puerta y no era un amigo, sino una mujer del segundo que venía  a quejarse de la música. Era una viuda pequeña, con bata azul y mirada de quien no quiere meterse en nada pero vive rodeada de cosas que la obligan. Se llamaba Aurelia. A nosotros nos trataba con una mezcla de maternal ternura y miedo prudente.

—No os metáis en líos, majetes —decía siempre, como quien ofrece pan bendito.

Nosotros asentíamos con una sonrisa que era más compromiso que cortesía. Claro que nos metíamos en líos. Los líos estaban en el aire, en aquel entonces.


Aquel diciembre de 1976 Pamplona olía a leña mojada,  a castañas en cucurucho y a ese perfume nuevo de libertad que todavía picaba en la garganta.

Las manifestaciones eran casi semanales. Un día por la amnistía, otro por el estatuto, otro por el precio del pan, otro porque todo parecía moverse y había que empujar para que no se quedara nada a medias. Las calles se llenaban de panfletos como hojas de otoño y  carteles con distintas reivindicaciones aparecían pegados en las paredes. Seguía habiendo  miedo, pero también ganas de superarlo y disfrutar de la libertad..

Ese sábado salimos los cuatro a la "mani". Mikel se había empeñado en que era importante “estar”. Iñaki quería escuchar lo que se gritaba, lo que no salía en la radio. Rosa llevaba una bufanda roja que le había tejido su madre y que parecía un aviso. Yo me colgué la cámara al cuello como si fuese una medalla.

Bajamos a Mercaderes y nos metimos por Estafeta. Había gente por todas partes, y no solo estudiantes. Había obreros con chaquetas gruesas, señoras con bolsas de la compra y jubilados que miraban desde las aceras y desde los portales. La ciudad parecía haber salido de sí misma para verse actuar.

Los gritos se levantaban como olas:

—¡Libertad! ¡Amnistía! ¡Estatuto de autonomía!

Y otros, más bajos, más oscuros, que nacían en grupos pequeños y se apagaban rápido.

En la Plaza del Castillo el gentío era inmenso, un cuerpo único y compacto. Yo grababa a ráfagas: un plano de los pañuelos, uno de las pancartas, uno de un policía nervioso que se ajustaba el casco con una mano que temblaba. Creía que era importante dejar un documento visual de aquella época para la posteridad.

La tensión subió sin avisar. Bastó una carrera, una botella rota, un megáfono que cambió de tono, unos lemas más reivindicativos y contundentes. Los grises se desplegaron como una persiana metálica. Alguien gritó “¡cuidado!” y sin saber quién ni por qué, empezamos a correr.

Bajamos hacia San Nicolás, giramos hacia la plaza de San Francisco, luego por eslava y nos deshicimos a lo largo de diferentes calles. Yo no dejé de rodar, a trompicones, con la cámara contra el pecho. No quería que aquello se perdiera en el ruido.

Nos refugiamos en un portal. Unos segundos de silencio pegajoso, la respiración de cuatro animales asustados. Luego las risas, que siempre venían como una reacción de autodefensa ante el miedo.

—¿Has grabado algo? —me preguntó Rosa, medio en serio medio jugando a quitarle hierro.

—Creo que sí —dije, intentando parecer valiente. En realidad, no recordaba si la cámara había estado encendida o si yo solo fingía.

Volvimos al piso con la ropa oliendo a gas lacrimógeno y lluvia. Mikel estaba eufórico. Iñaki hacía un relato ordenado de lo que había visto, con fechas y nombres. Rosa no decía nada: ponía agua a hervir y dejaba que la cocina hiciera de casa.

Yo tenía el cuerpo duro por dentro, como si me hubieran metido una vara de madera por la espalda. Aún me vibraba el rumor de la plaza en los huesos.

—Esta vez sí que va en serio —dijo Mikel, mientras se quitaba las botas mojadas—. Esto ya no hay quien lo pare.

Aurelia llamó esa noche. No para pedir fuego. Para vernos.

—He oído jaleo abajo —dijo desde el quicio, sin atreverse a entrar—. ¿Estáis bien?

—Nada, señora Aurelia, un poco de ejercicio físico, algunas carreras, nada más —respondió Iñaki con su voz de abogado en prácticas.

