viernes, 28 de noviembre de 2025

El perro

Un blanquecino manto de nubes cubre el cielo de la mañana. Sobre uno de los prados cercanos al pueblo, pastan tranquilas un nutrido rebaño de ovejas. Junto a estas, echado plácidamente sobre la mullida yerba, descansa un perro. Su pelo negro brilla en contraste con el verde del pastizal. De vez en cuando, obedeciendo alguna señal del pastor se levanta rápido y a las ovejas que se apartan las obliga a juntarse con el resto del rebaño. Y después, vuelve a echarse, sobre la yerba o junto a los pies de su amo, tranquilo pero vigilante. Al anochecer, el rebaño baja por los caminos y veredas del monte hacia el pueblo, rompiendo la paz de la oscuridad con el ruido de sus esquilas y sus balidos.

Y en la casa, el perro se acurrucará bajo los pies de alguno de los hijos o del padre, junto al calor de la chimenea, encendida ya en los primeros días de otoño, observando con esos ojos tan profundos el crepitar de las llamas, la paz de la casa o el reir y jugar de los pequeñuelos.

Pero pasó el tiempo, quizás algunos años,  y el pastor vendió las ovejas y marchó con su familia a la capital. Y el perro tuvo que ser vendido no sin tristeza por parte de todos.  El nuevo amo era un hombre de la ciudad que no sabía nada de animales, había comprado una casa en el campo y necesitaba algunos perros para guardarla.

Por primera vez en su vida, fue encerrado en una caja de madera, negra y oscura y fue transportado a muchas decenas de kilómetros de aquel lugar que le vio nacer y en donde pasó ratos tan felices.  Qué sensación tendría al verse de ese modo, inmovilizado, sometido a los vaivenes del viaje en aquella camioneta. Jamás pudo entrar a su nueva casa. Le tenían reservada una pequeña y fría perrera a la entrada de aquella. Tampoco volvió a sentir las caricias de las manos sobre su cuello, su cabeza, su lomo, mientras él lamía en compensación por las muestras de afecto de aquellos que tanto le habían querido.

Añoraba con sus ojos tristes su tierra, su casa, sus ovejas.  Si él hubiera podido llorar de tristeza lo hubiera hecho, mas allá quedo solo, oyendo el zumbido del coche del nuevo amo que se alejaba, quien sabe adonde y por cuanto tiempo. Y los días con sus noches transcurrieron lentos, y su mirada se perdía en el horizonte. A veces se mostraba resignado, otras, nervioso, iba de un lado para otro, forzando la cadena hasta que se hacía daño en el cuello. Vana ilusión la de escapar pero una noche ocurrió lo inesperado.

Otro perro se acercó y le atacó, en la lucha extrañamente se rompió la cadena y de improviso nuestro perro se perdió en la oscuridad. La ciudad estaba muy cerca.  Asi pues camino hacia ella y en la madrugada alcanzó las primeras callejas. Desde aquel día no dependía de nadie más, sólo de él mismo, para sobrevivir. Solitario vagaba por las calles oscuras, por las concurridas avenidas, perdido entre la multitud.  De noche dormía en cualquier lugar. Solía alimentarse de los desperdicios que encontraba entre las basuras.

Un día, a la salida de una escuela, se quedo quieto, observando fijamente a los niños que salían apresuradamente, y creyó ver a uno de los hijos de su antiguo amo; corrió hacia él, alegre, dando pequeños saltos y le lamió las piernas. Y el niño como todos los niños, con su bondad natural, le acarició suavemente el lomo y así hasta que subía al autobús, un día y otro. Hasta que cierta vez una pandilla de chicos se enzarzó en desigual pelea con el niño y cuando el perro salió en defensa de éste fue apedreado cruelmente teniendo que huir con rapidez.

Otro día fueron unos gitanos los que quisieron atraparlo y así lo hicieron y le ataron.  El acostumbrado como estaba a la libertad, recordando su última experiencia, en un descuido en que le soltaron huyó lo más deprisa que pudo. Pero quizás el mayor peligro no eran ni los gitanos ni los traviesos muchachos sino unos hombres provistos de redes y palos y coches con rejas que perseguían, cogían y mataban a los perros que, como él, vagaban por la ciudad.

A punto estuvieron de atraparle, pero no lo consiguieron. Viendo el entorno hostil que era la ciudad huyó de nuevo al campo y anduvo y anduvo durante largo tiempo, días tal vez, volviendo a disfrutar de la más absoluta libertad, como en los viejos tiempos.

Pero el hambre acuciaba y cierta vez que bajó a una granja cercana en busca de comida casi estuvo a punto de costarle la vida.  El pobre perro veía su limpio y brillante pelo negro ensuciarse con la tierra, el barro y los parásitos.  A medida que los días pasaban enflaquecía y sentía perder sus fuerzas. Se estaba haciendo viejo.

Un invernal día empezó a llover con fuerza.  El perro había bajado al pueblo en busca de algo que comer. La tormenta le sorprendió en una de aquellas calles. No encontró ningún lugar donde guarecerse, ninguna puerta le fue abierta. Nadie contestó a sus ladridos de angustia, a sus gemidos y corrió monte arriba.

Y siguió lloviendo y al fin encontró refugio bajo unas rocas.

Su cuerpo estaba empapado hasta los huesos. El frío arreciaba a medida que se acercaba la noche. Aquel día no había encontrado comida.  Titiritaba y su cuerpo era sacudido por crecientes escalofríos.  Pasó dos días quieto, echado sobre aquel lugar, bajo aquellas frías rocas. Agonizaba en soledad, mientras en sus ojos la mirada se perdía tristemente en el infinito, recordando quizás con nostalgia sus días felices.  Al tercer día tambaleándose abandonó las rocas y anduvo hasta un riachuelo cercano. Las aguas bajaban turbias a causa de las últimas lluvias. Bebió con lentitud. Ya no sentía el frío.  Caminó despacio hacia uno de aquellos árboles que se elevaban y perdían en el cielo. Se acercó al recio tronco y al poco tiempo quedó sobre la yerba rígido.

Había muerto pero en libertad.

Octubre de 1982

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