Ella nos miró uno por uno. Se notaba que quería preguntar más, pero no sabía qué ni cómo.

—Bueno… pues eso… cuidadito. —Y añadió, casi susurrando—: Yo también tuve veinte años.

Luego se fue. Y durante un segundo nos quedamos como congelados. Fue una frase pequeñita, de esas que sueltas para cerrar una conversación, pero nos dejó un eco raro en nuestras cabezas.


Esa noche cenamos tortilla de patata recalentada y pan del día anterior. Rasgamos el silencio hasta volverlo normal. Después, como siempre, caímos en una charla larga y circular sobre lo que estaba pasando en España, sobre lo que podía pasar, sobre si creíamos que nos estaban dejando avanzar o solo estaban cambiando el decorado. Era el debate entre la reforma desde el Régimen y la Ruptura Democrática.

Iñaki sostuvo que se estaba abriendo una vía legal que había que utilizar. Mikel dijo que esta legalidad era fruto del franquismo y que nosotros teníamos que crear la nuestra. Rosa opinó que al final lo importante era la gente, los barrios, el día a día, que de nada valía cambiar la bandera si la escuela seguía siendo la misma. Yo escuchaba y tocaba la cámara sin mirarla, como una superstición.

—¿La vemos? —preguntó Mikel de pronto, señalando el aparato.

Asentí. Puse el proyector sobre la mesa del comedor. Era una caja blanca que hacía un ruido de ventilador enfermo, y a la que teníamos que darle golpes suaves para que no se tragara la cinta.

Apagamos las luces. La pared se volvió pantalla. El haz de luz empezó a temblar.

Primero, aparecieron planos torcidos de la calle: unos pies corriendo, paraguas, trozos de cielo gris. Luego pancartas borrosas. Gente girando la cabeza. Un letrero de una taberna. La imagen daba saltos como si también tuviera miedo.

—¡Mira, ahí estamos! —dijo Rosa, riendo al verse un segundo de perfil, con la bufanda roja.

Yo también me vi, pero no del todo: el cristal de un escaparate devolvía un reflejo que no sabía si era mío o del que grababa. Me dio un orgullo tonto.

La cinta avanzó. Entrábamos en la Plaza del Castillo. Se veía el núcleo de la concentración. El plano se detuvo en una escena fija, quizá porque yo había apretado fuerte la cámara contra el pecho y sin querer la dejé apuntando hacia un punto.

El plano era simple: Mikel, Rosa e Iñaki de espaldas, mirando hacia el centro de la plaza. Las siluetas inmóviles de cientos de personas. Una pancarta. Y el kiosko al fondo.

Entonces lo vimos.

Detrás de ellos —a un metro, quizá menos— aparecía un hombre. No era parte de la manifestación, porque no llevaba gesto de grito ni de empuje. Estaba quieto. Miraba a cámara. Tenía la cara seria y pálida. Vestía una gabardina antigua, de esas que ya no se veían. Y lo más raro: su postura no era la de alguien que se ha colado en el plano, sino la de alguien que sabe que lo están filmando y acepta ser filmado.

Yo no recordaba a nadie así. Ni yo, ni ninguno.

—¿Quién es ese? —preguntó Iñaki, inclinándose hacia la pared como si eso lo acercara.

—No estaba ahí —dijo Rosa, sin rastro de broma.

Mikel se levantó y puso la mano en la imagen, como quien quiere tocar un cuadro.

—Será algún tipo que pasaba. Mira cómo te mira.

Yo tragué saliva.

—No me acuerdo.

La cinta siguió. Volvieron las carreras, los giros, el portal donde nos metimos. Pero ya no veíamos nada más. Todo lo demás era ruido alrededor de esa presencia.

Volvimos atrás. Rebobiné con el dedo, con cuidado, buscando el plano fijo. Lo dejamos otra vez correr.

Ahí estaba otra vez. El hombre en gabardina, mirando desde detrás del grupo. Igual de quieto. Igual de nítido.

—¿Un policía? —aventuró Mikel, combativo por instinto.

—No. Los policías no llevan esas gabardinas —dijo Iñaki, que observaba los detalles como si firmara un documento.

Rosa no decía nada. Se había quedado con la cara pálida, los ojos clavados.

Yo sentí algo raro en el estómago, como un escalón que no esperas. Tenía la sensación de haber metido la mano en un cajón y tocar algo que no era mio.

—Igual es alguien del barrio —murmuré—. Algún vecino.

—¿Y por qué te mira así? —Rosa habló por fin, bajito.

No contesté. No sabía.

De pronto, en la imagen, justo antes de que la cinta diera un salto, el hombre alzó un poco la mano. No como un saludo. Más bien como una advertencia o una despedida.

El proyector tragó la película. El ruido aumentó, se apagó la luz. Se encendió la cocina con una claridad de domingo.

Nos quedamos allí, con las caras como si hubiéramos visto llover dentro de casa.

—Es un fallo —dije al fin, queriendo barrer el miedo con una palabra técnica. Periodista de manual, ya ves.

—Un fallo de qué —replicó Iñaki—. La cámara ha grabado lo que había.

—No siempre —respondió Mikel—. A veces graba otras cosas. Si está mal la bobina, si el proyector…

No insistí. Me di cuenta de que estaba intentando persuadirme a mí mismo.

Rosa se levantó, fue hasta la ventana, apartó la cortina. Miró la calle Jarauta vacía, mojada, quieta.

—¿Os habéis fijado en la cara? —dijo sin girarse.

—Qué cara.

—La cara de ese hombre. No es de ahora.

Aquello nos hizo callar. Porque no sabíamos si tenía razón, pero la idea encajaba demasiado bien. El rostro era como de foto antigua, de esas que ves en cajones de abuelos y no sabes quién es pero te inquietan igual.

—Venga, va —Mikel forzó una risa seca—. Nos ha afectado el gas lacrimógeno.

—O el café recalentado —añadí, agradecido por el chiste.

Pero nadie rió.

Esa noche cada uno se fue a su cuarto sin el ritual habitual de sobremesa. Era como si de repente el piso hubiera cambiado de tamaño. Como si Jarauta, con su frío de piedra, se hubiera achicado un poco más.

Yo me metí en la cama con la cámara encima de la silla. Antes de apagar, la miré. Era solo una máquina, claro. Pero una máquina puede ser una ventana si te empeñas lo suficiente. Y también un espejo hacia atrás.

Tardé en dormirme. Oí a Mikel dar vueltas. Oí a Iñaki toser. Oí la radio de algún vecino con un partido nocturno. Y, muy tarde, creí oír algo más: pasos en la escalera, lentos, casi ceremoniosos. Pensé que sería Aurelia yendo al baño, pero no había baño en la escalera. 

Me levanté. Miré por la mirilla. No había nadie.

Volví a la cama sin encender, con esa sensación de haber soñado despierto.


A la mañana siguiente, Rosa nos dijo que iba a la compra. No pidió compañía. Se fue sola, con la bufanda roja y una cara de triste determinación.

Mikel y yo salimos más tarde hacia la Facultad. Jarauta estaba llena de vida diurna: niños que salían de los portales, tenderos que abrían sus locales con golpes de persiana. Todo lo normal parecía un poco más normal, como si el mundo se hubiera esforzado por tranquilizarnos.

En clase intenté atender, pero tenía el plano fijo dando vueltas en la cabeza. En el descanso me encontré a un antiguo alumno que ahora era profesor de prácticas. Le conté por encima lo de la cinta. Se rió.

—La cámara no inventa, muchacho. Solo revela. A veces revela más de lo que queremos ver.

No supe si me estaba tomando el pelo o dándome una lección, pero me dejó peor.

Al volver al piso, Rosa estaba en la cocina. Tenía una foto sobre la mesa. Una foto vieja, en blanco y negro, con bordes dentados.

—Me he pasado por casa de mi tía —dijo.

La foto mostraba la Plaza del Castillo en otra época: hombres con boina, mujeres con abrigo oscuro, un autobús con el letrero “Pamplona–San Sebastián”. Y, a la derecha, casi fuera del encuadre, un hombre con gabardina que miraba al fotógrafo.

El mismo hombre.

No era parecido. Era él. La misma nariz delgada, la misma frente limpia, la misma expresión de “sé que estás mirando”.

Sentí un frío que no venía del día.

—¿Quién es? —pregunté, aunque la voz me salió más pequeña que yo.

Rosa tragó saliva.

—Dice mi tía que se llamaba Julián. Era vecino de Jarauta. Desapareció hace cuarenta años. Se lo llevaron de noche un grupo de falangistas. Nunca volvió.

Se hizo un silencio de esos que pesan.

Iñaki llegó justo en ese momento. Le enseñamos la foto. Se quedó serio, sin el gesto de abogado.

—Entonces… —empezó Mikel.

—Entonces qué —dijo Rosa.

—Entonces en la cinta está.

Yo no pude hablar. Me limitaba a mirar la foto y recordar la imagen en movimiento. El hombre levantando la mano. No como saludo; como aviso.

—¿Por qué en nuestra manifestación? —pregunté al fin.

Nadie contestó por un rato. La pregunta estaba hecha, pero no tenía sitio donde posarse.

Iñaki abrió la boca y volvió a cerrarla. Mikel miraba la foto como si esperara que se moviera.

Rosa cerró la foto con la palma, como si apagara una vela.

—Para él no es la nuestra —susurró—. No sabe que está muerto.

Nadie se rió. Ninguno quiso llevarle la contraria.


Aquella tarde no hubo asamblea. Nos quedamos en el piso, como retenidos por una cuerda invisible. Los carteles del comedor parecían más viejos, más serios. La estufa Super Ser  crepitaba como si fuese algo vivo.

Esa noche, sin decirlo, nos instalamos en la cocina. Hicimos una sopa de fideos con ajos. Pusimos música bajita. Intentamos hablar de cualquier cosa, pero siempre volvíamos al hombre con gabardina, a Julián, a la plaza de 1936 que se nos había metido en el noviembre de 1976.

Yo cargué otra bobina en la cámara. La pusimos sobre la mesa como un pacto.

—Mañana volvemos a la plaza —dijo Mikel.

No era una orden. Era una necesidad.

—¿Para qué? —preguntó Rosa, aunque ya sabía.

—Para filmar otra vez. Para ver si sale. Para decirle algo.

Iñaki asintió despacio.

Yo no quería, y quería. Tenía miedo, pero también una curiosidad que era más fuerte que el miedo. Si no volvíamos, ese plano fijo quedaría como una espina sin nombre. Si volvíamos, quizá la espina se convertiría en memoria, o en locura.

Al acostarnos, me llevé la cámara a mi cuarto. La puse en el alféizar de la ventana, apuntando hacia la calle, sin encender. No era un gesto racional; era como dejar una luz en el pasillo por si alguien llegaba tarde.

Me dormí con la sensación de que el piso ya no era solo nuestro. Era un cruce. Un lugar donde los tiempos se rozaban al pasar, como gente en una escalera estrecha.


Al día siguiente, la Plaza del Castillo estaba limpia, como si no hubiera ocurrido nada. En diciembre siempre hay algo de domingo en Pamplona: incluso los lunes. Caminamos los cuatro sin pancartas, sin gritos. Solo con la cámara y una atención rara.

Yo filmé la plaza. La fuente. Los bancos. Los tenderetes con antigüedades y libros. La gente que paseaba. Me detuve en el lugar donde, según el plano fijo, había estado él.

No apareció nadie. Solo un anciano que daba migas a las palomas. Solo una pareja que discutía bajito. Solo la vida.

Volvimos al piso con una especie de alivio triste, como cuando se te pasa la fiebre y no sabes si era enfermedad o sueño.

Esa noche proyectamos la nueva cinta.

Era normal. Demasiado normal. Plaza, fuente, palomas. Ni rastro de gabardina.

—Bueno —dijo Mikel, respirando como si se quitara una piedra del pecho—. Fue una casualidad. Una sombra. Un doble.

Pero no sonaba convencido.

Yo rebobiné y volví a mirar. Todo normal. Y, sin embargo, al final de la bobina, cuando ya creía que no quedaba nada, apareció un segundo de imagen oscura, como si la cámara se hubiera encendido sin querer en el portal de vuelta.

Un segundo solo.

Se veía nuestra escalera, la de Jarauta, desde abajo. Y, subiendo despacio, un hombre con gabardina.

No miraba a cámara. Subía. Como quien vuelve a casa.

La imagen se cortó.

El proyector hizo su ruido final. Se encendieron las luces. Los cuatro nos miramos como si de pronto hubiéramos envejecido diez años.

Rosa empezó a llorar sin ruido. Mikel apretó los puños. Iñaki se quedó mirando la pared vacía como si fuera una hoja en blanco llena de leyes.

Yo sentí una certeza extraña, quieta: no era una amenaza. Era una visita.

—Aurelia… —dijo Rosa de pronto, limpiándose los ojos.

Nos miramos todos. Era verdad. Aurelia había dicho algo: “Yo también tuve veinte años”.

Esa noche bajamos al segundo.

Aurelia abrió con la bata azul. Al vernos cuatro juntos, se asustó.

—¿Qué pasa? ¿Os han hecho algo?

—No, no. Señora Aurelia… —Iñaki no sabía por dónde empezar—. Queríamos preguntarle por un vecino que tuvo usted. Se llamaba Julián.

La viuda se quedó helada. No de frío. De memoria.

—¿Quién os ha hablado de Julián?

Le enseñamos la foto. Le conté lo de la cinta sin entrar en locuras. Ella nos escuchó con la mano sobre la boca.

—Julián era mi hermano —dijo al fin, y la frase cayó como una piedra en un pozo.

Ninguno sabía qué decir. Aurelia se hizo a un lado para dejarnos pasar, como si de pronto el piso entero fuera otra cosa.

Nos sentamos en una sala pequeña con muebles viejos. Olía a manzanilla y a costumbre, a casa que ha aguantado demasiado.

Aurelia nos miró como si nosotros fuéramos los fantasmas.

—Cuando se lo llevaron, yo tenía dieciocho —dijo—. Era invierno también, creo. O igual me lo invento para que encaje. Nunca encaja.

Nos habló poco a poco. Sin dramatismos, como si contara algo que ya ha contado tantas veces que se ha gastado por dentro. Dijo que Julián trabajaba en una imprenta. Dijo que hablaba de justicia como quien habla de pan. Dijo que una noche llamaron a la puerta tres hombres uniformados con correajes y se lo llevaron “a declarar”. Dijo que la madre esperó en la ventana hasta que se murió.

—Y luego… silencio —remató—. Silencio de cuarenta años.

Yo no sabía dónde poner las manos.

Mikel, por primera vez desde que lo conocíamos, no tenía una proclama preparada.

Rosa le cogió la mano a Aurelia.

—Lo hemos visto —dijo con la voz temblorosa—. En una película. Estaba en la plaza. Estaba detrás de nosotros.

Aurelia no se rió. No dijo “qué tontería”. Solo cerró los ojos un instante.

—No me extraña. A Julián no le gustaba irse sin despedirse.

Se secó la cara con la punta de la bata.

—¿Sabéis qué? —añadió—. Si lo veis otra vez, decidle que estamos bien. Que ya podéis hablar vosotros. Que no se preocupe tanto.

Nos quedamos ahí, en un silencio que ya no era espeso sino necesario.

Al salir, en la escalera, yo levanté la vista hacia arriba. No había nadie. Solo la luz amarilla y el eco de nuestras botas.


Pasaron los días. La ciudad siguió su camino turbulento de artículos nuevos y viejas heridas. Hubo más manifestaciones. Hubo más carreras. Hubo más cafés eternos en nuestra cocina.

El hombre de gabardina no volvió a aparecer en ninguna cinta. 

Pero algo cambió. Mikel empezó a colar, entre sus octavillas, nombres que no eran consignas sino personas. Iñaki, que antes pensaba en las constituciones como en planos limpios, hablaba ahora de memoria como de cimiento. Rosa se metió en la alfabetización de los mayores del barrio; y yo aprendí a filmar más despacio, buscando en las caras no solo el presente, sino lo que lo sostiene por detrás.

Aurelia, cuando nos encontraba en la escalera, ya no repetía “no os metáis en líos”. Sonreía como quien ha hecho las paces con el tiempo.

—¿Qué tal, majetes?

—Bien, señora Aurelia.

—Pues hale, a estudiar… y a vivir.

En Jarauta seguía haciendo frío. La estufa de gas calentaba la habitación. Los carteles seguían pegándose con cola barata. Pero la casa tenía ahora otra temperatura, una especie de calor. Supimos que no estábamos solos en nuestra juventud, que había otras juventudes sujetándola desde abajo.

Años más tarde, cuando cada uno tomó su camino y el piso fue ocupado por otros estudiantes que no sabían nuestros nombres, yo guardé aquella bobina como se guarda una reliquia doméstica. Nunca la enseñé en público. No por miedo a que no me creyeran, sino por respeto a algo que no era mío.

De vez en cuando, en alguna noche de invierno, la saco y la miro a contraluz. Cuatro jóvenes de espaldas mirando centro de la plaza, y detrás un hombre en gabardina que mira a cámara

No sé si Julián era un fantasma, un error de exposición o un pliegue del tiempo. En una ciudad como Pamplona, donde las piedras hablan aunque no quieras escucharlas, quizá no haya mucha diferencia.

Aquella noche, en Jarauta, alguien subió la escalera y entró en casa. Sin hacer ruido. Como vuelven los que solo quieren saber si, al fin,  esta vez todo va a ir bien.

sábado, 27 de diciembre de 2025

El Golem. Gustav Meyrink


¿Qué es el Golem?. ¿Un fantasma?. ¿Un monstruo legendario?, ¿una creencia popular? ¿o el doble del protagonista?, un yo monstruoso y fantasmal que oculta, pero que está ahí en su subconsciente, en sus sueños. Esta es la obra cumbre de Meyrink y uno de los clásicos de la literatura fantástica del siglo XX. Fue publicada de manera serial entre 1913 y 1914 y publicada como libro en 1915, siendo adaptada al cine unos pocos años más tarde por el expresionista alemán Paul Wegener.

La acción se desarrolla en el gueto judío de Praga y está basada en los relatos sobre el Golem creado por el Rabino Judah Low ben bezalel al que se le atribuye haber creado un Golem de barro para defender el gueto de Praga de los ataques antisemitas en el siglo XVI, y que se vio obligado a destruir cuando se volvió incontrolable. La figura del Golem entronca con los homúnculos de la alquimia o con la novela de Mary Shelley, Frankenstein, al fin y al cabo, la creación de vida ¿? artificial que casi siempre escapa a la voluntad y a los deseos de sus creadores. En la mitología judía el Golem es  un ser de arcilla o barro animado por obra de la cábala que  carece de alma y que puede estar al servicio del hombre que lo conjura  o ser enemigo del hombre  ,en otras.

La novela parece flotar en un ambiente de ensoñación poética, fantasmal, poblada de sombras, entre esas calles estrechas, oscuras, bajo esas fachadas puntiagudas y espectrales de Praga. La obra está narrada en primera persona, por su protagonista, Athanasius  Pernath,  un ser atormentado, con la mente disociada (parece  tener un problema de doble personalidad), que no sabe quien es realmente  y que irá descubriéndose y tomando conciencia de si mismo  a lo largo de la novela, al tiempo que nos va descubriendo  los abismos de su mente y la dimensión de su locura.   

Athanasius se verá acusado falsamente de asesinato e implicado en las apariciones del Golem, hasta el punto de que no se sabe si el Golem es producto de su imaginación o una extensión de su atormentada personalidad. Incluso podemos llegar a sentir que  el propio protagonista puede llegar a ser un trasunto del propio Golem, sin vida propia como si hubiese sido inspirado por otra fuerza que desconocemos. Toda la trama conduce al lector al enfrentamiento del protagonista consigo mismo y con lo que no sabemos, como he dicho,  si está inspirado por su propia mente o proyectado desde ella, el Golem. 

Símbolos cabalísticos, tradición judía y un lenguaje lleno de imágenes especiales, crípticas, enloquecidas, sugerentes, evocadoras, oníricas hacen de Meyrink un escritor especial y de esta obra una obra absolutamente única y singular.  Es una de las obras más oscuras, perturbadoras y fascinantes que he leido. Altamente recomendable.

 A través de su prosa se filtra vivamente esa atmosfera extraña, tenebrista  y sobrecogedora que de forma tan acertada recogerá el expresionismo alemán en películas como "El gabinete del doctor Caligari" o "Nosferatu". El final de la novela, que no revelaré,  puede sorprender en un primer momento aunque encaja perfectamente y yo me sigo preguntándome, ¿Quién es el Golem?.